jueves, 4 de febrero de 2010

¡POR AMOR AL ARTE!

EL MINISTRO .- ¡Ay, Dieguito, usted no alcanzará nunca lo que son ilusión y bohemia! Usted ha nacido institucionista, usted no es un renegado del mundo del ensueño. ¡Yo, sí!
Luces de Bohemia
RAMÓN DEL VALLE-INCLÁN

¡Ah, el arte! Imposible no amar ese rico potaje cocinado por las musas, en cuyo caldero uno quisiera sumergirse y no parar de bucear ya por entre sus caldos suculentos. El arte es algo poderoso, potente y sublime que nos pellizca la sensibilidad y nos masajea el espíritu con sabia destreza. Cuando nos sentamos a su mesa, son tantos y tan exquisitos sus manjares... Unos más sencillos, otros, más sofisticados, pero a cuál más apetitoso.

Al arte sólo llegan aquellos que trascienden lo cotidiano y que saben tener las antenas del alma encaradas hacia el satélite de sus influjos. El arte puede ser tierno y sincero, mas también oscuro y endiablado; pero su poderío sobrenatural hace que, de una manera o de otra, si está impregnado de calidad, siempre acabe derivando en algo divino. Tal es su poder transfigurador.

Acudid al arte con humildad e inteligencia y podréis beber de sus fuentes como si de un elixir se tratara. Sus exuberantes chorros emanan por doquier a lo largo y ancho del inabarcable pozo, por el que, al lanzarnos, nos sentimos tan maravillados y atónitos como Alicia cuando fue impulsada por Lewis Carroll al hoyo que acabó conduciéndola al País de las Maravillas.

Y si, por casualidad, moran en vuestras almas, espíritus talentosos, no os empachéis ni hagáis malas mezclas. Dejad que vuestra intuición se deje aconsejar por los sabios y por los inspirados, embuiros de ellos y penetrad en sus obras con receptiva sinceridad. No desistáis en vuestro aprendizaje, ni lo alejéis de vuestra existencia, utilizándolo tan sólo como instrumento onírico. Si pretendéis mantener una relación seria con el arte y derivar vosotros mismos en artistas, no contradigáis con vuestros actos las reflexiones y las vivencias que él os transmite sin censuras. Ni os dejéis amilanar por un exceso de autocrítica. La autocrítica es buena y necesaria para mantener saneados vuestra obra y vuestro espíritu, pero tened presentes las palabras de Jung, que muy atinadamente recogió Fernando Savater en un prólogo que realizó a propósito de Robert Louis Stevenson:

Fácil, muy fácilmente, envenena la autocrítica el manjar sabroso de la ingenuidad, que es don imprescindible para todo hombre creativo.

Todo ser creativo, hombre o mujer, no deja de ser, en definitiva, un ser poseído por la imperiosa necesidad de expresarse. Cuando una persona atesora en su interior la capacidad de comunicarse creativamente con su entorno, no podrá descansar tranquila hasta haber conseguido abrirse camino a través de su propia jungla y logre dar forma a su arte. Y lo haga sintiéndose satisfecha del resultado. Algo que, afortunadamente para los degustadores, y maléficamente para el creador, jamás llega a producirse del todo. Que el exterior se muestre receptivo o no ante esa creatividad es un calvario por el que podemos adentrarnos más adelante. Mas puesto que una cosa es engendrar una obra, y otra muy distinta es gozar de ella, propongo que empecemos regocijándonos en el gozo. Tiempo tendremos luego de adentrarnos en los particulares tormentos de las almas creativas. Además, puesto que éstas, a su vez, por muy inspiradas que sean, han sido, al fin y al cabo, alimentadas por creaciones ajenas, parece lo más indicado.

Disfrutemos, pues, cual entregados catadores, con el más intenso de los hedonismos, de los infinitos y matizadísimos placeres del arte y de sus múltiples manifestaciones. Cada uno de nuestros sentidos se ve fortalecido por el arte, un complejo vitamínico de primer orden para todo espíritu y toda mente sensibles. El arte puede ser visual o acústico, voluminoso o plano, en color o en blanco y negro, alegre o triste, simple o rebuscado, cachondo o ceñudo, incitador o excitante, espontáneo o elaborado, caro o barato, humorístico o dramático, cínico o trágico, aleccionador o epatante, estético o esperpéntico, sincero o pretencioso, abstracto o realista, comprensible o incomprensible, distorsionado o clarividente, estiloso o estirado, duro o blando... El arte abarca una gama ilimitada de posibilidades que, combinada con las características y las necesidades de cada cual, es capaz de proporcionarnos momentos, más o menos breves, de magia existencial, por los que nuestro ánimo transcurre y se enaltece gracias al proceso alquímico en que el arte le sumerge. Y eso, queridas y queridos míos, es un privilegio que no tiene precio.

Vaya por delante mi profundo respeto por cualquier creación hecha con destreza, sensibilidad y buen gusto; independientemente de su valor intelectual. Siempre he considerado el esnobismo una vía muerta en la que desembocan las almas vanidosas y mezquinas. Del esnobismo a la mediocridad sólo hay un paso.

El intelecto no debe considerarse como guía de la vida, sino sólo como medio de aportar agradables juegos dialécticos y modos de mortificar a antagonistas menos ágiles.
BERTRAND RUSSELL
La conquista de la felicidad

Cierto es que no todas las creaciones artísticas deben tasarse por la misma escala de valores. Y no lo es menos que las creaciones profundas elevan nuestros espíritus a cotas inalcanzables. Pero hay que dejar bien claro que las obras artesanales bien hechas, ya sean unas migas o unas botas, una canción o un peinado, un vino o un perfume, un traje o un jardín, un golpe tenístico ganador o un golazo, requieren de un talento especial ante el que debemos rendirnos con respeto y consideración.

El arte mayor, el que aúna pericia, imaginación, profundidad, originalidad e inteligencia, ése hay que tomarlo a pequeñas dosis, con honda delectación, dejando que se extienda por todas las células de nuestro ser, las visibles y las invisibles, las conscientes y las inconscientes. Y si, además, se da la circunstancia de que la bondad añade sus influjos a la creación, entonces debemos felicitarnos, ya que, como decía Goethe:

Cuando sucede que una persona de talento es a la vez buena, suele dar al mundo una gran lección moral.
Conversaciones con...

Francamente, no concibo mi existencia sin las reparadoras e inagotables lecciones que me proporciona el arte. No sólo no la concibo, sino que, indudablemente, no sería yo la misma persona. De entre todos los resortes que mantienen activado mi engranaje existencial, el del arte es el que más amplia y matizadamente alimenta mis células. Tanto es así que ya os podéis ir olvidando de mí si estoy enfrascada y entregada a la visión de una película, a la escucha de una música, a la lectura de un libro, a la contemplación de un cuadro, de una escultura, de un edificio o de una fotografía que hayan acaparado mi atención. Tal es el poder que el arte ajerce sobre mí. Me sumerjo en una especie de trance y disfruto deleitándome íntimamente de ese gozo, en lo más hondo de mi ser. Luego, estaré encantada y agradecida de hallar almas con las que compartir tales gozos. Pero no es menos cierto que nadie me impedirá extasiarme a solas con la obra que, en esos momentos, haya atraído la atención de mi mente y de mis sentidos, metiéndole un chute de adrenalina a mi imaginación:

¡Oh imaginación que tienes el poder de imponerte a nuestras facultades y a nuestra voluntad y de arrebatarnos a un mundo interior, arrancándonos del mundo exterior, tanto que aunque sonaran mil trompetas no nos daríamos cuenta!
(Libre adaptación de un pensamiento de Dante)
¿De dónde proceden los mensajes visuales que recibes, cuando no están formados por sensaciones depositadas en la memoria?
ITALO CALVINO
Seis propuestas para el próximo milenio

Las palabras de Calvino sirven tanto para el creador, como para el degustador. Ya que si el artista es un ser poseído, no lo es menos el que disfruta de sus obras. Sin embargo, es ésta una posesión más llevadera, puesto que en nuestras manos está ponerle fin. Aunque hay ocasiones en que, ¿quién quiere ponerle fin?

Claro que antes de poner fin a nada, habrá que iniciarse. Y conseguir, además, que por más profundas que puedan llegar a ser nuestras relaciones con determinados circuitos artísticos, no dejemos de iniciarnos en otros. No acotéis rápidamente vuestro territorio artístico. Tened presente que el mundo del arte y del conocimiento es del todo inabarcable, y, que por mucho que nos adentremos en él, jamás dejamos de iniciarnos de algún modo. Y eso resulta delicioso porque nos ayuda a no perder la inocencia, la curiosidad y la ilusión necesarias para que la iniciación sea fructífera, estimulante e inagotable. ¿Quién da más? Decidme qué otra relación podéis establecer a lo largo de vuestra vida que resulte tan sugerente e imperturbable, tan a salvo de profundas decepciones y tan enriquecedora. Sí, el amor en todas sus manifestaciones es realmente maravilloso, ¿pero se encuentra acaso a salvo de las decepciones?

En lo tocante a la iniciación, es necesario reconocer que la auténtica iniciación, la que se produce en nuestra infancia, cuando todo nos sorprende y todavía ninguna decepción nos ha salpicado con su amargura, cuando nuestra virginal curiosidad es pura e hiperreceptiva, esa iniciación es del todo irrepetible. ¡Y fascinante!

Puesto que estos escritos no son, al fin y al cabo, más que cruces de mis entretelas, me vais a permitir que me tome la licencia de adentrarme en la parte más bohemia de mi propia experiencia y que tire de ella para ilustrar mi particular iniciación artística. Esto hará que, sin duda, sea éste el escrito más subjetivo de cuantos se recogen aquí. Espero que no os importe. Tan sólo me he limitado a transcribir un terapéutico ejercicio de memoria con el que un buen día me complací.

Yo inicié mi andadura en los vastos pastos artísticos como todo el mundo, de manera totalmente inconsciente. Mi modesto entorno inmediato, una insaciable curiosidad, una empática sensibilidad y los primeros pinitos de una incipiente y poderosa capacidad de concentración y de abstracción fueron guiándome a través de distintas sendas, por las que, sencillamente, me dejé llevar. La más llamativa, sin duda, y la que más amplios horizontes me abrió, desde el primer momento, fue la visual. Día a día, me entretenía y me complacía con el batiburrillo de imágenes en blanco y negro que proyectaba para mí el televisor, ese invento comunicativo tan interesante, tan denostado y tan desaprovechado, con el que nos hemos criado la mayoría de seres de esta parte del planeta nacidos a partir de la década de los sesenta. ¡Claro que aquéllos eran otros tiempos! Tiempos con programas más apetitosamente elaborados, que en nada se asemejaban a la vulgar tortura televisiva actual. No deja de resultar curioso que aquella televisión pública española, auspiciada por el gobierno fascista de Franco, fuera, en general, mucho más creativa y sugerente que la mayoría de cadenas españolas que hoy pueblan nuestras pantallas. Aunque tampoco deja de resultar evidente que hay varios factores determinantes que contribuyeron a que eso fuera así. Destacaré tres:

1. Son ya los últimos coletazos del régimen. Han sucedido muchísimas cosas en el trepidante mundo del siglo XX, desde que Franco llegara al poder, y el gran número de jóvenes inquietos de la España de los sesenta empuja con fuerza, con valentía y con rock’n’roll hacia el cambio. El desprestigio de la dictadura en el exterior es cada vez más creciente y a los gobernantes les cuesta dios y ayuda mantener a raya la imperiosa efervescencia liberadora que se respira en el ambiente. Y que, quieras que no, se cuela también por la pantalla del televisor.

2. La televisión está naciendo en nuestro país. Y no hay momento de mayor explosión de fuerzas que el que se produce cuando algo nace. Los caminos por recorrer son diversos e inexplorados e invitan a todo tipo de experimentos y entusiasmos. Se da cancha a personas creativas, las mismas que, progresiva y lamentablemente, con el transcurso de los años, irán siendo apartadas de ese mundo que ayudaron a crear.

3. La pasta y la astucia del sentido comercial todavía no controlan el cotarro. Los estudios de audiencia brillan por su ausencia. La dictadura democrática de la mayoría todavía no nos ha aplastado con la mediocridad, a la que, años más tarde, convertirán en la “reina de la tele”.

Por todo ello, aquella televisión tenía otros aires y, algo que ahora está muy de moda, otro talante. Podías ponerte a practicar senderismo televisivo, sin riesgo de ser atropellado por la infamia o de caer en los precipicios del mal gusto. Así fue como, sin darme cuenta, los programas de aquella televisión me acabaron conduciendo a parajes alucinantes que ya nunca más dejé de visitar; entre otras cosas, porque cuanto más he ido profundizando en ellos, a lo largo de los años, más variados placeres y entretenimientos me han proporcionado: la lectura, el teatro, el cine, la música y el deporte.

Pero vayamos por partes. Lo primero que atrajo mi fascinación, lógicamente, fueron los dibujos animados. ¡Qué mundo aquél tan impregnado de fantasía y de entusiasmo! ¡Qué buenos ratos pasé con el Oso Yogui y Bubu, con los Picapiedra y la Hormiga Atómica, con Popeye y Oliva, con Buggs Bunny y el Pato Lucas, con Silvestre y Piolín, con Porky y el Demonio de Tasmania! ¡Y con la Pantera Rosa! Bueno, ése ya fue un mundo aparte, porque el humor tan ingeniosamente visual y surrealista de la Pantera Rosa me llegó a mí más crecidita y estuve más capacitada para descubrir, a través de las singulares aventuras de ese animal tan especial, el mundo del absurdo. ¡Todo un descubrimiento del que jamás me he apartado! Recuerdo un episodio en que estaba la pobre Pantera tan famélica que se veía obligada a comerse la viñeta televisiva que la acogía. Fue doblándola en cuadraditos cada vez más pequeños, hasta convertirla en algo que cabía por su boca. Sacó un salero de uno de sus múltiples bolsillos invisibles, sazonó la requetedoblada pantalla y se la zampó. Acto seguido, aquello empezó a desdoblarse en su interior, hasta que el cuerpo de la Pantera Rosa acabó ocupando toda la pantalla... Todavía hoy me lo paso bomba con la Pantera Rosa y con los demás cartoons.

Todos ellos me catapultaron, desde sus plácidas aventuras, al sofisticado planeta de la letra impresa; gracias, sobretodo, a que mis padres me compraban cuentos para colorear y otros con muchas ilustraciones y un poco de letra gruesa. Y a través de un cuento de Popeye, al que por verlo yo en la tele le presté más atención, empecé a iniciarme, sin saberlo, en el mundo de la lectura, cuya fascinación ha ido en aumento a lo largo de mi vida.

La escena es la siguiente:
Mi madre está en la cocina, con las puertas abiertas, al lado del comedor, en el que se halla mi padre, en una butaca, leyendo el periódico. Yo tengo 4 años, todavía no voy a la escuela, y estoy sentada en uno de los extremos de la mesa del comedor con mis cuentos. La tele está puesta. De repente, digo:
-Di-bu-jos-a-ni-ma-dos...
-Bejerano, ¿has oído eso? -dice mi madre, asomándose con entusiasmada extrañeza al comedor. -La chiquilla ha leído en la televisión.
-No, mujer, si no sabe leer. Eso es que ha oído la sintonía y la ha asociado con los dibujos animados -responde mi padre con su típico laconismo prudencial.
-Que te digo que no, lo ha dicho como si lo leyera.
-Bueno, vamos a comprobarlo.
Ambos vienen hacia mí:
-A ver, Marisol, ¿puedes leer lo que dice aquí?
Y yo empiezo a leer el cuento de Popeye.
-¡Ay, Dios mío, pero si sabe leer! -sueltan atónitos, abrazándome y llenándome de besos.
-¡Jesús, qué criatura más lista! -añade mi madre, cogiéndome la cara con ambas manos, sin dejar de llevar las riendas del festejo que hemos montado en el comedor.

Entonces, al ver su entusiasmo y sus eufóricas manifestaciones de cariño, deduzco que he hecho algo importante. Yo era todavía demasiado pequeña para poder tener un ránking de importancias bien regulado. Así que el hecho de aprender a leer no era para mí más que el resultado lógico de un proceso de aprendizaje, y por eso no le había concedido mayor importancia. Al igual que a la lectura. Había aprendido a leer, no a deleitarme con la lectura.

Durante los primeros veinte años de mi vida, leí, primero, muchos cuentos; luego, cómics de Disney, de Ibáñez, Escobar y Vázquez, de El Príncipe Valiente y libros de Enyd Blyton; más tarde, lo que me obligaron a leer mis profes a lo largo de toda mi formación académica; y, finalmente, algunos libros que yo pillaba por mi cuenta un poco a ciegas o a la luz del tema que protagonizara mi existencia en aquellos momentos, tipo naturaleza, teatro o mujeres escritoras. Pero no fue, sin duda, hasta los veintipocos años cuando empecé a desarrollar la profundidad necesaria para gozar de veras con la lectura. ¡Y qué gozada! No he parado de leer
desde entonces e, indudablemente, jamás dejaré de hacerlo. Mi gran iniciador en ese campo fue mi primer compañero, diecisiete años mayor que yo, en cuya casa me instalé un año después de haberme independizado de mis padres, y no la abandoné hasta casi ocho años después. Y fue realmente el mejor de los iniciadores porque, en ningún momento, me metió los libros por los ojos, sino que dejó que yo misma me interesara por ellos. ¿Y sabéis qué? ¡Pues que fue fabuloso irse a vivir a una casa llena de libros y de discos! ¡Y sin televisor!

Bueno, bueno, pero no hay que olvidar que la tele sigue siendo, en lo que a mí respecta, el punto de partida iniciático principal. Paralelamente a mis orgiásticas sesiones de dibujos animados, me divertía también con el maravilloso mundo de Los Chiripitifláuticos: Valentina, el Capitan Tan, Locomotoro, el Tío Aquiles y Los Hermanos Malasombra. ¡Qué magnífico programa infantil! Todos los días, escenificaban historias divertidas que a mí acabaron conduciéndome al mundo de los espacios dramáticos y, por ende, al mundo de la ficción teatral. Tuve, además, la suerte de que, por aquel entonces, TVE producía un montón de programas dramáticos en diversos formatos: por capítulos u obra completa. A mí, esto de los capítulos siempre me gustó. Lo llamaban Novela, y todas las tardes, a eso de las 3, un nutrido elenco de excelentes actores, recreaba grandes novelas literarias, sobretodo de Alexandre Dumas. Recuerdo especialmente Los tres mosqueteros, con Sancho Gracia, como D’Artagnan; Víctor Valverde, como Athos; Ernesto Aura, como Aramis y el malogrado Joaquim Cardona, como Portos; la chica buena era Mayte Blasco y la mala, Elisa Ramírez. También recuerdo a Pepe Martín como El Conde de Montecristo, y a pesar de que el argumento no era especialmente atractivo para una niña de mi edad, me enganché y me lo pasé fenomenal.

Las obras de teatro las emitían en el espacio Estudio Uno y, como mis padres eran muy aficionados a ellas, acabaron por aficionarme a mí también y por inocular el gusanillo escénico en la botella de tequila de mi talento. Años después, contagiada por la arraigada tradición teatral imperante en mi pueblo, tuve ocasión de subirme a un escenario de verdad, con público de verdad. Pero no fue hasta mi paso por el centro en que estudié BUP y COU, en que un totalmente atípico profesor de matemáticas enteramente humanista, dejó mella en muchos de nosotros, al sembrar en nuestros interiores el amor por todo lo que fuera creatividad, en los más diversos formatos. Bajo su batuta, formamos, él y unos cuantos alumnos, un grupo teatral, Taula d’Esmeragda. Nos escribimos nuestra propia obra, Comèdia màgica en tres actes, y la estrenamos en el teatro del pueblo, con gran éxito. Ya, luego, él dejó el asunto en nuestras manos, e impulsados por mi admiración hacia Tennessee Williams, no paramos hasta encontrar un texto suyo en un archivo teatral de Barcelona e interpretamos Figuretes de vidre, o lo que es lo mismo, El zoo de cristal. Nosotros mismos nos dirigimos, nos ocupamos de la escenografía y del vestuario, y con la ayuda de amigos, incorporamos luces y música en vivo a ese montaje, con el que actuamos en diversos pueblos de Catalunya, gracias a que un empleado de la Caixa nos vio y nos propuso incluirnos en el Plan de Acción Cultural de esa entidad bancaria. Algo que a nosotros, que tan sólo contábamos 15 y 16 años, nos llenó de orgullo y motivación. Lo cierto es que jamás me hubiera podido imaginar que el mundo de las candilejas, en que me inicié, primero, como espectadora y luego como actriz aficionada, acabaría conduciéndome, muchos años más tarde, al escenario del teatro Alfil de Madrid.

Reconozco, empero, que el teatro es algo que prefiero disfrutar como espectadora, más que como actriz. Nuevamente, y lo lamento por tener que insistir en lo mismo, la parte comercial me fastidia el goce. Respeto profundamente a todo aquel que sale a un escenario a realizar algo, pero lo de tener que estar repitiendo día tras día el mismo texto y los mismos fingimientos es algo que no me acaba de seducir. De hecho, el teatro, en sus incios, fue concebido como espectáculo para un día. Bueno, en sus inicios y bastante después, ya que el propio Shakespeare escribía las obras para que los actores las interpretaran una sola vez; a nadie se le pasaba por la cabeza que aquello tuviera que estar repitiéndose día tras día. Ese es un mecanismo que nada tiene que ver con el arte y que ha acabado imponiendo el dinero. Se invierte en un espectáculo y se quiere rentabilizarlo. De ahí que los actores se vean obligados a interpretar la obra una y otra vez. Me resulta, además, muy extraño que los mismos actores no traten de este tema y de la mecanización que lleva implícito el actuar así.

Un día, hablando de este asunto con la actriz y buena amiga Silvia Marsó, me dijo que eso me sucedía porque el actuar no era en mí algo vocacional. Puede que tenga razón, no lo sé. Sólo sé que me divierto actuando, pero no teniendo que hacer y decir lo mismo todos los días, actuando o sin actuar. El factor repetitivo despierta tedio en mí hasta tal punto que tan sólo tiene vía de acceso a mi vida a través de las tareas higiénicas, domésticas o de mantenimiento de mi ecosistema. Artística o creativamente, lo repetitivo me parece fuera de lugar, como si distorsionara y menguara de consideración la calidad de la obra en cuestión, excepción hecha de la música repetitiva, un estilo musical con el que, personalmente, siempre he conectado muy bien.

Lo que no deja de sorprenderme es que tan sólo recuerdo una vez en que haya oído a un actor plantear esta cuestión, uno de los mejores del panorama internacional, por cierto, el británico Daniel Day-Lewis. Fue en una entrevista que publicaron en el dominical de El País. Este excelente actor, que inició su andadura artística precisamente en los escenarios teatrales del Bristol Old Vic y del Bristol Arts Centre, siempre ha compaginado el trabajo cinematográfico con el teatral, y hablaba de su última experiencia sobre las tablas, unos años atrás. Explicaba que se encontraba interpretando Hamlet ni más ni menos que en el National Theatre londinense, ya llevaban varios meses allí, y, un buen día, en mitad de la representación, sintió que ya no podía más, no entendía por qué estaba ahí representando ese papel, después de tanto tiempo. Así que, sencillamente, bajó al patio de butacas, lo atravesó, salió a la calle, echó a correr y no paró hasta encontrarse bastante alejado del teatro, debajo de uno de los puentes del Támesis. Una vez allí, se quedó varias horas, sentado en el suelo, tratando de encontrar un sentido a su trabajo actoral. A pesar de considerar que su vida no hubiera tenido demasiado sentido de no haber conectado con el arte interpretativo, y que lo de actuar en vivo, ante un público, le resultaba muy estimulante; consideraba que transcurridos dos meses, como mucho, el actor ya no tenía nada que aportar al personaje, ni veía la manera de que el personaje pudiera enriquecer al actor. E incidía en que tan sólo el aspecto comercial es el que impone la necesidad de sacar el máximo partido de los montajes teatrales, tratando de realizar el mayor número posible de representaciones.

Yo, cuando me inicié en esto de la vida, rápidamente comprendí que debía pasármelo lo mejor posible. Así que traté de sacar el máximo partido de todo lo que me rodeaba. Era, al igual que todos los niños, una esponja que se impregnaba de las posibilidades que mi entorno y mi imaginación, siempre presente en mis juegos, me ofrecían. Y a pesar de que los años han ido pasando, mi espíritu sigue igual de esponjoso. Creo que lo bueno es iniciarse y dejar, luego, que las semillas fructifiquen de un modo u otro. Lo que ocurre es que hay personas que, muy rápidamente, deciden cerrar el cajón de sus propias posibilidades; y dan cabida en él tan sólo a lo que les resulta más útil y práctico. Cerrando, así, sin darse cuenta, el paso a sus sueños y a sus fantasías, por considerarlos más bien entorpecedores. Ése nunca fue mi caso. Como ya indiqué anteriormente, soy una firme convencida de que la vida es un proceso de aprendizaje, teórico y práctico, durante el cual tenemos la obligación de ampliar nuestros horizontes y de poner a prueba nuestras aptitudes. Sin pretensiones, ni prejuicios.

Antes comentaba mi preferencia por las obras en capítulos, supongo que porque, cuando era pequeña, todavía no existían los dichosos culebrones. Bueno, existían pero a nivel radiofónico o en forma de fotonovelas, pero, gracias a Dios, a mi madre no le iba mucho ese rollo. Esa honda sentimentaloide, que siempre ha despertado en mí una deprimente y asfixiante desolación de la que huyo rauda, la asocio más con mi abuela y con las interminables y, afortunadamente, escasas tardes que tuve que aguantar oyendo Simplemente María o Lucecita cuando mi madre, por lo que fuera, no podía hacerse cargo de mí hasta la noche. En una ocasión, tuvieron que intervenirla quirúrgicamente y se vio obligada a yacer postrada en el hospital durante ¡una semana!, que pasé en casa de mi abuela. Tenía unas ganas locas de que mi madre volviera, no tanto por mi abuela, que aunque no era una persona especialmente dulce, la pobre hacía lo que podía, sino por librarme de la atmósfera rancia y triste con que aquellos seriales impregnaban su salón.

En TV, lo más parecido a un culebrón era La casa de la pradera, una serie que, francamente, nunca pude tragar. A los niños de la generación siguiente a la mía, los japoneses ya les tenían preparados unos culebrones infantiles, tipo Heidi y Marco, que tampoco hicieron mella en mí. Nunca he sido muy aficionada a lo lacrimógeno. Ni lo fui, ni lo soy. Lo mío siempre ha ido por derroteros más dinámicos. A mí, de pequeña, lo que me ponía eran series como Los Vengadores o El superagente 86. ¡Ah, ésas sí que me gustaban! El prototipo femenino de Emma Peel, que tan espléndidamente encarnó Diana Rigg, era mi punto de referencia femenino favorito. Yo, de mayor, quería ser como ella. ¡Era tan distinta de cualquiera de las mujeres que me rodeaban! Tan moderna y estupenda, tan independiente, con sus monos ceñidos y el pelo cardado, con su apartamento monísimo y su descapotable. ¡Y cómo sabía hacer frente a los hombres! Decididamente, era mi preferida. Yo creo que fue ella la que plantó en mí la semilla del feminismo que con tanto mimo regué más tarde, durante mi adolescencia.

Pero feminismos aparte, ese formato de una hora escasa de duración, en que se suceden un sinfín de aventuras diferentes en cada episodio, sin solución de continuad, con unos personajes con los que te vas encariñando a medida que los vas viendo, me encantó y me sigue encantando. Sigo siendo muy aficionada a las series televisivas. Y fue la afición por esas series la que hizo desembocar mi interés en rodajes de más calibre: el cine. ¡Qué mundo tan asombroso! Lo nuestro fue amor a primera vista.

Nuevamente, la influencia de mis padres fue decisiva, puesto que ambos eran muy aficionados a las películas, incluso recuerdo que mi padre guardaba una colección, que a mí me encantaba ver, de estampas de actores de Hollywood, con una pequeña biografía detrás. Había, además, por aquel entonces, en televisión, un gran conocedor del séptimo arte, llamado Alfonso Sánchez, que hablaba de una forma entrecortada muy característica, y al que yo imitaba con divertido acierto al parecer, que me enseñó muchas cosas sobre el fascinante mundo del celuloide. Por otra parte, en mi pueblo, el mayor entretenimiento de los domingos pasaba por ir al cine. Lugar al que acudí, primero con mis padres, luego, con mis amigos, a zamparme una sesión doble y un montón de quicos y de chuches de todas clases que me obligaban, muy a menudo, a terminar la semana tomando Sal de Fruta y una infusión de manzanilla. Así transcurrieron los domingos de los primeros quince años de mi vida.

El cine me atrapó, me apasionó y me entusiasmó desde la primera visión. Incluso cuando todavía no entendía exactamente de qué iba aquello. Sólo sé que a medida que iba enfrascándome en la visión de esas imágenes en movimiento, mi fascinación iba en aumento. La compenetración armónica de talentos tan diversos como la escritura, la fotografía, la iluminación, la música, la interpretación o la dirección en una sola obra fue algo que acabó por hechizarme. Con el transcurso de los años, fui penetrando en ese mundo con mayor hondura, hasta quedar totalmente enganchada a él. Durante mi adolescencia, además, el vídeo pasó a incorporarse al equipo de televisión, y me recuerdo grabando películas como una loca en uno de esos primeros armatostes que comercializaron con el sistema 2000, poniéndomelas, libreta en mano, e ir apretando la pausa para anotar diálogos brillantes. Veía una y otra vez La fiera de mi niña, de Hawks; Johnny Guitar, de Nicholas Ray; Eva al desnudo, de Mankiewicz; La costilla de Adán, de Cukor...

Tan entregada estaba a la causa cinematográfica que decidí que lo que yo quería ser era directora de cine. El único problema es que aquello no era una carrera universitaria y, puesto que siempre había sido una buena estudiante, todo el mundo a mi alrededor dio por sentado que yo iba a ir a la universidad, a cumplir mi expediente como Dios manda y, de paso, a cumplir también el sueño que mi padre nunca había podido realizar. Algo que yo estaba dispuesta a consumar gustosa, ¿pero cómo? Mi eterno interés por varios temas, mi falta de vocación específica por algo y mis propósitos de indagar en diversas direcciones no facilitaban el hallar una solución viable. Yo había aprobado la selectividad en junio, pero dejé pasar el verano, tratando de encontrar una salida. Cuando llegó septiembre, tenía que tomar una decisión y seguía sin tenerlo nada claro. Acudí al que había sido mi tutor durante el curso de COU, mi profesor de filosofía, y el tío se enrolló de maravilla. Después de hablar largamente, quedó claro que lo que más me incentivaba y despertaba mi interés era el cine. Él mismo se encargó de informarse al respecto y parecía que todo pasaba por ir a la Escuela de Cine de Madrid, algo que para una muchacha de un pueblo de Barcelona, con la mayoría de edad recién adquirida, resultaba más complicado de lo esperado. Lo de alejarme de mis padres e irme a Madrid no me disgustaba en absoluto, más bien todo lo contrario, pero primero debía convencerles. Tomar aquella decisión tan de repente, con el inicio del curso encima, era lo más difícil. Finalmente, mis padres accedieron, pero, a la postre, resultó ser en vano, puesto que, por aquellas fechas, esa Escuela estaba cerrada. ¡Dios mío! ¿Qué podía hacer? Mi profesor siguió buscando alternativas, hasta que, por fin, dio con una, que parecía encajar perfectamente con los deseos de todos: la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Autónoma de Barcelona. Sí, una de sus especializaciones era Imagen y Sonido. Allá que fuimos. Pero, ¡oh, no! esa especialidad no se imparte en la Facultad de Barcelona, sólo en la de Madrid. ¡Maldito centralismo! Bueno, los tres primeros años son comunes, puedes empezar aquí y luego te vas a Madrid. Sí, claro, a priori, todo es muy fácil, pero, luego, te das cuenta de que, como cantaba mi tocaya, “la vida es una tómbola” y te lleva por rumbos que nunca antes hubieras podido imaginar recorrer, desviándote de otros de los que, supuestamente, nadie iba a apartarte. En fin, que, al terminar 3º, ya estaba yo trabajando en la recién creada radio nacional de Catalunya, Catalunya Ràdio, convirtiéndome en la envidia de mis compañeros y en el orgullo de mis profes. No parecía un buen momento para irse de allí. Terminé, pues, la carrera y me especialicé en Periodismo. ¿Quién me lo iba a mí a decir? Y si bien es cierto que todavía no he tenido ocasión de dirigir una película, aunque es algo que no descarto, no lo es menos que he podido trabajar en dos de ellas como actriz.

Lo bueno de ir adentrándose en la vida es comprobar que por más caminos que recorras, siempre quedan muchos más por recorrer. De repente, tratando de meterte por uno de ellos, te pierdes y te adentras en una senda que te acaba conduciendo a un rincón inesperado en el que resulta que tu experiencia se pone las botas y haces crecer el valor de las parcelas de tu personalidad. Puede que tus bolsillos sigan igual de vacíos, pero tal vez tu espíritu se ha pegado un atracón de sabiduría y te sientes fenomenal. No languidecer, ésa es mi norma. Motivación y estímulo. ¡Vamos que nos vamos! ¡Hay tantos resortes en nuestro interior dispuestos a activarse de tantas maneras!

¿Por qué no lo probamos con música? La música es totalmente mágica. De entre todas las artes, es la única invisible y, sin embargo, ¡capaz de activar a seres tan distintos y tan alejados en tiempo y espacio! Puede que la música esté escrita en una partitura, o puede que no. No seréis vosotros de la congregación de la Virgen de la Partitura... Lo importante es el sonido, lo que escuchas, y lo que eso mueve en tu interior. Hay sonidos que surgen de las notas que la inspiración elaboró en forma de partitura, y hay otros que surgen de... ¿de dónde? No se sabe de dónde, pero surgen y remueven y agitan nuestros sentidos creando con ellos un cóctel que nos embriaga. Cuando John MacLauglin se enteró de que Paco de Lucía no sólo no había pisado un conservatorio en toda su vida, sino que no sabía leer una partitura, se quedó atónito. No se lo podía creer. Pues claro. ¿Qué importancia tiene eso? No pretenderéis determinar el valor de una música en función de si está escrita o no en un pentagrama. ¡Pero si precisamente lo genial es que los solos de Charlie Parker, de Cecil Taylor o de Fela, los quiebros vocales de Camarón de la Isla o de Nusrat Fateh Ali Khan, los zapateos de Carmen Amaya o de Fred Astaire, los guitarreos de Paco de Lucía o de Jimmy Hendrix no salen de ninguna partitura! ¡Salen de sus almas! Y nuestra obligación es entrar en sintonía con sus genios, dejarnos llevar por sus talentos, ¡y dejarnos de puñetas!

Cada música tiene sus encantos, sus momentos de disfrute y sus circunstancias. Y nosotros, las nuestras. Pero antes de descalificar o de acotar nuestros gustos, tomemos unas cuantas rondas sonoras y fluyamos con ellas.

Yo tuve la suerte de criarme en un hogar, con unos padres ricos en aficiones. La música era una de ellas. En este terreno artístico, la televisión no tuvo una capacidad iniciática tan determinante, excepción hecha de los Festivales de Eurovisión, que eran seguidos y se vivían, en aquellos tiempos, con auténtica devoción. Además, a los españoles no nos iba del todo mal, gracias, sobretodo, a Massiel, Salomé o Karina, que nos brindaron dos primeros y un segundo puesto merecidísimos. Cuando Massiel arrasó con el polémico La, la, la de Joan Manuel Serrat, yo tenía seis años y un desparpajo de lo más saleroso, con el que registré, en el magnetófono de mi padre, mi particular versión de esa canción.

Ese aparato, que funcionaba con bobinas de cinta de varias horas de duración, hacía las delicias de mi familia, puesto que los tres éramos muy cantarines y mi padre gustaba de grabarnos cantando toda suerte de canciones: a mi padre le daba por las romanzas zarzueleras o los corridos mejicanos, mi madre tiraba hacia la copla y yo cantaba las canciones que oía en el cole, en la radio o en la tele. Sí, en mi casa, todos cantábamos, sobretodo, mi madre; ella acostumbraba acompañarse, en sus tareas domésticas, de canciones de Concha Piquer o de Marifé de Triana. Y yo debo confesar a los lectores que, muchos días, ajustaba las puertas del pasillo, blandía un cepillo para el pelo o un bote de laca de mi madre a modo de micrófono, y hacía mis propios recitales. Para mí, cantar era algo natural y espontáneo, que hacía siempre que me lo solicitaban, estuviera donde estuviera, o me arrancaba yo sola, sin nigún tipo de corte. Recuerdo que, una vez, fui al hospital a visitar a mi amiga Teresa, que se había roto el fémur, al ser atropellada por un coche, justo cuando venía a jugar a mi casa. Debíamos tener 10 años, y una ruptura tan aparatosa, en una niña de esa edad, provocaba una cierta tristeza en todos los que estábamos allí; así que me dije: “Esto hay que animarlo como sea, ¡Marisol, vamos allá!”, y me puse a cantar. Fue una escena preciosa y divertida, que recuerdo con gran cariño, porque, poco a poco, fueron congregándose en aquella habitación médicos, enfermeras, enfermos con los más variados vendajes, visitantes y señoras de la limpieza y armamos un jolgorio que no veas. Todos me acompañaban con las manos y, al terminar, me jalearon con una cariñosa ovación. Fue muy emocionante porque, en un pispás, todos los que nos encontrábamos allí expandimos un montón de buenas y alegres vibraciones por aquel lugar tan triste y apagado. ¡Y todo gracias a la música!

Años más tarde, pedí a mis padres que me compraran una guitarra. Aprendí a tocarla en plan autodidacta y acabé componiendo mis propias canciones, que tuve ocasión de interpretar en lugares como La Cova del Drac o en fiestas de mi Facultad. Y mucho más tarde, cuando Sergio Makaroff me propuso cantar en directo versiones en clave de blues o soul de temas en inglés que nos gustaran, me lancé de cabeza. ¡Imagínate, tocar con una banda! Recorrimos varios locales de Barcelona, incluído el Apolo, y ¡fue toda una experiencia!

Sí, adoro la música. Lo cierto es que el cine, la música y la literatura hace años que me acompañan constantemente, a todas horas. Están conmigo y yo con ellos, y nos compenetramos hasta tal punto que ¡me vuelven loca! A veces, estoy leyendo o escribiendo, y una palabra, una imagen o una frase evocan en mí una canción, por ejemplo. Me levanto como una moto, voy hacia el equipo de música, la pongo y empiezo a bailar. Ya que si cantar es, en mí, algo natural, no lo es menos bailar. Me pego unos bailoteos que no veas. Pero, ¡ah, no, ahí no acaba todo! Porque, o bien me estusiasmo y voy encadenando una canción tras otra y me arreo una sesión improvisada de baile; o bien, si me siento inspirada y tengo tiempo suficiente por delante, cojo una cinta y grabo una remix, bailoteo incluído. Esa es una costumbre que adquirí cuando trabajé como discjockey. Aunque yo siempre preferí llamarme dancejockey, pues mis sesiones musicales iban invariablemente acompañadas de su correspondiente baile. Dicen algunos que resultaba espectacular, no lo sé, nunca tuve oportunidad de observarme. Lo único que sé es que un día vinieron a verme al local en que pinchaba, el Nick Havana de Barcelona, unos tipos de TVE, porque alguien les había hablado de mí, y acabaron contratándome para copresentar un programa que estaban preparando y que se llamó Plastic. En fin, ¡qué vueltas da la vida!

Bueno, a lo que iba, que otros compañeros y yo teníamos la costumbre de grabar nuestras pinchadas, para luego intercambiárnoslas. Horas y horas de música, en el sentido más puramente ecléctico del término, hilvanadas con criterio, con salero y con clase; sesiones de música variadas, apasionantes, cojonudas y, lo que es mejor, imperecederas. No importa de cuándo date la fecha de grabación. Tú coges cualquiera de ellas y puedes escucharla cuando quieras, ahora o dentro de cincuenta años. Apuesto a que sigue gustándote. ¡Pero es que ésa es justo la magia no sólo de la música, sino del arte en general: que nunca muere! El talento es como Dios y el auténtico amor, no tienen fecha de caducidad. ¿Cómo no amarle?

Para terminar con los aspectos iniciáticos que hicieron desembocar mi espíritu en el manantial del arte, os propongo una nueva escucha en el famoso magnetofón de mi padre, que viene, además, muy al caso para ilustrar el modo en que yo empecé a familiarizarme con la reina de la música de las partituras, también conocida como música clásica. De entre todas las músicas, ésa era a la que mi padre más horas dedicaba, por grabarse sesiones y sesiones de la Radio 2 de RNE, que luego él etiquetaba y guardaba primorosamente. Eso sucedía en una especie de gabinete o saloncito de estar, donde había un mueble bar/estantería, con un hueco en el centro, supuestamente para un televisor, pero que mi padre ocupaba con el magnetófono, un bonito tresillo de terciopelo granate y una mesita a juego. Ese lugar era donde mi padre gustaba de pasarse largas horas, en soledad y en penumbra, la mayoría de las veces, disfrutando de sus cosas y especialmente de su música, cuando llegaba de trabajar. No le gustaba mucho que fueran a importunarle, sobretodo yo, cuya revoltosa curiosidad me acababa empujando a bombardearle con preguntas de la más variada índole. Alguna vez, empero, permitía que traspasara el umbral de su intimidad, y dejaba que me quedara sentada un buen rato, pero, eso sí, calladita. La música sonaba por los altavoces y, en alguna ocasión, menos de las que yo hubiera deseado, me contaba un cuento, que se iba inventando sobre la marcha, y lo adaptaba a la sonoridad del momento. Cuando la orquesta realizaba algún crescendo, aparecía el lobo o algún ser especial o sobrenatural; si lo que sonaba era un tranquilo adagio, el héroe o la heroína del cuento iban paseando alegremente por el campo, y así sucesivamente. De esta manera, y sin prestar mucha importancia a tal hecho, inicié mi relación con una música que a la mayoría de mis compañeros no les gustaba demasiado escuchar. Pero a mí, sí. No en vano, el primer programa de radio que tuve a mi cargo en Catalunya Ràdio fue Divertiment clàssic. Y debo añadir que las cosas entre nosotras, o sea entre esa música y yo, siguen marchando estupendamente.

Como véis, mis cruces bohemios se entrelazan de muy distintas maneras. Empiezo recreándome en las cosas del arte y luego me resulta del todo irresistible no involucrarme y tratar de crearlas por mí misma. El caso es que deslizan a mi ser por una complaciente y peligrosa dispersión, a la que es bueno entregarse como degustador, pero que acaba resultando mala compañera para el creador. Y como, en mi caso, esas dos vivencias han ido parejas, me he visto obligada a acotar el disfrute receptivo, tratando de favorecer, en lo posible, una mayor fluidez creativa. ¡Ay, cuán difícil es! Y todo por no querer ser una ingrata con el amor que el arte me inspira. Es que si sólo me sacio con lo que me ofrece, me siento fatal, como una amante egoísta, dispuesta únicamente a disfrutar con lo que el otro te da. ¡Yo también quiero corresponderle! Y procuro hacerlo desde mi más humilde posición, pero buscando, sin duda, complacerme complaciéndole y complacerle complaciéndome.

Creo, pues, que ya va siendo hora de que nos ocupemos del creador, de ese ser solitario, sensible, sufridor y atormentado, en constante lucha consigo mismo, con sus exigencias y sus capacidades. A pesar de que toda persona que crea, incluso la más genial, haya sido inducida a ello por un montón de influjos externos -e internos, lógicamente-, siempre acaba llegando a un punto en que debe apartar de sí lo ajeno para dar vida a lo propio. Y ahí es donde se inicia el proceso transfigurador que la devuelve de vuelta a sí misma, imprescindible y necesario para que pueda sacar jugo de su talento y de su inspiración.

Lo que el artista necesita, llegado el momento de dar a luz su creatividad, es hacer acopio de concentración si no quiere resultar malparado en su asalto al poder creativo, cuya naturaleza tiránica y posesiva tan sólo podrá ser neutralizada por la acción competente y eficaz de la fuerzas especiales de la disciplina. El artista lucha, casi siempre, denodadamente, consigo mismo, con su otro yo, el que permanece secuestrado por una fuerza creativa que le exige, sin tregua, ser desarrollada en las más exquisitas formas, si quiere verse liberado. Y no le queda más remedio que acceder a sus peticiones o vérselas con el abanico de molestas insatisfacciones y aflicciones que esta poderosa criatura es capaz de desplegar. El creador accede a pagar el rescate con su obra y se resigna a padecer el síndrome de Estocolmo hasta el fin de sus días. No tiene otra elección.

En arte, es algo en lo que nunca se ha insistido bastante, la parte que se deja a la voluntad del hombre es bastante menor de lo que se cree.

El artista no es artista más que a condición de ser dual y de no ignorar ningún fenómeno de su doble naturaleza.
CHARLES BAUDELAIRE
Lo cómico y la caricatura


Y todo aquel que viva en el tópico y crea que el artista es ese ser caótico y desordenado, que lleva una vida de similares características, maldescrita como bohemia, anda muy equivocado. Pues lo bohemio no radica en el comportamiento externo, sino en el interno, de cuyos influjos depende. Puede que haya algún artista que, aparentemente, lleve ese tipo de vida; pero estoy segura que a poco que profundizáramos, nos daríamos cuenta de que ese sinvivir que le consume y le mantiene abducido en su propia obra, y que hace que se olvide de lavarse o de comer, no es más que la consecuencia lógica de su pacto con la creatividad en el momento de darle forma. Puesto que, para él, como escribía Lord Byron:

Cada estado, cada instante es de un valor infinito, pues viene a ser como el representante de toda una eternidad.

Pero seguro que, cuando el artista no está en la cúspide de su curva creadora, es un ser ordenado y meticuloso, apto y hábil en la concepción de su obra. Es algo que Baudelaire, nuevamente, en el libro que cité anteriormente, describe a la perfección:

Querría que se creara un neologismo, que se fabricara una palabra destinada a reprobar ese género de tópico, el tópico en el estilo y la conducta que se introduce en la vida de los artistas tanto como en sus obras. Por lo demás, constato que lo contrario sucede con frecuencia en la historia, los más sorprendentes, los más excéntricos en sus concepciones, son a menudo hombres cuya vida es tranquila y minuciosamente ordenada. Muchos de ellos han tenido las virtudes del hogar muy desarrolladas. ¿No se han percatado que a menudo nada se parece más al perfecto burgués que el artista de genio concentrado?

Cuando el artista logra, al fin, salir airoso de su reto creativo, debe atravesar, en solitario, el calvario de dar a conocer su obra al exterior. Sí, ya que toda la caterva de intermediarios en forma de representantes, marchantes o agentes no acostumbran a aparecer más que cuando el artista ha logrado ya traspasar por sí mismo la barrera del anonimato y ha salido airoso del duelo mantenido con los sicarios del miedo al rechazo. Y si antiguamente el calvario era tal por ser escasas las personas que podían mantener el arte y disfrutarlo, pues obligaban, en muchas ocasiones, al artista a recorrer los caminos que ellos mismos marcaban; actualmente, el calvario surge precisamente por ser muchos más los que tienen acceso al arte y tratar, la mayoría de ellos de hacer negocio con él.

El negocio no ama el arte.
El negocio ama el dinero.
El negocio invierte una cantidad para, como mínimo, rentabilizarla y, si es posible, doblarla.
El arte invierte su talento para difundirlo y tratar, como mínimo, de lograr el apoyo suficiente que le permita, si es posible, seguir siendo generado desde unas condiciones que no resulten, al menos, ingratas.
El negocio necesita consumidores. Cuantos más, mejor.
El arte necesita degustadores. La cantidad no importa.
-¿Cómo que no importa? -pregunta el negocio, impertérrito.
-Pues como que no. Lo que importa es la calidad -responde el arte, impasible.
-Bueno, bueno, todo es muy relativo... No desdeñes la cantidad. ¿Pero sabes de cuánto estamos hablando?

La tentación está en marcha. El arte empieza a dividirse en facciones. Unas,
tibias. Otras, radicales. Unas, sumisas. Otras, dispuestas a negociar.
Es el caos.
¿Dónde acaba el arte y empieza el negocio?
¿Dónde acaba el negocio y empieza el arte?
¿Pero qué es el arte?

Ésa es una pregunta que cada cual debe tratar de responderse. Lo que está claro es que el negocio ha ido progresivamente devaluando el concepto artístico, llegando incluso, la mayoría de los negociantes, a especializarse en fabricar una especie de pseudo-arte, de bajo consumo y de fácil acceso, que enriquece sus alforjas, pero que empobrece los espíritus de quienes lo consumen.

...pienso en la desdicha de los hombres destinados a la belleza, pero forzados a sobrevivir en la banalidad de esta cultura donde lo que alguna vez fue sentido, ha degenerado en burda diversión, en estimulantes o patéticos objetos decorativos. Triste epílogo de un siglo destrozado entre los delirios de la razón y la crueldad del acero.
(...) corremos el riesgo de ser absorvidos por el vacío.
ERNESTO SABATO
Antes del fin


Los industriales que surten a las masas de placeres estandarizados y fabricados en serie se obstinan cuanto pueden por hacer de vosotros tan estúpidos mecánicos durante vuestros ocios como durante vuestro trabajo.
ALDOUS HUXLEY
Contraputo

Todas las disciplinas artísticas sufren, hoy en día, el acoso mediático-consumista que imponen los negociantes. Hasta tal punto que es prácticamente seguro que las obras más vendidas, más vistas o más escuchadas sean las que menos calidad poseen. Son poquísimas las excepciones que confirman esta vulgar regla de mercado, en la que el arte poco o nada tiene que ver. Que una obra sea comercial, no significa, ni mucho menos, que posea calidad. Y que una obra posea calidad no significa necesariamente que no sea comercial o que esté destinada a las minorías. Aunque como dice Gilbert en el brillante ensayo dialogado de Oscar Wilde, El crítico artista:

El público es prodigiosamente tolerante: lo perdona todo, menos el talento.

El negocio ha sido, por otra parte, históricamente, mezquino con el artista; torturándole, en vida, con su ignominia y no rindiéndole la debida pleitesía, en demasiadas ocasiones, hasta su muerte. ¿Para no tener que pagarle lo que le corresponde? ¿Qué hubiera sido de Van Gogh si le hubieran pagado sus obras, no con las desvergonzadas cuantías astronómicas que hoy piden por ellas, sino tan sólo con una cantidad digna? ¿Hubiera acabado igual? Francamente, creo que no. ¿Habría producido las mismas obras maestras, de no ser así? ¿Y John Kennedy Toole, se habría suicidado igualmente aunque hubiera encontrado un editor para La conjura de los necios? ¿Habrían creado tantos y tantos artistas las mismas obras maestras si el éxito les hubiera acompañado? ¡Quién lo sabe!

El auténtico artista, sin embargo, no permite que estas reflexiones hagan mella en él, y atraviesa con su obra el foso de las políticas de mercado, como si estuviera pisando huevos, resignado a su suerte, pero tratando, sobretodo, de que no se lo coman los cocodrilos. Ya que, como escribió Sabato en su lúcido, como siempre, e inconmensurable libro Antes del fin: Si el fracaso es triste, el fracaso en arte es siempre trágico.

Por eso cuando, en nuestras vidas, aparecen destellos de arte, bajo el formato que sea, debemos tratarlos con mucho mimo y consideración, pues seguro que son muchas las penalidades que han tenido que sufrir hasta conseguir llegar a nuestras manos, y no estarán, los pobres, como para ir aguantando más embites.

Aparte de los consabidos reclamos que utilizan los empresarios y los comerciantes para vender obras como churros y tratarlas como tales, está claro que unas disciplinas artísticas lo tienen más fácil, para abrirse camino en el mundo comercial, que otras. Es evidente que la parte visual, la imagen, ha adquirido un protagonismo inmenso con el avance de los tiempos. Y no quisiera yo finalizar este escrito sin rendir mi particular pleitesía, como antes anuncié, al arte que más complicado lo tiene para atraer el interés y la atención de la gente del siglo XXI: la literatura.

Un montón de páginas blancas, o de colores, eso poco importa, cubiertas de letras, por más ingeniosamente que éstas estén combinadas, por más sugerente que resulte el texto final, por más fascinante que sea el mundo que nos puedan evocar, por más llamativa que sea la portada que les dé cobijo; jamás de los jamases resultará tan atractivo como cualquiera de los vistosos, ensordecedores, espectaculares... vehículos artísticos a nuestro alcance. Y conste que digo artísticos, es decir, no incluyo el mogollón de vehículos consumistas.

Leer un libro es un acto de voluntad para la mayoría de personas. ¿Cómo es eso posible? ¡Si leer es algo enteramente único, íntimo y subjetivo, que podemos llevar a cabo donde y cuando queramos, y nos da licencia para imaginar y fabricar a nuestro antojo el mundo que sus páginas nos transmiten! La literatura es la única arte con licencia para imaginar, puesto que su existencia de nuestra imaginación depende. Leed el libro más universal, el más manido, el que más siglos lleve leyéndose, el que más millones de lectores haya acaparado, no importa... Cada cual tiene su propia madame Bovary, su Fausto y su Mefistófeles, su Don Quijote y su Sancho Panza, su Hamlet y su Ofelia, sus muchachas en flor y su Beatriz, su Justine y su Macondo, sus mosqueteros y sus hermanos Karamazov... La maravillosa grandeza de la literatura estriba precisamente en nuestra capacidad para imaginárnosla y construirla a nuestro gusto. Leer es totalmente interactivo, por eso es algo único, porque nos permite llevar las riendas de la inspiración de su creador.

Si tuviera que elegir entre leer o escribir, me quedaría con leer. Porque leer es un modo de escribir. En cierto modo, el lector reescribe el libro cuando lo lee.
JUAN JOSÉ MILLÁS
(En una entrevista realizada por una servidora para la revi sta Rolling Stone, nº 32, Junio 2002)

Es la literatura, además, la única manifestación artística que debe gozarse en solitario, como una masturbación. En la misma entrevista a Millás que cité anteriormente, le pregunté por este particular, a lo que él respondió, con ingeniosa inteligencia:

Yo hay tardes que me las paso enteras leyendo, pero no podría pasar toda la tarde masturbándome. (...) Veo la masturbación como algo cerrado y, sin embargo, la lectura es algo que te abre.

Cierto. La masturbación es tan sólo el dispositivo que dispara los aspersores de nuestro deseo, mas es algo puntual. En cambio, la lectura posee toda la duración que nosotros queramos darle. Pero lo que a mí más me interesa destacar es que leer es un acto total y exclusivamente íntimo. Varias personas pueden gozar al unísono de la contemplación de una pintura, de una escultura, de una fotografía, de una película, de una ópera, de la escucha de una música... pero no de la lectura de un libro. Y si bien es cierto que...

(...) un novelista vive en su obra. Se encuentra en ella, única realidad en medio de un universo inventado.
JOSEPH CONRAD
Crónica personal

... no lo es menos que la soledad y la concentración del lector hermanan su actitud con la del escritor que concibió aquellas páginas, de las que tan sólo gozó él en el momento de escribirlas, y de las que ahora gozamos nosotros, en esos precisos instantes.

Como artista, al escritor es al que más barato le sale expresar su talento. Ni tan siquiera hace falta que disponga de máquina de escribir o de ordenador, con una simple hoja de papel y un lápiz puede dar rienda suelta a su inspiración y desarrollar el mundo que más le plazca. No así el pintor, el escultor o el fotógrafo, que deberán realizar una inversión en materiales con los que poder posteriormente trabajar, si quieren sacar provecho de sus capacidades. Por no hablar del cineasta, que se ve obligado a efectuar un sinfín de gestiones y a depender de las subvenciones o del dinero de otros, para poder llevar a cabo su obra. El músico necesita de un instrumento o de toda una formación orquestal para convertir en sonido sus propuestas melódicas. El talento del actor y el del director dependen enteramente de las inspiraciones y de las directrices ajenas. Llevar a cabo sus diseños creativos es una utopía para la mayoría de arquitectos.
Y así sucesivamente.

El escritor, en cambio, puede ejercer como tal en mitad de un bar, a bordo de un avión, en la soledad de su despacho, tumbado en mitad de un prado o defecando. Todo dependerá del caudal de manantial de su talento y de su capacidad de concentración. Sin embargo, de todos los artistas, es el literato el que más crudo lo tiene, por no tener a su disposición ningún tipo de apoyatura acústica o visual con que ilustrar los desvaríos de su fantasía. Escribir es lo más simple, y a la vez lo más complicado. La sofisticación de la simplicidad. Únicamente el hábil manejo de la palabra puede permitir a un escritor enganchar a otros en su arte, dándoles las instrucciones técnicas necesarias para que sean capaces de imaginar su imaginación, de sentir sus sentimientos, y de evocar su mundo con deleite y pasión parejos.

Hay, desde luego, muchos tipos de escritores. No todos poseen una profundidad creativa igual de rica. Los hay más pendientes del negocio que del talento; pero los hay, qué duda cabe, que son realmente inolvidables, por haber sacrificado su propia existencia por el bien de su obra. Y jamás les agradeceremos lo suficiente que se hayan entregado a sus páginas con tan generosa devoción. Es el caso del brillante y siempre inspiradísimo Gustave Flaubert, de quien Joseph Conrad, en su Crónica personal, escribe:

¿No fue acaso su devoción por el arte, de esa forma tan suya y tan espiritual, punto menos que ascética, la devoción propia de un ermitaño de la literatura, casi la de un santo?

Yo no puedo por menos que rendir un sentido homenaje a todos aquellos hombres y mujeres que me han atrapado entre sus páginas y han elevado mi dimensión como ser humano varios enteros. Les debo mucho más de lo que nunca podré pagarles. Haberme introducido intensamente en la vida y obra de Lord Byron, en las reflexiones de Goethe, en el descontento de Thomas Bernard, en las cartas de Rilke, en los análisis de Huxley, en las picardías de Rabelais, en las aventuras de Walter Scott, en la coherencia de Montaigne, en la prosa de Balzac, en los hexagramas del I Ching, en la imaginación de Gogol, en el teatro de Calderón, en la sabiduría de Sabato, en la mordacidad de Voltaire, en la sensibilidad de Proust, en la filosofía de Unamuno y en tantos y tantos otros mundos me ha permitido acercarme a la realidad desde estratos vivenciales tan superiores al mío propio, desde tierras y tiempos tan alejados del mío, desde procesos internos tan distintos al mío; que me he visto enormemente influenciada por un sinfín de desengaños que jamás he sufrido y por un montón de sabios consejos que la vida no me ha enseñado.


En compañía del arte, mi alma se ha engrandecido, mi mente se ha refinado, mi corazón se ha emocionado y mi ser se ha enamorado. Yo les amo a todos y cada uno de ellos, a todos y cada uno de sus personajes. Es más, me siento a menudo mucho más próxima a ellos que a la mayoría de seres que me rodean. Por todo ello y por la apropación indebida que de sus fondos han hecho un puñado de sesudos prepotentes, alejando sus obras de las estanterías de las personas corrientes, haciéndoles creer que no estaban a la altura de su comprensión, me siento obligada a expresar públicamente mi amor hacia ellos, hacia sus obras y hacia el arte en general. E insto al lector a que, si todavía no lo ha hecho, se apunte al carro de las letras. ¡Lo pasará en grande!

No nos hacemos libres negándonos a reconocer a otro hombre superior a nosotros, sino al contrario, honrando a quien lo es; pues si sabemos honrar lo que está por encima de nosotros, logramos elevarnos hasta el objeto de nuestras honras y con ello patentizamos que llevamos el germen de la grandeza y que, por lo tanto, somos dignos de ella.

Un pobre hombre es siempre un pobre hombre, y un ser de poca talla no crecerá ni una pulgada por la relación diaria con la grandeza del mundo antiguo. Sin embargo, un hombre, lleno de nobleza, en cuya alma Dios haya puesto la capacidad de crear una futura grandeza de carácter y una futura elevación espiritual, puede, por el conocimiento y el trato repetido con los grandes espíritus, desarrollarse hasta alcanzar las mayores cimas y de día en día acercarse más a sus grandes modelos.
GOETHE
Conversaciones con Eckermann

1 comentario:

  1. Mas que un seguidor,la verdad es que …preferiría calificarme de otra manera o …qué te parece?.
    No sería mejor que me calificara otro día?
    Que midiera lo que te digo,lo que veo que nos cuentas,que meditara en esa hora tonta-o mejor después de esa hora tonta-,cuando en un repente,uno cae en la cuenta de aquellos detalles que son la clave de qué soy,qué pinto o por qué te escribo y hasta de quien soy para mi mismo.Ya no digo nada y ni se me ocurre caer en la tentación ,de especular sobre el qué puedo ser para ti.Sin una hora tonta de por medio,antes de aclararme,me da pánico de solo pensarlo,tal vez porque he dejado que creciera como el musgo, mi yo más tímido.
    Y no me da pánico así como así.No.Me da pánico,porque aunque dulce,eres una mujer de rompe y rasga y de eso hablas poco,pero en un arranque o un desliz,lo eres…
    Lo eres aunque te cueste el esfuerzo de serlo,aunque tengas que ponerte una careta y no quiero que te la pongas,pero déjame que de momento,yo la llueve puesta.Al fin y al cabo,lo importante es que algo de admirador sí tengo,pero no por tu fama,sino por tu valentía.Tu valentía contigo misma.Tu valentía ante la vida.
    El que seas valiente ante los demás,tan solo es una cuestión de oportunidad…,no?
    Tal vez tengas muchas más y no tenga que dolerte el serlo.
    La realidad es que te escribo ,porque nunca te regalé un poema.
    Lo has merecido y lo mereces, aunque tenga que rescribirlo para ajustarlo a un nuevo tiempo.A un nuevo tiempo de todos.
    No será gran cosa,como todos los míos.
    Tulipán
    Tulipan,te debo versos añejos.
    No los has tenido,mitad por cobardía,
    mitad por mis silencios.
    Porque,debiera haberte colocado en paisajes
    que no conocieron tus ojos.
    Debiera haber hecho florecer los bosques de hayas ,
    en el otoño y enseñártelos.
    Debiera en mis inviernos,
    haber buscado tus pasos en la nieve
    y haber grabado tus manos en el aire.
    Debiera ,en mis desiertos,
    haber hecho olas de mar con la arena,
    para colocar tu luna,en su sitio.
    Debiera haber sentido hastío ,si lo sentías tu
    y renegado de las horas vacías,
    tras ese muro invisible que encerró las palabras.
    Debiera tanto…que te lo debo,
    tulipán negro.
    Me lo debo.
    ………………….
    Sirva de consuelo que hemos sobrevivido.
    ……………………
    No sé como llamarme,pero me encanta un personaje ficticio y senador emérito,auto firmante como Honorato Pérez,amigo de los cabarets del siglo pasado y del can-can,siempre caracterizado de smoking y chistera,al que en Latinoamérica se le acusa del prototipo de enjuagador y amante del cabildeo.Me gusta,no por su condición,sino por su pinta.
    Me quedo con su nombre y que te sirva para una sonrisa.
    Lo utilizaré de momento.
    Cuando te adjunte una fotografía suya,la sonrisa va a ser más amplia.

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