viernes, 16 de septiembre de 2016

PEROGRULLO Y PREJUICIO





Los prejuicios son unos virus que tienen la impertinencia de correr como la pólvora. Se crían en el lado oscuro y como no matan ni engordan, así de primeras, parecen inofensivos, se cuelan por cualquier rendija y se propagan rapidísimo. Su objetivo es nublarte el juicio y hacerte quedar como un zoquete desvergonzado a la más mínima ocasión. Porque los muy jodíos se atreven con todo y con todos, no importa quién esté delante. Además, no los ves venir, son sibilinos y saben cómo entrarte. Si te pillan con la guardia baja en un día tonto, has pringado. Luego se quedan ahí, agazapaditos, como si no hubieran roto un alma en su vida, obstruyéndote el criterio, y tú sin enterarte. O haciéndote el longui. Hasta que un buen día, decides hacer limpieza interior y los pillas in fraganti, pegándose el lote con tu espíritu, metiendo mano de mala manera a tu mente, acosándola. ¡Y no te queda otra que ponerte expeditiva y acabar con ellos cuanto antes! ¡Sin piedad, ni contemplaciones! ¡A saco!



 Al prejuicio, ni agua. Sea del tipo que sea. Al menos a los propios. Con los ajenos, es otro cantar desafinado. Si te pegas algún garbeíto por las redes sociales de vez en cuando, ya sabes a lo que me refiero. Las redes son un campo plagado de minas prejuiciosas. Por muchos vigías que pongas en tus atalayas cibernéticas, antes o después, hables de lo que hables, siempre acabas pisando una que se lleva tu indignación por delante. Sacan su sucia cabecita por entre las palabras de un comentario de alguien que se despistó o no es lo suficientemente escrupuloso y, ¡boom!, te explotan en todo el ánimo.

Fue justamente en esas redes donde, hace unos días, andaba yo entusiasmada y pletórica, compartiendo las sensaciones multicolores que me provocaba el partidazo de octavos del US Open, jugado por Nadal y la joven revelación Pouille, cuando una banda de prejuicios tomó mi Facebook al asalto. No falla, cada vez que veo un encuentro de Rafa y lo comento en internet, acaba saltando a la pista cibernética algún prejuicio que va soltando gotitas de ese veneno pestilente tan característico y lo contamina todo.


Tú estás a tope, subida en la moto de Rafa, pegándote un chute de intensidad de raqueta, gozando con el partidazo, ¡ole, ole!, a pesar de la derrota in extremis del mallorquín en el quinto set. Pero el prejuicio, que es tonto y mezquino por naturaleza y no entiende de gozos, solo de sombras, gusta de mezclar las churras con las merinas, las merinas con el bacalao, el bacalao con el tango y el tango con el tenis.  




    Y una se cansa ya de tanta tontería. El partido, como digo, estaba siendo emocionantísimo, más igualado, y por tanto, interesante, de lo que esperábamos, y más teniendo en cuenta que Nadal no había perdido un solo set en todo el Open y el chavalín francés le estaba arrebatando dos. Justo andaba yo comentando esta circunstancia, motivadísima, sorprendida y expectante, cuando un tipo del Facebook –todos los comentarios que aquí cito tuvieron lugar en esa red, en Twitter ese día no me entraron por ahí- va y suelta:

    “Por mi ya le pueden ir dando a este monárquico y defraudador de impuestos, además de renegado”.

    ¿Y qué coño tiene que ver eso con el partido de tenis? Es como si tú me dices: “Me han dado un premio a la mejor tarta de chocolate”. Y yo te respondo: “Por mi ya te pueden ir dando, guarro, que siempre dejas el baño hecho unos zorros, y encima copias en clase de ciencias, tramposo”.

    Patricia, una de mis seguidoras más resaladas y simpática, a la par que gran aficionada deportiva, le respondió:

    “¡No mezclar temas!! ¡Hablemos de deporte solamente! Es un partidazo. Hay que disfrutar, Fulanito.”

    Mientras todo eso sucedía, una servidora estaba más pendiente del suculento partido que de las redes. En uno de los descansos, empero, ojeé comentarios, leí los aquí citados, comprobé que el tío seguía en sus #TreceRueDelPercebe y añadí:

    “Fuera de lugar, Fulanito, chaval. Déjanos disfrutar tranquilos y, como bien dice Patricia, no mezcles temas”.

    Respuesta del menda:
    “¡Lo dicho! ¡Tenéis toda la razón! Está fuera de lugar… Sembla mentida que siguis catalana! (Parece mentira que seas catalana)”

    ¡Ay, la leche! Por si no había bastante con emponzoñar el tenis con la monarquía, los impuestos y los renegados (?), añade el tipo unas gotitas de nacionalismo envasado al vacío de una mente revuelta que entra al saco personal de mi condición nacional. El tío logra, ni que sea unos instantes, cabrearme y levantar unas iras, que trato de contener, gracias en parte a una frase de Mark Twain (la cultura siempre ayuda) que me viene a la mente:



    Y opto por responder, tratando de zanjar la cuestión:

    “I ara!! Fes-nos un favor i ves a dormir!” (Creo que no hace falta traducir, ¿no?)

    Sin embargo, el sujeto no solo ignoró el consejo, sino que me insultó de tan mala manera que no pienso repetir aquí sus irrespetuosas groserías, para no salpicar a nadie con tales bajezas. No está en mi talante rebajarme a responder improperios de alguien que ni tan siquiera conozco. Además, me lo estaba pasando pipa con el partido y no estaba dispuesta a permitir que un idiota me insultara o me cortara el rollo y saliera impune. Eliminé, pues, sus insultos y, de paso, lo eliminé a él de mi mapa cibernético y preferí olvidarme de ese ataque tóxico de baja estofa.





    Sí, tú, hoy estoy muy pistolera…

    Terminado el encuentro, cerré mi tanda de comentarios, encantada por el magnífico espectáculo que nos acababan de brindar ambos tenistas y algo triste por la derrota de Nadal. Y saltaron a la cancha redil un par de prejuicios más:

    (El primero no lo pongo en catalán, porque está lleno de faltas de ortografía. Mejor lo traduzco)
    “Pues a mí no me da pena. Desde que sé que es del Madrid, disfruto cada vez que pierde.”

    Bueno, bueno, bueno… He aquí una seguidora respetuosa con los aficionados del equipo rival que, además, “disfruta” con las derrotas de uno de sus seguidores célebres. Lo que viene siendo fair play, vamos. ¡Cuánta intolerancia tonta!, pensé. Y qué aburrida debe de ser la vida de esta mujer, juntándose solo con hinchas de su mismo equipo. Y recordé una anécdota que me sucedió hace unos años en un puente aéreo, destino Barcelona, con la que pegar un buen patadón a ese prejuicio. 

    Tuve el privilegiado placer de compartir vuelo con uno de mis futbolistas favoritos, Carles Puyol, fervoroso animalista, por cierto. Nos caímos muy bien de inmediato y el viaje se nos hizo cortísimo gracias a una charla amena y divertida, con muchos goles. En un momento dado (¡ay, Johann!), le pregunté:

    -Oye, ¿a ti con quién te gusta compartir habitación cuando vas con la Selección? (Lo de “La Roja” estaba a punto de caer)
    -Pues mira, supongo que te sorprenderá, pero con quien más a gusto me siento es con Raúl. Tenemos muy buen rollo, es un tío muy majo; además, nuestras mujeres se conocen y también se llevan muy bien.
    -¡Anda! Sí que me ha sorprendido, sí.
    -A ver, entiéndeme, en el Barça tengo muy buenos amigos, ¡pero nos vemos todos los días! -Y citó el magnífico defensa a jugadores de otros equipos, pero me vais a tener que perdonar, no los recuerdo.   

    ¡Chúpate esa!
    
    Y la segunda seguidora que prejuzgó fue una amiga, a la que, por cierto, conozco personalmente y es una mujer encantadora, de las que suele comentar en positivo y con buena onda. ¡Pero, chica, es lo que tiene el prejuicio, te obnubila los sentidos! Bien, pues ella añadió:

    “Ya era hora que perdiera. No le va mal al niño pijo. Lo siento, pero no me cae muy bien.”

    Por partes.
    
    ¿”Ya era hora (de) que perdiera”? No ha sido esta temporada precisamente un arrase de Nadal en las pistas. Si nos detenemos tan solo en los cuatro Grand Slams, comprobamos que, en el Open de Australia,  Verdasco lo apeó en 1ª ronda; en Roland Garros (su favorito), fue eliminado en la 3ª; una lesión de muñeca le impidió participar en Wimbledon y, cuando parecía que su juego iba encarrilándose y podía llegar lejos en el US Open, Pouille le eliminó en octavos.

    ¿”Niño pijo”?
    Deja que piense… Hummm… Pues va a ser que no, no se me ocurre ningún caso de deportista de élite que no encaje en la definición de “niño pijo”, ateniéndonos a la cantidad descomunal de dinero que amasan unos chavales y chavalas en sus años mozos, por el simple hecho de poseer unas habilidades deportivas o atléticas. Que eso sea procedente o no, no viene a cuento hoy aquí. Pero cuando a alguien de 30 años, que ya no es un niño, se le llama “niño pijo”, la cosa tiene un cante más despectivo, como de tío caprichoso, mimado, egoísta e incluso borde. Yo no sé, ni esa seguidora en cuestión tampoco, cómo será Nadal en su día a día. ¡Qué sabe nadie! ¡Y líbrenos Dios de tener que conocer de cerca a personas que admiramos porque se nos puede caer el alma al subsuelo!

    Lo que sí sé es que el tenista mallorquín es, junto a Roger Federer, uno de los jugadores actuales más educados en una pista de tenis. No se le conocen salidas de tono, actitudes chungas ni tonterías en mitad de los partidos, tanto si pierde como si gana. Su comportamiento es exquisito. Y ejemplar. Porque nunca da un punto por perdido, su lucha y entrega, incluso jugando lesionado, son de sobras conocidas, temidas y admiradas por sus rivales y por el público, ya que posee una capacidad mental increíble para no venirse abajo y remontar partidos que otros hubieran dado por perdidos. También sé que, cuando pierde, afronta sus derrotas con cruda auto-crítica, claro síntoma de inteligencia, y valentía, siempre da la cara, nunca justifica sus errores, y es el primero en entonar el mea culpa. Por todo ello, Nadal siempre ha sido y será uno de mis tenistas y deportistas favoritos de todos los tiempos. Porque se ha hinchado a darme alegrías y satisfacciones, sin alardear de ello, y me ha hecho vibrar con el tenis como pocos otros jugadores.

    Por no hablar de la Fundación Rafa Nadal y de cómo cientos de niños socialmente excluidos pueden jugar al tenis gracias e ella. O de cuando en 2013, habiendo ganado Nadal por segunda vez el US Open, la Federación Española de Tenis pretendía fletarle un vuelo privado que le trajera de vuelta en apenas unas horas a nuestro país, que se jugaba la permanencia en el Grupo Mundial de la Copa Davis, y él la declinó, diciendo: "No creo que esté el país para estos gastos". Y se plantó aquí por su cuenta.


    La tontuna del prejuicio me retrotrae a mi adolescencia -esa época en la que todavía no estamos curados de sustos, ni hemos apuntalado con el rigor de la experiencia y la sabiduría nuestra personalidad, pero creemos saberlo todo y abrimos de manera incauta y peligrosa las puertas a los virus prejuiciosos-, y mi pasión cinéfila empezaba a afianzarse. 

    ¡Mira tú por dónde, ni corta ni perezosa, me dio por cogerle manía a John Wayne! Desde que me había enterado de que era un facha y un defensor de la Guerra del Vietnam, lo desterré de mis películas. 



    ¡Pedazo de idiota! –me dije a mi misma, tiempo después, sucumbiendo a la evidencia del talento del Duque, cuya simple presencia en una pantalla destila un magnetismo que no necesita de muchas palabras para brillar. ¿Cómo pretendes amar el Séptimo Arte privándote de La Diligencia, Río Bravo, Río Rojo o El Hombre Tranquilo, por citar algunas de las mejores películas que ha protagonizado? ¿Estás tonta o qué te pasa, nena? Sí, estaba tonta, porque como fui aprendiendo, una cosa no tiene nada que ver con la otra. 
    De la misma manera que no puedo dejar de apasionarme por las interpretaciones de Sean Penn, a pesar de que cuando James Lipton le invitó al excelente programa televisivo Inside the Actors Studio y le preguntó cuál sería su noche de diversión perfecta, el actor contestó que lo sería con unos gramos de coca y un par de putas. Ni puedo dejar de admirar a Charlton Heston, ni de ponerme cachonda cada vez que veo su torso en Ben Hur, por muy burraco que se ponga con lo de la Asociación del Rifle; no está de más recordar que gracias a Mr. Heston y al dinero que puso de su propio bolsillo, Sam Peckinpah pudo finalizar el rodaje de su película, Mayor Dundee, e impuso al maestro Orson Welles en la dirección de Touch of Evil (Sed de Mal), como condición innegociable para protagonizarla. O me resulta igualmente imposible no sucumbir al genio de Picasso, pese a ser considerado por los estudiosos de la mente humana como un psicópata. Ni puedo dejar de leer a Hemingway o de admirar al ya mencionado Orson Welles porque les gustaran los toros.  

     
                                              

    Las interacciones y feedbacks de las redes sociales pueden ser chispeantes y estimulantes en muchas ocasiones, pero también aviesos, desalentadores e hirientes en otras. Cualquier cretino puede entrar cuando se le antoje y montarte el pollo. Solo con imaginarme a Oscar Wilde, Santa Teresa de Jesús, Leonardo Da Vinci o Bette Davis tuiteando me entra un sofocón… ¡La de barbaridades que les habrían dicho! ¡Y la de RT que les habrían hecho!

    No deja de resultar paradójico, por otra parte, que cuanta más información poseemos sobre la deprimente realidad política de nuestro país, más le ha dado a Prejuicio con hacérselo con Perogrullo, ese otro tipejo. Perogrullo era, según la RAE, “un personaje ficticio a quien se atribuye presentar obviedades de manera sentenciosa”. Obvio es, sin lugar a dudas, y muy presentado está ya, que el partido del señor Rajoy está atacado de una sobredosis corrupta que viene de largo, que las causas judiciales se le están empezando a amontonar peligrosamente y que la ejemplaridad del presidente del gobierno y su formación política brilla por su ausencia. ¡Ah, pues da igual! ¡Le siguen votando más de siete millones de personas! ¿Cómo es eso posible?




    Ignorancia estructural y voluntaria, que no de datos. Estamos inmersos en una situación enfermiza, que ha derivado en patológica, y nos está perjudicando a todos. Una clara irresponsabilidad democrática, de fatales consecuencias, que genera un estrés de impotencia para muchos otros millones de votantes, repartidos en distintas opciones políticas, las cuales no están dispuestas a llevar a cabo el más mínimo sacrificio de entendimiento. Ni por el bien común. ¡Menuda panda de ineptos charlatanes, que lo único que están demostrando es que lo del “bien común” es la menor de sus preocupaciones!

    Los españoles parecen más afrontar sus simpatías por un partido político u otro como si fueran forofos de un equipo de fútbol, con esa deplorable incondicionalidad hooliganesca que tienen los hinchas más parciales y cegados. Más podredumbre sale a la luz de los suyos, más se empeñan en ignorarla, mirar hacia otro lado o reafirmar la fidelidad a su equipo/partido justificando lo injustificable y sembrando manojos de prejuicios sobre los demás equipos/partidos con total desvergüenza vengativa. Si no es con los míos, con ninguno. 

   ¡Pero es que el ejercicio de la democracia no es un partido de fútbol! ¡No se trata de ser leal a tu partido manquepierda, ni de animarlo cuando está jugando mal y practicando un juego sucio que se está llevando nuestros derechos por delante! Aquí de lo que se trata es de salvaguardar todos juntos esos logros que tantos años tardamos en conquistar. Se trata de castigar a los que han sido malos, sean del partido que sean, de manera ejemplar; para que se les quiten las ganas de volver a intentarlo. Se trata, en definitiva, de hacernos respetar y respetarnos a nosotros mismos. De ser más críticos e implacables con los nuestros, exigirles más y procurar que las futuras generaciones no se vean obligadas a buscarse la vida lejos de un país devastado por nuestra propia ignominia. 
    Un partido de fútbol no será, pero no veas la de goles en fuera de juego que nos están colando.


    Tenemos la obligación de plantar cara a los prejuicios y de encerrar a Perogrullo en un sanatorio del que no salga hasta que sus perogrulladas no hagan mella en nuestra insensata estupidez colectiva. 
    Tenemos la obligación de poner el paracaídas a nuestra mente, ser valientes y lanzarnos a la conquista del tiempo perdido antes de que sea demasiado tarde.


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