sábado, 16 de marzo de 2013

ARMANDO EL CRISTO, DE VELÁZQUEZ



    No hace mucho, me decía mi amigo Taisán, hombre culto, ingenioso y revoltoso, que había dos cosas de mí que le encantaban. A saber: que era la última punki de la tele y que era un personaje literario puesto en la vida real. De las muchas cosas que han dicho u opinado sobre mí, debo admitir que estas dos me hicieron sentir especialmente bien. Toquecito de vanidad.

   

 Las valoraciones de Taisán se acomodaron en mi cabeza, en el mismo vagón en que viajan mis vivencias, se pusieron juguetonas y empezaron a proyectarme un flashback efervescente, que recogía algunas de las más singulares. Y es que independientemente de la mayor o menor fortuna con que la vida me ha agraciado o machacado, es del todo cierto que he tenido la gran suerte de vivir situaciones y experiencias curiosas y muy peliculeras. Hasta tal punto que, en mitad de alguna de estas experiencias, me giré yo, atónita, buscando una cámara, como si al destino le hubiera dado por ponerse cinematográfico y me estuviera filmando. No han sido pocas las ocasiones en que más que sentirme un personaje literario, me he sentido un personaje de película, rodando en tiempo real, sin guión y sin director. Esas secuencias improvisadas y mágicas de mi vida son, sin lugar a dudas, una de las mayores compensaciones que ha tenido el que me dejaran suelta en esto de la aventura del vivir.


    Hoy me he decidido a contaros uno de esos episodios, que tuvo lugar hará cosa de veinte años atrás.

    Once upon a time... 

    Vivía yo en la Barcelona postolímpica ,apasionada, guapa y triunfal, Barcelona, digo, en mitad de unas Ramblas más cosmopolitas que nunca. Mi piso estaba encima del Café de la Ópera, enfrente mismo del Gran Teatre del Liceu. Algo que me permitió asistir desde el privilegiado palco de mi balcón al acontecimiento histórico del incendio del Liceu. 


¡Ver esos cuadros enormes y deliciosos de Ramon Casas salir por patas del teatro y atravesar, bamboleantes, las Ramblas fue impresionante! Una impresión muy daliniana que ha prevalecido en mi mente como un acto surrealista real precioso e irrepetible. Lógicamente, los cuadros estaban siendo acarreados por operarios que los sostenían desde la parte posterior, pero la visión que yo tenía era la de unos cuadros bellísimos y de gran tamaño a los que les habían salido unas extremidades en la parte inferior y huían del fuego despavoridos. 

   Recuerdo que algunos compañeros gráficos de la profesión, sabedores de que yo vivía allí, consiguieron burlar el cordón policial y llamaron al telefonillo para que les permitiera acceder a la azotea del edificio y poder así dejar constancia fotográfica de aquel trágico e histórico suceso. Algo a lo que accedí gustosa, claro está.

    
        Por aquella época, no trabajaba yo en nada concreto. Mi último curro televisivo había sido en el singular programa Peligrosamente juntas, de la 2 de TVE, cuyo influjo permanecerá en mí hasta el fin de mis días. Departir de igual a igual, es un decir, con colaboradores como Luis G. Berlanga, Luis Carandell, Néstor Luján o Jorge Wagensberg o entrevistar a Alejandro Jodorowski (creo que fue la primera entrevista televisiva que se le hizo en España), Jordi Villacampa, Nazario, Manuel Vázquez Montalbán, Martirio o La Fura dels Baus es un lujo que ya nadie se puede permitir. Y no porque algunos de ellos ya no estén entre nosotros, que en paz descansen, sino porque las intenciones catódicas actuales están a otra cosa.
    


    Andaba, pues, cobrando eso del paro, algo a lo que mi actual condición de pringada autónoma ya no me permite acceder, y ocasionalmente hacía lo que vienen siendo bolos. Asistía a programas de televisión, como colaboradora puntual o como invitada. En calidad de esto último, sin cobrar, claro, fui a un programa de esos que no veía, pero a los que resulta imposible resistirse. Tal vez alguien de vosotros lo recuerde, se llamaba ¿Qué apostamos? y lo presentaban Ramón García y Ana García Obregón. Mis compañeros invitados aquella noche serían ni más ni menos que la mismísima Gina Lollobrigida –que resultó ser estirada y borde- y el portero del Real Madrid Paco Buyo, un tipo muy divertido. El programa se emitía en la 1 de TVE y era en directo, ¡gracias a Dios!, ya que duraba mogollón de horas, imaginaos lo que hubiera supuesto grabarlo... Cuando me llamaron y me lo propusieron, pensé: “Mira, tú, te pagan un viajecito a Madrid con un billete de puente aéreo –abierto, para usar el día y a la hora que quieras- y una noche en un hotel estupendo de cuatro estrellas. Aprovecha, nena.” Y eso hice. Madrid es una de esas ciudades que siempre apetece visitar, el calor de sus gentes es como el jamón de Guijuelo que anuncian en la radio: “único en el mundo”, y sus encantos, variados e interminables. Así que planifiqué mi viajecito. Si quería aprovechar el día, lo mejor era desayunarme bien e irme tempranito por la mañana hacia la capital del reino.



 

  Resultó ser un día radiante de primavera. El mes de mayo florecía y verdeaba en la gran profusión de árboles y parques madrileños. Dejé las cosas en el hotel y quedé con los de producción que me enviarían un coche sobre las ocho de la tarde. Tenía muchas horas por delante. Ese día me había propuesto ir a visitar el Prado. Hacía demasiado tiempo ya que mi espíritu no se pegaba un chute con sus tesoros pictóricos. Me encasqueté mi discman, enchufé los conciertos para violín y orquesta de Prokofiev -¡ufffff!- a toda mecha y dirigí mis pasos hacia la pinacoteca favorita de Vincent Price.
   


    Lo primero, al entrar, fue detenerme, cómo no, en las pinturas italianas renacentistas, Boticelli incluído. Y rendirle los honores al inventor del surrealismo mágico, El Bosco. Ese contemporáneo de Erasmo y Thomas More, nada, unos mataos. ¡La madre que parió a Don Jerónimo! ¡Qué cuelgue! Y mientras, Prokofiev bordando a las mil maravillas los preliminares de mi calentón artístico con sus notas de porcelana sónica. El gusto corría por mi cuerpo con un empuje que ya quisieran para sí los más salidos.



    Escaleras arriba, venga, venga, como una moto recién lubricada, mi objetivo ese día eran los italianos, misión cumplida, y las pinturas negras de Goya. Pero antes me tocaba pasar por delante de los cuadrazos de Velázquez, gigantes, detallistas y poderosos. No pretendía entretenerme demasiado en ellos, sino no me quedaría tiempo para superGoya. La luz natural entraba por las ventanas superiores de las altísimas paredes del museo y brillaba, a veces en exceso, sobre alguna de las pinturas. 

    En estas que me planto delante de El Cristo, como quien no quiere la cosa.     Me paro y no puedo dejar de mirarlo, allí, clavada, rebosante de un deleite que me era extraño, pero electrizante. Prokofiev sigue sonando y aunque ya se ha terminado su Concierto nº 1, mi favorito, sigo con el segundo. Por la gloria de mi padre que estoy en trance, totalmente transportada. El cuadro va iluminándose progresivamente y me tiene de tal modo hechizada que no puedo apartar los ojos de su visión. Empiezo a sentir un calorcillo y un cosquilleo corriendo por mis venas y un placer tan intenso y feliz que sonrío y... ¡Me desmayo! Como lo lees. Me caigo cuan larga soy, no mucho, poco más de metro sesenta, y cuando me despierto, estoy sentada en uno de los bancos del Prado. Un vigilante sostiene mi mano derecha y le va dando golpecitos y otro me abanica con uno de los programas del Museo.

        -¿Se encuentra usted bien?    

       -¡Menudo susto nos ha dado!    

       -¿Qué? ¿Qué ha pasado? –Pregunto, sin entender nada, mirando a mi alrededor.    

      -Pues que se ha desmayado y menos mal que este señor la ha sujetado, sino se hubiera pegado un buen batacazo.       

   Entonces reparo en el caballero elegante que hay a mi izquierda, sentado junto a mí, que me mira con amable cortesía y cierta inquietud. Le saludo y le doy las gracias por haber sido tan atento conmigo. Es francés, ningún problema, lo hablo bastante bien, ronda la cincuentena y es muy educado y viril. Los vigilantes se retiran ya, viendo que me voy recobrando, no sin antes recibir toda suerte de torpes agradecimientos por mi parte y convencerles de que no necesito comer nada.   

      -¿Y tú, Jean, has visto ya las pinturas negras de Goya?    

     -Yo sólo te he visto a ti...
    

     Huy, pienso yo, mirándolo de hito en hito. ¿Será un pirado? No tiene pinta, la verdad... Ya, pues esos son los peores, tía. El hombre parece adivinar mis pensamientos y me empieza a contar, sonriente y divertido, que entró en el Museo justo detrás de mí y quedó impresionado por mi persona. ¿Qué quieres que te diga? Fue lo que dijo... También empleó la palabra "hechizo", ensorcellement. ¡Vaya día! No pudo evitar seguir mis pasos, a una cierta distancia. Y yo, con los cascos, no me había enterado de nada, por el Cristo de Velázquez. Aún sintiéndome halagada, pero no sin cierta prevención, accedí a tomar algo en la cafetería del museo con él. Charlamos, vimos las pinturas negras de Goya y me invitó a comer a un lujoso restaurante.   

    La conversación es muy fluida y amena. Es un hombre simpático, agradable y sexy. Así me entero de que es un ingeniero marsellés, director adjunto del Instituto Mediterráneo de Tecnología,  que ha venido a Madrid para asistir a un simposio tecnológico. Es viudo y tiene dos hijos. Yo le cuento lo mío, que tengo que ir a la tele y tal. Él insiste en que quedemos luego, pero le advierto que el programa al que voy dura mucho y nunca se sabe con exactitud la hora en que termina.
    -No importa. Te esperaré.   

    Paseamos un poco y nos despedimos, no sin antes intercambiar información sobre nuestros hoteles. Vuelvo al mío, me arreglo, me recogen y me trago el ¿Qué apostamos? sin rechistar, Obregón y Lollobrigida incluidas.
  

  Cuando me llevan de vuelta al hotel, pasada la 1h30 de la madrugada, estoy exhausta, embriagada de todas las sensaciones que he tenido a lo largo del día. Un día que había empezado muy temprano para mí. Al entrar en recepción y pedir la llave de la habitación, me dice la chica:
    

    -Vaya, qué pena. No hace ni un cuarto de hora que se acaba de ir un señor que la estaba esperando. Ha estado sentado ahí más de una hora.
    -¿De verdad? 

    -Sí, de hecho, ha dejado este ramo para usted...


 Cojo el precioso ramo y subo a mi habitación, como flotando, dejándome llevar por la atmósfera inesperadamente mágica con que las fuerzas benignas me habían agasajado ese día inolvidable. 


   
    Esta es la tarjeta con que acompañó las flores mi galante Jean. Hay una flecha, sí, pero la parte trasera es privada y no os la pienso desvelar.


   

   Pues no, no le llamé. Ni ese día, ni ningún otro. Mira que si era el hombre de mi vida... Jamás lo sabré porque nuestros destinos no volvieron a cruzarse.

    Con el que sigo manteniendo una relación estupenda es con el Cristo de Velázquez. Antes de salir del Museo, compré una postal suya, que voy cambiando por una nueva cuando se aja demasiado. Ocupa un lugar privilegiado de mi estudio, junto a un Budita feliz, en posición flor de loto. Se llevan muy bien, no hay conflictos religiosos. Yo les enciendo una velita de vez en cuando, platico con ellos y siempre me reconfortan.
      
     


4 comentarios:

  1. La dulce melancolía de lo que pudo ser...

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  2. Genial, como siempre Marisol...tu fluidez y capacidad de transmitir mereceria mucho mas reconocimiento, el talento no esta valorado como deberia,es una lastima, te seguire por aqui, enhorabuena amiga , un abrazo

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  3. Com m'ha agradat el teu relat, apassionat i apassionant.
    Una abraçada

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  4. La historia impresionante, pero lo que más me ha flipado es que conozcas al gran Taisán Kao jaja, no nos conocemos apenas, pero compartimos Anti-Karaoke en una ocasión y vive en Tarragona, donde resido desde hace casi diez años. Y joder, qué mítico aquel 31 de enero del 94 cuando ardió el Liceo, yo estaba cerca, se veía la columna de humo desde cualquier punto de la ciudad prácticamente.

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