lunes, 2 de febrero de 2015

JOHN FORD Y CLARK GABLE. PASIÓN DE LAS FUERTES



 

       
    Varias son las pasiones que colorean mi vida y la mantienen constantemente motivada. Hoy se impone la cinéfila. Pasión de las fuertes. Empecé a incubarla anoche, al comprobar que fue precisamente un 1 de Febrero cuando nacieron dos auténticos titanes del celuloide. Dos de mis mitos y de todas las personas con pasión y amor por el cine: John Ford (1894) y Clark Gable (1901). El uno, forjador incansable de obras maestras; el otro, paradigma imperecedero del poderío masculino por excelencia. 
    Así que me he dicho: “Galdón, ¿por qué no das rienda suelta a tu pasión y les cocinas algo rico, rico en tu blog apolillado?” John Ford y Clark Gable fueron un par de tipos tan generosos con su talento que, karma obliga, qué menos que contribuir, ni que sea modestamente, a mantener vivos su influjo y su huella. Manos a la obra, que las tengo frías porque vaya días alcarreños gélidos e invernales que nos han estampado los elementos. La nieve empieza a rondarnos otra vez y no se me ocurre mejor manera de entrar en calor que dejarme arropar por estos dos portentosos caballeros.

    

       
   
    Uno de los máximos responsables de elevar las imágenes rodadas en una cámara a la categoría de arte es, sin ningún asomo de duda, John Ford. Maestro de maestros, humilde empedernido y visionario excepcional, Ford se hizo genial cuando se empeñó en contarnos historias de las praderas norteamericanas y elevarlas a la categoría de universales. ¿Habrá algo más difícil que transfigurar lo local en universal? ¡Hay que ser muy, pero que muy bueno para lograr esa proeza! El arte de Ford consiste precisamente en contarte una historia sencilla, con cuyo argumento llega al gran público y consigue entretenerle, y extrapolar al mismo tiempo esa historia y fijarla en los muros de la sabiduría de la naturaleza humana.
        
    Una de mis películas favoritas de todos los tiempos es y será La Diligencia (1939). 


    Inspirada en un relato de Guy de Maupassant, Boule de suif (Bola de sebo), Ford consigue filmar una tragedia griega en mitad de una llanura de Arizona. ¿Cómo demonios lo consigue? ¡A mí que me registren! Es sencillamente magistral. El espectador asiste guiado por la mano maestra e invisible de Ford a un cuestionamiento moral de alto nivel. La puta (Claire Trevor), el forajido (John Wayne), el médico borracho (Thomas Mitchell, ¡grande!) y el vividor-timador (John Carradine) salvan el culo de todos los pasajeros. Los decentes, que tan reticentes se mostraban al principio a acoger a los excluidos, desenmascaran su indecencia y sus almas mezquinas y cobardes se desparraman fotograma a fotograma; los marginados, esos a los que el mundo no parece dispuesto a dar una segunda oportunidad, dejan al descubierto toda su nobleza y arropan al espectador con su generosa valentía.
    
     
    En el magnífico documento escrito que Peter Bogdanovich tuvo a bien legarnos, tras varios años de conversaciones con el brillante y auténtico anti-sistema del establishment hollywoodiense Orson Welles, Ciudadano Welles, ¡imprescindible!, le pregunta Bogdanovich al genio de Wisconsin por la frase que dijo en una entrevista para la revista Playboy:

    


“Los directores de películas que más me impresionan son los viejos maestros, me refiero a John Ford, John Ford y John Ford.” 

Y cuenta Welles: “En realidad, el primer día que fui a un plató fue mi primer día de director. Todo lo que sabía lo había aprendido en las salas de proyección. ¡De Ford! Durante un mes, cada noche después de cenar, pasaba La Diligencia, a veces acompañado de distintos técnicos o jefes de departamento del estudio y les hacía preguntas. “¿Cómo se hizo esto?” “¿Por qué se hizo?” Era como ir a la escuela.”
       
   
Pero caer en la trampa urdida por el mismo John Ford, a la que él contribuía gustoso, e insistir en describirle como un director de westerns, no es hacerle justicia en absoluto. Ese hombre de ascendencia irlandesa, nacido y criado en Maine, el menor de trece hermanos, sencillo hasta la extenuación, que detestaba que la palabra “maestro” precediera su nombre, nos obsequió con una ristra de obras maestras, en los más variados estilos. Es el padre indiscutible del western, sí, bendecido sea, y elevó las películas de indios y vaqueros a los altares del séptimo arte, pero para demostrar que su genio lo petó en todos los géneros, me permito recomendar unas cuantas maravillas alejadas de Monument Valley:



El delator (1935), María Estuardo (1936) (con una Katherine Hepburn deliciosa), El joven Lincoln (1939) (una de las pocas oportunidades que tuvo el inmenso Walter Brennan de demostrar sus versátiles dotes como actor), El Fugitivo (1947) (o cómo Ford se atrevió a adaptar a la gran pantalla El poder y la gloria, del mismísimo Graham Greene, con un Henry Fonda sublime) El hombre tranquilo (1952), (un rendido tributo a Irlanda), Mister Roberts o Escala en Hawai (1955) (Cagney, Fonda y Lemmon dándolo todo en un submarino) o La taberna del irlandés (1963) (no hay que olvidar que su padre poseía una taberna en Maine, en la que el pequeño John pasaba los veranos). Hay más, pero estas son mis favoritas y muestran con evidente claridad que John Ford fue mucho más que un director de películas del oeste.
        
    Muchas son las anécdotas que podría contar sobre Ford. Por ejemplo, que no era tuerto, como muchos creen. Lo que pasa es que era un paciente desastroso y, cuando le operaron de cataratas de uno de sus ojos, se hartó del aparatoso vendaje que le pusieron, se lo quitó antes de tiempo, no curó bien y se vio obligado a proteger su ojito tapándolo o poniéndose gafas oscuras de un solo lado.

Bogdanovich y Ford
Ford era también un hombre con un gran sentido de la ternura y del humor. Le encantaba jugar a hacerse el ignorante e interpretaba el papel de patán siempre que podía. Prueba de ello es la anécdota que recoge Bogdanovich (otra vez Peter, mi querido Peter, gran estudioso cinéfilo y aventajado alumno en varias películas) en el libro que dedicó a John Ford. La cuenta la actriz Carroll Baker, que formaba parte del elenco de El gran combate (1964):

“Le dije al señor Ford que quería llevar el pelo suelto, como las mujeres de las películas de Ingmar Bergman. Y él dijo: “¿Ingrid Bergman?” No, dije yo, Ingmar Bergman. “¿Quién es?” Bergman, ya sabe, el gran director sueco. No dijo nada y consideré que más valía cambiar de tema. Pero cuando estaba a punto de salir, dijo: “Ah, Ingmar Bergman, te refieres al tipo que dijo que yo era el mejor director del mundo.”
        
    En fin, ese era John Ford. Genio y figura.
     
    Y algun@ dirá, “¿pero dónde está Mogambo?” Ahora, ahora voy. Me he reservado Mogambo (1953) para el final porque así hilvanamos John Ford con Clark Gable. Que aquí no se da puntada sin hilo.

Thomas Mithell, Ford, Gable, Robert Montgomery y John Wayne


   


   
Gable, El Hombre. Un metro ochenta y cinco de virilidad sensual y galante, con el gatillo de la testosterona siempre a punto. O cómo ser encantador, divertido, seductor, macizo y sexxxy sin despeinarse. 
   
     El pequeño Clark, destinado a ser un supermán más potente que su tocayo Kent, nació en Cadiz, no el de las chirigotas, sino el de Ohio. Después de una infancia complicadilla, en la que su madre murió cuando él solo tenía siete añitos y su padre, con el que nunca se llevó bien y que se oponía rabiosamente a su sueño de ser actor, le obsequió con una madrastra mandona; el muchacho acabó heredando 300 dólares de su abuelo y se largó con viento fresco. 
    Tratando de pillar pasta como fuera, para ir tirando, el joven Gable se puso a currar en una compañía de teléfonos y cuentan que uno de los que tuvo que reparar fue el de miss Josephine Dillon (nada que ver con Matt), distinguida y brillante profesora de arte dramático, que no tardó ni tres minutos en captar el tremendo potencial del chaval. Enroló a su pupilo en el grupo teatral que ella dirigía y le pulió cual diamante, mejorando su dicción, su aspecto físico y sus modales. De paso, y como aquel que no quiere la cosa, se lo cepilló y Gable se quedó colgadito de la señora en cuestión. Ella, 37 y el mozalbete, 23. Pero Clark, que siempre se sintió atraído por mujeres más mayores (¡Ay, Edipo, cuánta lata has dado!), decía: “La mujer de más edad ha visto más, ha oído más y sabe más que la más inteligente jovencita de bello rostro y bien formada figura.” ¡Chúpate esa! 
    Así que nada, los dos se fueron a Hollywood a probar fortuna –en el teatro- y se casaron (1924). Pero las tablas llevaron a nuestro galán de vuelta a Broadway, donde arrasó en los escenarios con la obra Machinal. La distancia pudo con ellos y se acabaron divorciando. Pero Edipo siguió haciendo de las suyas y le pegó un toque a su colega Cupido que acabó clavando una flecha en el corazón de Gable y en el de una rica heredera tejana (no, si ya te digo yo que…) poco agraciada, pero dicharachera, casada ya tres veces y a punto de divorciarse de nuevo, Rhea Langham, que le sacaba quince años. Y arrea que te arrea, Rhea cogió un colocón de Clark, se lo llevó pal rancho, le refinó más todavía, que ella era de la jetset, y lo convirtió en el hombre elegante y clasudo que ya tod@s conocemos. Se casaron y la tejana le montó una obrita teatral por todo lo alto en Los Angeles, que arrasó, The last mile (la versión de Broadway fue interpretada por Spencer Tracy, que también se lo llevó de calle).


   
     El carrerón posterior de nuestro héroe es de sobra conocido por todos y todas, así que voy abreviando. El muchacho no solo estaba como un queso, sino que tenía talento a raudales, servía para el drama y para la comedia, la paz y la guerra, el mar y la jungla, su encanto y su poderío no tenían límites, vamos. El primero que se fijó en este pedazo de hombre fue el maestro Lubitsch, con él se estrenó en la gran pantalla, La frivolidad de una dama (1924). Pero el pistoletazo de salida hacia el éxito, se lo brindó el bueno de Capra con su brillante Sucedió una noche (1934), con la simpática Claudette Colbert. 


    La consecuencia fue que mientras miles de chicas se lanzaban a viajar en autobús en busca de aventuras románticas como la de la película, los fabricantes de camisetas se la tenían jurada a Gable porque, en una de las escenas, se la quitó (¡Que me lo como!) y se veía su torso desnudo, rompiendo la tradición del hombrecito americano de llevar camiseta. La peli le valió a nuestro héroe un Oscar.

Luego se embarcó a bordo del Bounty, en la mítica Rebelión a bordo (1935), que dirigió Frank Lloyd, para que el oficial Fletcher Christian le parara los pies al endiablado capitán Bligh, interpretado magistralmente por el mismísimo Charles Laughton.
      
     Clark estaba en la cresta de la ola. El Rey de Hollywood enfilaba hacia el trono. Lo siguiente fue meterse hasta la cocina de los anales de la historia del cine. 


    Así lo definía el maestro de la crítica cinematográfica Fernández-Santos, en una de sus joyas periodísticas: “con la insuperable composición del personaje de Rett Butler en Lo que el viento se llevó (1939), se abrió un hueco invulnerable en la memoria de las cosas no perecederas”.



A todo esto, ya hacía algún tiempo que Clark le había dado puerta a la tejana, amistosamente, todo hay que decirlo, y estuvo unos añitos pendoneando por ahí, sorteando los sujetadores que le lanzaban las mujeres para que les estampara su autógrafo -¡que no me lo invento!- hasta que apareció una diosa deslenguada y cachonda, hermosa y rubia como el trigo, la mujer con la que siempre había soñado, Carole Lombard. Flechazo que te crió. 




Se casaron, compraron un rancho de diez hectáreas en Encino (California), con caballos, reses y demás y se convirtieron en una de las parejas más felices y unidas de toda la colonia hollywoodiense. ¡Qué bonitor! Los auténticos precursores de la saga bradgelina, pero con un redoble más de glamour.



Pero, ah, querid@s, la vida tenía otros planes y no dejó que nuestra pareja gozara mucho de su edén. Nos plantamos en 1942, el tío Sam solicita los servicios de miss Lombard, para que haga una gira benéfica y venda bonos de guerra como churros para ayudar a la causa aliada. Gable está en mitad de un rodaje y no puede acompañarla. Es la primera vez que nuestros tortolitos se separan en casi tres años de matrimonio. La gira de Carole concluye el 15 de enero, tras haber conseguido vender más de dos millones de dólares en bonos y envía un telegrama a su chico diciendo: “Papi, deberías unirte a este ejército.” Rauda y ansiosa por regresar con su hombre, anula la reserva para el tren y decide tomar un avión rumbo a Los Angeles. El vuelo se demoraba y Clark estaba atacado. La desgracia se cernió descarnada y cruel sobre las vidas de nuestra pareja. El avión nunca llegó a aterrizar, se estrelló cerca de Las Vegas. Cuando los equipos de socorro llegaron al lugar del siniestro, no hallaron ningún superviviente. Al llegar Clark a su rancho, totalmente destrozado, solo pudo decir: “Mami se ha ido”.

La vida de Clark Gable cambió para siempre, quedó impregnada de un poso amargo tremendo que le acompañó hasta el final de sus días. Se encerró en su rancho, en la más desgarradora soledad, y el 12 de agosto de ese mismo año, se incorporó a las Fuerzas Aéreas. Tenía 41 años. 


Su pericia como piloto lo condujo a llevar a cabo varias misiones de bombardeo sobre Alemania. El mariscal Goering, jefe supremo de la aviación nazi, se obsesionó con Gable y llegó a ofrecer 5000 dólares a quien fuera capaz de derribar el avión de Gable. No lo consiguió.
       
    Los años fueron pasando para nuestro galán. Tener un hijo se había convertido en el objetivo esencial de su vida, un heredero. Soñaba con retirarse a su rancho y llevar una vida familiar tranquila con su quinta mujer. Pero John Huston se interpuso en sus planes y no paró hasta conseguir que los dos sex-symbols del celuloide: Clark Gable y Marilyn Monroe protagonizaran su película, arropados por Montgomery Clift, Eli Wallach y Thelma Ritter. 




    El guión lo escribió el marido de Monroe, Arthur Miller, y Vidas rebeldes (1960) pasó a convertirse en… Mejor dejo que nos lo cuente Fernández-Santos:
   
     “Desde que era una niña, Marilyn Monroe, una huérfana absoluta, vio en la figura de Clark Gable al padre huido, o tal vez muerto, con que soñaba; y ahora, en la agonía del verano de 1960, también como Clark Gable a las puertas de la muerte, quiso encontrarse con la sombra de ese remoto padre soñado y consumar su amor con él en uno de los idilios más libres, locos y audaces de la historia del cine.”

      
    Durante la filmación de Vidas rebeldes, Gable recibió la noticia que tanto ansiaba, su mujer estaba embarazada. No cabía en sí de gozo. ¡Por fin iba a ser padre! Pero el destino se interpuso de nuevo en su camino agridulce y Clark nunca llegó a conocer a su único hijo John, ya que dos días después de concluir el extenuante rodaje de Vidas rebeldes, Gable murió de un ataque al corazón. Era el 16 de noviembre de 1960.

    
    ¡Ah, no! Pero me niego a dejaros con mal sabor de espíritu. Lo bueno que tiene el arte es precisamente que sus obras perduran más allá del presente y se extienden, poderosas y únicas, por las almas de todas aquellas personas dispuestas a dejarse penetrar por sus mágicos influjos. Estoy segura de que tú eres una de ellas. Anda, mueve el culo, píllate un dvd o una buena descarga y goza con las películas de John Ford y Clark Gable. Ellos sí que no te abandonan. Pero, cuidado, la suya es una pasión de las fuertes.




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