miércoles, 1 de junio de 2016

FICCIÓN ONÍRICA INSPIRADA POR MIGUEL DE CERVANTES, ESCRITA A LA MANERA DEL SIGLO DE ORO


De cómo el mismo Cervantes se me apareció en sueños y dictóme sus reflexiones y         vivencias para que las diera a conocer a través de un escrito.

    Andaba yo tan dispuesta a adentrarme en el fascinante universo cervantino y tan regocijada me hallaba ante la propuesta que tan amablemente me hiciera mi estimado colega David Felipe Herranz de componer algún escrito que con el genio de Alcalá de Henares tuviera que ver, que me faltó tiempo para sumergirme de nuevo en las suculentas páginas del excelso Don Quijote, para mejor inspirarme. Hasta tal punto dediqué mi concentración a su lectura que nada ni nadie a mi alrededor podían privarme de ella. Y así fue como una noche, al quedarme yo dormida, tras empaparme bien de las aventuras y desventuras del caballero de la triste figura y su fiel escudero, me vi de repente en uno de los bellos parajes del monte alcarreño, por donde suelo encaminar mis paseos matutinos. A poco, me crucé con un hombre que bajo una hermosa encina se hallaba y que del todo se correspondía con la descripción física que de Cervantes hiciera el pintor y poeta sevillano Juan de Jáurigui, y que el maestro castellano tuvo a bien recoger en el Prólogo al Lector de sus Novelas Ejemplares, a saber:

   

    Este que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada; las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro, los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y ésos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo entre dos extremos, ni grande, ni pequeño, la color viva, antes blanca que morena, algo cargado de espaldas, y no muy ligero de pies…

    ...Me quedé maravillada ante ese encuentro inesperado, en el que el maestro y yo platicábamos con amena naturalidad, como si fuera algo que soliéramos hacer. Provista iba yo en el sueño de un bloc y un bolígrafo muy a propósito para desempeñar el cometido de tomar notas de todo cuanto Cervantes decía. Anotaba sus palabras, sus lamentos, sus vivencias y sus consejos con mágica diligencia y arrobada admiración, muy atenta al dictado de su voz profunda, viril y magníficamente modulada, desprovista del todo de cualquier tartamudeo, que en todo momento acompañaba de graciosos y elocuentes gestos; cuando el insigne escritor, considerando que ya había él contado suficiente, hizo un alto en su narración y se afanó en darme precisas instrucciones del modo en que debía yo proceder al transcribir sus palabras, tal y como queda recogido en las últimas líneas del capítulo 47 de la primera parte de su Quijote:

    Siendo esto hecho con apacibilidad de estilo y con ingeniosa invención, que tire lo más que fuere posible a la verdad, sin duda compondrás una tela de varios y hermosos lazos tejida, que después de acabada, tal perfección y hermosura muestre, que consiga el fin mejor que se pretende en los escritos, que es enseñar y deleitar juntamente, como ya tengo dicho.   

    Ni que decir tiene que me quejé, abrumada por la singularidad de tal encargo, y por no considerarme a la altura de tan delicado menester. Mas el genial escritor nada quiso saber de eso y no se avino a razones e insistió en que debía ponerme a ello a no más tardar con mi mayor diligencia. ¡Ya quisiera yo ver eso!, le lancé algo agobiada. El maestro trató de tranquilizarme, diciéndome que nada había que temer puesto que aquel sueño era un encantamiento del que yo había de despertar presta y rauda a transcribir sus palabras, que en mí habían quedado grabadas como por arte de magia, y que cuando eso sucediera mi vida volvería a la normalidad de mis días. Y procedió a despedirse. Y por más que yo insistí en que prosiguiera un poco más su historia y me detallara aspectos de su vida como la famosa enemistad con Lope de Vega, o su relación con otros escritores de la época como Quevedo o Góngora, ya él de repente desapareció tan rápido como había venido y el sueño se desvaneció.

    A la mañana siguiente, desperté en efecto algo aturdida, intensamente poseída por una extraña misión que me condujo, casi sonámbula, ante el ordenador y empecé a escribir todo lo que el mismo Cervantes me dijera en sueños. Andaba yo como en quijotesco trance, no comía, no bebía, tan solo unos sorbos de agua alcanzaban a refrescar mi garganta, pues tanta era la pasión que, al escribir, yo ponía. Mas fueron tantas sus palabras y dichas de tal precisa y preciosa manera que, por temor a errar y no ser del todo fidedigna a su dictado, he procedido a ayudarme de algún que otro pasaje de sus obras que dieran en reflejar mejor las palabras que este bienhechor de creatividades se dignó dirigirme.

Este que viene a continuación es el resultado.
  
    
    
    El Ingenioso Buscavidas Miguel de Cervantes

    Osáis importunar el descanso eterno que con tanto sufrido trasiego alcanzó a ganar este alcalaíno errante para encomendarme unas líneas con que ofreceros contento. ¡Bueno está eso! Sabedor soy que hace ya un tiempo andan mi persona, mis obras y, sobre todas ellas, mi Quijote, por esos mundos inciertos y turbulentos en boca de la fama universal; extraña se me hace tan unánime consideración hacia las obras engendradas y paridas en mi entendimiento, habida cuenta de los muchos desaires y tribulaciones que en vida sufrí para verlas siquiera impresas. Demasiados fueron los agravios que me vi obligado a deshacer, los constantes tuertos que la desventura me obligó a enderezar y los nublados que el destino descargó sobre mí y sobre mis escritos. Mas si la posteridad ha tenido a bien hacerme valedor de tan obsequiosos cumplidos y digno de tan grande alabanza, no se me alcanza cómo pues, sabido es, que es más el número de los simples que de los prudentes, ¡ea!, no seré yo quien resuelle, que es mejor ser loado de los pocos sabios que burlado de los muchos necios (1). Por agradecido y bienhechor siempre me tuve y a las palabras de mi ingenioso hidalgo, que por entero comparto, me remito: Entre los pecados mayores que los hombres cometen, aunque algunos dicen que es la soberbia, yo digo que es el desagradecimiento, ateniéndome a lo que suele decirse: que de los desagradecidos está lleno el infierno. Este pecado, en cuanto me ha sido posible, he procurado yo huir desde el instante que tuve uso de razón (2). Pero en verdad también os digo que mis alivios hubieran sido más ciertos y mis pesadumbres no tan grandes si esos halagos unánimes mejor se hubiesen repartido y algunos dineros de ellos se derivaran mientras hallábame con vida;  pues a fe que tan cierto es que la fortuna gusta en exceso del albedrío y a mí siempre se complació en hacérseme esquiva, como que las diligencias de este vuestro soldado de la espada y de las letras poco pudieron hacer para llegar a buen entendimiento con tan obcecada y caprichosa criatura.

    Pero puesto que aquí se me cita como laureado autor de lo que habéis dado en llamar el Siglo de Oro español para reducir a claridad el caos de la confusión que sobre mi existencia pesa, permitidme, pues, que, sin más demora, detalle lo mejor que pueda los trasiegos más relevantes de algunos de los sesenta y ocho años que Dios quiso me correspondieran de vida. No se escribe con las canas, sino con el entendimiento, el cual suele mejorarse con los años (3) y se me parece que más de cuatro siglos largos han de bastar para que al mío le tenga a buen recaudo; forzoso será, pues, valerme por mi pico, que aunque tartamudo, no lo será para decir verdades, que dichas por señas, suelen ser entendidas (4), y dé en contar una historia que sea muy a vuestro sabor. Estadme atentos.

    En verdad que en sólo manifestar mis pensamientos, mis sospiros, mis lágrimas, mis buenos deseos y mis acometimientos pudiera hacer un volumen mayor, o tan grande, que el que pueden hacer todas las obras del Tostado (5).  Mas no pretendo extenderme en demasía ni abusar de vuestra atención, pues como las obras impresas se miran despacio, fácilmente se ven sus faltas, y tanto más se escudriñan cuanto es mayor la fama del que las compuso (6).  Con dejar, pues, hilada en palabras una vida cuyo grueso es de todos sabido y no se hace necesario desmenuzar en exceso, cierto estoy de que habré cumplido mi modesto cometido.

    No quisiera cansarme en sacaros del error en que estáis todos aquellos que alcanzáis a figuraros que  mi época dista mucho de la vuestra, por lo que tengo sabido, si a la condición mísera de las gentes nos referimos, y a ese silo de bellaquerías en que las diversas catervas de mandamases os han ido encerrando. Cierto es que, en mis días, la vida poco valía y más cierta estaba de la muerte que en los vuestros, en que toda suerte de comodidades y artefactos, más propios del demonio que de Dios mismo, os hacen creer estar bien servidos, que no esclavos y cobardes, y no en vano es que, por culpa de vuestro error, la Justicia siga teniendo tortuoso recorrido, pues la virtud más era y sigue siendo perseguida de los malos que amada de los buenos.

    Es, pues, de saber que no es merecedora la depravada edad vuestra de gozar tanto bien como el que gozaron las edades donde hidalgos intrépidos, como el que aquí humildemente suscribe, tomaron a su cargo y echaron sobre sus espaldas la defensa de los reinos a la búsqueda de un designio noble y más propicio, saltando en tierra remota y no conocida, y sucediéndoles cosas dignas de estar escritas, no en pergaminos, sino en bronces (7). Triunfan ahora, más que nunca, por pecados de las gentes, la pereza, la ociosidad, la gula y el regalo, el vicio de la virtud, la arrogancia de la valentía, y pocos son los que se obligan a mirar en delicadezas y verdades; siendo así que no osáis sino acallar los escrúpulos de conciencia de vuestras molleras secas más que con los estómagos repletos, acatando el designio de vuestros días impávidos con sumiso recato, mentecatos, y, no os engañe el diablo, muy escasos son los que hacen acopio de gallardía y bravura suficientes con que aventurarse en esos mundos a castigar soberbios, encarcelar villanos y socorrer al sinfín de desdichados que sigue poblando los caminos de los que el mismo demonio parece haberse adueñado.

    Mas si andáis en gran deseo de saber más particularmente quién soy, de mí sé decir que más versado en desdichas que en versos, soy valiente, comedido, liberal, biencriado, generoso, cortés, atrevido, blando, paciente, sufridor de trabajos y de prisiones (8). Y porque veáis cuán de importancia es haber nacido en cuna regalada o puesta en una grave mengua, seguid leyendo lo que aquí os relato.

    De mi nacimiento poco os puedo aclarar, por hallarme yo entre las entrañas de mi madre, Leonor de Cortinas, y el alumbramiento a la vida en el otoño de 1547 del que resultó ser el cuarto hijo procreado por el matrimonio de ésta con el cirujano Rodrigo de Cervantes; Andrés, Andrea y Luisa me precedieron, y tras de mí, dos hermanos más se sucedían, Rodrigo y Magdalena. Sólo mi bautizo sé cierto, por haber quedado constancia de ello en el acta bautismal de la parroquia de Santa María la Mayor, sita en la localidad castellana de Alcalá de Henares, y puesto que mucha era la costumbre de bautizar a los hijos con el santo del día del nacimiento, no son pocos los que han dado en pensar que mi venida al mundo pudo haber acontecido el 29 de septiembre, fiesta de San Miguel. Sea en buena hora, pues, que así quedó nombrado el que aquí os escribe Miguel de Cervantes Saavedra.

    De una infancia errante y turbulenta puedo rendiros buena cuenta pues los escasos dineros y las abundantes deudas que mi padre contraía y se crecían de día en día, por obra de la maliciosa avaricia misma que sigue rigiendo los préstamos usureros de vuestros días, condujéronme a mí y a mi familia de villa en villa a la búsqueda de una fortuna que no dábamos en alcanzar. Así fue que huyendo de los impagos y buscando un más honorable asueto a nuestra posición, no se me habían de alcanzar más de cuatro años de vida, cuando los Cervantes nos instalamos en Valladolid, ignatos de que las desdichas y las vergüenzas nos iban a cubrir de oprobio. Siete meses de cárcel se vio forzado a sufrir mi desventurado progenitor, allá por 1552, acuciado por unos pagos que no había podido cumplir, a pesar de sus protestas de hidalguía, que al cabo fueron atendidas. Mas nuestros bienes fueron sin piedad embargados y pronto fue que nos trasladamos a Córdoba en donde mi padre Rodrigo, presto en todo momento a procurar a su prole una educación digna y esmerada, que no en vano podían mis hermanas presumir de saber leer como las más altas damas, ingresóme en un colegio jesuita, en donde es de saber que se iniciaron mis deleites literarios y pasé a convertirme en afanado lector de todo cuanto caía en mis manos. 

    Pero el tiempo transcurría y habida cuenta que daban en resistírsenos estos que llaman bienes de fortuna, se resolvió, en fin, que mi madre vendiera el único sirviente que nos quedaba y nos mudáramos a Sevilla, ciudad próspera y rebosante, en aquellos días, de las riquezas de las Indias, que ni a rozar alcanzaron siquiera las puertas de nuestras dependencias, en donde transcurrieron nuestros días inciertos durante toda una década. Mi padre convino en que prosiguieran los estudios jesuitas del mozalbete tímido y tartamudo en que yo andaba hecho, pero la suerte, que las cosas guiaba de manera distinta a los buenos augurios que los míos con tanto anhelo ansiaban, resolvió que nuestra búsqueda de la fortuna nos pusiera rumbo de nuevo, a la flamante villa de Madrid en esta ocasión, capital del reino desde que así lo dispusiera Felipe II, allá por 1551.

    Diecinueve años andaba ya recorridos aquel solitario muchacho, ávido de conocimientos y enseñanzas que la falta de recursos familiar no podían permitirle saciar en universidad alguna, cuando el destino quiso que se cruzara en su camino una eminencia humanista sin igual, pozo de gran sabiduría y hombre afable por añadidura, el catedrático don Juan López de Hoyos, que en gran gloria esté. Así fue que, de su mano, todas aquellas cosas tocantes y concernientes a estudio desembocaran en manantial exquisito de conocimiento que a raudales sació mi sedienta sesera. ¡Oh, cómo me holgué leyendo a Virgilio, Horacio, Séneca, Catulo y, en por encima de todos, a mi eternamente admirado Erasmus de Rotterdam, cuyo Encomio de la Estulticia de sabios manjares repleto, de que nunca hartábame yo de ellos, regaló a tal manera la mesa de mis pensamientos! Mas como atinadamente escribiera el eminente humanista holandés: la vida humana no es sino una especie de juego de despropósitos (9) , la mía no parecía sino andar más empeñada en discurrir por cauces ingratos de escasez y estrecheces, impidiendo me regocijara, como era mi deseo, en instruirme y deleitarme con esa otra vida de estudio y asueto, que no en mis pretensiones.

    Otros cohechan, importunan, solicitan, madrugan, ruegan, porfían, y no alcanzan lo que pretenden; y llega otro, y sin saber cómo ni cómo no, se halla con el cargo y oficio que otros muchos pretendieron; y aquí entra y encaja bien el decir que hay buena y mala fortuna en las pretensiones. (10)

    Corrió el tiempo, y no con la ligereza que yo quisiera; que los que viven con esperanzas de promesas venideras, siempre imaginan que no vuela el tiempo sino que anda sobre los pies de la pereza misma. (11)

El mal término en que estaba causábame mucha pesadumbre y asentó de tal modo en mí la necesidad de hacer fortuna que me pareció convenible y necesario probar mi suerte, sin mayor demora, a ponerme en ocasiones y peligros, si era menester, donde, acabándolos, cobrase alguna suerte de honor y recompensa. No sabía qué hacerme, se me pasaban los días cavilando la manera de mejor conseguir ese fin, y en viendo que era el caso que la gloria del imperio español en gran medida dependía de la campaña contra el turco, que en boca de todos andaba en esos días, resolví que mi designio era pasar a Italia a probar ventura en el ejercicio de las armas. No quise aguardar más tiempo a poner en efecto mi pensamiento y rendir cuentas de mi valía y hacia allá me puse en camino con tanto brío y denuedo que más parecía dirigirme a un jolgorio que a librar fieras batallas en tierra extraña.

Las cosas dificultosas se intentan por Dios, o por el mundo, o por entrambos a dos: las que se acometen por Dios son las que acometieron los santos, acometiendo a vivir vida de ángeles en cuerpos humanos; las que se acometen por respeto al mundo son las de aquellos que pasan tanta infinidad de agua, tanta diversidad de climas, tanta extrañeza de gentes, por adquirir estos que llaman bienes de fortuna. Y las que se intentan por Dios y por el mundo juntamente son aquellas de los valerosos soldados, que apenas ven en el contrario muro abierto tanto espacio cuanto es el que pudo hacer una redonda bala de artillería, cuando, puesto aparte todo temor, sin hacer discurso ni advertir al manifiesto peligro que les amenaza, llevados en vuelo de las alas del deseo de volver por su fe, por su nación y por su rey, se arrojan intrépidamente por la mitad de mil contrapuestas muertes que los esperan. Estas cosas son las que suelen intentarse, y es honra, gloria y provecho intentarlas, aunque tan llenas de inconvenientes y peligros. (12)

En resolución, hete aquí que, presto en lo determinado y tan valiente en el esperar como en el acometer (13), en poco tiempo, me vi en la milicia y, en llegado a Italia, me hice soldado en la compañía de Diego de Urdina, del tercio de Miguel de Moncada. Poco imaginaba yo entonces, estándome en el puerto de Nápoles, presto a partir a Messina con mi compañía en una de las galeras mandadas por el Marqués de Santa Cruz, para dar batalla al temible turco, que cosas y casos acontecen a soldados por modos tan nunca vistos ni pensados, que en breve iban a conducirme a mí mismo a protagonizar el valeroso episodio de armas del que más gloria se me alcanzó.

En la susodicha Messina, a día 7 de octubre de 1571, hallaron en encontrarse las escuadras española, veneciana y pontificia que dieron en formar la gran armada, conocida también como la Santa Alianza, y que a las órdenes de don Juan de Austria venciera a los turcos en la gran contienda de la batalla de Lepanto, en famosa hazaña, digna de constar en los libros de historia, pues fue una de las más altas ocasiones de armas que vieron los siglos pasados, presentes o venideros.

Batalla de Lepanto

    Ese día quiso Dios que amaneciera puesto en una importuna mengua, con calenturas, hasta tal punto que mi capitán, el mencionado Diego de Urbina, me encomendara retirarme  y bajar debajo de cubierta porque no estaba para pelear. Mas no venía de casta que se me había de helar al primer mal suceso el calor de mi fervoroso deseo y así fue que un servidor, muy enojado, replicó al capitán y a los que allí se encontraban lo siguiente:

Señores, en todas las ocasiones que hasta hoy en día se han ofrecido de guerra a Su Majestad, y se me ha mandado, he servido muy bien, como buen soldado; y así ahora no haré menos, aunque esté enfermo y con calentura; más vale pelear en servicio de Dios y de Su Majestad, y morir por ellos, que no bajarme so cubierta. (14)

Mi arrojo ablandó de tal suerte las entrañas de mi capitán que, en viéndome tan decidido a entrar en combate, me encomendara el puesto del esquife con doce soldados más. Acudí raudo y peleé valientemente contra los dichos turcos, hasta que se acabó la batalla, de donde salí herido en el pecho de un arcabuzazo, y de una mano, de que salí estropeado, y me ha valido el apelativo de “el manco de Lepanto”, como timbre de gloria. Pero debéis saber que las heridas que se reciben en las batallas, antes dan honra que la quitan. Y os digo más: Si mis heridas no resplandecen en los ojos de quien las mira, son estimadas, a lo menos, en la estimación de los que saben dónde se cobraron; que el soldado más bien parece muerto en la batalla que libre en la fuga; y es esto en mí de manera, que si ahora me propusieran y facilitaran un imposible, quisiera antes haberme hallado en aquella facción prodigiosa que sano ahora de mis heridas sin haberme hallado en ella.  (15)

A Messina retorné para curar tales heridas con grande orgullo recibidas, con el ánimo resuelto y el honor en muy alta estima, por ser merecedor de alabanzas tales de mis superiores, siendo, pues, esto así que no escatimó elogios el mismo don Juan de Austria y que de su propia mano se complació en obsequiarme con unos escudos de más. De todas las heridas curé salvo de la mano izquierda que quedóme ya para siempre anquilosada, mas poco importábame tal cosa pues tenía yo por gusto sumo la plática y el cariñoso amor de mi hermano menor Rodrigo, que habíase también abierto camino como valeroso soldado, y que me procuraba contento en todo momento, y así fue que, cuando húbeme recuperado, se nos antojó volver a las armas en la compañía de don Manuel Ponce de León, del tercio del gallardo y bravo don Lope de Figueroa, y tuvimos a bien formar parte en las expediciones navales de Navarino, la Goleta de Túnez y otras que después vinieron.

Ocasiones muchas tuvimos de demostrar nuestra valía y arrojo en cuanta lucha y batalla se nos encomendó, como no menos las hallamos de amenizar y deleitarnos en nuestros días de holganza con sosiego y ricas vituallas cuando nuestro tercio descansó en Cerdeña, Lombardía, Sicilia y Nápoles y pasábamos nuestros días en la solaz vida de la guarnición. No poco gusté yo de que el cielo, que tiene cuidado de socorrer a los buenos, diera en enviarme a la hermosa ciudad de Nápoles, pues fue en este remoto y apacible lugar que a bien tuve conocer y enamorar de una todavía más hermosa y delicada mujer, por el nombre de Silena mencionada en mis poemas, a quien quedé obligado por la merced recibida y por la cual nunca he dejado yo de sentir un cariño tan grande y dulce como el que aquí describo. Pero como las más de las desdichas que vienen no se piensan, contra todo mi pensamiento me sucedió una que me turbó la dicha, y me dio que llorar muchos años.

Andábame yo resuelto a procurarme una mejor posición dentro de la milicia y así fue que me propuse promocionar al grado de capitán, obteniendo para ello dos cartas de recomendación ante Su Majestad Felipe II, firmadas del puño y la letra la una de don Juan de Austria y la otra del Duque de Sessa, a la par Virrey de Nápoles, en las que quedaba certificaba mi valerosa actuación en la batalla de Lepanto. Mucho era el alegre alborozo que reinaba en los corazones de Rodrigo y mío cuando nos embarcamos en la galera Sol, con la intención de regresar a la patria, tras cuatro años de campaña de armas, ajenos a la mala resolución en que ese viaje terminaría.

En aquel breve tiempo, donde pensaba que la nave de mi buena fortuna corría con próspero viento hacia el deseado puerto, la contraria suerte levantó en mi mar tal tormenta, que mil veces temí anegarme. (16) Al poco de zarpar, nuestra goleta se extravió tras una tormenta, quedando separada del resto de la flotilla, y cuando a punto estábamos de alcanzar tierra española, a la altura de la costa catalana de Palamós, dimos en ser abordados por otra flotilla turca, comandada por el rabioso canalla corsario, renegado de origen albanés, Arnauti Mamí, con quien establecimos encarnizada batalla, en el decurso de la cual murió nuestro capitán y varios españoles más, y mi hermano Rodrigo y yo fuimos hechos presos. La suerte nuestra había salido azar con el mal encuentro de ese corsario, saco de maldades, quien alcanzó a profanar nuestra dignidad vendiéndonos, cual mercancía, al mejor postor en calidad de esclavos. Y así fue como el demonio, que nunca duerme, dio al traste con nuestra buena ventura y nos condujo hasta Argel, en donde terminamos encerrados y sometidos al yugo de este otro corsario, de origen griego, Dali Mamí.

Por abreviar el cuento de mi desventura, no os diré más que cinco fueron los años que anduve cautivo en Argel, debidos en buena parte a las cartas de recomendación que fueron halladas entre mis pertenencias y que hicieron pensar al tal Mamí que el que ante él se encontraba era persona principal y de recursos por quien podría obtener un cuantioso rescate. Convirtióme, pues, en su esclavo y me mantuvo alejado del habitual canje de prisioneros y del tráfico de cautivos entre turcos y cristianos, que en demasía abundaba en aquellos tiempos. Mis padres desesperaban en España y hacían todo cuanto podían por obtener nuestra liberación, elevando toda suerte de peticiones; no les quedó otra que obtener préstamos y vender parte de los bienes familiares gracias a lo cual reunieron cierta cantidad de ducados que no alcanzó lo suficiente para liberarnos a ambos y preferí que fuera mi hermano Rodrigo quien comprara su libertad y pudiera volver así a la patria salvo y sano. 
Cuatro fueron los intentos de fuga, con sus correspondientes castigos, que atesoré en mi largo cautiverio, el cual no parecía tener fin, y que a punto estuvieron de dejar mi vida en pago de mi atrevimiento. Mas no me quedó otra que mostrarme paciente y harto prudente previniendo las astucias de mis enemigos, y así fue que el día 19 de septiembre de 1580 pude, al fin, volver a España.

Baste decir, en fin, que pobre me fui y más pobre y apaleado volví. Del muchacho de veintidós años que había partido hacia Italia a la búsqueda de fortuna, retornó a la patria hombre con treinta y tres, obligado de acometer cualquier ocupación con la que obtener dineros que ayudaran en aligerar las grandes deudas que, por causa mía y de mi hermano, mis padres se habían visto obligados a contraer. Pero esas son otras aventuras cuyo desenlace no viene al caso aquí, pues mucho es ya lo que llevo contado, y seguro estoy que eso os ha de bastar para componeros el cuadro de una vida que aunque los sucesos que en ella me sucedieron no son todos de mucho gusto, sino de mucha pesadumbre, los llevé sin ella (17) por haberme sido inspiradores de mis posteriores obras. Vale.
                             
MIGUEL DE CERVANTES


Ficción onírica creada a la manera y estilo del Siglo de Oro español por Marisol Galdón.


BIBLIOGRAFÍA:

La edición de Don Quijote de la Mancha citada aquí es la del académico Martín de Riquer, impresa por la Editorial Planeta, en 1990.

La edición de las Novelas Ejemplares aquí citada es la de Frances Luttikhuizen, impresa por la Editorial Planeta en 1994.

La edición del Elogio de la Locura, de Erasmo de Rotterdam, es la 3ª que publicó Espasa Calpe, en su colección Austral, del años 1963.

(1)   Quijote I. Capítulo 48, página 506.
(2)   Quijote II. Capítulo 58, página 988.
(3)   Quijote II. Prólogo al Lector, páginas 557-558.
(4)   Novelas Ejemplares. Prólogo al lector, página 14.
(5)   Quijote II. Capítulo 3, página 585.
(6)   Quijote II. Capítulo 3, página 586.
(7)   Quijote II. Capítulo 1, página 570.
(8)   Quijote I. Capítulo 50, página 523.
(9)   Elogio de la Locura. Página 55.
(10)Quijote II. Capítulo 42, página 867.
(11)Novelas Ejemplares. Novela de la Española Inglesa, página 265.
(12)Quijote I. Capítulo 33, página 352.
(13)Quijote I. Capítulo 47, página 503.
(14)Introducción. Biografía de Cervantes, Martín de Riquer. De los documentos cervantinos publicados en “Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos”, IX, 1905, página 350.
(15)Quijote II. Prólogo al Lector, página 557.
(16)Novelas Ejemplares. Novela de la Española Inglesa, página 265.
(17)Quijote II. Capítulo 72, página 1084.