miércoles, 27 de abril de 2011

¿POR QUÉ CRUCES DE BOHEMIA?

MAX.-¡Me sobran méritos! Pero esa prensa miserable me boicotea. Odian mi rebeldía y odian mi talento. Para medrar hay que ser agradador de todos los Segismundos.
Luces de Bohemia
RAMÓN DEL VALLE-INCLÁN


   Hace demasiados años que me oígo decir eso de: “Nena, tú vales mucho, pero estás desaprovechada”. ¿Y sabéis qué? ¡Que es cierto! Y pensaréis: “Pues qué creído se lo tiene”. Pero es que si a estas alturas de mi vida no supiera cuánto valgo, apaga y vámonos. No me he puesto delante del ordenador a sacar jugo de mis entrañas haciéndome la hipócrita. Si una cosa he aprendido en lo que llevo vivido hasta ahora es que más vale que mi autoestima dependa exclusivamente de mi criterio, no del de los demás, aunque eso no me impide escuchar sus opiniones. Pero los demás, en general, son muy caprichosos, un día te encuentran maravillosa y a la semana siguiente ya no les interesas un pimiento. No, no, no, no. De hecho, salvaguardar mi autoestima y mantenerla a buen recaudo ha sido lo que me ha impulsado a enzarzarme en esta aventura blogera.

   Lo que más me preocupa no es si valgo mucho o poco, sino que, en efecto, estoy desaprovechada. Y lo peor no es que lo esté, sino que me siento desaprovechada, más que eso incluso, me siento desperdiciada, como ese resto sabroso que el cocinero desecha caprichosamente porque no encaja exactamente con lo que está preparando. Y con ese sentimiento ya es mucho más complicado apechugar. Son tantas las cosas que podría hacer... y tan pocas las ocasiones que el exterior me brinda para ello; son tantas las ideas que bullen en la olla de mi ser, y tan escasas las escudillas dispuestas a servirse de ellas; es tanta la impotencia que vengo acumulando... ¡que ya no puedo más!

   Mis ansias por aprender y el goce adrenalínico que conlleva todo riesgo me han avalanzado a menudo sobre proyectos en los que no siempre he caído de pie. Pero cuando no ha sido así, he procurado levantarme con dignidad, autocrítica y ganas de seguir apostando, por muy magullada que estuviera. Es innegable que mi talante no se lleva bien con la monotonía o el encasillamiento. Cuando sé que controlo algo, necesito ponerme a prueba en otros menesteres. Y eso es algo que, admitámoslo, no está muy bien visto en el mundo actual. Un mundo que, ante todo, exige que no controlemos en exceso nuestra situación, para así podernos controlar a su antojo; e impone, para mayor comodidad suya, la camisa de fuerza del encasillamiento. Por eso ese mundo y yo no nos llevamos muy bien.

   La energía y la fuerza con que la naturaleza me ha dotado son contempladas con cautela, cuando no con recelo, por casi todos los jefes que se cruzan en mi camino. Les encanta utilizarlas para sus propósitos, pero sólo por un ratito, no fuera a tomarme yo demasiadas confianzas y acabara por traerles complicaciones. Estoy harta de malgastar mis fuerzas en tonterías y de mantener tirantes las bridas de mi energía. Creo que ya ha llegado el momento de tomar las riendas de mis capacidades y de encaminar mi jamelgo por la ruta de mis cruces, mis cruces de bohemia. Y a ver qué pasa.

   Me muevo en el mundo profesional de los medios de comunicación porque el destino me llevó un buen día a él, sin ni tan siquiera proponérmelo. Empecé tonteando en la radio municipal de mi pueblo, Ràdio Caldes -de hecho, mi voz fue la primera que se oyó en las ondas hertzianas calderinas-, y acabé poniendo el careto delante de las cámaras de todo el país. ¡Qué cosas! No importa lo que yo haga, tarde o temprano, vuelvo a la tele, a la radio o a escribir algo para alguna revista. Y menos mal que, con mayor o menor frecuencia, me van saliendo cosas, puesto que, al fin y al cabo, decidí vivir de ello. El problema es que cada vez está más complicado encontrar rendijas por las que colar propuestas interesantes.

   Algunos años después de haber trabajado en la radio básicamente, me sentí muy decepcionada por comprobar que lo que prevalecía era la “radio informativa” en detrimento de la “radio creativa”, como muy bien decía Buenafuente en una entrevista en El País, y asumí, resignada -un estado que detesto asumir-, que era complicadísimo hallar frecuencias por las que poder emitir algo distinto. Asumí igualmente que lo de trabajar en televisión parecía más complicado todavía. Y como no soy muy partidaria de ir estrellándome contra vallas insalvables, busqué una salida alternativa del redil y encaré mi vida profesional por otros derroteros. Así fue como me lancé al mundo de los platos, no en la cocina, aunque me encanta cocinar, sino como pinchadiscos. Y cuando, al fin, estaba consolidándome en ese ámbito, ¡zas! aparecen los de TVE y solicitan inesperadamente mis servicios. Sí, nos han hablado de una discjokey muy cañera, con pelos de punta, y justo nosotros necesitamos una chica así. ¿Ah sí? ¡Cosas del destino! ¿Un programa de televisión? ¿Para presentarlo? ¡Claro! Sinceramente, no supe negarme a realizar algo que, años atrás, me moría por hacer. Nunca había hecho televisión y a mi naturaleza osada le fue imposible de rechazar el reto de presentar un programa en directo, de música además. El programa en cuestión fue Plàstic, cuyo éxito inusitado a quien más sorprendió fue a nosotros mismos, y duró dos años y medio en antena, en distintos formatos. Después de ese programa, vinieron otros: Peligrosamente juntas y Tal Cual, ambos en la 2 de TVE, un lugar en el que siempre trabajé muy a gusto. Pero cuando los de Tele5 me propusieron trabajar en sus Informativos, pensé: “¿Por qué no? Es un nuevo reto. Me he pasado años sin querer saber nada de ese mundillo, tal vez ahora esté preparada para aportar algo nuevo.” ¡Eh, para el carro! El sueño se tenía que acabar algún día, pequeña. Pues sí, mucho me temo que mi aportación estuvo bastante más limitada, desde el principio, de lo que me habían vendido. Y eso es algo que me ha pasado a menudo. Me venden una moto, y luego me encuentro con otra muy distinta. A vosotros también os pasa, ¿no?

   Sí, la vida se empeña en demostrarnos una y otra vez lo capacitada que está para desilusionarnos. En fin, la cuestión es que en vez de presentar informativos, que era para lo que inicialmente me habían contratado, acabé realizando comentarios sobre noticias de actualidad. Y la cosa tenía su punto, porque me permitía opinar sobre temas que me interesaban, sin ningún tipo de censura. Más tarde, descubrí que esa había sido mi perdición, ya que después de aquello, pasé a convertirme, sin comerlo ni beberlo, en “opinadora” habitual de tertulias radiofónicas y debates televisivos de muy variada índole.

   Y mi trayectoria como conductora de programas quedó definitivamente truncada. La gran ventaja del cambio era que disponía de mucho más tiempo libre y me libraba de un montón de responsabilidades. La relación tiempo/pasta era óptima y ahí justamente estaba la trampa. ¡Ay, el dinero, siempre el dinero! Profesionalmente, no me sentía todo lo realizada que yo hubiera deseado, pero era un trabajo cómodo y bien pagado, siempre y cuando pudiera ir combinando distintas cosas a la vez. Lo que, dicho sea de paso, no me ha ocurrido con frecuencia y, puesto que éste pasó a ser mi único sustento, me encontré de repente dependiendo de un trabajo que no acababa de satisfacerme. Por eso nunca dejé de presentar proyectos de radio o de televisión, pero jamás tuve la suerte de encontrar apoyos definitivos. Así que seguí opinando.
   -¿Qué más quieres, tía? -decían mis amigos y mis compañeros -te pagan por decir lo que piensas, luego te vas a tu casa y sanseacabó.
   -Sí, no está mal pero...

   En fin, con el paso de los años, mi ánimo fue cayendo en picado porque los temas que me proponían cada vez eran menos interesantes, o dejaban de serlo al ser tratados de forma tópica y vulgar. Así que, para mantener mi equilibrio psicoético a un nivel aceptable, opté por colaborar en programas de presupuesto más bajo, pero de contenidos más altos, y agradezco de verdad que todavía haya profesionales en los medios que se esfuercen por mantener el listón a una buena altura, y que decidan contar con mi humilde participación para tal empeño.
    Supongo que lo que más acabó desnivelando ese equilibrio psicoético al que antes aludía fue el hecho de que, paralelamente a mi problemática e insatisfactoria andanza mediática, mi vida personal siempre ha transcurrido por los cauces de la más ecléctica y edificante instrucción. Soy una firme convencida de que la vida es un proceso de aprendizaje y trato de cultivar y de enriquecer mi mente, mi espíritu y mi existencia en/con mundos que me incentiven y me hagan crecer interiormente. Es la única fórmula que conozco para poder vibrar con esto de la vida, algo que nos dan y nos quitan sin nuestro consentimiento. Esa búsqueda vibrátil ha hecho que cada vez sea mayor y más insalvable la frontera que separa mi mundo de ese otro mundo mediático que, progresivamente, y salvo contadísimas excepciones, ha ido sufriendo un proceso de adocenamiento imparable. Además, si a eso añadimos mi carácter vehemente y la pasión con que defiendo mis opiniones, seguro que todos comprenderéis que, en realidad, era esa parte de mi persona la que más les interesaba, independientemente del talento, la inteligencia o la comunicabilidad que pudiera aportar. Llegué a sentirme tan mal con todo ello, que realmente concluí que ese mundo estaba más interesado en sacar lo peor que había en mí, y no lo mejor.
   ¡Y eso me desesperó, me entristeció y me exasperó! Entre otras cosas, porque siempre he creído que la radio y la televisión ofrecen un sinfín de posibilidades que casi nadie parece dispuesto a indagar. Posibilidades de lo más diverso. A mí el campo que más me interesa es el de la cultura, una palabra cuya única mención, a la mayoría de directivos y jefes de programas mediáticos, les provoca una especie de urticaria. ¡Y esto es algo que sencillamente me rebela!

   ¿Por qué la cultura tiene fama de aburrida? ¿Por qué se empeñan en asociar los libros, los cuadros, las esculturas, el videoarte, las fotografías, determinadas películas o determinadas músicas con el elitismo o el aburrimiento? ¿Por qué insisten en ofrecer programas culturales sesudos y coñazos? ¿Por qué? ¡Es algo que no puedo entender! ¿Es que no hay nadie por ahí, con suficiente poder decisorio, capaz de admitir que el talento de los medios de comunicación consiste precisamente en saber comunicar, con gracia, con criterio y con salero, contenidos nobles y edificantes? ¿Por qué la simpatía se asocia con la banalidad y no con la inteligencia? ¿Acaso son incapaces de comprender que es posible divertirse aprendiendo? ¡Estoy harta de que esto sea algo inamovible e inevitable! ¡Estoy harta de todo eso y de un montón de cosas más! ¡Y estoy convencida de que hay una pila de personas por ahí que comparten mis quejas! Al menos, hay un programa de libros en la 2, los domingos a eso de las 20h, realmente estimulante y ameno. Seguido de “Redes”, el gran clásico, ya, del fantástico Eduard Punset. Pero son sólo islas en un mar comunicativo putrefacto y lleno de chapapote rosa.

   Por eso me he puesto a escribir estos..., no sé cómo llamarlos..., ensayos, escritos, reflexiones... Porque, año tras año, he ido incubando en mi interior una serie de intereses y de pasiones que me agitan, me enaltecen y me presionan con una ansiedad desbordante por salir al exterior, a la busca y captura de pasiones ajenas con las que compartir el lado fascinante de la vida.
Se da, además, la circunstancia de que es muy poco probable que pueda hablar públicamente y con propiedad de los temas que más me interesan. ¡Pero yo necesito hacerlo! Si algo soy es una comunicadora, y ardo en deseos de comunicar lo poco o lo mucho que he ido aprendiendo con los años a toda aquella persona que desee escucharme. Puede que mis puntos de vista no interesen a nadie, o puede que interesen a muchos, no lo sé, pero yo debo intentarlo. Es una obligación para conmigo misma como ser humano. Si no lo hago, voy a morir de frustración. Y eso es algo que no puedo consentir de ninguna manera. Deseo compartir con el mundo más partes de mí misma de las que hasta ahora me ha estado permitido. Tratar de lograrlo me motiva y me empuja a seguir luchando por algo en lo que creo.

   El juego de palabras valleinclanesco con que recopilo estos escritos viene muy a propósito por muchas razones. Para empezar, porque así rindo un tributo a uno de los autores más especiales y talentosos de las letras hispanas: Don Ramón del Valle-Inclán, un tipo que me fascinó ya en la adolescencia, cuando empecé a saber de él, por su aspecto, por su arte, por su rebeldía, por su originalísimo talento y por su inteligente sentido de la provocación. Por todo ello, he querido que su espíritu merodeara por mis escritos, iniciando cada uno de ellos con una cita de sus impresionantes, agridulces y realmente únicas Luces de Bohemia.

   Por otra parte, la palabra cruces define perfectamente lo que son estos escritos, pues los temas que trato ya son en sí mismos una confluencia de cruces, cruces de ideas propias y de referencias ajenas, cruces de sentimientos y de pensamientos, cruces de reflexiones y de temperamentos, cruces de objetividades y de subjetividades, cruces conscientes y cruces inconscientes, e incluso subconscientes... Cruces por los que mis palabras atraviesan a veces a toda mecha, haciendo uso de la prioridad que les corresponde; y otras, en cambio, se lo toman con parsimonia y cautela, para no saltarse el stop del sentido común y la prudencia, aunque luego sigan por el camino de la impaciencia, al encuentro de otros cruces que atravesar. A veces, me voy por las ramas y salto con las lianas de la imaginación a través de mi pensamiento, entrecruzando temas que, aparentemente, no venían a cuento. Otras, en cambio, me dejo llevar por una disciplina más metódica, que me sumerge de lleno en el tema y trato de apurarlo con todas las consecuencias.
Tampoco debemos olvidar las cruces que los seres humanos acarreamos con el sobrepeso de nuestra estúpida inercia, desoyendo los grandes cruces de palabras de los sabios, que, a trancas y barrancas, han logrado hacerse oír a lo largo de nuestra historia, la de la humanidad.
Los seres humanos somos una criaturas muy entrecruzadas en varios sentidos, somos tremendamente contradictorios: repelentes y fascinantes a un tiempo, previsibles y sorprendentes, cobardes y valientes, repetitivos e innovadores, hábiles y torpes... Siempre a punto para seguir dando mecha a los que escriben las páginas de la historia, aunque hagamos caso omiso de las conclusiones que se deriven de nuestro proceder y seamos la comidilla de generaciones futuras. A veces, nos lanzamos al vacío de nuestra memoria y arrancamos el mundo por peteneras; otras, en cambio, vivimos temerosos de que nuestra historia tal vez no sea digna de contar. La naturaleza humana y sus innumerables cruces es algo que jamás ha dejado de fascinarme.

   Como innumerables son los cruces que cada cual atraviesa, componiendo así el circuito de su propia vivencia. Somos lo que vamos construyendo, y también lo que vamos derribando. En ese proceso de aprendizaje al que antes aludía, cada cual incorpora o desecha lo que cree más pertinente. Cada uno tiene sus propias fuentes y sus puntos de referencia, sus prioridades y su escala de valores, sus cruces, en definitiva. Yo he querido compartir algunos de los míos con todo aquel y toda aquella que tenga a bien transitarlos y honrarme con su receptividad o su curiosidad. No pretendo demostrar nada, ni alardear de no-se-qué, pues mi modestia no me alcanza para ello. Soy consciente de que mi aportación es limitada, pero creo que merecedora, al fin y al cabo, de poder constar en unas páginas.

   Y puesto que el combustible que alimenta el vehículo comunicativo que he decidido conducir consta únicamente de palabras, sin apenas lubricantes visuales o acústicos –lo siento, informáticamente, no doy para mucho-, me ha parecido pertinente entrecruzar con las mías otras de mayor octanaje, para poder circular más fluida y profundamente por la red de cruces de mis páginas. Son palabras que pronunciaron y escribieron otros en su día y que han pasado a formar parte de mi alma, la han nutrido y la han fortalecido tan hondamente que no he podido por menos que tomar carrerilla y lanzarlas al exterior con fuerza, esperando que caigan suavemente, como una vibrante y refrescante lluvia coloreada de confeti, sobre la apática pesadumbre del mundo que hemos ido construyendo y que nos acoge a mí, y a ti, lector, y a ti, lectora, y que tan a menudo nos carga con sus pesados mecanismos hipócritas, que tan complicado nos parece tratar de desarticular.

   Al fin y al cabo, todos esos párrafos señalados, todas esas palabras que he ido anotando con entusiasmo y meticulosidad en mis cuadernos de lectura a lo largo de los años, y que, dada mi condición de lectora pertinaz, nunca dejo de engrosar; son los que me han convertido en el ser humano que voy siendo y me empujan constantemente en la búsqueda incansable del ser en general y de mi ser en particular. Si no me hubiera cruzado con todos y cada uno de los seres que han tenido el talentoso acierto de transfigurarse a través de las palabras, no estaría aquí y ahora escribiendo yo todo esto. Todos ellos se han convertido en una fuente de inspiración y de estímulo constante e inagotable hasta tal punto que he llegado incluso a establecer lazos afectivos con algunos. Sí, sí, les quiero, ¿qué queréis que os diga? Siento que, entre nosotros, se ha tendido un hilo espiritual tan indestructible como estimulante. Supongo que esto es debido a lo que ya Pascal explicó espléndidamente hace varios siglos:

   Cuando un discurso natural pinta una pasión o un efecto, descubrimos dentro de nosotros la verdad de lo que se oye, verdad que no sabíamos que llevábamos en nuestro interior, de tal suerte que nos sentimos movidos a amar a quien nos la hace sentir; porque no nos ha manifestado un bien que era suyo, sino nuestro; y así ese beneficio nos lo hace ver como amable, aparte de que la comunidad de inteligencia que tenemos con él nos inclina necesariamente el corazón a amarle.
Pensamientos


   Y ya que ha salido Pascal, me siento en la obligación de denunciar lo increíblemente mal promocionados que están hoy en día la mayoría de seres humanos que, antes que nosotros, han vertido sus cabales opiniones sobre la naturaleza humana y han pasado a convertirse en clásicos, una palabra peligrosa por culpa del montón de prejuicios que la rodean. Unos cuantos tipos aburridos y poco proclives a poner en práctica las concepciones intelectuales que dicen poseer, menos a divulgarlas y mucho menos a hacerlo amenamente, se han apoderado de nombres como Pascal, Montaigne, Goethe, Séneca, Voltaire, Baudelaire, Cicerón, Unamuno, Sabato, Huxley, Gide, Rilke, Wilde, Quevedo... y de yo qué sé cuántos más, los han maniatado y encerrado en las mazmorras de su exclusivo club privado, los han alejado de las estanterías de la gente y no piensan soltarlos ni aunque estemos dispuestos a pagar su rescate con nuestro más vivo interés. Esos tipos han conseguido, incluso, que, a la gente, le dé palo oír estos nombres. La juventud, especialmente, sometida a un sistema educativo incompleto, precario y mal especializado, siente cierto pavor ante la escucha de los nombres de determinados intelectuales, por creer que pertenecen a un mundo que está fuera de su alcance. ¡Y eso no es cierto! Casi todos ellos poseen unas almas impresionantes y asequibles, os lo aseguro, que se dejan querer con la única condición de que leamos sus obras con buena receptividad y estemos dispuestos a pasar un rato en compañía de su sabiduría, de una sabiduría que, por ser sabia en sí misma, sabe que su principal objetivo consiste en hallar el camino de acceso al ser humano, y no precisamente en entorpecerlo. La sabiduría es, ante todo, estimulante, por ello se nos presenta a menudo repleta de chispa y de gracejo, de atrevimiento y de sorpresa, dispuesta a captar nuestra atención con una habilidad prodigiosa. Cualquiera puede comprobarlo abriendo uno de los suculentos libros que estos seres especiales han dejado a nuestro alcance y ¡dejarse llevar! ¡Es una auténtica gozada!

   Los cruces de palabras ajenos que incorporo a mis escritos son una apoyatura de primer orden con que entender más plena y profundamente el sentido de las mías. Y si algún malintencionado pretendiera ver en ello un alarde de conocimientos o de atesoramiento cultural, erraría de pleno en su análisis y se alejaría totalmente de mis intenciones, que no obedecen más que al deseo de divulgar las palabras, las reflexiones y los pensamientos de unos seres fascinantes que, incomprensible e inmerecidamente, no gozan hoy del favor del púbico.

   Bohemia lo soy no en el sentido desordenado, ni checo, claro está, sino por llevar una vida de la que dispongo a mi antojo la mayoría del tiempo, sin horarios ni convencionalismos, abierta a la creación propia y ajena, corta de pasta en más ocasiones de las que sería de desear y libre de ataduras. El tiempo de que dispongo es uno de los tesoros más preciados de mi vida, con él me entrego a la bohemia siempre que me place, vivo feliz procurando sustento a mi mente y a mi espíritu, sin preocuparme demasiado del otro sustento, cuyo logro más depende del azar que de mis propios méritos, aunque deba reconocer que, cuando ése sustento es precario, toda mi bohemia se resiente por la falta de sosiego en que me sume y que tan necesario es para disfrutarla plenamente.

   Del mundo de la bohemia proceden igualmente las palabras que antes mencioné y los que las escribieron. De algunos de los cruces bohemios que, juntos, hemos ido configurando con el transcurso de los años os rindo buena cuenta a través de estos escritos, que espero disfrutéis gratamente y os dejen, como mínimo, buen sabor de espíritu.

lunes, 25 de abril de 2011

SIN PERDÓN

MAX.- España, en su concepción religiosa, es una tribu del Centro de África.
(...)
Este pueblo miserable transforma todos los grandes conceptos en un cuento de beatas costureras. Su religión es una chochez de viejas que disecan al gato cuando se les muere.
Luces de Bohemia
RAMÓN DEL VALLE-INCLÁN


   En una sociedad inflexible y estática como la nuestra y la de muchos otros países, sometida durante siglos a la dictadura espiritual del catolicismo, el perdón ha jugado un papel muy importante. Millones de hombres ensotanados llevan siglos convencidos de que uno de sus principales poderes consiste en otorgar el perdón a quien ellos consideren, por la gracia de Dios. ¡Ay, qué harto debe de estar ese Dios suyo de conceder tantos perdones a tantos y tantas imbéciles!

   Para el catolicismo, la salud es soberbia; la confianza en sí mismo, orgullo; el valor, jactancia; todas las virtudes nobles son despreciadas y afeadas; en cambio, las miserias tristes se explican, se justifican y se alaban: el pecador humilde, el miserable humilde, el crapuloso humilde, el imbécil humilde siempre tienen su defensa y hasta su apología
PÍO BAROJA
Los recursos de la astucia


Y algunos habrá habido, claro que sí, que hayan merecido ser perdonados por haberse arrepentido, en lo más profundo de su ser, de sus pecados; pero hay tantos otros, ajenos al remordimiento, que tan sólo han utilizado ese perdón para cubrir las espaldas de sus pecados y poder así seguir maniobrando con ellos a su antojo...

   Desagradable me es ver a los que se santiguan tres veces en el Benedicite, y otras tantas en el acto de Gracias, mientras todo el resto del día se ocupan en el odio, la avaricia y la injusticia, dando su hora a los vicios y su hora a Dios, como por compensación y componenda.
MONTAIGNE
Ensayos


   La filosofía del perdón es tremendamente peligrosa por serle inherente una pasividad y una falta de autocrítica sospechosas de debilidad compulsiva.
   -¿Falta de autocrítica? Pero si el hecho de confesar ya es una forma de autocrítica...
   -Sí, pero sólo aparente: soy capaz de confesar mi debilidad, cierto, mas no respondo de ella. Es más, permito y tolero que la debilidad siga campando en mi interior, a sus anchas, hasta tal punto que me familiarizo con ella y acabamos organizando unas timbas que no veas. Entre otras cosas, porque la debilidad no me la confieso a mí mismo, sino a otro que sé que me va a perdonar fijo y que, por lo tanto, me exonera de su peso. Así que ¿para qué agobiarme?

   Esto es, si yo sé que, haga lo que haga, luego voy, lo confieso y me perdonan a cambio de rezar unas cuantas oraciones -que muchos pasan de rezar-, pues me siento como inmune y autorizado a seguir trapicheando con mis pecados. No hace falta que me esfuerce en ningún sentido por tratar de no seguir pecando, o que reflexione con devota honestidad hasta hacerme plenamente consciente de mi circunstancia pecadora y logre superarla; no, no, qué va, en absoluto, con ir y confesarlo ya es suficiente. Y si encima, me paso por la iglesia de vez en cuando, pues mejor que mejor. Les va tan mal a los católicos con sus aburridas y mecanizadas liturgias que hacer mero acto de presencia en ellas casi te garantiza todo lo demás.

   A nadie se le ocurría dar los sermones con ingenio, y así la doctrina no podía ser grata ni al alma ni al corazón.
GOETHE
Poesía y verdad


   Y no te digo nada si efectúas algún que otro generoso donativo, entonces sí que ya puedes pecar cuanto quieras, que no hay problema. Pero, bueno, ¿qué clase de iglesia es ésta? ¿Qué solvencia moral tienen sus sacerdotes para perdonarnos? Aparentemente, de cara a la galería, predican “la palabra de Dios”, pero luego, en los trasfondos de sus capillas, practican un escandaloso contrabando espiritual con el diablo. ¿Realmente sirve para algo el perdón de todos ellos? ¿Acaso están capacitados para conceder perdones? Francis Ford Coppola se reservó la tercera parte de El Padrino para ahondar en los tejemanejes que la riquísima y poderosísima curia romana se trae entre manos, implicándola abiertamente con la mafia italiana y llegando incluso a aventurar un pacto entre ambas para librarse de Juan Pablo I, un papa que hubiera podido hacer peligrar las armoniosas relaciones entre dos de las organizaciones más omnipotentes del planeta, desde Roma.

   ...la antigua ciudad de Rómulo, donde Dios es siempre el objeto más amado, después de la dominación, de la riqueza, de la ociosidad y del placer.
VOLTAIRE
Cartas filosóficas


   ¿No es acaso vergonzosamente contradictorio que una organización religiosa, inspirada en/por la figura de un hombre legendario extraordinario, que, según cuentan, jamás tuvo ni un duro, y que pasó su vida malviviendo y predicando entre los desamparados, los enfermos y los machacados por el sistema de aquella época, que acabó machacándole a sí mismo de manera fulminante, esté forrada de pasta y sea tan poderosa?

   En todas las grandes ceremonias del Vaticano se repite la misma estampa: bajo unas vestiduras bordadas en oro, rodeado por un cúmulo de obispos y cardenales cargados igualmente con terciopelos y brocados, el Papa se exhibe ante los fieles de todo el mundo al pie de una cruz donde cuelga su Dios desnudo. Coronado con una mitra que no se ha movido desde el tiempo de los faraones y amparado por el esplendor de unos mármoles que labraron Migue Ángel y Bernini, el Papa encima aún se queja. Desde su alta poltrona se lamenta del ateísmo, del laicismo, de la persecución religiosa y del rumbo pecaminoso que ha tomado la humanidad. Si a lo largo de la historia la Iglesia no ha hecho más que equivocarse en todo, salvo en que la vida es una herida mortal de necesidad, ignoro por qué el Papa se permite el lujo de instalar la culpa en nuestra nuca y no en la suya.
MANUEL VICENT
Doble llave
EL PAÍS, 30 de Enero de 2005


   ¿Cómo pueden ir por esos mundos del Diablo, predicando la palabra de Dios, embutidos en ricas vestiduras, subidos en un sofisticado chisme llamado “Papamóvil”, contemplar la orgía que la miseria, la enfermedad y la muerte tienen montada entre los pobres habitantes de países regidos por mandatarios multimillonarios, predicar paciencia y resignación y volverse a sus palacios opulentos, repletos de oros y oropeles, vivir como reyes y pretender ser los representantes de Dios en la Tierra? ¡Oiga! ¿Cómo dice? ¡Vamos, hombre, pero si ésa es una de las mayores y más flagrantes incoherencias morales a la que llevamos siglos contribuyendo! Y está claro que no incluyo en esta farsa a todos esos hombres y mujeres misioneros, devotos y honestos, que se han encasquetado sus hábitos lejos de las comodidades de sus congregaciones y han dedicado su existencia a servir, de muy variadas maneras, a los necesitados. Muchos de ellos obligados, sin duda y sin piedad, a exiliarse al Tercer Mundo, por ser demasiado críticos con el Primero. Así es como los capitostes vaticanos tratan a sus afiliados de base. Aunque lo que los obispos, cardenales y demás altos mandatarios católicos consideran mayor castigo no es eso, sino privar a todos esos hombres -puesto que las mujeres en la iglesia católica, cuales hijas de Alá, siempre han estado privadas de todo- de la posibilidad de medrar en su jerarquía. Algo que cualquier alma limpia que realmente ansíe servir a Dios debe vivir más como una liberación, que no como un castigo. Quién sabe, igual fue esa sensación la que inspiró a los estudiosos alternativos de la fe para denominar a su teoría “teología de la liberación”.

   Jesucristo convivía con enfermos y tullidos de todas clases, con toda la gente acreedora de la mala reputación con que les había cargado el sistema, romano en aquellas fechas; convivía incluso con leprosos, los asistía y trataba de ofrecerles el más desinteresado de los consuelos. Y fueron muchos los corazones que se conmovieron por ello y que no pudieron evitar seguir a un hombre tan bondadoso y coherente consigo mismo y con sus creencias. ¡No me extraña! ¡Menuda credibilidad! Que es justo lo que les falta a los católicos desde hace demasiado tiempo, credibilidad. Si realmente desean llegar al corazón de las gentes y alternar con sus espíritus, ¡que prediquen con el ejemplo! ¡Que sus líderes se vayan a convivir con esos MILLONES de seres auténticamente desamparados, que diariamente entregan sus vidas al hambre, a la más cruda miseria, a la falta total de asistencia médica, a cualquier guerra absurda, a la malaria, al sida o a tantas otras infames enfermedades! No es de extrañar que ONGs, tipo “Médicos sin Fronteras” gocen de mayor aceptación popular. Personalmente, creo que todo ese personal sanitario está más cerca de Dios de lo que lo están en el Vaticano.

   Si los católicos quieren ganar auténticos adeptos, no de los de cartónpiedra, sino gente que sienta sus prédicas en lo más hondo de su ser, que empiecen desenmascarando la corrupción en el seno de su propia organización. Que repartan equitativamente sus bienes entre los necesitados. Que presionen -y ellos sí que pueden hacerlo- a las organizaciones internacionales, a los gobiernos de todo el mundo y a sus gestores económicos para que se ponga un tope a las riquezas personales de los individuos, para que no se permita que ningún ser humano pueda acumular más de una determinada cantidad de dinero. Y que procuren que los excedentes sean cedidos a un organismo imparcial, elegido por la comunidad internacional, para que sean repartidos competente y equitativamente entre los lugares, países y gentes que realmente lo necesiten. Si quieren recuperar el respeto de sus feligreses hacia los principios que preconizan, y que tan difícil parece que les resultan hoy en día de cumplir, que el Papa se vaya a la Bolsa de Nueva York, o a la de Londres o a la de Tokio y se líe a bastonazos y la arme como hizo Jesús cuando entró en el templo de los fariseos.

   Entrad en la bolsa de Londres, ese lugar más respetable que otros sitios donde se recitan cursos; veréis allí reunidos, para bien de los hombres, a representantes de todas las naciones. Allí el judío, el mahometano y el cristiano se tratan como si pertenecieran a la misma religión, y no dan el nombre de infieles más que a los que quiebran.
VOLTAIRE
Cartas filosóficas


   ¿Acaso no es en eso en lo que se han convertido los más privilegiados de sus adeptos, en unos fariseos? 
   ¿Acaso no lo son también ellos mismos?

   FARISEO: Se aplica a las personas que, en religión o en una doctrina cualquiera, se muestran muy rigurosos tanto consigo mismas como con otros en la observancia de las formas, pero, en realidad, están muy lejos de ser fieles a la doctrina.
(Diccionario de María Moliner)


   ¿Cómo no va a haber crisis espiritual? ¡Oh, Dios, cuánta hipocresía! ¡Sí, apelo a Dios, porque Dios no tiene firmado ningún contrato en exclusiva con nadie! ¡La humanidad, desde todos los puntos del planeta, lleva siglos encomendándose a Dios, denominándole de muchas maneras, erigiéndole templos de la más variada índole, montándole performances de todo tipo, representándole con las más diversas formas, utilizándole para sus propósitos y tratando de mantener a la muchedumbre bajo la amenaza de su castigo si incumplen sus enseñanzas! ¡Dios es patrimonio de la humanidad! Y, como tal, no pertenece a nadie, porque nos pertenece a todos. Nada me parece más ridículo como que alguien pretenda hacerse pasar por su representante en la Tierra. Y los católicos no son los únicos, claro. No veas la de tinglados religiosos que se han ido montando en nombre de Dios. ¡Y todos creen tener la exclusiva!

   Dios no es ningún ente supremo, ningún ser etéreo que deambule por los cielos, montado en una nube. Dios existe en todos y cada uno de nosotros, siempre y cuando estemos dispuestos a sentirlo, a impregnarnos de los buenos influjos que broten de nuestros corazones y de los que nos salgan al encuentro, y a esparcirlos y sembrarlos a nuestro paso. Dios habita en nuestro corazón y, obligado por las cirsunstancias, no le ha quedado otra opción que compartir ese delicado apartamento nuestro con el Demonio. Ya que, como dijo Ghandi en una ocasión:

   Los únicos demonios que existen están en nuestro corazón, y es contra ellos contra los que hay que luchar.

   Dios trata, por todos los medios, de que el Diablo no se apodere de todo el recinto. Lo demás corre de nuestra cuenta. A Dios no hay que adorarle, hay que sentirle. Y el único modo de conseguirlo es tratar de sentirnos en paz con nosotros mismos. Sólo así seremos capaces de comprender las palabras de Jung cuando, en una entrevista, le preguntaron:

   -¿Usted cree en Dios?
   -Yo no creo, sé.


   La mayoría de guías espirituales de todo el mundo están vergonzosamente apegados a la materia y cada vez más alejados de los valores que predican. Por eso no es de extrañar que el número de personas desasistidas espiritualmente sea alarmantemente elevado. Tampoco es de extrañar que ese vacío espiritual haya sido rellenado, casi desbordado, por la empalagosa argamasa que una sociedad miedosa, cobarde y egoísta ha ido amasando siglo a siglo. Una sociedad psicopática que desconfía constantemente de sí misma, que sólo se preocupa de su opulenta supervivencia, sin importarle el precio que los demás tengan que pagar por ella. Una sociedad que, en el mejor de los casos, oculta sus emociones para que nadie pueda pillarla en un renuncio. En el peor, prefiere carecer de ellas, porque las emociones no dan intereses, tan sólo ocasionan problemas. Problemas de conciencia que es preferible no tener para poder seguir preservando esa sociedad del aburrimiento de la honestidad y de sus absurdas comeduras de tarro. Sin conciencia se vive mejor. Sin conciencia, como los psicópatas del libro de Robert Hare, pero, eso sí, con La máscara de la cordura que tan bien supo detectar en ellos Hervey Cleckley perfectamente encajada.

   Quizás la formulación más completa sobre lo que significa una sociedad psicopática es la realizada por José Sánchez, un sociólogo hispano que trabaja en la Universidad de New Jersey, en los Estados Unidos.
   Sánchez comienza por caracterizar la sociedad actual como una en la que se ha producido una desmitificación de la autoridad tradicional adherida a instituciones políticas, religiosas y científicas, llegando a erosionar incluso a la familia. En vez de valores compartidos, socialmente legitimados, se ha extendido una visión cínica en la interpretación de los hechos sociales, donde la violencia, la corrupción y la apatía en la participación política no son sino claras manifestaciones.
Son tiempos de crisis, que producen dos tipos de consecuencias. Por una parte, ya no están claros cuáles son los códigos éticos que han de ser objeto de aprendizaje por la nueva generación, porque se desconfía de los mensajes tradiconales de las instituciones. Por otra parte, aumenta el rango de conductas que se desvían de las normas y que pueden recibir la aprobación de la gente, aunque sólo sea por la cobertura tan extensa que reciben de los medios de comunicación. La conclusión de esto es que la sociedad empieza a albergar cada vez más a jóvenes que se convierten en hombres sin un código claro de valores, y que asumen una mirada cínica, desconfiada, de la sociedad, donde la oportunidad para el éxito material es quizá lo único seguro y tangible.
VICENTE GARRIDO
El psicópata
(Un camaleón en la sociedad actual)


   Ése es el mundo que llevamos siglos construyendo. A estas alturas, parece claro que los que velaban por nuestras almas y nuestras conciencias, los encargados de custodiar nuestros valores morales, han fracasado estrepitosamente. Si lo que pretendían era difundir el bien, no lo han conseguido. Es más, el presidente del club del mal se ha hecho con los servicios de un cuerpo técnico, que ha sabido hacer buenos fichajes y ha configurado un equipo dotado de una capacidad de mutación infinita, y les ganan por goleada. Así que ya va siendo hora de que nos lo empecemos a plantear seriamente.

   El mundo, viejo y resplandeciente edificio cimentado en ese puñado de verdades fundamentales y que necesita constantes reparaciones para conservar intactos sus cimientos, se halla situado en una paramera gris y lóbrega donde bullen y se agitan los tópicos; para llegar al edificio y remozarlo y repararlo hay que destruir todos los tópicos que, vivos, impedirían el acceso, evitando mejora y toda reparación realizada en él.
ENRIQUE JARDIEL PONCELA
Consejos a la juventud


   No tiene sentido seguir manteniendo y dando por válidas unas estructuras de fe incapaces de aportar fe. No tiene sentido seguir como hasta ahora, haciendo ver que no vemos lo evidente. No tiene sentido seguir implorando el perdón de unos seres que no tienen autoridad moral suficiente para concederlo, y que a lo único que pueden aspirar es a ser perdonados por todos esos otros millones de seres desamparados a los que insultan con su diabólica hipocresía.

Ni el hombre ni el ángel pueden la hipocresía
descubrir, el mal único que en el cielo y la tierra
camina sin ser visto, salvo de Dios tan sólo
y de Dios con permiso. Pues muchas veces, aunque
monte la sabiduría su guardia, la sospecha
a su puerta dormita y al fin le cede el puesto
a la simplicidad, mientras que no ve males
la bondad donde males no parece que existan.
JOHN MILTON
El paraíso perdido

  
   El perdón es una especie de redención que no se debe pedir, ni buscar, como casi nada en esta vida, sino que se debe encontrar. Y cuando eso suceda, debemos aprender a construir un albergue de comprensión y de bondad con él en el que dar cobijo a quienes nos han ofendido, y perdonarlos. Pero para que todo eso acontezca, antes, debemos aprender a confesarnos a nosotros mismos todo aquello que voluntaria o involuntariamente nos aparte de la esencia de nuestro ser y nos empuje a traicionarnos. Ése es el mayor de los pecados que podemos cometer.

   Confesaré, pues, lo que sé de mí y confesaré lo que no sé; porque lo que sé de mí, lo sé por la luz que vos me dais; y lo que no sé de mí, no lo sé ni lo sabré hasta que estas mis tinieblas se deshagan con vuestro rostro, más resplandeciente que el mediodía, y con vuestra luz se serene mi conciencia y quede cierta y no dudosa.
SAN AGUSTÍN
Confesiones

martes, 5 de abril de 2011

Aquí tenéis detallada la presentación en imágenes, gracias a la gentileza de mi queridísimo amigo Jordi Poch.
No tenéis más que pinchar y ellas solitas irán pasando...
¡Espero que os gusten!



domingo, 3 de abril de 2011

¡MÁTAME! EN EL FNAC ILLA DIAGONAL DE BARCELONA. Impresiones y agradecimientos


    En poco más de tres meses, ¡Mátame! y una servidora nos
hemos presentado en Barcelona. Esta vez fue en el Fnac Illa Diagonal. La asistencia de público fue muy generosa, teniendo en cuenta la cercanía de mi visita anterior. Y fue una experiencia maravillosa por muchos aspectos.
  
   Para empezar, me reencontré con ¡tanta gente querida! El apoyo y el cariño que me transmitieron todos y cada uno de ellos en todo momento fue tan sincero que no lo olvidaré mientras viva.
   Pude abrazar de nuevo a viejos amigos de adolescencia, algunos de los cuales hacía casi treinta años que no veía. Y cuando todo terminó y pudimos departir un rato, uno de ellos, Cesc, me dijo: "¡Es increíble, pero parece que nos hubiéramos visto ayer!". ¡Guau, eso llena mucho!
   Compañeros de la universidad se mezclaron con algunos de mis primeros compañeros televisivos y otros que aparecieron después. Amigos con los que he compartido partes de mi trayecto vital, como discjockey, por ejemplo, rieron y charlaron con otros que me han ayudado a crecer interiormente. ¡Gracias, Montse, por destacar la profundidad psicológica de mis personajes!
   Familiares y amigos que repitieron y acudieron de nuevo para brindarme su apoyo. Alguno que llegaba de viaje. Otros incorporados recientemente a mi mailing emocional. Hijos de antiguos alumnos míos. O amistades facebookianas a las que, por fin, he podido conocer. Y, desde luego, personas a las que no conozco personalmente, pero que acudieron y nos aportaron su calor.



   Núria Ribó y Fernando Gómez estuvieron ¡magníficos! Cuando hablaron de mi novela me hicieron vibrar, por todos los aspectos que destacaron. Y cuando hablaron de mí, me sentí muy valorada y extraña... Sí, porque lo habitual no es que la gente resalte lo bueno que hay en ti... Y expuesto así, todo de golpe, ¡impresiona! Y enaltece, sobretodo después de los muchos sinsabores con que me ha cargado la vida en los últimos años... Lo único que puedo decir es: ¡gracias, compañeros!
   Gracias también a Alfredo de Jesús, uno de mis amigos más queridos, por haberse currado la grabación y edición de los temas musicales. Fue todo un acierto incorporar a la presentación las músicas que ilustran la novela. A Fernando se le ocurrió destacar este aspecto de la obra y el Fnac me dio luz verde para poderla materializar.

   Tendré en cuenta la propuesta de Tinet de crear una lista en Spotify con todos esos temas, aunque me temo que va a ser complicado porque la mayoría no están en sus archivos. ¡Investigaré!

   ¿Qué más puedo decir? ¡Que ha sido un placer compartir este momento con todos vosotros! He querido plasmarlo en el blog, para que los que no pudisteis asistir lo reviváis de algún modo.

   Espero que la lectura de ¡Mátame! os resulte inquietante, curiosa y os queden ganas de repetir con la próxima.

   Hasta entonces, ¡un abrazo y un besazo para toda/os!