Once upon a time... 
Lo primero, al entrar, fue detenerme, cómo no, en las pinturas italianas renacentistas, Boticelli incluído. Y rendir los honores al inventor del surrealismo mágico, El Bosco. Ese contemporáneo de Erasmo de Rotterdam y Thomas More, ¡ahí es na'!, por situarnos. ¡La madre que parió a Don Jerónimo! ¡Qué cuelgue! Y mientras, Prokofiev bordando a las mil maravillas los preliminares de mi calentón artístico con sus notas de porcelana sónica. El gozo corría por mi cuerpo con un empuje que ya quisieran para sí los más salidos.
Me paro y no puedo dejar de mirarlo, allí, clavada, rebosante de un deleite que me era extraño, pero electrizante. Estoy como hechizada. Prokofiev sigue sonando y aunque ya se ha terminado su Concierto nº 1, mi favorito, sigo con el segundo. Por la gloria de mi padre que estoy en trance, totalmente transportada. Miro sin mirar en mi. El cuadro va iluminándose progresivamente y me tiene de tal modo hechizada que no puedo apartar los ojos de su visión. Empiezo a sentir un calorcillo y un cosquilleo corriendo por mis venas y una sensación tan intensamente agradable y feliz que sonrío y... ¡Me desmayo! Como lo lees. Me caigo cuan larga soy, no mucho, poco más de metro sesenta, y cuando me despierto, estoy sentada en uno de los bancos del Prado. Un vigilante sostiene mi mano derecha y le va dando golpecitos y otro me abanica con uno de los programas del Museo.
La dulce melancolía de lo que pudo ser...
ResponderEliminarGenial, como siempre Marisol...tu fluidez y capacidad de transmitir mereceria mucho mas reconocimiento, el talento no esta valorado como deberia,es una lastima, te seguire por aqui, enhorabuena amiga , un abrazo
ResponderEliminarCom m'ha agradat el teu relat, apassionat i apassionant.
ResponderEliminarUna abraçada
La historia impresionante, pero lo que más me ha flipado es que conozcas al gran Taisán Kao jaja, no nos conocemos apenas, pero compartimos Anti-Karaoke en una ocasión y vive en Tarragona, donde resido desde hace casi diez años. Y joder, qué mítico aquel 31 de enero del 94 cuando ardió el Liceo, yo estaba cerca, se veía la columna de humo desde cualquier punto de la ciudad prácticamente.
ResponderEliminar