domingo, 12 de junio de 2011

LA CARGA DE LAS BRIGADAS LEÑERAS

  
  MAX: Conste que he venido a pedir un desagravio para mi dignidad, y un castigo para unos canallas.
   Luces de Bohemia
   RAMÓN Mª DEL VALLE-INCLÁN  

 Llevo unos días triste. Algo se muere en el alma cuando hay una carga policial contra unas personas que ni quemaban contenedores, ni atentaban contra ninguna propiedad pública. Atentaban, eso sí, contra la impunidad del tinglado social que se ha montado en esta parte del planeta. Un tinglado amparado en una democracia repleta de abstenciones, que nos corroe el espíritu con sus consignas consumistas y su dictadura económica. “El absolutismo económico se ha erigido en poder”, escribía mi siempre admirado y añorado Ernesto Sabato. Es una dictadura invisible, pero omnipresente en los gobiernos occidentales –da igual de qué tendencia sean- que le rinden pleitesía y nos obliga a endeudar nuestra alma y nuestro mísero capital para que los que manejan ese tinglado puedan seguir navegando en su océano de euros y de dólares, con yates construidos a base de contratos basura, despidos improcedentes, sueldos miserables, hipotecas asfixiantes, sueños rotos y mucha, mucha infelicidad. Navegan a través de mares repletos del chapapote que ellos mismos van soltando y con el que impregnan nuestras vidas frustradas y repletas de impotencia.



   Con su dinero chapapótico alimentan un mundo mediático, con constante halitosis espiritual, lleno de distracciones burdas y empobrecedoras para que la peña se desahogue y ponga a caldo a la Belén Esteban de turno, a las tonadilleras encubridoras o al gilipollas que se ha apuntado a eso de El Gran Hermano. Así los mantienen a raya luego en sus puestos de trabajo, ya sacaron su poquita rabia con estas tontas inmundicias y ahora tragarán y se pertrecharán en su miseria, ¡e incluso la defenderán con uñas y dientes cuando unos cuantos indignados quieran arrebatársela!




   Al parecer, la dignidad de la vida humana no estaba prevista en el plan de globalización. La angustia es lo único que ha alcanzado niveles nunca vistos. Es un mundo que vive en la perversidad, donde unos pocos contabilizan sus logros sobre la amputaciónde la vida de la inmensa mayoría. Se ha hecho creer a algún pobre diablo que pertenece al Primer Mundo por acceder a los innumerables productos de un supermercado. Y mientras aquel pobre infeliz duerme tranquilo, encerrado en su fortaleza de aparatos y cachivaches, miles de familias deben sobrevivir con un dólar diario. Son millones los excluidos del gran banquete de los economicistas.


   ERNESTO SABATO


   Antes del fin

   La lectura de este libro escrito desde la sabia vejez de un hombre crítico, valiente, culto e inalterable puede ser un buen antídoto contra la narcotizante inercia de nuestro mundo.
   Un mundo ante el que algun@s han empezado a reaccionar. No saben exactamente contra quién hacerlo, ni cómo hacerlo... Son tantos los años que lleva el tinglado armado y tan podridas y mugrientas están sus estructuras que resulta complicado saber a quién dirigirse o cómo. Además, no se trata de una indignación o un malestar concretos, no; son gotas y gotas de insatisfacción y de impotencia que obstruyeron ya hace tiempo las venas de nuestros corazones y no los dejan latir en paz. Pero el tinglado nos va instalando bypasses para que sigamos funcionando, y sobretodo ¡consumiendo! A cambio, nos deja irnos de vacaciones al Caribe y pagarlas en incómodos plazos. O nos permite cambiarnos de coche, operarnos las tetas, reformar la cocina o comprarnos ropa de marca, endeudándonos un poquitito más... ¡Vaya, imposible resistirse!

   Pero la poderosa capacidad comunicativa del mundo cibernético ha hecho posible que millones de personas en nuestro país hayan podido aunar esfuerzos y mostrar su indignación, para salvaguardar su dignidad. Y dejar claro a los del tinglado y a sus millones de cómplices sumisos y resignados que su dinero no sirve para comprar lo que de verdad importa en esta vida: sentirse a gusto con uno mismo. Y no vejado, maltratado, esclavizado y utilizado. Eso es algo que sólo se puede lograr desempeñando trabajos dignos y remunerados justamente. Impidiendo que los malversadores públicos campen a sus anchas en sus cargos administrativos. Luchando por conseguir lugares para vivir asequibles a tod@s. Estableciendo una línea de comunicación fluida con las personas que nos gobiernan y que tienen la OBLIGACIÓN y el DEBER de escuchar a los gobernados.

   Y cuando eso no sucede y no somos escuchados ¡tenemos el derecho y la obligación de hacernos escuchar! Aunque algunos de esos cómplices resignados, sumisos e igual de pringados que nosotros les dé por temer y, ¡lo que es peor! envidiar nuestro valor y nuestro arrojo al querer hacernos escuchar. Y nos boicoteen. Y nos insulten. Ya se sabe, la ignorancia y la cobardía son los peores enemigos de la libertad o del deseo de ella.

   Pero cuando se consigue reunir la gente y el valor necesarios y se sale a la calle y el gobierno responde con la fuerza bruta de sus cargas policiales, ¡me entristezco, me indigno y me siento fatal! ¡Me siento desamparada, mucho más impotente e indefensa ante un tinglado corroído, injusto, soberbio y prepotente! ¡Esas no son maneras! La violencia sólo engendra violencia. Responder con contundencia y maltrato físico a los grupos de personas justamente indignadas es un acto de cobardía gubernamnetal execrable y abominable. No he estudiado leyes y no tengo la más remota idea de si incumplían a no la ley las personas que manifestaban su descontento públicamente. ¿Cómo puede ser eso ilegal? Y si es así, ¿qué leyes tenemos?

   Sólo sé que, desde el primer momento, quedó claro que eran personas pacíficas, cuya única beligerancia radica en su descontento y su decepción por el anémico funcionamiento democrático del mundo actual. Espero que la provocativa reacción de los mandatarios de nuestro país no desencadene una respuesta violenta que acabe derivando en un baño de sangre, absolutamente evitable. Si eso sucede, pesará sobre las raquíticas conciencias de un tinglado psicopatizante, empeñado en sacar lo peor de todos nosotros. Y obstruyendo las pocas vías de acceso de que disponemos para poder sacar lo mejor.