jueves, 14 de julio de 2016

ALMA WÁTER. YO ME CAGO EN LA PRÓXIMA, ¿Y USTED?




    ¿Cómo se puede ser honesto en un mundo deshonesto?, pregunta al cura el personaje que interpreta el estupendo Guillermo Francella –sí, el mismo que nos hizo creer que era un hombre chiquitito en Corazón de León- en la curiosa y original serie argentina El hombre de tu vida, creada por Juan José Campanella. ¡Esa es la pregunta, en efecto! ¿Por qué insisten en educar a las inocentes criaturas en la frustrante senda de la bondad si no les va a quedar otra que pillar, antes o después, la autopista de la maldad, que encima es de mefistofélico peaje? Se quedan con tu pasta, tu alma y tu dignidad de una tacada y, si insistes en lo de seguir siendo buena gente, a lo tuyo, sin meterte con nadie, te pegan un hostión de muy padre y señor mío y te ponen en su sitio de golpe. 

    ¡Si serán cabrones! ¿Por qué no nos lo decís a la cara y a las claras? ¿A qué viene todo ese postureo de mierda? ¡Que son muchos siglos ya de chapuza y el inconsciente colectivo nos está pasando una factura descomunal! ¿No sería mejor ir contando la película ya desde chicos, para evitar malformaciones emocionales irreversibles y de fatales consecuencias? ¡Que a la gente se le va la olla y no me extraña! No a todos se nos da bien alternar en el prostíbulo terráqueo en que habéis convertido el mundo, hatajo de hipócritas manipuladores: o te prostituyes (tu cuerpo, tu alma, tu mente, tu talento…) o te putean; o eres un putero o un hijo de puta. No hay más. Bueno sí, escojas lo que escojas, acaban chuleándote por las buenas o por las malas.

    Somos esclavos de la alta postura. La baja impostura. Todos sabemos qué es lo que hay, pero aparentamos que no hay nada de eso y que lo que hay mola un huevo. Rizando el rizo de la hipocresía más criminal. ¿Pero para qué, por qué? ¿Por un puñado de dolores que van a conducirnos a la tumba o al crematorio frustrados e insatisfechos? Y pobres, muy pobres de espíritu, pobrísimos. La indigencia del alma. ¿Y todavía hay gente extrañándose de que haya peña por todos lados del planeta queriendo dinamitarlo todo? ¿Que alguien se levante un buen día, saturado de impotencia, deshecho en asco, con el alma acribillada, las neuronas impregnadas de odio y un arma en la mano y salga a la calle a cargarse al primero que pille?

    La embrutecedora inercia de la humanidad lleva tanto tiempo insistiendo en apagar la luz del planeta que ahora nos toca, en pleno siglo XXI, retozar en el asqueroso lodo del caos más tenebroso.  Hemos sucumbido a las diabólicas tinieblas de la codicia, la mentira, el beneficio material impuro y duro. A costa de millones y millones de esperanzas trituradas, de personas aniquiladas, de almas rotas y conciencias envenenadas. 




    El mundo se ha convertido en una máquina aplasta-sueños, devoradora global de bondades y buenas intenciones. Y si alguien, en cualquier punto del planeta, reúne fuerzas suficientes para tratar de despertar a unos cuantos seres humanos de la pesadilla existencial impuesta; esa inercia humana devastadora que se apoderó del gobierno de nuestras vidas y nuestros países pone en marcha sus sofisticados y globalizados mecanismos de aniquilación político-mediática y se le machaca. Sin piedad. No se consienten resquicios de decencia y dignidad. Que una cosa lleva a la otra y luego… nunca se sabe tú. Consumid, malditos, consumid, pero no penséis, no sintáis, no protestéis, no alborotéis, no despertéis de ese pedazo pesadilla que nos está forrando.

    Alguna mente aislada logra escaparse del redil putrefacto y expande luces creativas, críticas e incluso divertidas. Las toleran con pesar, pues saben que son un mal necesario para hacernos creer que somos nosotros los que votamos y llevamos las riendas de nuestros países y nuestras vidas. ¡Viva la Democracia! Viva la democracia de los adormecidos, los drogados, los comprados, los sumisos, los memos, los ignorantes, los temerosos. El miedo siempre ha funcionado a las mil maravillas. Nunca falla. Cagaditos estáis más guapos.

    Si tú eres de los que tienen la cabeza y el alma bien amuebladas, lo mejor que puedes hacer es montarte un rastrillo, vender lo que puedas y ver si te da para pasar un tiempo siendo tú mismo. Y procura no armar mucho escándalo, no sea que la tomen contigo y te aniquilen. O te somaticen.

    No, si yo sentido del humor tengo mucho, no concibo mi vida sin ese sentido. Y sin otros. Pero hay días en que la sobredosis de hartazgo e impotencia es tanta que necesitas evacuar Tu alma wáter ni que sea para desahogarte y seguir adelante sin desfallecer. ¡Y lo a gusto que una se queda! Ya si eso, otro día, nos echamos unas risas. Pero hoy, yo me cago en la próxima, ¿y usted?



miércoles, 1 de junio de 2016

FICCIÓN ONÍRICA INSPIRADA POR MIGUEL DE CERVANTES, ESCRITA A LA MANERA DEL SIGLO DE ORO


De cómo el mismo Cervantes se me apareció en sueños y dictóme sus reflexiones y         vivencias para que las diera a conocer a través de un escrito.

    Andaba yo tan dispuesta a adentrarme en el fascinante universo cervantino y tan regocijada me hallaba ante la propuesta que tan amablemente me hiciera mi estimado colega David Felipe Herranz de componer algún escrito que con el genio de Alcalá de Henares tuviera que ver, que me faltó tiempo para sumergirme de nuevo en las suculentas páginas del excelso Don Quijote, para mejor inspirarme. Hasta tal punto dediqué mi concentración a su lectura que nada ni nadie a mi alrededor podían privarme de ella. Y así fue como una noche, al quedarme yo dormida, tras empaparme bien de las aventuras y desventuras del caballero de la triste figura y su fiel escudero, me vi de repente en uno de los bellos parajes del monte alcarreño, por donde suelo encaminar mis paseos matutinos. A poco, me crucé con un hombre que bajo una hermosa encina se hallaba y que del todo se correspondía con la descripción física que de Cervantes hiciera el pintor y poeta sevillano Juan de Jáurigui, y que el maestro castellano tuvo a bien recoger en el Prólogo al Lector de sus Novelas Ejemplares, a saber:

   

    Este que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada; las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro, los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y ésos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo entre dos extremos, ni grande, ni pequeño, la color viva, antes blanca que morena, algo cargado de espaldas, y no muy ligero de pies…

    ...Me quedé maravillada ante ese encuentro inesperado, en el que el maestro y yo platicábamos con amena naturalidad, como si fuera algo que soliéramos hacer. Provista iba yo en el sueño de un bloc y un bolígrafo muy a propósito para desempeñar el cometido de tomar notas de todo cuanto Cervantes decía. Anotaba sus palabras, sus lamentos, sus vivencias y sus consejos con mágica diligencia y arrobada admiración, muy atenta al dictado de su voz profunda, viril y magníficamente modulada, desprovista del todo de cualquier tartamudeo, que en todo momento acompañaba de graciosos y elocuentes gestos; cuando el insigne escritor, considerando que ya había él contado suficiente, hizo un alto en su narración y se afanó en darme precisas instrucciones del modo en que debía yo proceder al transcribir sus palabras, tal y como queda recogido en las últimas líneas del capítulo 47 de la primera parte de su Quijote:

    Siendo esto hecho con apacibilidad de estilo y con ingeniosa invención, que tire lo más que fuere posible a la verdad, sin duda compondrás una tela de varios y hermosos lazos tejida, que después de acabada, tal perfección y hermosura muestre, que consiga el fin mejor que se pretende en los escritos, que es enseñar y deleitar juntamente, como ya tengo dicho.   

    Ni que decir tiene que me quejé, abrumada por la singularidad de tal encargo, y por no considerarme a la altura de tan delicado menester. Mas el genial escritor nada quiso saber de eso y no se avino a razones e insistió en que debía ponerme a ello a no más tardar con mi mayor diligencia. ¡Ya quisiera yo ver eso!, le lancé algo agobiada. El maestro trató de tranquilizarme, diciéndome que nada había que temer puesto que aquel sueño era un encantamiento del que yo había de despertar presta y rauda a transcribir sus palabras, que en mí habían quedado grabadas como por arte de magia, y que cuando eso sucediera mi vida volvería a la normalidad de mis días. Y procedió a despedirse. Y por más que yo insistí en que prosiguiera un poco más su historia y me detallara aspectos de su vida como la famosa enemistad con Lope de Vega, o su relación con otros escritores de la época como Quevedo o Góngora, ya él de repente desapareció tan rápido como había venido y el sueño se desvaneció.

    A la mañana siguiente, desperté en efecto algo aturdida, intensamente poseída por una extraña misión que me condujo, casi sonámbula, ante el ordenador y empecé a escribir todo lo que el mismo Cervantes me dijera en sueños. Andaba yo como en quijotesco trance, no comía, no bebía, tan solo unos sorbos de agua alcanzaban a refrescar mi garganta, pues tanta era la pasión que, al escribir, yo ponía. Mas fueron tantas sus palabras y dichas de tal precisa y preciosa manera que, por temor a errar y no ser del todo fidedigna a su dictado, he procedido a ayudarme de algún que otro pasaje de sus obras que dieran en reflejar mejor las palabras que este bienhechor de creatividades se dignó dirigirme.

Este que viene a continuación es el resultado.
  
    
    
    El Ingenioso Buscavidas Miguel de Cervantes

    Osáis importunar el descanso eterno que con tanto sufrido trasiego alcanzó a ganar este alcalaíno errante para encomendarme unas líneas con que ofreceros contento. ¡Bueno está eso! Sabedor soy que hace ya un tiempo andan mi persona, mis obras y, sobre todas ellas, mi Quijote, por esos mundos inciertos y turbulentos en boca de la fama universal; extraña se me hace tan unánime consideración hacia las obras engendradas y paridas en mi entendimiento, habida cuenta de los muchos desaires y tribulaciones que en vida sufrí para verlas siquiera impresas. Demasiados fueron los agravios que me vi obligado a deshacer, los constantes tuertos que la desventura me obligó a enderezar y los nublados que el destino descargó sobre mí y sobre mis escritos. Mas si la posteridad ha tenido a bien hacerme valedor de tan obsequiosos cumplidos y digno de tan grande alabanza, no se me alcanza cómo pues, sabido es, que es más el número de los simples que de los prudentes, ¡ea!, no seré yo quien resuelle, que es mejor ser loado de los pocos sabios que burlado de los muchos necios (1). Por agradecido y bienhechor siempre me tuve y a las palabras de mi ingenioso hidalgo, que por entero comparto, me remito: Entre los pecados mayores que los hombres cometen, aunque algunos dicen que es la soberbia, yo digo que es el desagradecimiento, ateniéndome a lo que suele decirse: que de los desagradecidos está lleno el infierno. Este pecado, en cuanto me ha sido posible, he procurado yo huir desde el instante que tuve uso de razón (2). Pero en verdad también os digo que mis alivios hubieran sido más ciertos y mis pesadumbres no tan grandes si esos halagos unánimes mejor se hubiesen repartido y algunos dineros de ellos se derivaran mientras hallábame con vida;  pues a fe que tan cierto es que la fortuna gusta en exceso del albedrío y a mí siempre se complació en hacérseme esquiva, como que las diligencias de este vuestro soldado de la espada y de las letras poco pudieron hacer para llegar a buen entendimiento con tan obcecada y caprichosa criatura.

    Pero puesto que aquí se me cita como laureado autor de lo que habéis dado en llamar el Siglo de Oro español para reducir a claridad el caos de la confusión que sobre mi existencia pesa, permitidme, pues, que, sin más demora, detalle lo mejor que pueda los trasiegos más relevantes de algunos de los sesenta y ocho años que Dios quiso me correspondieran de vida. No se escribe con las canas, sino con el entendimiento, el cual suele mejorarse con los años (3) y se me parece que más de cuatro siglos largos han de bastar para que al mío le tenga a buen recaudo; forzoso será, pues, valerme por mi pico, que aunque tartamudo, no lo será para decir verdades, que dichas por señas, suelen ser entendidas (4), y dé en contar una historia que sea muy a vuestro sabor. Estadme atentos.

    En verdad que en sólo manifestar mis pensamientos, mis sospiros, mis lágrimas, mis buenos deseos y mis acometimientos pudiera hacer un volumen mayor, o tan grande, que el que pueden hacer todas las obras del Tostado (5).  Mas no pretendo extenderme en demasía ni abusar de vuestra atención, pues como las obras impresas se miran despacio, fácilmente se ven sus faltas, y tanto más se escudriñan cuanto es mayor la fama del que las compuso (6).  Con dejar, pues, hilada en palabras una vida cuyo grueso es de todos sabido y no se hace necesario desmenuzar en exceso, cierto estoy de que habré cumplido mi modesto cometido.

    No quisiera cansarme en sacaros del error en que estáis todos aquellos que alcanzáis a figuraros que  mi época dista mucho de la vuestra, por lo que tengo sabido, si a la condición mísera de las gentes nos referimos, y a ese silo de bellaquerías en que las diversas catervas de mandamases os han ido encerrando. Cierto es que, en mis días, la vida poco valía y más cierta estaba de la muerte que en los vuestros, en que toda suerte de comodidades y artefactos, más propios del demonio que de Dios mismo, os hacen creer estar bien servidos, que no esclavos y cobardes, y no en vano es que, por culpa de vuestro error, la Justicia siga teniendo tortuoso recorrido, pues la virtud más era y sigue siendo perseguida de los malos que amada de los buenos.

    Es, pues, de saber que no es merecedora la depravada edad vuestra de gozar tanto bien como el que gozaron las edades donde hidalgos intrépidos, como el que aquí humildemente suscribe, tomaron a su cargo y echaron sobre sus espaldas la defensa de los reinos a la búsqueda de un designio noble y más propicio, saltando en tierra remota y no conocida, y sucediéndoles cosas dignas de estar escritas, no en pergaminos, sino en bronces (7). Triunfan ahora, más que nunca, por pecados de las gentes, la pereza, la ociosidad, la gula y el regalo, el vicio de la virtud, la arrogancia de la valentía, y pocos son los que se obligan a mirar en delicadezas y verdades; siendo así que no osáis sino acallar los escrúpulos de conciencia de vuestras molleras secas más que con los estómagos repletos, acatando el designio de vuestros días impávidos con sumiso recato, mentecatos, y, no os engañe el diablo, muy escasos son los que hacen acopio de gallardía y bravura suficientes con que aventurarse en esos mundos a castigar soberbios, encarcelar villanos y socorrer al sinfín de desdichados que sigue poblando los caminos de los que el mismo demonio parece haberse adueñado.

    Mas si andáis en gran deseo de saber más particularmente quién soy, de mí sé decir que más versado en desdichas que en versos, soy valiente, comedido, liberal, biencriado, generoso, cortés, atrevido, blando, paciente, sufridor de trabajos y de prisiones (8). Y porque veáis cuán de importancia es haber nacido en cuna regalada o puesta en una grave mengua, seguid leyendo lo que aquí os relato.

    De mi nacimiento poco os puedo aclarar, por hallarme yo entre las entrañas de mi madre, Leonor de Cortinas, y el alumbramiento a la vida en el otoño de 1547 del que resultó ser el cuarto hijo procreado por el matrimonio de ésta con el cirujano Rodrigo de Cervantes; Andrés, Andrea y Luisa me precedieron, y tras de mí, dos hermanos más se sucedían, Rodrigo y Magdalena. Sólo mi bautizo sé cierto, por haber quedado constancia de ello en el acta bautismal de la parroquia de Santa María la Mayor, sita en la localidad castellana de Alcalá de Henares, y puesto que mucha era la costumbre de bautizar a los hijos con el santo del día del nacimiento, no son pocos los que han dado en pensar que mi venida al mundo pudo haber acontecido el 29 de septiembre, fiesta de San Miguel. Sea en buena hora, pues, que así quedó nombrado el que aquí os escribe Miguel de Cervantes Saavedra.

    De una infancia errante y turbulenta puedo rendiros buena cuenta pues los escasos dineros y las abundantes deudas que mi padre contraía y se crecían de día en día, por obra de la maliciosa avaricia misma que sigue rigiendo los préstamos usureros de vuestros días, condujéronme a mí y a mi familia de villa en villa a la búsqueda de una fortuna que no dábamos en alcanzar. Así fue que huyendo de los impagos y buscando un más honorable asueto a nuestra posición, no se me habían de alcanzar más de cuatro años de vida, cuando los Cervantes nos instalamos en Valladolid, ignatos de que las desdichas y las vergüenzas nos iban a cubrir de oprobio. Siete meses de cárcel se vio forzado a sufrir mi desventurado progenitor, allá por 1552, acuciado por unos pagos que no había podido cumplir, a pesar de sus protestas de hidalguía, que al cabo fueron atendidas. Mas nuestros bienes fueron sin piedad embargados y pronto fue que nos trasladamos a Córdoba en donde mi padre Rodrigo, presto en todo momento a procurar a su prole una educación digna y esmerada, que no en vano podían mis hermanas presumir de saber leer como las más altas damas, ingresóme en un colegio jesuita, en donde es de saber que se iniciaron mis deleites literarios y pasé a convertirme en afanado lector de todo cuanto caía en mis manos. 

    Pero el tiempo transcurría y habida cuenta que daban en resistírsenos estos que llaman bienes de fortuna, se resolvió, en fin, que mi madre vendiera el único sirviente que nos quedaba y nos mudáramos a Sevilla, ciudad próspera y rebosante, en aquellos días, de las riquezas de las Indias, que ni a rozar alcanzaron siquiera las puertas de nuestras dependencias, en donde transcurrieron nuestros días inciertos durante toda una década. Mi padre convino en que prosiguieran los estudios jesuitas del mozalbete tímido y tartamudo en que yo andaba hecho, pero la suerte, que las cosas guiaba de manera distinta a los buenos augurios que los míos con tanto anhelo ansiaban, resolvió que nuestra búsqueda de la fortuna nos pusiera rumbo de nuevo, a la flamante villa de Madrid en esta ocasión, capital del reino desde que así lo dispusiera Felipe II, allá por 1551.

    Diecinueve años andaba ya recorridos aquel solitario muchacho, ávido de conocimientos y enseñanzas que la falta de recursos familiar no podían permitirle saciar en universidad alguna, cuando el destino quiso que se cruzara en su camino una eminencia humanista sin igual, pozo de gran sabiduría y hombre afable por añadidura, el catedrático don Juan López de Hoyos, que en gran gloria esté. Así fue que, de su mano, todas aquellas cosas tocantes y concernientes a estudio desembocaran en manantial exquisito de conocimiento que a raudales sació mi sedienta sesera. ¡Oh, cómo me holgué leyendo a Virgilio, Horacio, Séneca, Catulo y, en por encima de todos, a mi eternamente admirado Erasmus de Rotterdam, cuyo Encomio de la Estulticia de sabios manjares repleto, de que nunca hartábame yo de ellos, regaló a tal manera la mesa de mis pensamientos! Mas como atinadamente escribiera el eminente humanista holandés: la vida humana no es sino una especie de juego de despropósitos (9) , la mía no parecía sino andar más empeñada en discurrir por cauces ingratos de escasez y estrecheces, impidiendo me regocijara, como era mi deseo, en instruirme y deleitarme con esa otra vida de estudio y asueto, que no en mis pretensiones.

    Otros cohechan, importunan, solicitan, madrugan, ruegan, porfían, y no alcanzan lo que pretenden; y llega otro, y sin saber cómo ni cómo no, se halla con el cargo y oficio que otros muchos pretendieron; y aquí entra y encaja bien el decir que hay buena y mala fortuna en las pretensiones. (10)

    Corrió el tiempo, y no con la ligereza que yo quisiera; que los que viven con esperanzas de promesas venideras, siempre imaginan que no vuela el tiempo sino que anda sobre los pies de la pereza misma. (11)

El mal término en que estaba causábame mucha pesadumbre y asentó de tal modo en mí la necesidad de hacer fortuna que me pareció convenible y necesario probar mi suerte, sin mayor demora, a ponerme en ocasiones y peligros, si era menester, donde, acabándolos, cobrase alguna suerte de honor y recompensa. No sabía qué hacerme, se me pasaban los días cavilando la manera de mejor conseguir ese fin, y en viendo que era el caso que la gloria del imperio español en gran medida dependía de la campaña contra el turco, que en boca de todos andaba en esos días, resolví que mi designio era pasar a Italia a probar ventura en el ejercicio de las armas. No quise aguardar más tiempo a poner en efecto mi pensamiento y rendir cuentas de mi valía y hacia allá me puse en camino con tanto brío y denuedo que más parecía dirigirme a un jolgorio que a librar fieras batallas en tierra extraña.

Las cosas dificultosas se intentan por Dios, o por el mundo, o por entrambos a dos: las que se acometen por Dios son las que acometieron los santos, acometiendo a vivir vida de ángeles en cuerpos humanos; las que se acometen por respeto al mundo son las de aquellos que pasan tanta infinidad de agua, tanta diversidad de climas, tanta extrañeza de gentes, por adquirir estos que llaman bienes de fortuna. Y las que se intentan por Dios y por el mundo juntamente son aquellas de los valerosos soldados, que apenas ven en el contrario muro abierto tanto espacio cuanto es el que pudo hacer una redonda bala de artillería, cuando, puesto aparte todo temor, sin hacer discurso ni advertir al manifiesto peligro que les amenaza, llevados en vuelo de las alas del deseo de volver por su fe, por su nación y por su rey, se arrojan intrépidamente por la mitad de mil contrapuestas muertes que los esperan. Estas cosas son las que suelen intentarse, y es honra, gloria y provecho intentarlas, aunque tan llenas de inconvenientes y peligros. (12)

En resolución, hete aquí que, presto en lo determinado y tan valiente en el esperar como en el acometer (13), en poco tiempo, me vi en la milicia y, en llegado a Italia, me hice soldado en la compañía de Diego de Urdina, del tercio de Miguel de Moncada. Poco imaginaba yo entonces, estándome en el puerto de Nápoles, presto a partir a Messina con mi compañía en una de las galeras mandadas por el Marqués de Santa Cruz, para dar batalla al temible turco, que cosas y casos acontecen a soldados por modos tan nunca vistos ni pensados, que en breve iban a conducirme a mí mismo a protagonizar el valeroso episodio de armas del que más gloria se me alcanzó.

En la susodicha Messina, a día 7 de octubre de 1571, hallaron en encontrarse las escuadras española, veneciana y pontificia que dieron en formar la gran armada, conocida también como la Santa Alianza, y que a las órdenes de don Juan de Austria venciera a los turcos en la gran contienda de la batalla de Lepanto, en famosa hazaña, digna de constar en los libros de historia, pues fue una de las más altas ocasiones de armas que vieron los siglos pasados, presentes o venideros.

Batalla de Lepanto

    Ese día quiso Dios que amaneciera puesto en una importuna mengua, con calenturas, hasta tal punto que mi capitán, el mencionado Diego de Urbina, me encomendara retirarme  y bajar debajo de cubierta porque no estaba para pelear. Mas no venía de casta que se me había de helar al primer mal suceso el calor de mi fervoroso deseo y así fue que un servidor, muy enojado, replicó al capitán y a los que allí se encontraban lo siguiente:

Señores, en todas las ocasiones que hasta hoy en día se han ofrecido de guerra a Su Majestad, y se me ha mandado, he servido muy bien, como buen soldado; y así ahora no haré menos, aunque esté enfermo y con calentura; más vale pelear en servicio de Dios y de Su Majestad, y morir por ellos, que no bajarme so cubierta. (14)

Mi arrojo ablandó de tal suerte las entrañas de mi capitán que, en viéndome tan decidido a entrar en combate, me encomendara el puesto del esquife con doce soldados más. Acudí raudo y peleé valientemente contra los dichos turcos, hasta que se acabó la batalla, de donde salí herido en el pecho de un arcabuzazo, y de una mano, de que salí estropeado, y me ha valido el apelativo de “el manco de Lepanto”, como timbre de gloria. Pero debéis saber que las heridas que se reciben en las batallas, antes dan honra que la quitan. Y os digo más: Si mis heridas no resplandecen en los ojos de quien las mira, son estimadas, a lo menos, en la estimación de los que saben dónde se cobraron; que el soldado más bien parece muerto en la batalla que libre en la fuga; y es esto en mí de manera, que si ahora me propusieran y facilitaran un imposible, quisiera antes haberme hallado en aquella facción prodigiosa que sano ahora de mis heridas sin haberme hallado en ella.  (15)

A Messina retorné para curar tales heridas con grande orgullo recibidas, con el ánimo resuelto y el honor en muy alta estima, por ser merecedor de alabanzas tales de mis superiores, siendo, pues, esto así que no escatimó elogios el mismo don Juan de Austria y que de su propia mano se complació en obsequiarme con unos escudos de más. De todas las heridas curé salvo de la mano izquierda que quedóme ya para siempre anquilosada, mas poco importábame tal cosa pues tenía yo por gusto sumo la plática y el cariñoso amor de mi hermano menor Rodrigo, que habíase también abierto camino como valeroso soldado, y que me procuraba contento en todo momento, y así fue que, cuando húbeme recuperado, se nos antojó volver a las armas en la compañía de don Manuel Ponce de León, del tercio del gallardo y bravo don Lope de Figueroa, y tuvimos a bien formar parte en las expediciones navales de Navarino, la Goleta de Túnez y otras que después vinieron.

Ocasiones muchas tuvimos de demostrar nuestra valía y arrojo en cuanta lucha y batalla se nos encomendó, como no menos las hallamos de amenizar y deleitarnos en nuestros días de holganza con sosiego y ricas vituallas cuando nuestro tercio descansó en Cerdeña, Lombardía, Sicilia y Nápoles y pasábamos nuestros días en la solaz vida de la guarnición. No poco gusté yo de que el cielo, que tiene cuidado de socorrer a los buenos, diera en enviarme a la hermosa ciudad de Nápoles, pues fue en este remoto y apacible lugar que a bien tuve conocer y enamorar de una todavía más hermosa y delicada mujer, por el nombre de Silena mencionada en mis poemas, a quien quedé obligado por la merced recibida y por la cual nunca he dejado yo de sentir un cariño tan grande y dulce como el que aquí describo. Pero como las más de las desdichas que vienen no se piensan, contra todo mi pensamiento me sucedió una que me turbó la dicha, y me dio que llorar muchos años.

Andábame yo resuelto a procurarme una mejor posición dentro de la milicia y así fue que me propuse promocionar al grado de capitán, obteniendo para ello dos cartas de recomendación ante Su Majestad Felipe II, firmadas del puño y la letra la una de don Juan de Austria y la otra del Duque de Sessa, a la par Virrey de Nápoles, en las que quedaba certificaba mi valerosa actuación en la batalla de Lepanto. Mucho era el alegre alborozo que reinaba en los corazones de Rodrigo y mío cuando nos embarcamos en la galera Sol, con la intención de regresar a la patria, tras cuatro años de campaña de armas, ajenos a la mala resolución en que ese viaje terminaría.

En aquel breve tiempo, donde pensaba que la nave de mi buena fortuna corría con próspero viento hacia el deseado puerto, la contraria suerte levantó en mi mar tal tormenta, que mil veces temí anegarme. (16) Al poco de zarpar, nuestra goleta se extravió tras una tormenta, quedando separada del resto de la flotilla, y cuando a punto estábamos de alcanzar tierra española, a la altura de la costa catalana de Palamós, dimos en ser abordados por otra flotilla turca, comandada por el rabioso canalla corsario, renegado de origen albanés, Arnauti Mamí, con quien establecimos encarnizada batalla, en el decurso de la cual murió nuestro capitán y varios españoles más, y mi hermano Rodrigo y yo fuimos hechos presos. La suerte nuestra había salido azar con el mal encuentro de ese corsario, saco de maldades, quien alcanzó a profanar nuestra dignidad vendiéndonos, cual mercancía, al mejor postor en calidad de esclavos. Y así fue como el demonio, que nunca duerme, dio al traste con nuestra buena ventura y nos condujo hasta Argel, en donde terminamos encerrados y sometidos al yugo de este otro corsario, de origen griego, Dali Mamí.

Por abreviar el cuento de mi desventura, no os diré más que cinco fueron los años que anduve cautivo en Argel, debidos en buena parte a las cartas de recomendación que fueron halladas entre mis pertenencias y que hicieron pensar al tal Mamí que el que ante él se encontraba era persona principal y de recursos por quien podría obtener un cuantioso rescate. Convirtióme, pues, en su esclavo y me mantuvo alejado del habitual canje de prisioneros y del tráfico de cautivos entre turcos y cristianos, que en demasía abundaba en aquellos tiempos. Mis padres desesperaban en España y hacían todo cuanto podían por obtener nuestra liberación, elevando toda suerte de peticiones; no les quedó otra que obtener préstamos y vender parte de los bienes familiares gracias a lo cual reunieron cierta cantidad de ducados que no alcanzó lo suficiente para liberarnos a ambos y preferí que fuera mi hermano Rodrigo quien comprara su libertad y pudiera volver así a la patria salvo y sano. 
Cuatro fueron los intentos de fuga, con sus correspondientes castigos, que atesoré en mi largo cautiverio, el cual no parecía tener fin, y que a punto estuvieron de dejar mi vida en pago de mi atrevimiento. Mas no me quedó otra que mostrarme paciente y harto prudente previniendo las astucias de mis enemigos, y así fue que el día 19 de septiembre de 1580 pude, al fin, volver a España.

Baste decir, en fin, que pobre me fui y más pobre y apaleado volví. Del muchacho de veintidós años que había partido hacia Italia a la búsqueda de fortuna, retornó a la patria hombre con treinta y tres, obligado de acometer cualquier ocupación con la que obtener dineros que ayudaran en aligerar las grandes deudas que, por causa mía y de mi hermano, mis padres se habían visto obligados a contraer. Pero esas son otras aventuras cuyo desenlace no viene al caso aquí, pues mucho es ya lo que llevo contado, y seguro estoy que eso os ha de bastar para componeros el cuadro de una vida que aunque los sucesos que en ella me sucedieron no son todos de mucho gusto, sino de mucha pesadumbre, los llevé sin ella (17) por haberme sido inspiradores de mis posteriores obras. Vale.
                             
MIGUEL DE CERVANTES


Ficción onírica creada a la manera y estilo del Siglo de Oro español por Marisol Galdón.


BIBLIOGRAFÍA:

La edición de Don Quijote de la Mancha citada aquí es la del académico Martín de Riquer, impresa por la Editorial Planeta, en 1990.

La edición de las Novelas Ejemplares aquí citada es la de Frances Luttikhuizen, impresa por la Editorial Planeta en 1994.

La edición del Elogio de la Locura, de Erasmo de Rotterdam, es la 3ª que publicó Espasa Calpe, en su colección Austral, del años 1963.

(1)   Quijote I. Capítulo 48, página 506.
(2)   Quijote II. Capítulo 58, página 988.
(3)   Quijote II. Prólogo al Lector, páginas 557-558.
(4)   Novelas Ejemplares. Prólogo al lector, página 14.
(5)   Quijote II. Capítulo 3, página 585.
(6)   Quijote II. Capítulo 3, página 586.
(7)   Quijote II. Capítulo 1, página 570.
(8)   Quijote I. Capítulo 50, página 523.
(9)   Elogio de la Locura. Página 55.
(10)Quijote II. Capítulo 42, página 867.
(11)Novelas Ejemplares. Novela de la Española Inglesa, página 265.
(12)Quijote I. Capítulo 33, página 352.
(13)Quijote I. Capítulo 47, página 503.
(14)Introducción. Biografía de Cervantes, Martín de Riquer. De los documentos cervantinos publicados en “Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos”, IX, 1905, página 350.
(15)Quijote II. Prólogo al Lector, página 557.
(16)Novelas Ejemplares. Novela de la Española Inglesa, página 265.
(17)Quijote II. Capítulo 72, página 1084. 




domingo, 28 de febrero de 2016

LAS MUJERES TOMAMOS LA PALABRA EN "OCHÉNTAME" (TVE 1)


    La lucha por los derechos de las mujeres en España tuvo su apogeo en los ochenta. Muchas de nosotras iniciamos un camino entrecortado y repleto de obstáculos, que nos ha permitido sentar las bases de una igualdad que, a día de hoy, está en claro retroceso. 
    
    Mucho es lo que debemos reivindicar a nivel profesional y laboral sobre todo, como ya recogí ampliamente en mi artículo No Woman no cry: Fight!!! publicado en este blog el 8 de Marzo de 2015. Pero los logros del duro trecho recorrido están ahí y no está de más recordarlos.
    
    El siguiente programa de Ochéntame (TVE), emitido el pasado jueves 25 de Febrero en La 1, cuenta con los testigos de algunas mujeres diversas y tenaces que contamos cómo vivimos aquellos años.
    
    Merece la pena que le echéis un vistazo:



   

lunes, 15 de febrero de 2016

LA ENVIDIA NACIONAL


    Terminas de ver un partidazo del Barça. Otro más. Este, además, sortea la fila de lo selecto y se cuela en lo antológico porque recrea un penalti indirecto que, hasta la fecha, tan solo El Flaco Cruyff se había atrevido a perpetrar.

    Mira que Oscar Wilde te lo tiene dicho: “El público lo perdona todo menos el talento”. Al Barça le da igual, ha goleado a la imaginación, le ha dado un vuelco al balón y ha enviado lo que viene siendo el fútbol al más allá, a la Twilight Zone. Y que digan Messi. Ya hace tiempo que el astro argentino eyacula arte por sus botas y, para no aburrirse, partido a partido, inventa jugadas, pases, asistencias y goles futuristas que desafían el placer de los sibaritas más exigentes. El de Rosario es un mago mundialmente reconocido y nadie osa a estas alturas rebuznarle. Al menos, en el terreno de juego. Nos vemos en los tribunales. Ni por esas. Al pequeño genio le pones un balón en los pies y no le desestabiliza ni ese Dios con el que algunos le confunden. Que son casi doce años de profesional, oiga, y las ha visto de todos los tamaños, colores y formas, en todo tipo de contextos y a bajuras extremas, de las que curten el alma y te aportan carácter.





    
    Pero la mezquindad no descansa, pim-pam, pim-pam... Ya encontraremos la manera, ya. Es sibilina por naturaleza y siempre encuentra rendijas por las que colar la bilis de su envidia. ¿He dicho envidia? No hay pecado capital con el que un español se excite más impúdicamente haciéndoselo. Otro genio, argentino también, lo captó rápido:






    Llevamos siglos retorciéndonos de envidia, sin ningún tipo de remordimiento. Mi amigo y escritor Fernando Gómez me decía en una ocasión que España es el único país del mundo en que existe el concepto “envidia sana”. ¿Te das cuen? Hemos saneado una patología del espíritu para seguir pecando impunemente. ¡Ele ahí! Y tan panchos.

    Menos retórica, nena, y vamos al grano, que lo que no pué ser es que el Barça siga tocándonos los cojones con ese fútbol estratosférico, que no se habla de otra cosa en la prensa deportiva internacional. Venga Barça, venga Messi, venga Suárez, venga Neymar, venga Iniesta… Y por si fuera poco, tenemos que aguantar, además, las crecidas del Cholo, el Atleti y hasta el Niño que está que se sale. ¡Solo nos faltaba eso ya! Tenemos que pararlo como sea.  

    Así que mira, chata, si no podemos con Messi, pues a la yugular de Neymar, directamente. Con todo, ¿eh? Que las tarjetas y las expulsiones son para la cancha, pero fuera de ella podemos mangonear y malmeter cuanto nos plazca. Y si nos da la gana de decir que un gol es ilegal, lo diremos. Y si nos apetece vocear que al brasileñito se le ha visto sospechosamente por Madrid, pues lo diremos también. Hasta la suciedad. Bastante llevamos aguantado ya con Messi para que ahora venga el niñato brasileño este apuntando maneras de genio y nos siga jodiendo la marrana. ¡Pos estamos buenos!  Este todavía está tierno y podemos entrarle. #VamosADarlePeroBien.


MAX ESTRELLA: ¡Me sobran méritos! Pero esa prensa miserable me boicotea. Odian mi rebeldía y odian mi talento. Para medrar hay que ser agradador de todos los Segismundos.
Luces de Bohemia, Ramón Mª del Valle-Inclán


    Tranquilo, Ney, no lo vamos a consentir. No vamos a permitir que los ruines te arruinen la carrera. Todos esos que escupen con saña contra tu talento y dicen que ridiculizas a los rivales por hacer virguerías y tratar de alcanzar lo imposible con tus pies se retratan solos. No es nuevo. Desde que el mundo es mundo, el arte y el talento han tenido su ejército de boicoteadores. Los miserables. Mucho más que los de Victor Hugo, al que también le dieron lo suyo, por cierto. Estos son los mismos que condenaban a Sócrates, nooo, el futbolista, no, hombre, el filósofo, por corromper a los jóvenes con sus enseñanzas. Los mismos que interrumpían una y otra vez los discursos de Cicerón. Los que bostezan cuando leen los Ensayos de Montaigne. Los que hicieron la vida imposible a Van Gogh y, al contemplar El Jardín de Las Delicias, tildaban a El Bosco de loco. Son los mismos que ningunearon a Johann Sebastian Bach. Los mismos que trataron de minimizar a escritoras como Virginia Woolf, Djuna Barnes o Jane Austen. Los mismos que pusieron todo su empeño en conseguir que Orson Welles no dirigiera películas. Son los mismos a los que les entra un ataque de urticaria cuando ven un partido brillante de la NBA. Los que se aburren viendo un encuentro entre Nadal y Federer. Son los que…

    ¿Y qué más da? ¡Que les den! Nosotros a lo nuestro. ¡A gozaaaaarrr!!!

    Por si no viste el Barça-Celta de los Enamorados, te dejo un resumen en inglés. Para que luego digan que a los británicos les falta pasión:

    "Absolutely shakespearian: It wasn't King Lear, it was King Leo".

    



    #Marigol


  

domingo, 6 de septiembre de 2015

LOS GOLES DE LA LITERATURA.

    
    

   
    INTRODUCCIÓN

    Este relato, o lo que quiera que sea, es un homenaje a todas esas personas que aman el fútbol y la literatura por igual, y han sido capaces de combinar ambas pasiones con entusiasmo y entrega, plantando cara a los lamentables prejuicios que todavía subsisten en ambos mundos y tratan de hacernos creer que gozar con la lectura y los goles es incompatible.

    Me llevó mucho más tiempo del que pensaba investigar, reunir, seleccionar y ensamblar algunas de las más increíbles reflexiones, opiniones y experiencias que varios de los más grandes maestros de las letras de las dos últimas centurias y pico vertieron y vivieron sobre y con el fútbol. 

    Cuanto más avanzaba y profundizaba en mi búsqueda, más sobrepasada me veía por los sorprendentes y valiosísimos hallazgos con que me topaba. La pasión con que Heidegger habla sobre lo que sintió la primera vez que vio jugar a Beckenbauer, la brillante disertación de Pasolini sobre el fútbol prosaico y el fútbol poético, la vivencia de Camus como jugador derivado en portero, como su colega Nabokov, y el aprendizaje existencial que eso les supuso, la reconversión en hincha de García Márquez, las inteligentes reflexiones de Marías o Sartre, el amor por el fútbol que su pasado como jugadores inculcó a Sabato o Delibes, las peripecias de Sir Arthur Conan Doyle como miembro fundador y portero del Portsmouth F.C. ... ¡Son tantas y apasionantes las relaciones que todos estos y otros creadores han establecido con el fútbol que no he podido por menos que detenerme y recrearme con ellas y confeccionar un relato que les diera cabida! 
    
    Me divertí mucho con todo ello, aprendí muchísimo más todavía y espero que, a pesar de lo extenso del trabajo, os resulte amena e interesante su lectura. La he estructurado en distintos capítulos para facilitaros la labor.  

    Para solazaros plenamente con esta lectura que os propongo, deberéis tener las compuertas de la imaginación y la fantasía abiertas y permitir que circulen libres y pizpiretas por vuestra mente y vuestro espíritu. Dejad que sea un ánimo lúdico quien las guíe y estad siempre preparados para jugar.

   
A mi debéis verme hoy como a una reportera voluntariosa y dicharachera, micrófono en mano, recorriendo hasta el último rincón del estadio Cruces de Bohemia, en donde la literatura se dispone a escribir la previa del partido de fútbol más entrañable y alucinante que se haya jugado jamás.

    ¡Va por ustedes, por vosotros, por ti, hinchas de las letras y el pensamiento y lectores de jugadas que nos levantan del asiento y acaban en gol!




    Juan Villoro: “Siempre que escribo un libro de fútbol pienso cómo leer un partido desde el punto de vista literario”.


¡Que no falte el sentido del humor!
   

    
    CAPÍTULO 1: Derribando tópicos

    
    ¡Bienvenidas y bienvenidos al encuentro del año más espectacular! 
    ¡Lo nunca visto, señoras y señores! ¡Seguidores y seguidoras de todo el mundo, hoy lo vais a flipar! Vamos a emprender un viaje en el tiempo literario y el espacio futbolístico. En nuestro particular terreno de juego, los párrafos harán pases de gol, los ensayos defenderán las líneas, los porteros se las verán con los penaltis más poéticos y los puntas sacarán chispas de sus páginas.  ¡Las letras lucirán camiseta y pantalón corto porque la literatura hoy, en el estadio Cruces de Bohemia, se viste de fútbol!!!




     Sí, amigas y amigos, tenéis la ocasión única y puede que irrepetible de asistir a la previa de un partido de fútbol en que, suceda lo que suceda, las letras ganarán por goleada. Escritores selectos, premios Nobeles y pensadores de primer orden del siglo XIX para acá no se han querido perder la cita histórica de hoy en nuestro estadio, lleno hasta la bandera, para rendir un tributo con la cabeza al deporte que en ella se gesta, pero se juega con los pies. Aunque a veces las manos también han hecho de las suyas, ¿verdad, maestro Benedetti?




    Hoy nadie debe extrañarse de lo que aquí acontezca, puesto que la magia ha inundado nuestro estadio y las sorpresas irrumpirán una y otra vez a lo largo de esta jornada memorable. ¡Abracadabra!




    ¡Vamos!




    Los propios escritores han decidido finalmente, tras una reñida votación en que las pasiones de cada cual por sus propios colores predominaba, que un equipo iría con los pantalones negros y la camiseta blanca, y el otro con la camiseta negra y los pantalones blancos. Y el equipo arbitral… ¡Ah, esa es una sorpresa que me reservo para más adelante!

   
La seleccionadora de los blanquinegros no es otra que la afamada escritora británica Joanne Rowling o JK Rowling, como prefiráis, y el encargado de poner orden o desorden, vete tú a saber, en el equipo negriblanco es ni más ni menos que nuestro revoltoso don Wenceslao Fernández-Flórez.


 

    Luego os los traigo hasta aquí. Prometido.

    Pero puesto que tenemos bula para movernos a nuestras anchas por las instalaciones, la vamos a aprovechar e iniciaremos nuestro recorrido metiendo la nariz por aquí mismo. Es una puerta que no tengo ni la más remota idea de hacia dónde conduce. ¿Lo averiguamos? ¡Seguidme! 

    Ah, mira, unas escaleras. Descendamos a la aventura. 

    ¡Qué emoción! El arte de la palabra rebosa hoy de creación e imaginación para reivindicar un deporte denostado por los tópicos intelectuales del cajón de los prejuicios en que lo metieron. Y para reivindicar asimismo a los escritores futboleros despreciados igualmente por los tradicionales hinchas. Así lo expresaba el siempre interesante literato inglés Martin Amis:

    “Los amantes del fútbol intelectual forman una muchedumbre asediada, despreciada por los intelectuales y los amantes del fútbol por igual, que consideran nuestra adicción como afectada, pseudo-proletaria e incluso ligeramente homosexual”.

    Uno de esos topicazos prejuiciosos fue vertido por el italiano Umberto Eco, experto en sentar cátedras a la más mínima ocasión:

    “El fútbol es una de las supersticiones religiosas más extendidas de nuestro tiempo. Hoy en día es el auténtico opio del pueblo”.

    A lo que sería conveniente añadir el matiz de un escritor futbolero de pro, don Manuel Vázquez Montalbán, cuyo libro Fútbol, una religión en busca de Dios es del todo recomendable:




    Nuestro entrañable José Luis Sampedro también reflexionó sobre la religiosidad del fútbol:

    “El culto hispánico religioso ha cedido paso a una nueva fe, en la que los sacerdotes emergen desde una cavidad subterránea y ofician con el pie.”

    Y el incombustible uruguayo Eduardo Galeano, uno de los hinchas literarios más empedernidos, lo remató con un gol por toda la escuadra:

    

    
    No sé qué pensarán nuestros chicos de toda esta mística futbolera, pero lo vamos a averiguar de inmediato, puesto que nos vamos a meter hasta la cocina de los vestuarios, frente a los que ya nos hallamos, a ver qué se cuece por ahí.

  
   CAPÍTULO 2: En los vestuarios

   
Diantres, qué honor y qué casualidad, el primer hombre de letras que atisbo nada más introducirme por la puerta es precisamente el insigne escritor Eduardo Germán María Hughes Galeano, conocido como Eduardo Galeano. A ver si tenemos suerte y nos da un poco de bola.


     -¡Don Eduardo, don Eduardo!
     -Decidme, linda.
    (Ronroneo de #Marigol)
    -¡Hay que ver cómo luce usted de guapo con la camiseta negra!
    -Vos que me contempláis con mirada generosa.
    -¡Ay, qué va, está usted divino! Y hablando de lo divino, ¿qué opina usted, es el fútbol una superstición religiosa? ¿En qué se parece el fútbol a Dios? ¿Eh, dónde va? Ah, que lo escribió en un cartel. ¿A ver?




    -¡Fantástico! ¡Gracias, maestro! Justo andaba yo dándole vueltas a algunas de las ofuscaciones intelectuales que siempre han merodeado por los aledaños del fútbol. Pero díganos, ¿cómo se inició su pasión por este deporte?
    -“Como todos los uruguayos, toditos, yo nací gritando gol.”
    -¿Qué me está contando?
       -"Pues claro. No tengo nada de original porque, como vos sabéis, en mi país, las maternidades hacen un ruido infernal, todos los bebés se asoman al mundo entre las piernas de la madre gritando gol. Yo también grité gol para no ser menos y como todos quise ser jugador de fútbol”.
    -¡No me diga! ¿De verdad?
    -Sí, mas no lo logré.
    -Bueno, hoy puede usted desquitarse. ¿Qué 
posición va a ocupar en el campo?
    -Wenceslao me alineó de media punta. Espero
estar a una buena altura ofensiva e incluso poder marcar algún gol. Ya sabes... -Añade guiñando uno de sus encantadores ojos azules. 
    -¡Ja ja ja! Desde luego que sí. Ay, ojalá que lo 
consiga. ¡Gracias, maestro!




    Don Eduardo se retira con expresión traviesa, alzando el pulgar y corresponde al saludo efusivo del tremendo ¡John Anthony Burgess Wilson!, entrechocando sus manos derechas alzadas. 

Hay que ver qué poderío emana el maestro inglés por todos sus poros, como una fuerza imparable de la 
naturaleza, desbordante y 
exultante.

    
    -Galeano, querido compañero, todavía no había 
tenido ocasión de decirte los buenos ratos que pasé con tu libro El fútbol a sol y sombra.
    -No tantos como los que yo gocé partiéndome la mandíbula con tu Trilogía Malaya. ¡Demonios, cómo me llegué a reír!
    -Ja ja ja ja… Un honor compartir equipo contigo.
    -Lo mismo digo, amigo. Hasta ahora.
    
    -¡Maestro Burgess! –Tercio yo-, El pequeño Wilson y el gran Dios.
    -No me diga que lo leyó entero, querida.
    -¡Desde luego!
    -Bah, esa manía editorial de querer condensar una vida en unas cuantas páginas resulta un poco petulante. –Dice mientras ¡se quita la toalla!

    Ups. ¡Jesús!

    -Sr, Burgess, por Dios, se me ha quedado usted 
en pelota viva…
    -Estoy seguro de que no le mostraré nada que no haya visto ya, querida. Además, mucho me temo que mi cargamento ya no es lo que era…
    -Pillín. Está usted hecho todo un provocador. Eso siempre me gustó mucho de usted…
    -(Sonrisa pícara de Mr. Burgess) Con su permiso, me iré poniendo los pantalones. Pero siga, siga, la escucho…
    -Bueno, pues hablábamos de Dios y el fútbol…
    -“Ya lo dice la Biblia: cinco días son para trabajar, el séptimo es para tu Dios y el sexto es para el fútbol”.
    -¡Esa sí que es buena! Y dígame, ¿por qué parte del terreno de juego se va a mover?
    -Yo estaré en la defensa, atrás, sin contemplaciones, expeditivo como lo han sido siempre los grandes centrales ingleses.
    -Ay, no me asuste usted… A ver si ahora se va a poner en plan Vinnie Jones y se va a llevar alguna pierna o peor por delante.
    -Ja ja ja ja… -Se carcajea a lo bestia, desde su potente caja de resonancia torácica y pone cara de diablillo. -¡No les voy a dejar pasar ni una pelota a la portería de Camus!
    -¿Albert Camus?
    -Sí, señora. ¡Un gran portero!
    -¡Eso tengo entendido! Pero, oiga, no se me vaya tan rápido. Todavía no me ha desvelado usted si es del City o del United…
    -Cuando termine el partido se lo digo. Prometido. –Grita, alejándose de espaldas, al trote. -Salman… -Saluda, haciendo una discreta inclinación de cabeza al inefable Salman Rushdie, que llega pisando fuerte, con su equipación blanquinegra.

-Anthony… -Responde éste. -Estos de Manchester se creen que saben mucho de fútbol… -Grita con sorna, procurando que el de La naranja mecánica le oiga.
-¡Qué ímpetu, sr. Rushdie, casi se lleva por delante a su colega! Tengo entendido que usted es del Tottenham…
-Tiene entendido bien, señorita. “Es que, mire, vale, publicar un libro y lanzar una película está muy bien, ¡pero que el Tottenham le ganara 2-3 al Manchester United, en el mísmísimo Old Trafford, eso no tiene precio!”   
    -No lo habían conseguido en 23 años, desde 1989…
    -Nunca voy a olvidar ese día.
    -Me lo imagino… Y dígame, ¿en qué posición va a jugar hoy, señor?
    -¿Usted qué cree? Dando caña en la defensa.
    -¿Usted también?
    -…
    -Sí tiene usted pinta de leñero, sí…
    -Que se vayan preparando los del otro equipo. –Añade entornando esos ojos remotos e inescrutables, que tan bien podrían encajar en el rostro de un malvado de James Bond o en el de una avispado tratante de comercio, desde debajo de sus gafas.
    
    -¡Por el amor de Dios, Salman, deja de pavonearte y ve a reunirte con el resto del equipo, que ahora voy yo! –La voz de la señora Rowling retumba con fuerza en la sala.

    (Rushdie obedece sin rechistar)

    -¡Buenos días, Miss Rowling!
    -Joanne, por favor.
    -Joanne… Es un honor, señora, tenerla aquí, tan cerca de nosotros. Supongo que después de manejarse con el complicadísimo juego del Quidditch esto será pan comido para usted.




    -No creas, querida.
    -Aquel era un juego de altos vuelos.
    -Una buena manera de verlo, sí. Aquí nos falta la magia de Hogwarts, así que mi tarea consiste en procurar que los muchachos sean capaces de generarla en el campo.
    -Estoy segura de que lo conseguirá. Parece usted muy persuasiva y competente. Se nota que sabe manejar a sus jugadores.
    -No se puede imaginar lo complicado que es tratar de controlar a todos estos espíritus libres, creativos e independientes, rebosantes de testosterona, para que ocupen su posición en el terreno de juego.
    -Pues todo indica que, de momento, los tiene bastante controlados. Joanne, una última pregunta, me dijeron que usted era del West Ham y que incluso llegaron a verla camuflada en el estadio de los hammers . ¿Es cierto?
    -Bueno, "no negaré que he ido al campo en alguna ocasión, más que nada porque en mi familia la tradición es seguir al West Ham".
    -¿Y cómo ve a los dos equipos hoy? ¿Algún favorito?
    -Mmmm… Estamos bastante igualados. Por lo que he oído, Fernández-Flórez  sale con dos puntas, yo solo con uno. Ya veremos…
    -¡Mucha suerte, Joanne! Nosotros vamos a animaros a los dos. Esperemos ver un buen espectáculo.
    -De eso no me cabe la menor duda. Y ahora si me disculpa…
    -Claro. Vaya, vaya. ¡Muchísimas gracias por su tiempo!

    JK Rowling hace un gesto con la cabeza y se encamina al vestuario de su equipo con decisión. ¡Cómo mola!, ¿no? Y esto no ha hecho más que empezar. Ya veréis, ya, la de sorpresas que os vais a llevar. Estoy tan emocionada que se me reseca la garganta.
    Me acerco a una gran nevera llena de botellas de agua, cojo una, la abro y…

    -¡Perdonad, cuánto lo siento! Mil disculpas…
    
    Me chocaron por detrás. La botella se derrama lentamente y todo mi ser se desparrama a la velocidad del rayo porque ante mi tengo a uno de los escritores que mejor y más lúcidamente iluminaron nunca mi alma…



    -Cuidado, se te va a vaciar la botella…
    -¿Y qué más da, Maestro? ¡Estoy frente a Ernesto Sabato! –Digo arrobada, de rodillas, besando una de las manos de mi ídolo.
    -Levantate, levantate, por Dios.
    -Es que le veo de esa guisa, con la camiseta del Pincharrata, el club de sus amores, tan lindo…
    -Mi Estudiantes de la Plata… ¿Vos sabéis que ingresé en él con solo 13 añitos?
    -…
    -“No era un virtuoso, hay que aclararlo y aceptarlo. Pero iba y volvía, y no daba ninguna pelota por perdida.”
    -Usted nunca dio nada por perdido, Maestro. Ni tan siquiera a la humanidad, ¡que ya es decir!
    -Sois poética… Me gusta. Pero si seguimos manteniendo esta conversación, nada de Maestro. ¡Ernesto!
    -Ay, no sé yo… Me suena un poco irreverente...
    -"La importancia de llamarse Ernesto”.
    -¡Oscar Wilde! Huy, me han dicho que también anda por aquí. ¿Se han visto ustedes?
    -¡Claro! Llegamos todos ayer a la concentración y pasamos una velada memorable. Oscar y yo, además, tuvimos ocasión de mantener un delicioso intercambio intelectual…
    -¡Ufff, no puedo ni imaginarlo! Sabato y Wilde frente a frente, ¡qué barbaridad! Sabiduría fresca, motivadora e ingeniosa. –Voy haciéndome a la idea de que Sabato está ahí, que estoy hablando con él, tocándole, y mi ser se va normalizando. –Esto… ¿Y, volviendo al fútbol, Ernesto, qué pasó con ese chavalín que le daba al balón?
    -“Era un muchacho con la mollera demasiado blanda e iba fatal de cabeza”. Tuve que dejarlo, muy a mi pesar… Pensé que me iría mejor con las matemáticas y la física, pero, un buen día, también las abandoné. Y acabé pintando y escribiendo.
    -Iluminándonos un poco con su inagotable esperanza. Cuentan, Maestro, esto… Ernesto, que la última vez que le vieron llorar en público fue precisamente en la vieja cancha de Estudiantes, en 2004, repleta como hoy lo está ésta; cuando todos los espectadores fueron levantándose al grito de “¡Sabatooooo, Sabatoooo!” e irrumpieron en una ovación final.
    -Ah, ese fue, sin duda, uno de los momentos más emocionantes de mi vida. "Yo me había acercado hasta allí para repartir algunos de mis libros entre los seguidores…"
    -Pues no sé si sabe usted, Ernesto, que, el fin de semana que se conoció su fallecimiento, la Asociación de Fútbol Argentino decretó que se guardara un minuto de silencio en todos los encuentros de la duodécima jornada del Torneo Clausura de su país, para rendir un respetuoso homenaje a un amante del fútbol tan fiel y excepcional como usted.



    -Algo me comentaron, sí… Todo un honor.
    -Qué pena, ¿verdad, maestro?, que el fútbol en particular y el deporte en general tengan tan mala prensa entre algunos intelectuales.
    -Eso se merece ser matizado. Tan solo algunos insisten en mantener una visión sesgada sobre el asunto. Cualquiera puede comprobar hoy mismo lo mucho que amamos el fútbol la mayoría de escritores.
    -Sin duda. ¡No quepo en mí de gozo!
    -“Es que la gente tiene una idea errónea de lo que es un deportista, piensa que es un bruto. Pero la realidad es que el deportista tiene una gran cuota de inspiración, de repentización y de inteligencia en su tarea. Es dueño de un gran oportunismo, y tiene también una dosis de improvisación para resolver en situaciones inesperadas.”
    -Da gusto escucharle, Sabato…
    -Gracias, querida, pero me temo que me entretuve demasiado y debo desprenderme ya de esta camisola y dejar la que corresponde hoy.
    -Pues claro, perdone que haya abusado de su presencia…
    -No, por favor, fue un placer.
    -¿Y de qué color será su camiseta, blanca o negra?
    -Negra, como la piel de una pantera. –Sentencia el gran Sabato, despojándose de su querida camiseta de Estudiantes, que deja al descubierto su equipación de hoy.
    -¡Guau!
    -Me debo a los míos y tengo que marchar.
    -Lo sé. Nunca olvidaré estos instantes a su vera, señor.

    Le abrazo con ternura y … ¡menudo pelotazo que nos pasó rozando!

    -¡Ahí va!
    -¡Miguel, compañero, que los goles tenéis que marcarlos en la cancha!
   
-Je je… Me temo que le di demasiado fuerte. Disculpad. –Añade algo ruborizado el gran maestro vallisoletano de las letras españolas, don Miguel Delibes.

-¿Vos sabéis que Miguel dibuja de maravilla? -Prosigue Sabato. -Sus primeras ilustraciones gráficas de fútbol, bueno, y no sólo de fútbol, en El Diario de Castilla, eran espectaculares: paradas de porteros, avances de delanteros con arrojo, goles…



-Simples esbozos, Ernesto. Tus pinturas sí que son buenas.
-Nada, nada, lo que yo te diga. La mayoría de la gente desconoce esa faceta tuya tan importante en tus inicios.

-Tan sólo era un “pintamonas”. Estábamos en los años cuarenta y en aquellos días no existía nada remotamente parecido a la fotografía digital, así que las ilustraciones las pagaban bastante bien y mi querida Ángeles y yo, con la que todavía éramos novios, recibíamos gustosos ese dispendio extra.
-Me encantaría seguir conversando. –Dice don Ernesto. –Pero si no me presento pronto por allí, Wenceslao va a poner el grito en el cielo.
-Claro que sí, Sabato, vaya, vaya. Gracias de nuevo. Y que se le dé bien.
-Hasta luego. Y apunta mejor, Miguel, o no vas a marcar ni uno…
-Lo intentaré. -Y prosigue en dirección a nuestro micrófono: -Si es que Rowling se empeñó en ponerme de punta…
-¿Solito arriba?
-Mucho me temo que sí, aunque muy bien arropado por dos grandes llegadores, Amis y Villoro.
-¡Caramba, qué gran alineación! Los que le vieron jugar, señor, dicen que no lo hacía usted nada mal…
-“Jugaba de delantero y era más o menos fino”.
-¿Por qué no se queda un ratito con nosotros y nos explica cómo empezó a aficionarse al fútbol?
-Está bien, aunque no puedo estarme mucho…
-Le prometo no abusar de su tiempo, maestro.
-Pues verá, “yo creo que mi primera afición deportiva asumida como pasión, como auténtica pasión desordenada, fue el fútbol. Fui espectador desde muy niño. Ser socio costaba 1’50 pesetas y tuve que convencer a mi padre para que pagara esa cuota de seis reales a cambio de quedarme sin propina. Las cosas han cambiado mucho con la conversión del fútbol en un gran espectáculo”.
-No sé si para bien o para mal…
-“Los efectos del profesionalismo desmesurado se acusan ahora en toda su virulencia. En cada país, el campeonato de Liga se dirime prácticamente entre cuatro clubes; los demás bastante tienen con eludir el descenso”.
-Ay, ¡cuánta razón tiene! Pero, don Miguel, me encanta que esté aquí hablando con nosotros porque usted no sólo fue futbolista, sino que escribió e ilustró un sinfín de crónicas sobre ese deporte. Por favor, háblenos de aquellos días…
-Todo empezó con una reseña y dos ilustraciones a plumilla del partido de fútbol entre el CD Delicias, de Valladolid, y el Ciudad Lineal, de Madrid, que se jugó el 12 de octubre de 1941, para el Norte de Castilla, diario que años más tarde acabé dirigiendo.
-En efecto. O sea que dibujaba y escribía…
-Hacía lo que podía. Al principio, el dibujo tiraba más de mí. Con lápiz y plumilla, esbozaba instantes de fútbol y de boxeo, que también me gustaba mucho. E incluso llegué a retratar, modestamente claro está, personalidades que pasaban por el Valladolid de aquellos días: desde Lola Flores y Manolo Caracol a Camilo José Cela o toreros como Domingo Ortega o Juan Belmonte. Luego incluía unas letras a modo de reseña.
-E iba usted mucho al fútbol.
-Sí, como te dije, siempre me apasionó. Sobre todo los primeros tiempos, cuando los partidos se jugaban en la antigua plaza de toros. Iba con mis hermanos y animábamos a nuestro modesto Real Valladolid. Y asistí a la inauguración del antiguo José Zorrilla, en  el 41.
-¿Y qué pasó, maestro? ¿Por qué dejó usted de ir?
-“Abandoné las gradas el día que se decidió que los jugadores, o los futbolistas, o los árbitros o quizá todos deberíamos estar enjaulados como reclusos para evitar agresiones”.
-Si es que los tiempos atrasan que es una barbaridad… Pero no pudo evitar seguir escribiendo de ese deporte tan querido por usted.
-¿Qué quiere que le diga? Las pasiones son difíciles de controlar…
-A pesar de que el fútbol actual no le motiva a usted tanto, según me decía. Eso de que el aspecto físico, en general, prime sobre el creativo.
-“En el fútbol moderno, deben correr los dos, la pelota y el futbolista. Y ¡ay de quien lo entienda de otra manera! El centro del campo, lugar donde se cuecen los éxitos y los fracasos, no será nunca nuestro si el rival de turno nos gana en fuerza y en velocidad, que es tanto como decir en entereza y sentido de anticipación”.
-Es cierto.
-“No se trata tanto de esperar a que el compañero se desmarque –esto es ya, también, un concepto anticuado- como de desmarcar la pelota, a base de velocidad –siempre la velocidad y la fuerza-, y poder anteponerse a su contrario. Éste es el secreto a voces del otro fútbol”.
-¡Qué gran lección balompédica está impartiendo nuestro gran Delibes en nuestro humilde blog! Todo un privilegio, señor, tener la ocasión de departir con un maestro de las letras y un aficionado tan fino. No en vano, el doce de marzo de dos mil diez, la megafonía del José Zorrilla anunciaba: “Antes de comenzar el partido, se guardará un minuto de silencio en memoria del maestro Miguel Delibes”.




-¡Ay, mi pobre Valladolid! Ese día, si no me equivoco, jugaba contra el Real Madrid. Y ahora se las ve y se las desea para volver a la Primera División…
-No se entristezca usted, maestro. Tarde o temprano lo lograrán. Pero le noto inquieto, don Miguel, ¿prefiere que vayamos tirando?
-Sería lo mejor, sí.
-Le acompañamos.


     CAPÍTULO 3: El Salón de los Honores

Avanzamos por un pasillo y nos llegan voces cada vez más nítidas de una conversación instruida que tira mucho a portería, básicamente de cabeza. Proceden de una sala que queda a nuestra derecha y está entreabierta. No podemos evitar, bueno, más bien yo, sucumbir a la tentación, que no siempre vive arriba, abro la puerta lentamente y el maestro vallisoletano y yo sacamos la cabeza para saciar la curiosidad. El oído atento…

-“… La conciencia no tética del ‘nosotros’ se manifiesta claramente cuando estallan de manera espontánea los aplausos y el vocerío”. –Afirma el maestro Sartre con énfasis.

-¡Los hinchas! –Responde, apasionado y gesticulante, el gran García Márquez . -“Es que con ese solo gesto, quedan automáticamente convertidos en otras personas, como si la gorrita no fuera sino el uniforme de una nueva personalidad.”
-¡Un claro estallido de neurosis existencial! Lo describiste de manera brillante en El Juramento.
-“Confieso que nunca en mi vida había llegado tan temprano a ninguna parte y que de ninguna salí tan agotado como ese día en el estadio Romelio Martínez de Barranquilla”. Ese partido entre el Atlético Junior y el Millonarios de Bogotá me convirtió en hincha incondicional del fútbol.

¡Verlo para creerlo! Parece la Sala de los Nobel, pues aunque Sartre lo declinó, es inapelable que le fue concedido. Y ahí está el eminente filósofo francés, charlando animosamente con el genio colombiano, como si tal cosa. ¡Qué privilegio! Es una escena del todo hechicera… Ambos departen animosamente mientras se dirigen a una terraza-salón de confortables butacas, situada a su derecha, que tiene abiertas las puertas correderas y desde la que se divisa profusamente el estadio Cruces de Bohemia, hermoso, repleto y con una ligera llovizna aportándole un delicioso toque melancólico.

Una vez allí, se instalan los dos genios. El insigne Jean Paul Sartre escoge un diván de mimbre, cubierto de cojines, luce un cómodo chándal, su inseparable pipa en la derecha, copa de coñac en la izquierda, y prosigue la estimulante conversación con el ilustre Gabriel García Márquez, de pie y de chándal también, excitado y motivado, sin cesar de ir de acá para allá, fumando un puro a modo de batuta.

Cela dibujado por Delibes
Eso por un lado. Por el otro, de frente, ar, y algo a nuestra izquierda, pillamos al estentóreo maestro don Camilo José Cela asaltando una gran mesa repleta de manjares de todas clases. Las ansias devoradoras de don Camilo no parecen tener límites, se sirve con las manos, en un plato y en su boca insaciable, delicias saladas y dulces, frías y templadas.

No nos da tiempo a escuchar más conversación ilustrada franco-colombiana porque ya el tremendo don Camilo, la boca llena a dos carrillos, aparca su rebosante plato en la mesa y sale a nuestro encuentro extendiendo los brazos y salpicándonos de restos de comida al hablar, lo que nos obliga al maestro Delibes y a mí a apartar nuestros rostros y sacudirnos las miasmas con que nos pringa el señor Cela, que en ningún momento se disculpa.

-Hombre, Miguel, por fin te encuentro.
-¿Qué tal, Camilo, cómo estás? Hace un momento le hablaba de ti a nuestra anfitriona.
-Encantada de conocerle, maestro. –Alargo la mano hacia el voluminoso y excéntrico Cela y me la estrecha sin mucha convicción, mientras pasa su otro brazo alrededor de los hombros de su colega pucelano, por el que está más claramente interesado, y le empuja hacia la mesa.
-Claro. Pasad, pasad… ¿Os apetece algo de comer? Está todo riquísimo. –Enganchando de nuevo su plato, sin dejar de masticar un instante.
-No, por Dios. Sólo me faltaba llenarme de comida antes del partido. -Replica Delibes.
-Ni creo que sea buena idea que usted lo haga, don Camilo. –Me atrevo a decir.
-¡Hija de mi vida! Gracias a Dios, yo no voy a jugar.
-¿Ah, no?
-Culo. Ja ja ja ja… -Y Cela se ríe de forma ruidosa, con la boca repleta abierta, esparciendo una nueva y más copiosa lluvia de comida por doquier. –No, amiga mía. El deporte y yo no nos entendimos nunca muy bien a nivel práctico, aunque sí en la teoría. Supongo que conocerás el librillo que dediqué al deporte rey.



-Oh, sí, desde luego, Once cuentos de fútbol. ¡Me encantó! ¿Se refiere a ese, no?
-En efecto.

Y sin que tercie palabra, el maestro coruñés, deposita el plato de nuevo en la mesa y con su voz engolada y profunda se lanza a recitarnos de memoria uno de los párrafos finales de su libro, concretamente del capítulo titulado Colofón envuelto en La Hoja del Lunes:

-“Varios cientos de miles de españoles, a lo mejor varios millares de miles, aplican sus energías de los lunes, los martes y los miércoles a glosar los lances del partido de fútbol que ya pasó, y sus arrestos de los jueves, los viernes y los sábados a predecir los aconteceres del partido de fútbol que está al caer. Los domingos, descansan y van al fútbol: a sufrir o a solazarse, honestamente, viendo sufrir a los demás.”

      -Esos eran tiempos pre-Champions. –Apuntillo yo.
-¿Cómo dices?
-No, nada, nada… Que ahora no hay día en que no haya  fútbol. Pero, dígame, ¿y entonces si no va usted a jugar, cuál es su cometido aquí, don Camilo?
-Dejar escrita una crónica de este encuentro para la posteridad.
-¿De verdad? –Pregunto boquiabierta y henchida de orgullo. -¡Vaya!
-Así es, jovencita. Miguel, estimado colega, había algo que te quería preguntar…

Está claro que don Camilo desea departir con su colega Delibes. Así que aprovecho para acercarme sigilosamente a la terraza donde se siguen ofreciendo nutritivos manjares dialécticos. Lo hago lenta y discretamente, no quisiera de ninguna manera interrumpir tan suculenta conversación.

-“No creo haber perdido nada con el irrevocable ingreso que hice públicamente ese día a la santa hermandad de los hinchas. Lo único que deseo ahora es convertir a alguien.” –Afirma ufano el gran Gabo.
-Te entiendo perfectamente, querido amigo. –Prosigue el pensador galo. -A mí el Paris Saint Germain me desató la pasión por ese deporte. “Es que es ejemplar el caso del fútbol, con las relaciones entre los jugadores, esos pequeños grupos estrechos y rigurosos; la indiferenciación del derecho y del deber para cada jugador, así como el juego de las reciprocidades diversas entre jugadores, grupo adverso y espectadores”.
-Los jugadores, sí… “Si los jugadores del Junior no hubieran sido ciertamente jugadores, sino escritores, me parece que el maestro Heleno…” ¿Oíste hablar de él?
-No, no me suena, no…
-Bueno, “pues te aseguro que habría sido un extraordinario autor de novelas policíacas. Su sentido del cálculo, sus reposados movimientos de investigador y finalmente sus desenlaces rápidos y sorpresivos le otorgaban suficientes méritos para haber sido el creador de un nuevo detective para la novelística de policía.”
-“El fútbol es una metáfora de la vida.” –Sentencia el gran Sartre.

De repente, ambos se percatan de que hay una presencia más allí y me miran con curiosidad.

-Oh, por favor, sigan, sigan… De ninguna manera pretendía interrumpirles. ¡Qué torpeza la mía! –Trato de disculparme yo, algo azorada.
-No, no, en absoluto. ¿Te sirvo algo? –Pregunta García Márquez, señalando la impresionante y bien surtida barra de bebidas, licores y espiritosos de todas clases, dirigiéndose hacia allí.
-Humm… No, no, gracias. Sólo aspiraba a deleitarme con esa conversación tan apetitosa entre ustedes dos, que de ninguna manera quisiera cortar.
-No se apure, madame. –Dice amablemente, Sartre. –Es que Gabriel y yo cuando nos enzarzamos con el fútbol nos entusiasmamos y…
-… ¡No hay quien nos pare! Pero siéntate, siéntate, querida. –Añade amablemente don Gabriel.
-¿Cuál es tu posición de jugador favorita? –Pregunta el eminente filósofo.
-Pues… Me pirran los centrocampistas, pero también me atrae la figura del portero, por esa soledad tan concentrada que siempre se ve obligado a mantener.
-"El único jugador cuyos errores no se perdonan". Así empecé yo… -Añade ufano don Gabriel.


-Eso tengo entendido, maestro.
-Bueno, eso fue de chico, en Aracataca, cuando todavía se jugaba con pelotas de trapo. Luego, ya, con el balón reglamentario en juego, me atizaron fuerte con uno en la boca del estómago y me quedé unos instantes sin respiración. Me asusté tanto que ese mismo día lo dejé.



-“Yo no acabé un último partido, en 1936, porque recobré el conocimiento en el cobertizo, desvanecido por un puntapié, pero todavía apretando la pelota que un compañero de equipo trataba de sacarme de entre mis brazos “. –¡Dice desde la puerta de la terraza don Vladimir Nabokov en persona, que lleva puestos unos guantes de boxeo y hace amagos de golpearnos!

    -¡Hombre, Vladimir, compañero! –Saluda efusivo don Gabriel, acercándose al maestro ruso y propinándole un cálido abrazo.
-¿Cómo estás, camarada? –Pregunta don Vladimir, correspondiendo al abrazo del colombiano. Alarga una mano hacia mí. –Encantado.
-Un placer, señor.
-Jean Paul, mi querido Sartre, no te levantes, no… Justamente veníamos Albert y yo hablando de ti.



En estas que el fantástico maestro Albert Camus, con expresión pícara, hace acto de presencia. Al igual que su colega Nabokov, luce un chándal negro muy elegante, bajo un abrigo y una bufanda blanca.


-Mon Dieu, -exclama Sartre. –Llegaron los cancerberos.
-¡Salud, compañeros! –Saluda Camus. –Señorita. –Añade en mi dirección, besando mi mano.

    Me tendréis que perdonar, pero estoy embelesada, como en una nube. Tanto genio a mi alrededor me empequeñece y me arroba. Todos ellos se saludan con cariño y complicidad. Yo me mantengo un poco al margen, no quiero estorbar. García Márquez sirve sendas copas de vino tinto a los recién llegados, que se acomodan en unas butacas.

    -Cuando me dijeron que Nabokov y Camus andaban por acá, -dice el maestro Gabo -tuve claro que yo no pintaba absolutamente nada bajo los palos. Así que me limitaré a pasar todos los balones que pueda desde el centro del campo, como Jean Paul.
-¿Usted también reparte juego, maestro? –Acierto a preguntar al pensador francés, que una vez puesto en pie parece dispuesto a retirarse.
-Ese difícil objetivo me han asignado, sí. Aunque no puedo evitar sentir una cierta envidia de los porteros. –Agrega Sartre. -“El guardameta es el encargado de salvar varias veces a su equipo a través de acciones individuales, es decir, de una extralimitación de su poder en una práctica creativa”.
-Reconozco que “yo fui un portero excéntrico, pero bastante espectacular, en mis tiempos en la Universidad de Cambridge. ¡Me apasionaba jugar de portero! Su jersey, su gorra de visera, sus rodilleras, los guantes que asoman por el bolsillo trasero de sus pantalones cortos, le colocan en un lugar aparte del resto del equipo. Es el águila solitaria, el hombre misterioso, el último defensor”. –Resume poéticamente el eminente ruso.
-¡Ah, querido colega! –Tercia Camus, golpeando cariñosamente el hombro de Nabokov. –“Nosotros, en Argelia, no disponíamos de las comodidades de Cambridge, pero le poníamos mucha pasión en el Racing Universitario. Jugué varios años en la Universidad de Argel. Al principio, me atraía jugar en el centro del campo… Me parece que fue ayer, pero cuando en 1940, volví a calzarme los zapatos, me di cuenta de que no había sido ayer. Antes de terminar el primer tiempo, tenía la lengua como uno de esos perros con los que la gente se cruza a las dos de la tarde en Tizi-Ouzou”.


¡El futbolista Albert Camus!

Todos sonreímos y escuchamos al insigne escritor con devota admiración.

    -“… Además, las zapatillas se desgastaban más en el campo y en casa no teníamos dinero para calzado. Así que probé en la portería. Aprendí que la pelota nunca viene hacia uno por donde uno espera que venga. Eso me ayudó mucho en la vida, sobre todo en las grandes ciudades, donde la gente rara vez camina en línea recta” Sí, creo que en la portería encontré mi sitio.
-Pues mi sitio, estimados colegas, debo encontrarlo ahora en la soledad de mi vestuario. Necesito concentrarme antes del gran momento o no daré pie con bola, como se dice popularmente. Y no olvidéis que…





Los demás despiden al maestro existencialista con cariñoso respeto y siguen con su charla.

    -“En Rusia y en los países latinos, -prosigue el maestro Nabokov, alargando un brazo hacia García Márquez, -el intrépido arte del portero ha estado rodeado siempre de un aura de singular luminosidad. Distante, solitario, impasible, el portero famoso es perseguido por las calles por niños en éxtasis. Está a la misma altura que el torero y el as de la aviación en lo que se refiere a la emocionada adulación que suscita”.
-No te digo que no, -contesta el Nobel colombiano, -pero a mi me interesa más el sufrimiento que lleva implícito esa posición. Y comparto al cien por cien la precisa y preciosa descripción que hizo de la figura del portero Eduardo Galeano. ¿La conocéis?





    -Excelente visión, sí, señor. –Añade el gran Camus. –“Yo solo añadiré que después de muchos años en que el mundo me obsequió con muy variadas experiencias, lo que más supe, a la larga, acerca de la moral y de las obligaciones del ser humano, se lo debo al fútbol”.

    CAPÍTULO 4: A Don Wenceslao hay que darle de comer en un capítulo aparte.


    -¡Pues mira tú qué bien!

    Una voz en la puerta, a mis espaldas, retumba guasona y sentenciadora. El maestro Wenceslao Fernández Flórez, elegante con su traje oscuro, su corbata y su sombrero, acaba de hacer acto de presencia.

    -Bienvenido, Míster. Venga para acá. –Le invita García Márquez.
-Ya me imaginaba yo que la estarías liando por algún sitio, Gabriel… -Masculla don Wenceslao con una sonrisa que alarga su fino bigote. –Nombre de ángel para el más diablillo. ¿Tratas de convencer a alguno de ellos para que te ceda la portería? Buenos días, señorita. –Añade en dirección a mí, despojándose de su sombrero y haciendo una gentil reverencia.
-¡Todo un placer, maestro! –Le respondo sonriente y expectante ante su magnética presencia, levantándome como un resorte.
-¿Cómo iba yo a pretender tal cosa? –Contesta el colombiano.
-Tampoco se lo íbamos a permitir, ¿verdad, Vladimir? –Agrega el siempre atractivo Camus, brindando con el portero Nabokov, que entrechoca la copa.
-Desde luego que no. –Añade el ruso.

    Y todos ríen.

    -Muchachos, celebro que lo estéis pasando tan  bien y os relajéis antes del partido. –Prosigue el maestro coruñés. Mira su reloj de bolsillo y avisa: -Dentro de quince minutos, os quiero en los vestuarios a todos, dispuestos a darlo todo.
-Cuente con ello, Míster. –Responde García Márquez.
-Allí estaremos. –Corrobora el franco-argelino.
-Perfecto. Prosigo, pues, con mi búsqueda de jugadores, que son más difíciles de encontrar que las setas... –Dice el señor Fernández Flórez, dinámico y sin parar un momento, girando resuelto sobre sus talones y disponiéndose a salir.

    -¡Don Wenceslao, espere, no se me vaya! –Alcanzo a gritar yo, que no puedo dejar escapar la oportunidad de tener una pequeña charla con él.
-¡El tiempo apremia, muchacha! –Dice el maestro gallego.
-Atrápalo si puedes… -Lanza el nobel colombiano, elevando su copa.

    Me despido apresuradamente de García Márquez, Camus y Nabokov desde la puerta, que sonríen comprensivos. Les deseo suerte con mi pulgar hacia arriba y salgo rauda en pos de don Wenceslao, que camina a paso veloz.


    -Camilo, hijo, no tienes muy buen aspecto que digamos… -Dictamina el señor Fernández Flórez a su colega y paisano Cela.
-Wenceslao, querido amigo, no estoy teniendo la mejor de las digestiones. –Contesta don Camilo, que yace desparramado en un sofá, entrecerrados los ojos, la pechera con algún lamparón y migas delatoras.
-Bueno, no hay nada que una cucharadita de bicarbonato no pueda solucionar. –Sentencia ufano el simpar Fdez. Flórez, asestando una palmadita en el pie de un descompuesto Cela. Y sale disparado.

    -Maestro, ¿pero qué prisa lleva? –Le pregunto marchando tras él a saltitos, como cuando era chica y mi madre me llevaba de compras con ella.
-¡Vamos, vamos! –Me urge don Wenceslao, puro dinamismo. -No hay tiempo que perder, criatura. –Tiende una mano hacia mí y yo me agarro a ella y me dejo llevar por su contagioso ímpetu, como asida al agarradero de un autobús que hubiera arrancado con estrépito.
-¡Voy, voy! Está usted más Animado que su Bosque… Y yo que pensé que podríamos hablar unos minutitos tranquilamente. Si supiera el deleite con que mi padre devoraba sus crónicas de fútbol en el ABC…
-Ah, bueno, -el maestro se para en seco, y me obliga a derrapar para no topar con él. Se gira hacia mí y dice: -pero eso fue antes de que “el fútbol se mercantilizara. Han cometido el disparate de tasar el regate y el talento.”

    -Dice usted bien, maestro. El dinero ha comprado todos los talentos y embrutece el arte, el deporte y todo lo que pilla de malas maneras. –Añado con tristeza.
-“Existe una gran diferencia entre el fútbol de ayer y el que se impuso después. Los jugadores que antes eran, nada menos, muchachos que gustaban entusiásticamente este deporte, hoy son profesionales”. Bueno, me figuro que ahora debe de ser todavía peor.
-Ni se imagina usted hasta qué punto han corrompido el mundo del fútbol el dinero, los fichajes y los contratos. Por no hablar de los dirigentes…
-“La categoría del fútbol, al convertirse en un espectáculo de taquilla, se ha rebajado. Cuando se puede comprar la habilidad, la resistencia, la eficacia de un jugador, es cuando ya no se tiene ni habilidad, ni fuerza ni resistencia propias. Aquellos muchachos de los inicios, tipo Monjardín, ponían en el fútbol más pureza y anunciaban emulaciones de más sano carácter.”
-Le entiendo perfectamente, don Wenceslao, créame. Pero, dígame, -aprovecho la paradinha que hemos hecho en nuestro veloz recorrido, -si usted tuviera que escoger una posición en el terreno de juego, ¿cuál sería?
-“La de guardameta. Por llevar la contraria a los que quisieran hacer gol.”
-¡Ja ja ja! Genio y figura, maestro. Y en lo tocante al público, ¿qué me dice usted?
-“Como traté de explicar en una de esas crónicas”, a las que usted aludía, “el público que asiste al fútbol es peor que el de los toros, porque es injusto, apasionado, esclavo de sus devociones y propenso al insulto y hasta la agresión”.
-Algo de eso hemos comentado con don Miguel Delibes, sí… Y lo peor es que la situación se ha agravado desde sus días, señor. Mire, permítame que le muestre, a modo ilustrativo, un fragmento del artículo que escribió Javier Marías, titulado El Mito, recogido en las magníficas letras de fútbol de su libro Salvajes y Sentimentales, que justo llevo conmigo:

    “Cuando Laudrup visitó el Camp Nou vestido de blanco, hace cinco años, se encontró con pancartas lisonjeras: “Laudrup Judas”, “Laudrup escoria”, o –la de mejor gusto, ya que vinculaba a madridistas muertos en accidente- “Fernando Martín, Petrovic, Juanito: tú eres el siguiente”. (No por nada son célebres las vísperas sicilianas y las venganzas catalanas.) El pobre y educado danés se sintió tan afectado que no dio pie con bola aquella noche: es una desgracia ser noble cuando vienen mal dadas, y no está uno dispuesto a tirar de navaja ni ante los navajeros.”

    -Vaya, vaya, veo que no se andan con chiquitas… -Musita el maestro gallego.
-Y no se crea usted, lo mismo sucede cuando un exjugador merengue visita el Bernabéu vestido de azulgrana. Al pobre Luis Enrique le dijeron de todo en su día, menos guapo, por poner un ejemplo. Pero para su tranquilidad, le diré que el público asistente hoy a nuestro estadio es respetuoso, animoso y muy predispuesto a disfrutar con el fútbol de todos ustedes. Se lo puedo asegurar. Aunque no deja de ser cierto que hay mucho energúmeno entre las personas que asisten a los estadios. ¿Y qué propone usted?
-“Suprimir los espectadores”.
-Eso sí que es radical…
-“Hablé detenidamente de todo ello en el último de los artículos que dediqué a este tema en ABC. El deporte ha pasado a ser un fenómeno social y como tal está incluido en la órbita de la novela”.
-¡Qué bien ha hilvanado usted los dos temas, don Wenceslao!
-“Yo mismo escribí una novela sobre todo esto”.
-Lo sé, El sistema Pelegrín, ¿verdad?
-En efecto. –Afirma, satisfecho ante mi respuesta.


-Huy, ¿vio usted la versión cinematográfica que dirigió Ignacio F. Iquino en el 52, con Fernán Gómez e Isabel de Castro?
-Sí, la vi, y debo decir que no me disgustó. “Mi novela es una sátira alegre, no sólo del fútbol, sino de otros muchos deportes. Es anterior a mis crónicas de ABC y se publicaron algunos capítulos sueltos antes de la edición novelada, cuya lectura fue lo que impulsó a Torcuato Luca de Tena a pedirme que hiciese para ABC crónicas deportivas. Y escogí el fútbol.”
-Vaya, eso sí que lo desconocía… -Respondo.
-Y ahora, ¿podemos proseguir? –Pregunta el Míster, emprendiendo su marcha.
-Yo casi mejor que le dejo hacer a su aire, maestro. Comprendo que debe reunir a sus pupilos.
-Pero, antes, aprovecharé este alto para descargar mi vejiga y no castigar en exceso la próstata. –Agrega con gracejo el maestro gallego, haciendo una leve inclinación y besando mi mano. –Señorita, ha sido un placer.
-Lo mismo digo, don Wenceslao. Es usted un hombre inspirador, ingenioso y muy gentil. ¡Mucha suerte con el partido! ¡Que gane el mejor!
-¡La victoria es nuestra! ¡No lo dudes!


    CAPÍTULO 5: Futbolín




    ¡Qué entusiasmo y energía derrocha el magnífico Fernández Flórez, madre mía! Pero debo admitir que con toda esta cabalgada por las instalaciones del estadio me he perdido un poco y no sé ubicarme con exactitud. ¿Dónde demonios estaré? He bajado unas escaleras, así que debo tener que subir. Pues, mira, aquí hay unas. Por aquí mismo, voy a probar a ver. No acabo de situarme, no recuerdo haber pasado antes por este lugar… Y la cosa es que, atended un momento, ¿verdad que se oye un sonido como de futbolín? Yo diría que proviene de esa parte…


Pasolini y su estupenda zurda
-“El fútbol constituye en sí mismo un lenguaje. Yo ya hace tiempo que distinguí, además, entre un fútbol como lenguaje fundamentalmente prosístico y un fútbol como lenguaje fundamentalmente poético.” ¡Oh, no! –Se lamenta, con un aspaviento de rabia latina el polémico y talentoso creador Pier Paolo Pasolini, en medio de gritos de “¡Gooool!” de sus compañeros.


-¡Ja ja ja ja! –Ríe abiertamente el entrañable maestro Mario Benedetti. –Dale, dale a tu semiótica futbolística, Pier Paolo, que yo mientras te voy marcando goles. Y que conste que me parece muy interesante lo que dices…


-Perdona, eso no fue un gol, compañero, sino todo un golazo por la escuadra. Y de zurda, además, uno de los nuestros. –Bromea, rendido y admirado, el brillante y apasionante Javier Marías, que en sus años mozos, le dio al balón con su pierna izquierda, al igual que hiciera el italiano. –Lo siento, querido Pasolini, pero fue así.


-¡Fantástico, Mario! –Celebra el maestro británico Martin Amis, chocando, entusiasmado, la palma de su mano izquierda con la de Benedetti. Ellos dos forman equipo en el futbolín, frente a Pasolini y Marías.

    ¿Os lo podéis creer? ¡Es del todo alucinante gozar de la presencia de estos hombres que tanto lustre sacaron y sacan a su talento intelectual a través de las palabras! La elegancia italiana e innata del pensador boloñés destaca entre sus compañeros, con su jersey de algodón color marfil y sus tejanos, y contrasta con el aire desgarbado de su sobresaliente colega madrileño, vestido con un cómodo chándal de color azul oscuro. El inefable inglés Amis luce sudadera mezcla de grises y rojos y pantalones negros, mientras que el insigne uruguayo se decantó también por un chándal, azul y blanco en su caso, como la bandera de su país.

      -¿Cómo está el marcador ahora? –Pregunta Javier Marías.
-Creo que 6-4 para ellos. –Contesta el italiano. -¿Y habéis visto la hora que es? Me extraña que Wenceslao o Joanne no hayan aparecido todavía por aquí para arrastrarnos hasta los vestuarios.
-¡Eso es porque no les han encontrado! –Digo yo, introduciéndome, admirada y boquiabierta, en este bonito espacio recreativo, con futbolines, estanterías de libros, discos y cedés, mesas de videojuegos y consolas, un equipo de música en el que suena discretamente algo de Mozart, creo, y grandes neveras con bebidas y tentempiés de todas clases. -¡Hola! –Saludo discretamente, levantando mi mano derecha, como si jurara que no les iba a molestar, esperando no resultar entrometida.

    Los maestros me saludan alegremente, sin perder de vista un instante la bolita del futbolín, entregados al juego, y me invitan a pasar.

     -¿Una más y lo dejamos? –Pregunta un entusiasta Amis.
-¡De acuerdo! – Responde Benedetti.
-Sí, sí, por favor, no me paréis ahora, que voy lanzado… ¡Goooool! –Canta victorioso Marías, entrechocando la palma de su mano con la de Pasolini.
-¡Bravo, bravísimo! –Jalea el italiano.
-¡Esta sí que no la vi venir! –Se queja Amis.
-Muchachos, esto queda en 6-5 para Martin y para mí. –Anuncia el simpático Benedetti, y pregunta: -¿Aceptáis la derrota o vais a querer una revancha?
-¡Hombre, qué menos que una revancha! –Responde Pasolini sonriente. -¿No te parece, compañero? –Pregunta al maestro madrileño.
-¡Faltaría más! –Responde Marías. –Cuando termine el partido, quedamos.
-Sí, pero, por favor, Pier Paolo, -dice el  británico. –¿Te importaría retomar lo que contabas sobre el lenguaje y el fútbol? ¡Me interesa mucho!
-Sí, por favor… -Corrobora don Mario. –¿Y qué os parece si acompañamos la charla de unos sorbitos de ese clarete tan rico que abrió Javier, antes de enfilar hacia los vestuarios?
-¡Buena idea, no estaba nada mal! –Responde el aludido, que pregunta en dirección hacia mí: -¿Te sirvo una copa a ti también?
-Vale, sí, gracias, creo que me vendrá bien. ¡De acuerdo!
-Sin miedo… No te vamos a comer. –Bromea dirigiéndose a mí el acogedor y talentoso escritor uruguayo, alargando un brazo con el que rodea afablemente el aura de mi cuerpo, guiándome hacia sus compañeros.

    Nos acercamos, pues, a unas mesas que hay frente a las neveras. Sigo en mi nube futbolístico-literaria, sintiéndome inmensamente privilegiada de codearme con estas mentes brillantes. Y espero no marearme. ¿Cómo lo lleváis vosotros? Ojalá que bien. 
De uno de los grandes frigoríficos saca Javier Marías la botella de clarete ya descorchada, llena cuatro copas que deduzco que ellos ya utilizaron antes y añade una quinta que rellena también y me acerca galantemente. La botella se ha terminado.

    -¡Salud! –Gritamos todos, entrechocándolas. Y bebemos del gustoso caldo rosa oscuro, al tiempo que sus compañeros invitan a Pasolini a que exponga la disertación que recogió en su artículo Il calcio é un linguaggio con i suoi poeti e prosatori, publicado en Il Giorno, el 3 de enero de 1971, a raíz del partido que enfrentó en cuartos de final del Mundial de México, a Brasil que ganó 4 a 1 a Italia.

    -“En definitiva, el catenaccio y la triangulación, que Brera llamaba geometría, -dice el maestro italiano, -es un fútbol de prosa: se basa en la sintaxis, en el juego colectivo y organizado, esto es, en la ejecución razonada del código”.
-Uhum… -Corrobora, complacido, el insigne escritor uruguayo, muy concentrado en el discurso de su compañero.
-“Sin embargo, los latinoamericanos” –aquí Pasolini, siempre gesticulante y expresivo, alarga una mano en dirección a Benedetti –“son los que dominan el fútbol poético. ¿Quiénes son los mejores regateadores del mundo y los mejores goleadores? Los brasileños…"
-Tradicionalmente, eso era cierto, pero hay un tal Messi por ahí al que cuesta horrores despojarle del balón. –Añade, divertido y resignado, como buen merengue, Javier Marías.
-¡Dios mío, cómo juega ese chaval! –Exclama admirado Martin Amis.
-Mi compatriota Galeano tenía una curiosa teoría al respecto… -Añade Benedetti.




-He oído hablar de él… -Confirma el italiano. –“Un claro ejemplo de fútbol poético. El regate y el gol son los momentos individualistas-poéticos del fútbol; por eso ese fútbol es poético. El mejor goleador de un campeonato es siempre el mejor poeta del año”.

    Aplausos y comentarios de admiración compartida hacia esa preciosa frase del pensador boloñés.

    -Ja ja ja!! –Ríe Pasolini, complacido y divertido. Y agrega: -Ya para ir terminando y “sin hacer juicios de valor, en un sentido puramente técnico, en México, aquel día, la poesía brasileña se impuso a la prosa estetizante italiana”.
-Yo, si me lo permites, amigo Pasolini, -interviene el maestro Benedetti-, quisiera añadir un elemento más a esa deliciosa poesía futbolística tuya y es ¡la pasión! “Como todos sabéis, yo soy un hincha de Nacional de Montevideo; pero en mi tierra, que un hincha de Peñarol” (nuestro eterno rival, tu Barça –aclara, señalando a su colega Marías-) “se enamore de una chica del Nacional, o viceversa, puede llegar a originar resentimientos familiares de tal envergadura, que los convierten en los Montescos y Capuletos del subdesarrollo”.
-¡Ja ja ja ja!! –Don Mario logra arrancar las carcajadas de los presentes, incluida una servidora, que no puede por menos que reírse ante semejante ocurrencia agridulce.

    -Martin, no sé si durante el tiempo en que anduviste viviendo en mi país, ¿Punta del Este, no?,...
-En efecto, en José Ignacio, un lugar sencillamente maravilloso…
-Y muy exclusivo y pijo, si me permites que te lo diga…

    Todos vuelven a reír, en especial el famoso escritor inglés, que añade:

    -¡Touché! Todo lo que quieras, pero ese rincón, que espero poder conservar hasta el día de mi muerte, es uno de los lugares más bellos que he visitado jamás.
-Sin duda, sin duda… -Prosigue Benedetti, dicharachero. –Bueno, pues no sé si has tenido ocasión de familiarizarte un poco con el fútbol de mi país y las vivencias que se generan a su alrededor, pero la pasión es muy destacable.
-Lo sé, lo sé… ¡Por Dios bendito! No había reparado en que estoy rodeado de latinos… ¡Pasión por todas partes! ¡Me encanta! –Lanza con entusiasmo el ínclito inglés, ante el alborozo de todos.
–Lo cierto es que es increíble lo que puede llegar a generar este deporte que tanto admiramos. –Afirma don Javier, con la mirada concentrada en las, sin duda, estimulantes sugerencias de sus pensamientos. -”El fútbol debería dar más que pensar. Pocas cosas hacen que millones de personas salten a la vez de alegría, en los estadios y en sus casas, por algo en lo que de hecho no han tenido participación –un gol- y que en modo alguno va a afectarlos, para bien ni para mal, en sus vidas y problemas personales”.
-“Además, es el único deporte que habitualmente se decide por un tanto,” -puntualiza Martin Amis- “así que la presión en el momento es más intensa en fútbol que en cualquier otro deporte”.
-¡Y el fervor entre el público, cuando ese gol se marca! -Añade Pasolini.
-Reconozco -prosigue el maestro británico-, que mi pasión por el fútbol, inglés en mi caso, sigue inalterable. “Lo que más echo de menos de Inglaterra” (no olvidemos que Amis se mudó a Cobble Hill, Brooklyn, Nueva York) “es el fútbol. Patético, lo sé, pero es así. Ya no puedo seguirlo habitualmente en televisión. Me temo que la tecnología ha avanzado más allá de mi competencia. Mis amigos ingleses me dicen que me haga con el canal Fox y podré seguir todos los encuentros ingleses. Pero si apenas enciendo el televisor… Debo admitir que entro al Facebook sólo para enterarme de los resultados y leer algún reportaje sobre los partidos que me interesan. Cada mañana, la primera cosa para mí es el fútbol”.
-Pues ni te cuento lo que hubieras sentido de haber sido un exiliado como yo. Las pasas canutas. –Admite el simpar Benedetti.- “Ya que nadie te informa de cómo van Peñarol o Nacional o Wanderers o Rampla Juniors, te vas convirtiendo en forofo (Hincha, digamos) del Zaragoza o del Albacete o del Tenerife, o de cualquier equipo en el que juegue un uruguayo o por lo menos algún argentino o mexicano o chileno o brasileño”.
-Yo confieso… -Anuncia el maestro italiano.
-Esto va derivando en una película de Hitchcock… -Bromea el brillante Marías, despertando las risas de todos los demás.


Pasolini no se resiste a sumarse al juego de los chavales

    -… “que de no haberme enganchado al cine y la escritura, me habría gustado ser un buen jugador de fútbol. Después de la literatura y el erotismo, para mí el fútbol es uno de los mayores placeres”.
-Yo sólo sé que… –dice nuestro Marías:




    -¿Lo ves? Te lo dije, estos estarán donde el futbolín… -La voz del fantástico Fernández-Flórez retumba desde el fondo del salón, con cierta sorna, mientras se abre paso hasta nuestra posición, seguido de… Bueno, o mejor dicho, sobrepasado por la imparable JK Rowling, rotunda y cañera.

    -¡Chicos, chicos, todavía aquí! ¡Debería daros vergüenza! –Grita la vigorosa JK Rowling, que ordena, al más puro estilo dominátrix, palmeando sus manos, como si de un látigo se tratara: -¡Tenéis dos minutos para poneros en pie e ir desfilando hacia los vestuarios! ¡Vamos!

    ¡Me acojona hasta a mí! Pero la entiendo. Una cosa es ser el Míster y otra es ser la Madame. Quieras que no, es una posición delicada, de la que es muy complicado apartar la, ni que sea ligera, carga erótica que ese cargo conlleva. ¡Y con tantos hombres, ufff!

    -Estooo… Será mejor que me vaya yendo… -Digo, con cara de circunstancias, como si me hubieran pillado haciendo pellas o algo peor. –Hasta luego, chicos.
-Oh, vamos, Joanne, no te pongas pesada… -Se queja el señor Amis.
-Justo salíamos en estos instantes… -Dice don Mario, con gesto conciliador.
-No es para tanto –se queja nuestro gran Marías,- tan solo debo desprenderme del chándal. Te aseguro, Wenceslao, que estoy más que preparado.
-Anda, tira, tira… -Ordena el aludido con semblante divertido. –Eres tremenda… -Me dice, guiñándome uno de sus ojitos divinos, moviendo un dedo índice.

    Pongo cara de traviesa arrepentidilla, agitando los deditos de mi mano en alto con revoltosa premura hacia los muchachos, mientras hago mutis por el foro.

    -¡A sus órdenes, Míster! –Grita Pasolini, cuadrándose como un soldado.


    CAPÍTULO 6: Bolaño voy, Bolaño vengo, con Conan Doyle y Villoro yo me entretengo.

    ¡Se nos ha echado el tiempo encima! Cada vez queda menos para que empiece el partido y no me va a dar tiempo de traeros hasta aquí a todos nuestros ilustres autores. ¡Con lo que me costó organizar este partido! ¡Ay, no sé cómo voy a hacerlo! Me he liado, me he liado… Parezco el conejo de Alicia, la del País de las Maravillas, claro. Espera, ¡tengo una idea! Me acercaré a la entrada del túnel de vestuarios e igual podemos pillar a algún jugador tempranero, que se enrolle un poquito con nosotros. ¡Vamos! Pa’bajo otra vez… ¡Jesús, qué trajín!

    Estas dependencias de aquí creo que son los vestuarios. Pego el oído, pero no oigo nada. En cambio, sí se deja escuchar cada vez con más intensa nitidez el fragor del público entusiasta asistente al estadio Cruces de Bohemia. ¡Se me pone la piel de gallina, caramba! Sigamos ese espléndido sonido motivador…


-¡Ay, señor Bolaño! -La puerta de los vestuarios se abre y cierra de golpe y aparece el maestro chileno, espléndido con su equipación blanquinegra. -¡Qué susto me ha dado usted!
-Tranquila, no te apures. Es que necesito salir al campo libre de líquidos importunos. ¿Me permites? –Señalando la puerta de los aseos, delante de la cual me encuentro.
-Ah, muy bien… Claro, claro. ¡Pero antes, si no le importa, ya que está usted aquí..!
-Dígame…
-¿Sería tan amable de hablarnos de su experiencia como futbolista?
-Sólo si me prometes que quedará entre nosotros.
-¡Prometido!
-Te lo digo porque “mi experiencia como jugador de fútbol nunca fue del todo comprendida ni por los espectadores ni por mis compañeros de equipo”.
-¿Ah, no? ¿Y eso?
-Pues verás, “a mí siempre me pareció más interesante marcar un autogol que un gol. Un gol, salvo si uno se llama Pelé o Didí o Garrincha, es algo eminentemente vulgar y muy descortés con el arquero contrario, a quien no conoces y que no te ha hecho nada, mientras que un autogol es un gesto de independencia. Aclaras ante tus compañeros y ante el público que tu juego es otro”.
-¡Ahí va! Como le oiga Joanne me da que le va a montar un pollo por todo lo alto…
-Por eso debes guardarme la confidencia.
-Desde luego, original y atrevido sí que es usted, don Roberto.
-Sólo Roberto. Y que quede claro que hoy voy a traicionarme un poco a mí mismo, gustoso, y voy a darlo todo por los nuestros.
-¡Fantástico! Y vaya, vaya, no queremos entretenerle más… ¡Gracias, señor Bolaño! ¡Y suerte! Espero que se divierta usted.
-Eso seguro.



¡Así sí que da gusto! Y hablando de gusto, ¡contemplad el aspecto imponente y reluciente del estadio! ¡No me digáis que no es todo un gustazo para los sentidos! Impresiona, ¿verdad? ¡Cuánto colorido y entusiasmo desprende! 





    Preciosas pancartas con frases reivindicativo-futboleras de nuestros insignes escritores se mezclan con otras de lo más imaginativo confeccionadas por todo tipo de seguidores, camisetas ilustradas y banderas de un sinfín de países se abren paso en las gradas para arropar y animar el trabajo entre líneas de nuestros excepcionales protagonistas, que hoy deberán ingeniárselas para escribirlas con los pies.

La magia a nuestro alrededor es de tal magnitud que casi se percibe una luminosa aura de simpatía, devoción y gozo rodeando nuestro recinto, protegiéndolo de todo influjo maligno que estuviera tentado de colarse en él.

    Oigo unas voces acercándose hacia aquí.


-¡Usted, maestro sí que fue todo un deportista! En la Universidad de Edimburgo, ¡ya destacaba con el golf, el rugby y el boxeo!! ¡Qué bárbaro!

    -El deporte siempre me gustó. Combinar el ejercicio intelectual con la habilidad y el esfuerzo físicos me parece una excelente manera de mantener motivado a todo ser humano sensible y enérgico.


    El mismísimo Sir Arthur Conan Doyle, con su precioso y característico mostacho, nos honra con su majestuosa presencia. ¡Esto es la bomba! Va departiendo animadamente, como si tal cosa, con el fantástico mexicano Juan Villoro, al que se le nota prendado del poderoso influjo del escocés. Este sociólogo metido a escritor y periodista, que tantos Mundiales cubrió con sus crónicas y más de un libro ha dedicado al fútbol (Dios es redondo, Balón dividido), no puede evitar deleitarse con las experiencias que el venerable doctor edimburgués tiene a bien compartir con él y con nosotros, claro.

    Les saludo discretamente. No quiero entrometerme e interrumpir la jugosa y magnífica conversación entre los dos jugadores  blanquinegros. Me mantengo al margen, en un segundo plano, ansiosa por transmitiros tan espléndido y privilegiado intercambio.

    -¡Qué vida la suya, maestro! –Exclama admirado el barbudo mexicano, con los ojos incendiados de interés, sin dejar de gesticular en ningún momento. –Cuando volvió de sus peripecias como médico de un mercante por esos mares, fue cuando se instaló en Portsmouth y dio rienda suelta a su pasión por el fútbol, ¿no?

    -Es una manera bastante acertada de verlo, sí, pero no únicamente por el fútbol. –Responde el gran maestro escocés. –Piensa que yo sólo contaba veintitrés años y fue precisamente en esa encantadora ciudad costera donde descubrí el fútbol, el críquet y a dos de mis mejores amigos, que ya nunca más me abandonaron: Mr. Holmes y el Dr. Watson.
-¡Guau! ¡Eso son palabras mayores, señor! –Dice admirado Villoro.
-Residí ocho años en Portsmouth y, sin apenas darme cuenta, pasé a convertirme en miembro fundador del primer club de fútbol de la ciudad, el Portsmouth AFC, bajo el pseudónimo de A.C. Smith. Aunque me temo que nada tiene que ver con el equipo actual. Fui el primer portero del club, pero me cansé pronto y acabé como lateral diestro.
-Y tengo entendido que marcaba usted bastantes goles…

-Algunos marqué, sí… Pero, ¿sabes qué pasa? Que mi inveterada inquietud inconformista siempre me hace cosquillas y me empuja a adentrarme en nuevos territorios, y así fue como acabé jugando al rugby de nuevo y al cricket, ¡todo un descubrimiento, por cierto!


Sir Arthur Conan Doyle y el equipo de críquet del Portsmouth.
De pie, en el centro.

Llegué a ser capitán del club de cricket de Portsmouth y te puedo asegurar que “es el deporte que más placer me ha dado en mi vida”.
-¿Más que el fútbol?
-Mucho me temo que sí. Pero, tranquilo, compañero, –añade Sir Arthur, oprimiendo con una de sus hermosas manos poderosas el hombro del entregado Villoro. –Este partido, estos reencuentros, toda esta energía que capto tan claramente, me tienen absolutamente motivado y entregado. ¡No os voy a fallar!

    ¿Habéis oído? ¿No es un cielo este Conan Doyle? Ay, que me lo como…

    -Mi admirado Arthur, -prosigue el maestro mexicano- siempre he pensado que “un estadio es un buen sitio para tener un padre. Y el resto del mundo es un buen sitio para tener un hijo”.
-¡Excelente pensamiento!
-Hoy, si me lo permite, señor, sería para mí un gran honor adoptarle como padre en el terreno de juego.
-Espero estar a la altura de su honor, señor Villoro. Cuente con ello, querido Juan, que entre nosotros no quede el Balón dividido.

    Ambos ríen mientras entrelazan sus manos con energía y acaban fundidos en un entrañable abrazo.

    ¡Y ahora, cuidado! ¿Estáis preparad@s?



¡Porque aquí llega el indómito, el elegante, el poderoso, el magnético, el indescriptible, el grandísimo maestro irlandés Oscar Wilde!!!






 Jamás partido alguno de fútbol hubiera podido tener un árbitro más selecto e imparcial. ¡Qué porte, qué estilo, qué clase! ¡Qué poderío! ¡Qué demonios…, pero si viene fumando! Este hombre ha nacido para provocar con arte, con el arte y con lo que se le ponga a tiro. ¡Quieto, parao! El genio del ingenio se detiene ante nuestra posición, tira el cigarrillo al suelo y dice:

    -“Los cigarrillos poseen, al menos, el encanto de dejarlo a uno insatisfecho”.

    Yo me quedo con cara de mema, contemplando a este pedazo de hombre de más de 1m90 y no acierto a entender lo que dice…

    -Perdón, ¿decía, señor?

    -“El fútbol es un juego que está muy bien para chicas rudas, pero no es en absoluto apropiado para chicos delicados”.
-Ayyysss, maestrísimo Wilde, eso le ha quedado muy, pero que muy gay.

    ¿Y qué le importa eso a él? ¡Es Wilde! Vuelve la vista al frente y prosigue su marcha como si tal cosa, imperturbable, con el balón bajo el brazo y su melena al viento. Yo no salgo de mi devoto asombro, y me dejo llevar por los efluvios de este trance tan onírico e imposible. Espero, querid@s seguidores, haber sido capaz de transmitíroslo no sé si con la misma intensidad de mi vivencia, pero sí al menos con suficiente pericia como para manteneros enchufad@s a este… ¿humm? ¿relato?

    ¡Y atención, que esto no ha terminado todavía! Nos vamos acercando a la hora prevista para el inicio del partido, pero aún quedan algunas sorpresas suculentas por ahí…  Nuestro All stars de fútbol literario está en plena ebullición. Hasta aquí llegan los suculentos aromas de entusiasmo, entrega y emoción que nuestros muchachos cuecen en su refinada escudilla.

    ¡Y también llega el resto del equipo arbitral! Claro, ya decía yo… ¡Hombre, otra mujer, fantástico!
Doña Rosa Regàs luce espléndida y deliciosa en pantalón corto, departiendo y riendo con el siempre recalcitrante pensador Martin Heidegger. Ambos visten de color lila, como el árbitro principal y les favorece muchísimo.

    -¿Nos harían el honor de compartir estos refulgentes instantes de previa con todos nosotros, dama y caballero?

    Ambos se acercan, sonrientes y bromeando. Los nombres de Guardiola y Beckenbauer destacan en su conversación y sobrevuelan hasta mis oídos.

    -“Yo no entiendo de fútbol,” –admite la fantástica escritora barcelonesa- “no creo que haya ido en toda mi vida a más de tres o cuatro partidos de primera división, tampoco los he visto por televisión –enteros por lo menos- y me vería incapaz de comentar una jugada o un gol aunque no he tenido más remedio que oír infinitas jugadas e incluso gooooles en las radios vecinas o propias o en la televisión que nadie quería apagar por más que yo repetía una y otra vez que la cena estaba lista”.

    El maestro Heidegger y una servidora reímos ante la sincera confidencia de nuestra magnífica autora, que prosigue, animada y graciosa:

    -“He de decir que toda mi vida, sin exceptuar un solo día, he estado rodeada de amigos, hijos, nietos y personas muy queridas que han hecho del fútbol uno de los más apasionados atractivos de su vida.”

    -“Porque el fútbol es un momento en el que se vive una auténtica comunidad de destinos” –agrega con énfasis el controvertido filósofo alemán, -“genera una verdadera praxis entre líderes y seguidores en pos de un interés colectivo. El fútbol bien jugado es la demostración práctica de que el destino es siempre colectivo, cooperativo”.

    -No sé si siempre, Martin, pero es indudable que “todos los amantes del fútbol han temblado de zozobra en múltiples ocasiones, por poner un ejemplo, cuando con el marcador cero a cero veían cómo se acababa un partido que indefectiblemente tenían que ganar para pasar a otras competiciones europeas. Las situaciones que provocan temblor en el fútbol son infinitas. Pero no menos numerosas son las que sumen al estadio entero en un entusiasmo devorador, incluso sin llegar al éxtasis que alcanzan cuando el equipo, en un alarde de juego al parecer sublime, arranca por el camino de la goleada y según todos los indicios no tiene visos de acabar nunca”.

    -Pues yo creo, como te comentaba, que casi alcancé el éxtasis el día en que vi jugar por primera vez a Franz Beckenbauer. Tan solo era un muchacho de veinte años, pero trataba el balón con tal precisión y delicadeza que me fascinó por completo. Destacaba de manera especial entre sus compañeros del Bayern de Munich. “Este chaval es un genio”, pensé. Poseía una sabiduría práctica de tal envergadura y finura que casi puedo decir que iluminó mi pasión por este deporte. –Admite Heidegger.
-Supongo que Guardiola o Xavi, poseedores también de una extraordinaria precisión y visión de juego, según los comentarios que escuchaba por casa, despertaron algo muy parecido en los seguidores culés. -Prosigue doña Rosa. -Y ahora que Guardiola comanda las filas de tu Bayern de Munich parece que se cierra un círculo poético alrededor del fútbol.

    Ambos ríen y me miran como preguntando: “¿Y bien, qué es lo que querías comentar?”

    -Caray, es que escuchándoles hablar a ese nivel una no puede por menos que mantenerse atenta y aprender. No puedo por menos que pensar que ustedes dos y Oscar Wilde van a formar un equipo arbitral de primerísimo orden. ¡Todo un lujo!

    -Esperemos que nos lo pongan fácil… -Bromea, divertida, La Regàs.
-Le puedo avanzar, señorita, -agrega el gran alemán- que el criterio acordado entre los tres árbitros es permisivo, en nosotros primará siempre el deseo de dejar jugar y de que corra el balón.
-Hoy es una jornada para disfrutarla plenamente. –Puntualiza la maestra barcelonesa –No seremos nosotros quienes lo impidamos y privemos de goce a nuestros compañeros y a un público tan entregado.  –Añade acompañando sus palabras de un ademán en dirección al estadio, cuyo clamor se va intensificando por momentos.
-¡Fantástico! ¡Como debe ser! –Grito yo, exultante, totalmente poseída ya de una emoción difícil de controlar recorriendo mi cuerpo y mis sentidos, ajena a la impresionante guinda que todavía quedaba por colocar en nuestro jugoso pastel.

    Las puertas de los vestuarios empiezan a abrirse y algunos de los ilustres jugadores se disponen a salir. El griterío del estadio aumenta en muchos decibelios entusiastas a la que el exquisito equipo arbitral hace acto de presencia en el terreno de juego. No nos lo podemos perder. Creo que lo mejor será que aproveche este momento para hallar una posición a la salida del túnel de vestuarios y cantaros las alineaciones desde allí. ¡Vamos!

    ¡Guau! ¡Qué vértigo tan maravillosamente embriagador se vive desde pie de campo! Describir todas las sensaciones que brotan en cascada desde el último rincón del estadio hasta la grada más cercana y rebotan pizpiretas en cada brizna de hierba del campo es una tarea de alto voltaje que requiere de toda mi habilidad y concentración.

    Los cánticos resuenan, los aplausos ovacionan a Wilde, Regàs y Heidegger con entusiasmo y pasión, lo que les obliga a saludar una y otra vez a la entregada concurrencia.

    Los chicos, todos esos genios y grandes creadores, auténticos alquimistas de las palabras y las ideas, transmutadores de historias, fantasías y reflexiones, cuyos talentos tan magistral y hábilmente saben transmitir a los demás, van acercándose en dos filas hacia el túnel en cuya salida nos hallamos. ¡Madre mía, qué excitación tan grande y arrobadora me invade por dentro y okupa todo mi ser! ¡Cómo me pone esta aventura! ¿Estás tú también igual de conectad@? Eso espero, querid@...

    Los míticos jugadores hablan, chancean, ríen y se mezclan unos con otros, rompiendo constantemente las filas que deberían conformar, y creando en cambio un tablero de ajedrez vertical y móvil mucho más sugerente y extraordinario, por el que sus propias piezas se deslizan con movimientos imposibles.

    De repente, las voces se van acallando, hasta hacerse un silencio reverente, impregnado de respeto y admiración. Las filas vuelven a alinearse como por arte de magia, formando un paseíllo por el que la figura de un hombre cojeante, de hermosos ojos azules y rostro de bondadosa inteligencia, se abre paso con poderosa modestia. 




    La suculenta guinda a esta tarta cocinada con sabores legendarios y extrasensoriales hoy en éste vuestro estadio viene hacia nosotros y se llama, ni más ni menos, que Walter Scott.

    Los aplausos de todas esas figuras portentosas arropan a este genial edimburgués, abrazado ahora por su compatriota Conan Doyle, que tampoco quiso perderse nuestro encuentro literario-futbolístico. No en vano, fue el mismísimo maestro romántico Scott quien tuvo a bien escribir una deliciosa crónica para el Edinburgh Journal, narrando los entresijos del partido de fútbol que enfrentó a dos equipos escoceses, el Ettrick contra el Selkirk. Y rememorando las palabras que utilizó entonces, alza los brazos solicitando silencio y dice a modo de arenga:

    “Entonces, despojaos muchachos, a pesar de las inclemencias del tiempo. Y si, por desgracia, sucede que os caéis; hay cosas peores en la vida que un batacazo en el brezo. La vida es en sí misma un partido de fútbol”.

    Todos irrumpen en vítores y aclaman a su insigne compañero, al que don Wenceslao no tuvo reparo en alinear, a pesar de la renquera con que la enfermedad de la polio le cargó desde niño. El formidable entrenador coruñés parece adivinar mi reparo al respecto, pues no quisiera que nadie saliera malherido, se acerca hasta mí y me dice al oído:

    -Tranquila, Nick Hornby, que es el mismísimo diablo, correrá por la banda y no permitirá que nuestro maestro escocés salga de su cueva en ningún momento. Él sabe defenderse y defender perfectamente ahí. Ya verás, ya…
-No lo dudo, don Wenceslao. ¡Qué arte tiene usted!

    ¡Llegó el momento esperado! Los jugadores no pueden estar por más tiempo contenidos en el túnel de vestuarios y saltan al terreno de juego, brazos y puños en alto, ante la algarabía y el éxtasis de todo el público, puesto en pie, jubiloso y entregado.

    ¡Música, maestro Reinhardt, por favor, que hay que cantar las alineaciones con alegría!




    -Por el equipo blanquinegro: En la portería, Vladimir Nabokov; José Luis Sampedro, de central; custodiado en las líneas defensivas por Sir Arthur Conan Doyle, Mario Benedetti y Salman Rushdie; en el centro del campo, Günter Grass, Jean Paul Sartre y Roberto Bolaño; por delante, en tareas ofensivas, Martin Amis y Juan Villoro; y en la punta, dispuesto a marcar muchos goles, Miguel Delibes. Todos ellos entrenados por JK Rowling.

    -Y por el equipo negriblanco: En la portería, Albert Camus; atrás, en el centro de la defensa, Manuel Vázquez Montalbán, apoyado en las bandas por Sir Walter Scott y Anthony Burgess; por delante de la defensa, Gabriel García Márquez; de volantes, Nick Hornby y Ernesto Sabato; en la media punta, Eduardo Galeano y Javier Marías; y en la delantera, con el gol reflejado en sus rostros, Pier Paolo Pasolini y Juan Benet. Todos ellos comandados por Wenceslao Fernández-Flórez.

    -En el banquillo, y como suplentes para ambos equipos: Enrique Vila-Matas, George Orwell, Eduardo Mendoza, David Trueba y Jean Girodoux… que viene hasta nosotros y nos dedica unas palabras:

    -“El fútbol es mucho más que el rey de los deportes: es el rey de los juegos. La pelota no admite trucos, sólo efectos sublimes".

    ¡OLE!

    El partido está a punto de empezar. Los maestros Sartre y Scott, capitanes de ambos equipos, estrechan las manos del equipo arbitral y tiran una moneda al aire...

     Pero mucho me temo, querido lector y querida lectora, que ese partido deberá ser narrado en otro artículo.
Espero que lo hayas pasado bien con este homenaje literario al fútbol. Para que no te quedes sin ver un poco de juego, he invitado a nuestros queridos Monty Python a que compartan con todos nosotros su partido de filósofos. ¡Disfrútalo!