martes, 19 de enero de 2010

¡OH, SOLE MÍA!

Soledad, a ti me dirijo
y te hago mía porque tú me haces tuya y mía a la vez.
En tu compañía gozo de mi ser
sin miedos ni tapujos,
con complacencia y total libertad.
Sé que de muchos eres temida,
mas por mí siempre amada.
Soy yo misma, al cien por cien,
cuando tu ser me acompaña,
y aunque mis deleites
se esparzan y se regocijen, a veces,
en compañías ajenas,
a ti vuelvo siempre,
ansiosa por reencontrarte
y por balancearme en tu voluptuosidad,
para deleitarme sin fin
de tu reconfortante compañía.

Cuando estamos en compañía de alguien, por mucha confianza que exista con la persona en cuestión, una parte de nuestro ser permanece alerta ante las posibles distorsiones que puedan aparecer. O ante los pactos tácitos que establecemos en nuestras muy diversas relaciones, para no faltar a ellos sin darnos cuenta. O ante cualquier clase de interferencia que pueda malversar los fondos de nuestros encuentros con los demás. No son, ciertamente, numerosas las situaciones y las reuniones que nos permiten mostrarnos totalmente relajados. Eso no significa que debamos renunciar a la compañía de los demás, pero tampoco mitificarla en detrimento de la soledad, hasta el punto de catalogar esta última como algo triste que hay que evitar a toda costa. Sin duda, esta equivocada visión de la cuestión subyace en los problemas de fondo de muchísimos seres humanos, que se las ingenian de mil y una maneras para no quedarse nunca solos y acaban acompañados, pero totalmente perdidos.

Estar a gusto en soledad es imprescindible para poder gozar plenamente de cualquier compañía y para sentar una base sólida en que apoyar nuestra futura felicidad.

Cuando se ha ido por la vida tan franca y confiada como yo he ido, con la inconsciencia suficiente para mostrarme tal cual, se aprende a generar una savia intuitiva que alimenta las intuiciones y te mantiene alerta, y te previene de la mala fe o del falso proceder de los tipos desaprensivos que se cruzan en tu camino. Es una especie de técnica depurativa con que protegerse de los malos tratos espirituales y de la hipocresía emocional. Pero, ¡ay!, siempre hay alguien por ahí que gusta de los ardides y de la astucia, o de la hipocresía, o que está sospechosamente pendiente de sus intereses sin que tú te enteres, y acaba por fastidiarte. Así, pues, por muy actualizado que tengamos el programa de nuestra técnica, no siempre salimos airosos de los encuentros con los demás, ya que, como muy bien decía John Milton, en unos versos que cité anteriormente:

...muchas veces, aunque
monte la sabiduría su guardia, la sospecha
a su puerta dormita y al fin le cede el puesto
a la simplicidad; mientras que no ve males
la bondad donde males no parece que existan.
El paraíso perdido

Conclusión: Tarde o temprano, te acaban colando un gol. Aunque hayas puesto a Iker Casillas bajo los palos de tu intuición. Si eres buena gente y no vas por la vida a la defensiva y sigues oponiéndote a adulterar tu actitud, es inevitable que así sea. Y no hay que consternarse por eso, ¡qué va! Tan sólo constatar que lo dañino, lo incómodo o lo mezquino tienen la posición bien tomada en esto de la vida, que saben camuflarse convenientemente y que te tienden una emboscada cuando menos te lo esperas. Siempre acaba apareciendo alguien dispuesto a enredarte. La parte positiva es que nunca está de más tenerlo presente; y que si ha surgido una situación de este tipo, es porque nos habíamos relajado en exceso, o sin haber necesidad de ello.

Todo eso no ocurre, sin embargo, cuando estás en soledad. Cuando estás contigo mismo, puedes relajarte cuanto quieras, no tienes que estar pendiente más que de ti. ¡Qué alivio! Si alguna palabra define lo que para mí es la soledad, la primera que se me ocurre es liberación. La soledad me libera del corsé de la prudencia y de lo socialmente correcto. Todo mi ser brinca, sin miedo a tropezarse o a pegarse un coscorrón. Yo misma construyo el menú de mis días, y me pongo morada de las más diversas sensaciones. Y lo hago al ritmo que me marca mi ser, sin miedo a rebasar los límites de velocidad que imponen las existencias correctas, o encantada de aminorar las marchas de mi rumbo hasta la ralentización más sutil, si así me lo pide el cuerpo. A solas, me reencuentro con mi vulnerabilidad, platico con ella y trato de fortalecerla, no de protegerla. Ya no estoy obligada a prestar atención a temas o a circunstancias que me son ajenos o no tan propios e interesantes como otros con los que ansío retozar.

Sé en la soledad tu propio mundo.
TÍBULO

Supongo que suena egoísta, pero, francamente, no veo forma de acceder a la web de la felicidad sin ciertas conexiones de egoísmo. Hombre, tampoco hace falta montar una línea ADSL y estar todo el día dale que te “ego“, pero, al menos en mi caso, sé positivamente que jamás podré sentirme profundamente feliz si no dispongo del tiempo y el espacio suficientes para dedicarlos a mí misma, a mi mundo, a mi soledad.

La soledad no nace porque uno no tenga a nadie a su alrededor sino más bien porque las cosas que a uno le parecen importantes, no puede comunicarlas a los demás, o considera válidas ideas que los demás tienen por improbables. (...)
Cuando un hombre sabe más que los demás se queda solo. Pero la soledad no surge necesariamente en oposición a la comunidad, puesto que nadie siente más la comunidad que el solitario, y la comunidad florece tan sólo allí donde cada individuo rememora su propia singularidad y no se identifica con los demás.
CARL GUSTAV JUNG

¡Ah, Jung! ¿Por qué, a menudo, cuando te leo, me siento tan conectada contigo, y tan reconfortada? Excepto en lo de saber más que los demás, pues no me interesa cuantificar mi saber y menos aún compararlo con el de los demás, el resto de las palabras del sabio suizo hace años que me transmiten un gran confort espiritual e intelectual. La primera vez que las leí, se me saltaron las lágrimas y las releeí, fascinada, por sentirme plenamente identificada con su contenido. ¡Eso mismo -pensé -es lo que me sucede! Así que las copié en un papel y las colgué en uno de los laterales de la cajonera que hay al lado de mi escritorio.

A menudo, he sentido que había partes de mí misma que no sintonizaban plenamente con mi entorno. No en todo momento o en todas las circunstancias, incluso en compañía de personas más o menos afines. Supongo que a muchos de vosotros os sucederá algo parecido. Bueno, pues cuando eso me ocurre, no me siento a gusto renunciando a mí misma, o a una parte de mí; o puedo hacerlo eventualmente, pero, antes o después, necesito volver de nuevo a mi rollo, y sé que donde mejor lo potencio es en soledad.

Siempre me he sentido empujada, desde lo más profundo de mi ser, a salvaguardar mi esencia, mi idiosincrasia y mi personalidad. O a acogerme a los puntos de referencia que considere más válidos, independientemente de los que imperen en esos momentos. Quiero decir que el mundo se mueve a ritmo de modas, en todos los campos; unas serán más locales, otras más internacionales, pero es indiscutible que hay épocas en que se pone de moda leer un determinado libro, ver determinadas películas, vestirse de determinadas maneras o tener determinadas opiniones sobre determinados temas. Y si no lo haces, pasas a convertirte en un elemento desfasado. Pero yo siempre me he negado a dejarme arrastrar por esa inercia. Sabida es la afición de este mundo a manejarnos a su antojo, y no estoy dispuesta yo a que eso suceda conmigo. Es una especie de rebeldía interna la que me lo impide. Tal vez por eso me haya sentido siempre más identificada con las excepciones que con las reglas, y me cueste aceptar y soportar el concepto de “normalidad”, sobre el cual reflexionaba un buen día y se me ocurrió la siguiente frase:

La normalidad es un peso pesado impuesto por la colectividad con el único fin de salvaguardar la mediocridad de la mayoría.

Lo cierto es que la vida, a veces, puede resultar un poco frustrante. Sobretodo cuando te das cuenta de que los libros que lees, o las pelis que ves, o, como decía Jung, “lo que para ti es importante” no puedes compartirlo con los demás; o se te hace difícil encontrar personas con las que compartirlo. No te queda más remedio, entonces, que disfrutarlo en soledad. Si renuncias a hacerlo, jamás serás feliz, o acabarás neurótico...

Se convierte en neurótico todo el que intenta dos cosas, al mismo tiempo, perseguir su fin individual y adaptarse a la colectividad.
C.G.JUNG

Esta cuestión resulta, sin duda, más problemática, cuando lo que no compartes con los que te rodean, con demasiada frecuencia, es algo tan denso, profundo y primordial como tu espíritu. Y hay que andarse con mucho ojo en este sentido, ya que...

...No se puede chancear con el espíritu de la época, pues éste equivale a una religión, mejor dicho a una confesión o un credo cuya
irracionalidad no deja nada que desear y que a la vez reúne la
desagradable condición de pretender ser considerado como la medida absoluta de la verdad.
CARL GUSTAV JUNG
Realidad del alma

Supongo que la clave está en saber compaginar nuestros deseos y nuestras necesidades con los de los demás, y en saber compartir nuestro mundo con los de los otros, sin renunciar a él.

Quien pueda debe tener mujer, hijos y bienes, pero sin aficionarse tanto a ellos que su felicidad de ellos sólo dependa. Siempre conviene tener una estancia, secreta y propia, en la que establezcamos nuestra verdadera libertad y nuestra principal soledad y retiro.
MONTAIGNE
Ensayos


Acaso el hecho de ser hija única haya contribuído lo suyo a que la soledad y yo hagamos buenas migas desde siempre. A pesar de distinguirme por ser una persona tremendamente sociable y comunicativa, simpática y vivaracha, que comparte gustosa su tiempo con los demás; ya desde pequeña, necesitaba pasar momentos a solas, con mis cosas y mi mundo. Me crié en un pueblo, y fui muy feliz jugando en la calle con mis amigas y amigos, que siempre fueron numerosos, pero eso nunca me impidió seguir deseando pasar ratos a solas.

Creo que una de las cosas que mayor regocijo me causa es hallar, de repente, personas con las que compartir parcelas de mí misma. Eso me proporciona un inmenso placer. Y soy, en ese sentido, una persona ciertamente privilegiada, porque lo mejor de mi vida, sin duda, es el variado y numeroso tesoro humano que he ido acumulando con los años. Valoro enormemente la lealtad y el afecto de todos aquellos que deciden compartirlos conmigo. No en vano, me enorgullezco de saber corresponderles, así como de saber conservar su aprecio y su interés, independientemente del número de años que haya transcurrido desde el inicio de nuestra amistad. Y saber que todos ellos están ahí, supongo que me permite gozar más profundamente de mi soledad.

Y gozar de la soledad es, de hecho, lo único que puede garantizarnos estar a gusto en compañía. Estoy segura de que mis encuentros no resultarían tan gratos, si no accediera a ellos después de haber vitaminado mi ser en soledad, pues no sería tanto lo que podría aportar. Si buscamos la compañía ajena para huir de nosotros mismos, ¡qué poco futuro tendrán nuestras relaciones!

La soledad es, por otra parte, el detector de mentiras más eficaz para el ser humano. Todas esas máscaras con que algunas personas acostumbran a presentarse en sociedad se caen por sí solas, cuando se está a solas. Los complejos mecanismos que algunos urden para conseguir determinadas ventajas se desarman por sí mismos cuando la soledad les acecha. Todo aquel que se siente incómodo cuando goza únicamente de su propia compañía, debe pararse a reflexionar seria y profundamente sobre sí mismo. Seguro que algo no funciona. Los astutos engranajes del mundo son conscientes de las lagunas que algunos seres humanos pueden sentir estando en soledad; por ello procuran tener siempre bien nutrida la lista de actividades de ocio, para tenerle distraído y evitar que piense “demasiado”. Muchas veces decimos: “Es que pienso demasiado” o “No le dés más vueltas, no pienses más en ello”. Pero nos estamos expresando mal, en todo caso, lo adecuado sería decir: “Pienso desordenadamente sobre demasiados temas, en vez de concentrarme únicamente en uno solo” o “No dés más vueltas sobre el mismo tema, deja que transcurra un rato, piensa en ello más tarde”.

La soledad y la reflexión se complementan estupendamente. Un mínimo de reflexión se hace inevitablemente necesario a todo aquel que aspire a estar o sentirse en paz consigo mismo. La reflexión, en la calma y el sosiego de la soledad, nos ayuda a vislumbrar la luz en oscuridades que nos habían ensombrecido y apenado; o a comprender que determinados problemas no son tan complicados como parecían; o a decidir tomar determinadas soluciones; o a darnos cuenta de que el camino que llevábamos no era en realidad el que deseábamos... Reflexionar, en suma, sobre nuestra vida es simplemente necesario para poder hacernos con una que nos haga sentir bien, y quitarnos de encima proyectos vitales que, en realidad, no se ajustan a nuestros deseos o expectativas.

Por todo ello, no entiendo la mala fama que tiene la soledad. Se la asocia con la melancolía o el desamor. ¡Y es todo lo contrario! La soledad bien alimentada es el mejor sostén vital para cualquier ser humano, el que mejor puede conducirle al amor y permitirle gozar redobladamente de su encuentro. Sin la necesaria soledad, toda relación con los demás es inútil, insatisfactoria o incompleta. ¡Ay de aquél que no tenga tiempo para estar consigo mismo! ¡Cuántos trastornos no causará a los demás!

No hay peor soledad, supongo, que la que uno siente en su interior estando rodeado de gente; como no la hay mejor que la que uno siente estando solo sin sentirse solo. Además, ¿cómo es eso posible? Lo de estar solo, quiero decir; en realidad, nunca estamos completamente solos. La prepotencia humana no conoce límites y pretende que estamos en soledad cuando, en realidad, hay un montón de seres a nuestro alrededor. Seres vivos de muchas clases con los que yo soy muy respetuosa. Ignorarlos me parece una insensible e imperdonable torpeza por nuestra parte. Todos esos seres son muy importantes en nuestra vida, no sólo por sus vastísimas utilidades, sino por su mera presencia.

¿Qué sería de nosotros sin la reparadora presencia de las plantas que nos rodean? Su simple visión enaltece el ánimo y nos predispone al buenrollo. Cuidarlas, mimarlas y tratar de que crezcan a gusto es un placer que compensa sobradamente de la atención que nos obligan a prestarles. ¡Qué dicha cuando se desparraman esplendorosas y brotan alegremente! Yo siempre he tenido muy buena mano para las plantas, como popularmente se dice, aunque no creo que eso sea ningún mérito, sino el resultado completamente natural de un deseo puesto en práctica con responsabilidad. Cualquier persona que se haga con una planta conseguirá que esté hermosa si le presta la debida atención. Las plantas poseen su propio lenguaje, fácil de entender para todo aquel que las sepa escuchar. Si tú te compras una planta y, al cabo de un tiempo, te das cuenta de que la cosa no funciona, te preocupas por el asunto. Te acercas, lo primero que haces es tocar la tierra para comprobar el estado del conducto alimenticio de la planta, que, salvo casos muy excepcionales e infrecuentes, no debe estar ni muy seca ni muy húmeda. Si éste no es el problema, lo siguiente es comprobar su ubicación, ¿tiene suficiente claridad? ¿le da el sol de pleno? A veces, cambiar a una planta de sitio es salvarle la vida y, por consiguiente, alegrársela y alegrárnosla.

Las plantas y los árboles, seres simples y delicados, sencillos hasta la sofisticación, tienen la capacidad de interceder en nuestro ánimo y de saber negociar de maravilla con las pequeñas sombras que, en ocasiones, vienen a importunarlo. No hay mejor remedio para un estado de ánimo inquieto y preocupado que darse una vuelta por un entorno ocupado, en mayor o menor medida, por estos seres: un jardín, un parque, un bosque, un campo, una plaza, una calle, un desierto, una montaña, un monte... El estilo, que cada cual escoja el que más le reconforte: unos lo preferirán húmedo y frondoso, otros seco y solitario, unos, alejado, otros, cercano. Eso es lo de menos. Lo que de verdad importa es que estos seres emanan un sinfín de influjos que penetran consciente e inconscientemente en lo más profundo de nuestro ser y avivan las brasas de nuestra sensibilidad, generando un caldo de cultivo sabrosísimo que alimenta nuestro espíritu de una manera casi diría que milagrosa.

¿Y los animales? ¿Qué me decís? ¡Se aprenden tantas cosas cuidándoles y observándoles! Y no me refiero sólo a los clásicos animales de compañía, sino a los animales en general. Al que no me crea, le recomiendo la lectura de Mi familia y otros animales, de Gerald Durrell, un libro espléndido por muchas razones e ideal, por cierto, para regalarlo a alguien que desee iniciarse en el hábito de la lectura. Seguro que le engancha y siembra en él el deseo de leer más libros.

Todos los animales desconfían del hombre, y no sin razón; pero desde el momento en que tienen la seguridad de que no quiere dañarlos, le cobran una confianza tan grande, que es preciso ser más que bárbaro para abusar de ella.
Confesiones
JEAN-JACQUES ROUSSEAU

Uno de los grupos que más fama de molesto tiene, en el mundo animal, es el de los insectos, pero no todos lo son. Las arañas, por ejemplo, si se sabe llegar a un pacto con ellas, son muy útiles porque se alimentan de insectos más pequeños y, ésos sí, molestos, y nos libran de su incordiante presencia. Lo mismo sucede con las ranas o los sapos. Aparte de que los batracios son unas criaturas de lo más simpático y divertido. A mí me encantan. Tanto que a un sapo que habita en mi jardín, ¡un pedazo de sapo!, le puse el nombre de Sir Gawain, mi caballero favorito. Tan hermosote es que, un buen día, le di un beso... por si acaso. Pero ni caso. Claro que se lo di en la frente e igual no vale. Pero me daba un cierto reparo besarlo en la boca, pues, aunque él me conoce y me deja cogerlo y tocarlo, pudiera ser que se asustara si veía mi boca acercarse peligrosamente a la suya y soltara esa pegajosa substancia que escupen como medida defensiva, y me dejara el cutis hecho un asco.

Aunque, claro está, por sus cánticos y sus vistosos plumajes, son las aves las que más plácidamente llenan todos los rincones con su presencia. ¡Qué criaturas más listas y adorables! Me conmueve tenerlas junto a mí. Al principio, les ponía comida en una parte del jardín, pero los gatos pronto se percataron y acudían a incordiarles a la que yo desaparecía. La cosa llegó a tal punto que parecía yo la abuelita de Piolín persiguiendo a un montón de Silvestres con la escoba. Hasta que se me ocurrió hablar con el herrero del pueblo:
-Oye, Antonio, ¿tú podrías construirme un artefacto, algún tipo de armazón, en el que poder colocar los comederos de los pájaros?
-¿Una jaula?
-No, no, no, no. No quiero encerrarlos, deseo que sigan siendo libres. Lo único que quiero es una especie de estructura abierta, con dos o tres estantes y un tejadillo, para colgarla en la pared, lejos del alcance de los gatos, y que puedan comer tranquilos y no se mojen cuando llueve.
-¿Y quieres decir que vendrán y no se asustarán?
-No lo sé. Vamos a probarlo.
Al cabo de un tiempo, se presentó Antonio en mi casa, con un gracioso armatoste que me había ido construyendo en sus ratos perdidos, y que respondía perfectamente a la idea que yo había concebido, hasta había instalado un columpio y todo. No sólo no me quiso cobrar nada por ello, sino que tuvo la gentileza de colgarlo en una de las paredes traseras del jardín. Durante los primeros días, los comederos permanecieron intactos, por mucho que yo me esforzara por atraer a los pájaros hacia ellos, o precisamente por ello, pues no debemos olvidar que la zona en que yo vivo es territorio de cazadores. Pero, poco a poco, fueron acercándose cautelosamente, hasta tener la certeza de que aquello no constiutía ningún tipo de trampa, y, finalmente, han convertido esa bonita estructura en su comedero habitual.

Los pájaros viven conmigo durante todo el año, anidan y duermen en los árboles y los arbustos que hay en mi casa y en los alrededores, y me conceden el privilegio de su presencia. Algunos, como los ruiseñores o los jilgueros, se van cuando empieza el frío; pero vuelven todas las primaveras y tonifican mi existencia con sus cánticos virgueros y espectaculares. Las golondrinas, que anidan en el porche, también vuelven con el buen tiempo; siempre, cuando llegan, empiezan a dar vueltas de reconocimiento alrededor de los nidos que ya tienen construídos y emiten esos grititos tan simpáticos y característicos, sin cesar de volar alegremente y de obsequiarme con sus acrobacias aéreas.

Cuando los hombres instituyan las fiestas lógicas de la vida, habrá la fiesta de las golondrinas.
Tienen tal importancia las golondrinas, que en su adolescencia Cocteau sufrió la mayor angustia temiendo morir sin haber expresado “los chillidos de las golondrinas”, y Dalí ha supuesto que “las catedrales de Nueva York tejen medias y mitones para vosotras, ebrias y empapadas de coca-cola“.
(...)
Las golondrinas son bigotes y perillas del cielo.
RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA
Cartas a las golondrinas


Otras aves, como los petirrojos, vienen justo durante los meses más fríos, y aunque no canten de manera espectacular, es una delicia verles posados en las ramas, con su pechito anaranjado. Los únicos que siempre están ahí son los gorriones -o los gorrones, como yo les llamo, porque no paran de comer- y los mirlos, con el precioso plumaje negro azabache de los machos, que contrasta con su pico amarillento, y sus inacabables cantos.

No es imprescindible vivir en el campo para disfrutar de todos esos seres. Las aves están por todas partes, sólo es necesario percatarse de su presencia y someterse a la magia de sus benéficos influjos.

Como véis, es del todo imposible estar completamente solo. Y, para mí, lo es, además, sentirme sola.

Si pasamos al terreno del mundo inanimado, existe ahí un variadísimo abanico de presencias sobrehumanas, capaces de alimentar sin tregua la vida de cualquier persona, siempre que se deje. Me refiero a todas esas obras surgidas de la inspiración de otros seres humanos en forma de libros, músicas, películas, fotos, cuadros... Todas las obras engendradas en soledad, con el propósito de transmitir al mundo un puñado de arte, y establecer una comunicación sensible con los demás. ¿Acaso es posible sentirse solo en su presencia?

Todo esto demuestra que la soledad, en su sentido más común y desolador, no depende del número de gente que nos acompañe, sino del estado en que se halle nuestro interior. Y si, por casualidad, alguno de vosotros acostumbra ir por la vida aparentando acomodarse a lo que en verdad no le acomoda, ¡cuidado! porque corre el peligro de acabar resultando un serio peligro para sí mismo y para quienes le rodean.

Por eso hemos de recogernos en nuestra alma; que tal es la verdadera soledad y la que cabe gozar incluso en medio de las ciudades y las Cortes regias, si bien en el aislamiento se goza mejor.
Mas, si resolvemos vivir solos y sin compañía, hagamos que nuestro contento dependa de nosotros mismos, desatemos los lazos que nos unen a los demás y adquiramos el poder de vivir conscientemente solos y a nuestra manera.
MONTAIGNE
Ensayos

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