viernes, 13 de febrero de 2015

SINGLE LADIES. Hola, ¿estás soltera?






    Para contrarrestar el peligroso chute de azúcar que nos enchufa el mundo durante el 14 de Febrero y evitar un ataque en serie de hiperglucemia, se viene celebrando desde hace algunos años ya el Día de la Soltería el 13 de Febrero. 

   
Según un estudio elaborado por la Universidad de Texas en 2008, las personas solteras son más felices que las que viven en pareja. Además, llevan una rutina más saludable que las que tienen una relación estable: un 45,9% afirma que duerme mejor, un 47,8% dice practicar más deporte  y un 31,3% afirma comer mejor.

   
Una de las voces internacionales más expertas en soltería y defensora a ultranza del “no es soltero el que no le queda otra, sino el que se lo monta” (más o menos) es, sin duda, la de la doctora Bella DePaulo, profesora de psicología en la Universidad de California y autora del libro Single Out: How Singles Are Stereotyped, Stigmatized and Ignored, and Still Live Happily Ever After (2007). Este exhaustivo estudio de la soltería ha pasado a convertirse en un punto de referencia obligado para toda aquella persona interesada en averiguar por qué los solteros y las solteras se vinieron arriba en un mundo empeñado en emparejar al ser humano sí o sí. Muchas, variadas y atinadas son las razones que la doctora DePaulo esgrime a favor de la soltería. Escojo algunas:

-Poder viajar donde se quiera sin tener que encontrar un destino que guste a toda la familia.

-Poder estar sol@ tanto tiempo como se desee sin tener que dar explicaciones sobre el porqué y sin que eso sea motivo de una disputa conyugal.

-Gozar de más tiempo libre para las actividades que un@ desee sin necesidad de que tenga que cuadrar con la agenda de la pareja.

-Poder tener relaciones sexuales con distintas parejas sin engañar ni ser deshonest@ con nadie.

-Y, sobre todo, poder construir una vida que sea significativa para un@ mism@ y llenarla de las cosas que a un@ le gustan, sin necesidad de sentir que tiene que agradar a otra persona para ser feliz.



    A mí me vale.

   


    Ya, pero una vez vendida la moto de la soltería, como mujer soltera y peleona que soy, lo que más me interesa es destacar la diferencia entre solteros y solteras. Lo de ser soltero respetado entra en el lote de lo masculino y está mucho más aceptado socialmente que lo de ser soltera. ¿Has visto, nena, qué bien que me lo monto? Nosotras, en cambio, nos hemos visto obligadas a sortear un montón de prejuicios y de sinsabores hasta conseguir demostrar que si estamos solteras es porque nos da la gana. Que me dejes de dar la brasa ya, joder, he dicho que no me caso y sanseacabó.


  Los juegos del Hombre
  
  Son muchos los solteros del mundo que asoman la cabecita por la fachada de su condición. Ya se sabe, al hombre se le va la fuerza por la… Bueno, por ahí también, pero sobre todo por la boca. Histórica y socialmente, los solteros siempre estuvieron bien vistos, el listo que no se ha dejado pillar por una mujer. 
   

    Cuando traspasamos la fachada y nos adentramos en el mundo real del soltero, comprobamos que son muchos menos los que saben estar solos, disfrutan de la soledad y escogen estar solteros. En realidad, estos últimos son una minoría selecta y rara. De hecho, la mayoría de hombres son criaturas dependientes que buscan desesperadamente compañía al precio que sea.
    Más del 90% de los varones son incapaces de terminar una relación insatisfactoria, a menos que hayan encontrado una pareja de substitución. No sé yo si Mapfre se habrá planteado incluir una cláusula que contemple esta eventualidad… Y como cree el ladrón que todos son de su condición, la primera reacción que tiene un tipo al que la pareja femenina abandona es: “¿Estás con otro?” “No, gilipollas, sencillamente, me harté de aguantar tu tontería.”





    Solas

    Las mujeres, por el contrario, hemos tardado tantos siglos en conseguir independencia profesional, financiera y emocional, a pesar de todo y de todos, que somos muchas las que nos resistimos a renunciar a tamaña conquista. ¡Sí, soy soltera! ¿Qué pasa? Hemos pasado de solteronas a solterazas




   Se acabó lo de sentirnos culpables por disfrutar y pasarlo bien cuando estamos solas. Que les den. También nos sacudimos de encima la losa matrimonial con la que el lobby familiar nos ha machacado durante siglos y tan solo cargamos con ella tras haberlo meditado muy mucho. Y si la cosa no pita, no nos da tanto reparo terminar la relación porque, básicamente, no nos asusta la soledad. 
    
    Lo de ser madre soltera dejó de ser un hándicap también para muchas de nosotras y cada vez es mayor el número de mujeres que gozan de la maternidad en solitario. 
    Tanto es así que, en Estados Unidos, se ha convertido en una práctica habitual de las solteras famosas: 

    La exuberante Sofía Vergara fue madre muy jovencita y sacó adelante a su hijo Manolo ella solita:

Sofia Vergara y Manolo

 Sharon Stone fue madre soltera de tres hijos, Kate Hudson tiene dos, al igual que Diane Keaton que se decidió a adoptar en plena madurez:

Diane Keaton con su hija Dexter y su hijo Duke

    Charlize Theron y Sandra Bullock adoptaron sendos hijos al romper sus relaciones.

Sandra Bullock y Louis

   Madonna tenía dos hijos biológicos y adoptó dos más al quedarse soltera, bueno y está la supermami Mia Farrow, ¡madre soltera de seis hijos!

    ¡Y la de madres solteras anónimas que hay por ahí! Con poca pasta, haciendo auténticos equilibrios y jugándose la salud para poder sacar adelante a sus hijos y a ellas mismas sin rechistar.

    
   
 La Conquista del Tiempo y el Espacio

    La primera vez que abrí el tesoro de la vida en soledad y adquirí conciencia de lo preciado que era andaba yo por los 27 años. Ya estaba preparada para degustarlo. A pesar de ser hija única y de haber necesitado siempre mis momentos a solas y mi territorio, había pasado de vivir con mis padres a alquilar un pisito en el que apenas si dormía por estar terminando mi carrera universitaria mientras trabajaba en la radio y daba rienda a La energética Galdón con todas sus consecuencias. Un año después, me decidí a compartir mi vida con un hombre durante más de siete años, en SU apartamento, y cuando, por fin, pasados esos años, me separé y tuve mi propio espacio, lo flipé.



    Recuerdo una tarde, sin duda especial porque cierro los ojos y la revivo plenamente, en que tenía yo puesta mi música clásica y leía con deleite en mi sillón orejero, los pies reposados en una cómoda banqueta. Levanté, de pronto, la vista, la posé en el inmenso magnolio que tenía ante mí, miré en derredor y… ¡GUAU! ¡Me sentí tan feliz! Era una felicidad nueva, sin usar, que había adquirido de pronto y me llenaba de una dicha intensa y nueva también. Y solo mía. La sensación que experimenté en aquellos momentos fue tan intensa e increíble que me propuse a mí misma no renunciar a ella pasara lo que pasase. 
    Cosa que incumplí, todo hay que decirlo, apuntándome de nuevo, unos años más tarde, al desgaste existencial de la vida en pareja. Esa vez la cosa no pasó de cuatro años. Y cuando terminó me dije a mí misma: “Pongo a Dios por testigo de que si me vuelve a entrar el arrechucho del apareo con amor va a tener que ser cada uno en su casa. No voy a volver a renunciar a la conquista del tiempo y el espacio. Por estas.”

    Y así ha sido.

    Una habitación propia

    En lo que a mí respecta, ya no se trata tan solo de negarme a firmar un contrato sentimental exclusivo con otra persona, sino de vivir sola. Necesito estar sola para experimentar plenitud y todo aquel/la que lo desee puede comprobarlo, si así lo desea, leyendo la entrada publicada en este mismo blog, Oh sole mía, que se ha convertido en una de las más populares.

   
Virginia Woolf fue la primera mujer que plasmó en un ensayo literario las tremendas dificultades que sufría cualquier mujer de su tiempo que deseara dedicarse a escribir. Le encargaron una conferencia sobre la mujer y la literatura y de ahí nació su excelente y amplio ensayo Una habitación propia. Lo primero en lo que hace hincapié la autora inglesa es en las barreras educativas de una época en que para que una mujer pudiera acceder a la biblioteca de la universidad, por ejemplo, debía ir acompañada de un profesor o llevar una carta de presentación. 
    Lo siguiente que Woolf destaca es la necesidad de independencia económica para toda mujer creadora en una frase que hoy parece obvia: “Una mujer debe tener dinero y una habitación propia si desea escribir ficción”. Así como la discriminación alimenticia de que las mujeres eran objeto. Y denuncia que mientras los hombres se alimentaban de lenguados, perdices con salsas, ensaladas, patatas y lo regaban todo con vino; las mujeres debían conformarse con sopa sencilla, sobras de carne, bizcocho, quesos y agua. “Uno no puede pensar bien, amar bien, dormir bien, si no ha comido bien.”



    La autora británica no fue soltera, de sobras es sabido su matrimonio con Leonard Woolf, conocido principalmente por ser el marido de Virginia Woolf. Aunque su matrimonio era suficientemente abierto y peculiar como para permitir que nuestra autora mantuviera otras relaciones sentimentales con hombres y mujeres.

    Solteras Famosas y Poderosas

   
Jane Austen
Escribir es un acto estrictamente solitario y supongo que por eso abundan las escritoras solteras: Jane Austen, Emily Dickinson, de las hermanas Brontë, tan solo Charlotte estuvo casada un tiempo, mientras que Emily y Anne nunca lo hicieron y Patricia Highsmith, entre otras.






Algunas solteras han llegado a marcar el destino del mundo y han dado mucha guerra. 
Es el caso de la reina Isabel I de Inglaterra, también conocida como “la reina virgen”. Tuvo muchos amantes, pero nunca se casó porque dicen que se negaba a compartir su poder con un hombre. Hizo del Reino Unido una potencia europea a nivel político, económico y cultural.


Otra soberana soltera culta y relevante no solo en la historia de su reino fue la singular Cristina de Suecia, gran mecenas de las artes. Muchos fueron los artistas e intelectuales que mantuvieron correspondencia con esta brava mujer y participaron en sus proyectos. El mismo René Descartes, amigo personal de la monarca, acabó trasladándose a Estocolmo, en donde moriría en 1649. Ese mismo año, Cristina anunció oficialmente al Consejo del Reino sueco, que llevaba años acosándola y promoviendo su matrimonio, que no pensaba casarse con nadie. Las luchas intestinas entre la reina y los nobles acabaron por hartarla y en 1654, anunció su deseo irrevocable de abdicar.  


Florence Nightingale o “la dama de la lámpara”, llamada así por su costumbre de realizar rondas nocturnas con una lámpara, para comprobar el estado de sus pacientes. Enfermera, escritora y estadista británica, está considerada como una de las grandes pioneras del concepto moderno de enfermería. La que durante tantos años se curtió como enfermera de guerra, acabó fundando en 1860 la Escuela de Enfermería del Hospital St. Thomas de Londres, sentando las bases de la profesionalización de la enfermería. Fue la primera mujer aceptada en la Royal Statistical Society británica y con su nombre fue bautizado el Juramento Nightingale que todos los estudiantes de enfermería pronuncian al graduarse. Asimismo, el Día Internacional de los Enfermeros se celebra el 12 de mayo, conmemorando el nacimiento de Florence.

Coco Chanel, cuya impronta estética nunca ha dejado de tener relevancia, fue otra mujer que nunca se casó. Nació en 1883 y las monjas del orfanato en que se crió le enseñaron a coser. En 1910, abrió su primera tienda, introduciendo su propio perfume y el primer traje Chanel. Así nació su imperio de la moda. Y aunque creó un sinfín de trajes clásicos y patentó la esencia de los perfumes más sensuales, no se dejó seducir por el matrimonio.

En la actualidad, son muchas las mujeres que no renuncian a su soltería:

Ophra Winfrey, la reina de la televisión norteamericana. Sus interpretaciones cinematográficas no son nada desdeñables, no olvidemos que su papel en El color púrpura (1985), dirigida por Steven Spielberg, le valió una nominación al Oscar como mejor actriz de reparto. Su recreación como esposa de Forest Whitaker en El Mayordomo (2013), de Lee Daniels, es excelente.



Naomi Campbell, Juliette Binoche, Susan Sarandon, Diane Kruger o Eva Mendes son algunas de las famosas solteras más destacadas en el panorama internacional.

¡Feliz Día de los Solteros y de las Solteras!

lunes, 2 de febrero de 2015

JOHN FORD Y CLARK GABLE. PASIÓN DE LAS FUERTES



 

       
    Varias son las pasiones que colorean mi vida y la mantienen constantemente motivada. Hoy se impone la cinéfila. Pasión de las fuertes. Empecé a incubarla anoche, al comprobar que fue precisamente un 1 de Febrero cuando nacieron dos auténticos titanes del celuloide. Dos de mis mitos y de todas las personas con pasión y amor por el cine: John Ford (1894) y Clark Gable (1901). El uno, forjador incansable de obras maestras; el otro, paradigma imperecedero del poderío masculino por excelencia. 
    Así que me he dicho: “Galdón, ¿por qué no das rienda suelta a tu pasión y les cocinas algo rico, rico en tu blog apolillado?” John Ford y Clark Gable fueron un par de tipos tan generosos con su talento que, karma obliga, qué menos que contribuir, ni que sea modestamente, a mantener vivos su influjo y su huella. Manos a la obra, que las tengo frías porque vaya días alcarreños gélidos e invernales que nos han estampado los elementos. La nieve empieza a rondarnos otra vez y no se me ocurre mejor manera de entrar en calor que dejarme arropar por estos dos portentosos caballeros.

    

       
   
    Uno de los máximos responsables de elevar las imágenes rodadas en una cámara a la categoría de arte es, sin ningún asomo de duda, John Ford. Maestro de maestros, humilde empedernido y visionario excepcional, Ford se hizo genial cuando se empeñó en contarnos historias de las praderas norteamericanas y elevarlas a la categoría de universales. ¿Habrá algo más difícil que transfigurar lo local en universal? ¡Hay que ser muy, pero que muy bueno para lograr esa proeza! El arte de Ford consiste precisamente en contarte una historia sencilla, con cuyo argumento llega al gran público y consigue entretenerle, y extrapolar al mismo tiempo esa historia y fijarla en los muros de la sabiduría de la naturaleza humana.
        
    Una de mis películas favoritas de todos los tiempos es y será La Diligencia (1939). 


    Inspirada en un relato de Guy de Maupassant, Boule de suif (Bola de sebo), Ford consigue filmar una tragedia griega en mitad de una llanura de Arizona. ¿Cómo demonios lo consigue? ¡A mí que me registren! Es sencillamente magistral. El espectador asiste guiado por la mano maestra e invisible de Ford a un cuestionamiento moral de alto nivel. La puta (Claire Trevor), el forajido (John Wayne), el médico borracho (Thomas Mitchell, ¡grande!) y el vividor-timador (John Carradine) salvan el culo de todos los pasajeros. Los decentes, que tan reticentes se mostraban al principio a acoger a los excluidos, desenmascaran su indecencia y sus almas mezquinas y cobardes se desparraman fotograma a fotograma; los marginados, esos a los que el mundo no parece dispuesto a dar una segunda oportunidad, dejan al descubierto toda su nobleza y arropan al espectador con su generosa valentía.
    
     
    En el magnífico documento escrito que Peter Bogdanovich tuvo a bien legarnos, tras varios años de conversaciones con el brillante y auténtico anti-sistema del establishment hollywoodiense Orson Welles, Ciudadano Welles, ¡imprescindible!, le pregunta Bogdanovich al genio de Wisconsin por la frase que dijo en una entrevista para la revista Playboy:

    


“Los directores de películas que más me impresionan son los viejos maestros, me refiero a John Ford, John Ford y John Ford.” 

Y cuenta Welles: “En realidad, el primer día que fui a un plató fue mi primer día de director. Todo lo que sabía lo había aprendido en las salas de proyección. ¡De Ford! Durante un mes, cada noche después de cenar, pasaba La Diligencia, a veces acompañado de distintos técnicos o jefes de departamento del estudio y les hacía preguntas. “¿Cómo se hizo esto?” “¿Por qué se hizo?” Era como ir a la escuela.”
       
   
Pero caer en la trampa urdida por el mismo John Ford, a la que él contribuía gustoso, e insistir en describirle como un director de westerns, no es hacerle justicia en absoluto. Ese hombre de ascendencia irlandesa, nacido y criado en Maine, el menor de trece hermanos, sencillo hasta la extenuación, que detestaba que la palabra “maestro” precediera su nombre, nos obsequió con una ristra de obras maestras, en los más variados estilos. Es el padre indiscutible del western, sí, bendecido sea, y elevó las películas de indios y vaqueros a los altares del séptimo arte, pero para demostrar que su genio lo petó en todos los géneros, me permito recomendar unas cuantas maravillas alejadas de Monument Valley:



El delator (1935), María Estuardo (1936) (con una Katherine Hepburn deliciosa), El joven Lincoln (1939) (una de las pocas oportunidades que tuvo el inmenso Walter Brennan de demostrar sus versátiles dotes como actor), El Fugitivo (1947) (o cómo Ford se atrevió a adaptar a la gran pantalla El poder y la gloria, del mismísimo Graham Greene, con un Henry Fonda sublime) El hombre tranquilo (1952), (un rendido tributo a Irlanda), Mister Roberts o Escala en Hawai (1955) (Cagney, Fonda y Lemmon dándolo todo en un submarino) o La taberna del irlandés (1963) (no hay que olvidar que su padre poseía una taberna en Maine, en la que el pequeño John pasaba los veranos). Hay más, pero estas son mis favoritas y muestran con evidente claridad que John Ford fue mucho más que un director de películas del oeste.
        
    Muchas son las anécdotas que podría contar sobre Ford. Por ejemplo, que no era tuerto, como muchos creen. Lo que pasa es que era un paciente desastroso y, cuando le operaron de cataratas de uno de sus ojos, se hartó del aparatoso vendaje que le pusieron, se lo quitó antes de tiempo, no curó bien y se vio obligado a proteger su ojito tapándolo o poniéndose gafas oscuras de un solo lado.

Bogdanovich y Ford
Ford era también un hombre con un gran sentido de la ternura y del humor. Le encantaba jugar a hacerse el ignorante e interpretaba el papel de patán siempre que podía. Prueba de ello es la anécdota que recoge Bogdanovich (otra vez Peter, mi querido Peter, gran estudioso cinéfilo y aventajado alumno en varias películas) en el libro que dedicó a John Ford. La cuenta la actriz Carroll Baker, que formaba parte del elenco de El gran combate (1964):

“Le dije al señor Ford que quería llevar el pelo suelto, como las mujeres de las películas de Ingmar Bergman. Y él dijo: “¿Ingrid Bergman?” No, dije yo, Ingmar Bergman. “¿Quién es?” Bergman, ya sabe, el gran director sueco. No dijo nada y consideré que más valía cambiar de tema. Pero cuando estaba a punto de salir, dijo: “Ah, Ingmar Bergman, te refieres al tipo que dijo que yo era el mejor director del mundo.”
        
    En fin, ese era John Ford. Genio y figura.
     
    Y algun@ dirá, “¿pero dónde está Mogambo?” Ahora, ahora voy. Me he reservado Mogambo (1953) para el final porque así hilvanamos John Ford con Clark Gable. Que aquí no se da puntada sin hilo.

Thomas Mithell, Ford, Gable, Robert Montgomery y John Wayne


   


   
Gable, El Hombre. Un metro ochenta y cinco de virilidad sensual y galante, con el gatillo de la testosterona siempre a punto. O cómo ser encantador, divertido, seductor, macizo y sexxxy sin despeinarse. 
   
     El pequeño Clark, destinado a ser un supermán más potente que su tocayo Kent, nació en Cadiz, no el de las chirigotas, sino el de Ohio. Después de una infancia complicadilla, en la que su madre murió cuando él solo tenía siete añitos y su padre, con el que nunca se llevó bien y que se oponía rabiosamente a su sueño de ser actor, le obsequió con una madrastra mandona; el muchacho acabó heredando 300 dólares de su abuelo y se largó con viento fresco. 
    Tratando de pillar pasta como fuera, para ir tirando, el joven Gable se puso a currar en una compañía de teléfonos y cuentan que uno de los que tuvo que reparar fue el de miss Josephine Dillon (nada que ver con Matt), distinguida y brillante profesora de arte dramático, que no tardó ni tres minutos en captar el tremendo potencial del chaval. Enroló a su pupilo en el grupo teatral que ella dirigía y le pulió cual diamante, mejorando su dicción, su aspecto físico y sus modales. De paso, y como aquel que no quiere la cosa, se lo cepilló y Gable se quedó colgadito de la señora en cuestión. Ella, 37 y el mozalbete, 23. Pero Clark, que siempre se sintió atraído por mujeres más mayores (¡Ay, Edipo, cuánta lata has dado!), decía: “La mujer de más edad ha visto más, ha oído más y sabe más que la más inteligente jovencita de bello rostro y bien formada figura.” ¡Chúpate esa! 
    Así que nada, los dos se fueron a Hollywood a probar fortuna –en el teatro- y se casaron (1924). Pero las tablas llevaron a nuestro galán de vuelta a Broadway, donde arrasó en los escenarios con la obra Machinal. La distancia pudo con ellos y se acabaron divorciando. Pero Edipo siguió haciendo de las suyas y le pegó un toque a su colega Cupido que acabó clavando una flecha en el corazón de Gable y en el de una rica heredera tejana (no, si ya te digo yo que…) poco agraciada, pero dicharachera, casada ya tres veces y a punto de divorciarse de nuevo, Rhea Langham, que le sacaba quince años. Y arrea que te arrea, Rhea cogió un colocón de Clark, se lo llevó pal rancho, le refinó más todavía, que ella era de la jetset, y lo convirtió en el hombre elegante y clasudo que ya tod@s conocemos. Se casaron y la tejana le montó una obrita teatral por todo lo alto en Los Angeles, que arrasó, The last mile (la versión de Broadway fue interpretada por Spencer Tracy, que también se lo llevó de calle).


   
     El carrerón posterior de nuestro héroe es de sobra conocido por todos y todas, así que voy abreviando. El muchacho no solo estaba como un queso, sino que tenía talento a raudales, servía para el drama y para la comedia, la paz y la guerra, el mar y la jungla, su encanto y su poderío no tenían límites, vamos. El primero que se fijó en este pedazo de hombre fue el maestro Lubitsch, con él se estrenó en la gran pantalla, La frivolidad de una dama (1924). Pero el pistoletazo de salida hacia el éxito, se lo brindó el bueno de Capra con su brillante Sucedió una noche (1934), con la simpática Claudette Colbert. 


    La consecuencia fue que mientras miles de chicas se lanzaban a viajar en autobús en busca de aventuras románticas como la de la película, los fabricantes de camisetas se la tenían jurada a Gable porque, en una de las escenas, se la quitó (¡Que me lo como!) y se veía su torso desnudo, rompiendo la tradición del hombrecito americano de llevar camiseta. La peli le valió a nuestro héroe un Oscar.

Luego se embarcó a bordo del Bounty, en la mítica Rebelión a bordo (1935), que dirigió Frank Lloyd, para que el oficial Fletcher Christian le parara los pies al endiablado capitán Bligh, interpretado magistralmente por el mismísimo Charles Laughton.
      
     Clark estaba en la cresta de la ola. El Rey de Hollywood enfilaba hacia el trono. Lo siguiente fue meterse hasta la cocina de los anales de la historia del cine. 


    Así lo definía el maestro de la crítica cinematográfica Fernández-Santos, en una de sus joyas periodísticas: “con la insuperable composición del personaje de Rett Butler en Lo que el viento se llevó (1939), se abrió un hueco invulnerable en la memoria de las cosas no perecederas”.



A todo esto, ya hacía algún tiempo que Clark le había dado puerta a la tejana, amistosamente, todo hay que decirlo, y estuvo unos añitos pendoneando por ahí, sorteando los sujetadores que le lanzaban las mujeres para que les estampara su autógrafo -¡que no me lo invento!- hasta que apareció una diosa deslenguada y cachonda, hermosa y rubia como el trigo, la mujer con la que siempre había soñado, Carole Lombard. Flechazo que te crió. 




Se casaron, compraron un rancho de diez hectáreas en Encino (California), con caballos, reses y demás y se convirtieron en una de las parejas más felices y unidas de toda la colonia hollywoodiense. ¡Qué bonitor! Los auténticos precursores de la saga bradgelina, pero con un redoble más de glamour.



Pero, ah, querid@s, la vida tenía otros planes y no dejó que nuestra pareja gozara mucho de su edén. Nos plantamos en 1942, el tío Sam solicita los servicios de miss Lombard, para que haga una gira benéfica y venda bonos de guerra como churros para ayudar a la causa aliada. Gable está en mitad de un rodaje y no puede acompañarla. Es la primera vez que nuestros tortolitos se separan en casi tres años de matrimonio. La gira de Carole concluye el 15 de enero, tras haber conseguido vender más de dos millones de dólares en bonos y envía un telegrama a su chico diciendo: “Papi, deberías unirte a este ejército.” Rauda y ansiosa por regresar con su hombre, anula la reserva para el tren y decide tomar un avión rumbo a Los Angeles. El vuelo se demoraba y Clark estaba atacado. La desgracia se cernió descarnada y cruel sobre las vidas de nuestra pareja. El avión nunca llegó a aterrizar, se estrelló cerca de Las Vegas. Cuando los equipos de socorro llegaron al lugar del siniestro, no hallaron ningún superviviente. Al llegar Clark a su rancho, totalmente destrozado, solo pudo decir: “Mami se ha ido”.

La vida de Clark Gable cambió para siempre, quedó impregnada de un poso amargo tremendo que le acompañó hasta el final de sus días. Se encerró en su rancho, en la más desgarradora soledad, y el 12 de agosto de ese mismo año, se incorporó a las Fuerzas Aéreas. Tenía 41 años. 


Su pericia como piloto lo condujo a llevar a cabo varias misiones de bombardeo sobre Alemania. El mariscal Goering, jefe supremo de la aviación nazi, se obsesionó con Gable y llegó a ofrecer 5000 dólares a quien fuera capaz de derribar el avión de Gable. No lo consiguió.
       
    Los años fueron pasando para nuestro galán. Tener un hijo se había convertido en el objetivo esencial de su vida, un heredero. Soñaba con retirarse a su rancho y llevar una vida familiar tranquila con su quinta mujer. Pero John Huston se interpuso en sus planes y no paró hasta conseguir que los dos sex-symbols del celuloide: Clark Gable y Marilyn Monroe protagonizaran su película, arropados por Montgomery Clift, Eli Wallach y Thelma Ritter. 




    El guión lo escribió el marido de Monroe, Arthur Miller, y Vidas rebeldes (1960) pasó a convertirse en… Mejor dejo que nos lo cuente Fernández-Santos:
   
     “Desde que era una niña, Marilyn Monroe, una huérfana absoluta, vio en la figura de Clark Gable al padre huido, o tal vez muerto, con que soñaba; y ahora, en la agonía del verano de 1960, también como Clark Gable a las puertas de la muerte, quiso encontrarse con la sombra de ese remoto padre soñado y consumar su amor con él en uno de los idilios más libres, locos y audaces de la historia del cine.”

      
    Durante la filmación de Vidas rebeldes, Gable recibió la noticia que tanto ansiaba, su mujer estaba embarazada. No cabía en sí de gozo. ¡Por fin iba a ser padre! Pero el destino se interpuso de nuevo en su camino agridulce y Clark nunca llegó a conocer a su único hijo John, ya que dos días después de concluir el extenuante rodaje de Vidas rebeldes, Gable murió de un ataque al corazón. Era el 16 de noviembre de 1960.

    
    ¡Ah, no! Pero me niego a dejaros con mal sabor de espíritu. Lo bueno que tiene el arte es precisamente que sus obras perduran más allá del presente y se extienden, poderosas y únicas, por las almas de todas aquellas personas dispuestas a dejarse penetrar por sus mágicos influjos. Estoy segura de que tú eres una de ellas. Anda, mueve el culo, píllate un dvd o una buena descarga y goza con las películas de John Ford y Clark Gable. Ellos sí que no te abandonan. Pero, cuidado, la suya es una pasión de las fuertes.