lunes, 8 de marzo de 2010

MUJERES AL BORDE DE UN ATAQUE DE NECIOS


UN SEPULTURERO.- ¿Tú conoces a la sujeta? ¿Es buena mujer?
OTRO SEPULTURERO.- Una mujer en carnes. ¡Al andar, unas nalgas que le tiemblan! ¡Buena!
UN SEPULTURERO.- ¡Releche con la suerte de ese gatera!
Luces de Bohemia
RAMÓN DEL VALLE-INCLÁN


    Permitidme, antes que nada, una aclaración dirigida exclusivamente a los lectores masculinos: sabedora de lo proclives que sois los tíos a las actitudes defensivas, espero que me creáis si os digo que utilizo el adjetivo “necio” sin ninguna acritud. Y espero, asimismo, gozar de más credibilidad de la que gozó en su día Felipe González al hacernos partícipes de similares intenciones. No sé si él no fue creído por no acompañar sus palabras de la debida sinceridad o por el escepticismo reinante en el mundo político. En mi caso, os aseguro que no busco malrollo, provocaciones, ni peleas. Tan sólo me ha parecido que “necio” era el adjetivo que mejor se ajustaba a lo que quería decir, en función del significado que el diccionario de la Real Academia da al término. A saber:

Necio: 
1. Ignorante y que no sabe lo que podía o debía saber.
2. Imprudente o falto de razón; terco y porfiado en lo que hace o dice.
3. Aplícase también a las cosas ejecutadas con ignorancia, imprudencia o presunción
.


    No me digáis que la cosa no huele un poco a hombre... Y que conste que, ante vosotros, tenéis a una mujer que se ha pasado años defendiéndoos, reivindicando la parte noble de vuestro ser, vuestra falta de dobleces, vuestra honestidad. Y aunque no haya dejado de creer en todo ello, mi experiencia en el trato con los hombres me ha permitido comprobar también que, en ese lote masculino, casi siempre menos viril de lo que a mí me gustaría, vienen incluidos otros aspectos más latosos y entorpecedores, que, lamentablemente, menguan de consideración el atractivo final del género.

    Pero empecemos por el principio. Si bien todo ser humano, hombre o mujer, está sometido a la dictadura que los necios han instaurado en el planeta, es de destacar que los hombres se manejan mejor con ella. No sé exactamente por qué, tal vez por haber practicado más que nosotras a lo largo de los siglos. Yo, lo cierto, es que siempre me he sentido una mujer muy masculina, en el sentido de no hallarme a gusto, ya desde pequeña, con los complots femeninos, con los dobles sentidos y los sobreentendidos que algunas mujeres insisten en aplicar a todo; con la picaresca y la manipulación más típicamente femeninas que hace que algunas se pasen el día urdiendo tramas en función de sus intereses y tratando de llevar a los demás (básicamente, hombres) por su camino. Supongo que por todo ello, a excepción de dos o tres amigas, mis mejores amigos de la adolescencia y de mi primera juventud siempre fueron chicos. Me sentía mucho más cómoda estando con ellos, más afín, todo era mucho más sencillo que con ellas, más auténtico. Con los chicos, podía ser yo misma y no tenía la necesidad de temer ser juzgada, malinterpretada o puesta en el punto de mira de la comparación. Aunque esto último cambió más adelante.

    Por aquel entonces, a todo esto se añadía, además, otro aspecto muy importante para la muchacha que yo era: la necesidad de reafirmación femenina, expuesta en el tablón de anuncios de mi inseguridad. De la inseguridad propia e inherente a todo adolescente, hombre o mujer. En aquellos momentos tan vulnerables, una servidora desconocía que es la propia aprobación la que vale, y no la de los demás. Pero, ¡qué diablos! los chicos parecían tan bien predispuestos a saciarse con mi batido de posibilidades y encantos... Y para mí era tan importante obtener su admiración y su aprobación... De hecho, eran las únicas que me importaban. Las chicas parecían más interesadas en criticarme, envidiarme o malinterpretarme. Al menos, la mayoría. En cambio, ellos siempre se mostraron mucho más comprensivos y divertidos. Así que ¿para qué andarme con malos rollos y complicaciones?

    Mi afición por el deporte, sobretodo en lo tocante al fútbol, mi costumbre de soltar tacos y la falta de interés por el mundo fashion ayudaron lo suyo a hermanarme más con los tíos, a sentirme más a gusto con ellos, más acorde con sus intereses, sobretodo con la manera de encararlos, y, por consiguiente, más entretenida. Creo, básicamente, que se trataba de una cuestión de actitud. También contribuyó a ello mi entregada vida a la causa musical, ya que mi melomanía se vio, en parte, fomentada por varios y notables elementos masculinos, con quienes la compartí gustosa y motivada. En general, creo que el modo en que me adentré y me impliqué con el conocimiento y el disfrute de un variado abanico de ocio artístico puede ser considerado más masculino, o al menos, siempre he tenido a mi alrededor más hombres predispuestos a enzarzarse en ese mundo con una intensidad y un disfrute similares a los míos.

    Eso me sucede mucho, por ejemplo, con el cine y con varias de las pelis que más me gustan. Adoro la camaradería tan entrañablemente masculina que Howard Hawks transmite en sus películas, e incluso llego a compenetrarme y solidarizarme con su idea prototípica de “la mujer lianta”, con lo distorsionadores a la par que estimulantes que llegan a resultar los elementos femeninos que aparecen en ellas. Y el espléndido Hawks tiene un montón de brillantes y variadas películas que ilustran perfectamente lo que digo: Río rojo, Río bravo, La fiera de mi niña, Bola de fuego, Luna nueva, Tener y no tener... 

    Ahí va un buen ejemplo:



    De hecho, Howard Hawks es uno de los directores que mejor y más extensa y brillantemente ha ahondado en la relación hombre/mujer... A pesar de ser hombre. Pues bien, me sucede algo parecido con Grupo salvaje. ¡Adoro esa película! Necesito entregarme a su visión de vez en cuando. Pero después de tantos años, jamás he encontrado una mujer con quien conversar largo y tendido sobre esta hermosa, personalísima e indiscutiblemente masculina obra cinematográfica, con la que me siento conectadísima, como pez en el agua.



    En definitiva, yo no era más que una chica sana, con hambre de autenticidad, que tuvo la mala suerte de ser (mal)educada, como casi todos, en un entorno familiar y social que me hizo depender de la aprobación de los demás. Eso potenció en mí el deseo de agradar. Uno de los deseos más peligrosos y contraproducentes para cualquiera que se proponga con más o menos seriedad y empeño ser feliz. Todo ello se vio, además, azuzado, por el atizador de la vanidad. Recuerdo lo increíblemente dichosa que me sentí el día que hablando con mi amigo Toni, deberíamos tener 16 años, descubrí que yo “estaba buena”.
    -¡Claro! A ti te resulta muy fácil porque estás buena...
    -¿Qué dices? ¿Yo estoy buena?
    -Joder, pues claro.

    ¡Anda, menudo notición! A mí jamás se me había pasado por la cabeza que yo pudiera pertenecer al grupo de las “tías buenas”. Es que ni me lo había planteado, vamos. Al llegar a casa, me miré y me requetemiré en el espejo y llegué a la conclusión de que tal vez Toni exageraba un poco. En cualquier caso, esa revelación fue todo un subidón. Estuvo bien enterarme de que algunos tíos me encontraban apetitosa, pero, en definitiva, son tantas las cosas de las que tenemos que ocuparnos, en lo tocante a nosotros mismos y a cómo nos encajamos en el mundo exterior, como progresivamente fui aprendiendo, que archivé esa información en mi cerebro y me centré en otros aspectos de mí misma que requerían más prioritariamente mi atención. Además, al fin y al cabo, cuando vamos por el mundo, no tenemos ocasión de observarnos a nosotros mismos exteriormente, como hacen los demás. Tanto es así que, en alguna ocasión, en que he estado yo enfrascada en una reunión con una o varias personas, de repente, he ido al baño, me he sorprendido reflejada en el espejo y me he dicho: “¡Toma, pero si estás guapa! Me cago en la leche, y yo sin saberlo.” Y pienso que está bien perder la cuenta de esa fruslería, aunque, dicho sea de paso, no lamento en absoluto advertirla. En fin, como decía Scott Fitzgerald (él lo aplicaba sólo a las mujeres, yo también lo aplico a los hombres): Toda mujer redobla su encanto cuando no es consciente de que lo posee, y lo pierde cuando intenta alardear de él.

    Con el paso de los años, he tomado conciencia de que soy considerada una mujer sexy, algo a lo que, sin duda, siempre he estado gustosa por contribuir. Me gusta sentirme sexy. Y si bien, al principio, me esforcé por mostrarme sexy, incurriendo nuevamente en el mismo error de fondo de la primera parte de mi existencia, o sea el de agradar, el que me empujaba a valorarme en función de cómo me valoraran los demás; luego, una vez liberada del yugo de los demás, descubrí que, pusieras lo que te pusieras e hicieras lo que hicieras, lo realmente sexy procede de la actitud de uno mismo ante la vida. Puede haber personas que vayan envueltas en prendas de lo más sexy, pero que, por mucho que se esfuercen, o acaso por ello, no lo resultan en absoluto. Y otras, en cambio, no son tan guapas y tal, pero emanan el poderío suficiente para resultar sexys, aunque estén cubiertas de harapos.

    También he tomado conciencia, aunque creo que inconscientemente siempre la tuve, de mi sensualidad. Sexy y sensual, dos factores que me han facilitado el camino de acceso a lo masculino. Y como consecuencia, también me lo han complicado. No tanto por haberme dejado enredar por los placeres de la carne, pues son contadísimas, y muy placenteras mayormente, por cierto, las ocasiones en que me he entregado a un goce puramente físico; sino porque al poder establecer relaciones con los hombres sin especiales dificultades, he aprovechado para profundizar en ellas, tratando siempre de hallar una compenetración fluida que me ha acabado estrellando invariablemente contra el acantilado de sus muros protectores.

    Lo cierto es que, casi sin darme cuenta, mi hermanamiento con lo masculino fue, paulatinamente, modificando su rumbo. Supongo que a partir del momento en que las relaciones sentimentales empezaron a intensificarse a través de distintas experiencias y, acumuladas algunas de ellas, fui tomando buena nota de la gran persistencia que emplean los tíos, tengan la edad que tengan, en caer, una y otra vez, en el variadísimo repertorio de agujeros negros emocionales con que pueblan sus entresijos. ¡Es exasperante, macho, porque incluso lo hacen a sabiendas! ¿Cómo es posible? Pues porque son unos necios que ignoran y no saben lo que deberían o pueden saber y porque faltos de razón y tercos, porfían en seguir a lo suyo. O sea, a chapar el chiringuito de sus emociones y a hacer ver que ¡aquí no se ha chapado nada de nada, monada! ¡Encima eso! ¡Anda ya! Mira, tío, no me des más la vara con tus autoengaños y tus justificaciones, porque yo ya me he coscado del percal y no me apetece seguirte el juego. (Sí, eso lo digo ahora, pero no veas lo mal que lo he pasado cuando he tratado, por todos los medios, de franquear sus murallas protectoras...)

    Yo entiendo que, la mayoría, ha recibido una educación sentimental un poco pedestre, totalmente alejada de las sofisticaciones emocionales flaubertianas (escandaliza con sus palabras aquel que yerra con sus obras.) ¿Pero acaso no hemos recibido todas y todos nosotros una educación sentimental/emocional más bien restrictiva, a partir del momento en que crecemos en hogares llenos de secretos y de chantajes emocionales de muy variada índole? ¿Acaso no son nuestros padres unos ignorantes en lo tocante a la inteligencia emocional? La mayoría de nuestros progenitores, quien más quien menos, acarrea más de uno o varios misterios emocionales sin resolver, con los que se han familiarizado hasta tal punto que no quieren saber absolutamente nada sobre su existencia, y menos sobre su posible resolución. En vez de eso, van y nos educan de manera taxativa y proteccionista -con buena fe, lo sé, pero- más pendientes de que no la caguemos (como ellos), de que no nos hagan daño y de que encaremos nuestras vidas con el más práctico de los sentidos; que no de que crezcamos liberados y predispuestos a hacer frente a la vida sin miedo. Son tantos los miedos que ellos han archivado en su subconsciente, que están convencidos, y eso demuestra su precaria catadura emocional, de que nosotros nos libraremos de sentir esos miedos si conseguimos apalancarnos en un entorno material seguro. ¿Qué tendrá que ver lo uno con lo otro? O sea, nos empujan a estar más pendientes, y estamos en lo de siempre, de en cómo nos mostramos hacia el exterior, que no del estado de nuestro interior. Se obstinan absurdamente en ignorar que jamás conseguiremos sentirnos realmente seguros a menos que nuestro sentir y nuestro proceder no se encaminen coherente y conjuntamente en pos de algo, como muy bien dijo Unamuno. Nuestro sentir, nuestro sentir... ¡tú ocúpate de lo que hay que ocuparse, que tiempo tendrás luego de pensar en esas cosas! ¡Que no, tíos, que no, joder! ¡Que luego te embarcas en un montón de berenjenales y ya no estás a tiempo de ponerte a desfacer entuertos emocionales!

    E insisten en eso de “lo hacemos por tu bien”. ¿Cuántas veces no nos hemos oído decir eso? ¡Por mi bien inmediato, pero por mi mal a largo plazo, cretinos! Se creen que por no hablar de determinadas cosas, estas dejarán de existir, como por arte de magia. Les asusta, consciente o inconscientemente, plantear la vida en términos de coherencia interior, porque la mayoría de ellos renunciaron a ella muy pronto, o ni tan siquiera se la plantearon, y viven vidas frustradas o, en el mejor de los casos, viven sucedáneos de las vidas que les hubiera gustado vivir. La consecuencia de todo eso es que asumen que la felicidad es un lujo que ellos no se pueden permitir y tratan de que nosotros no le demos demasiada importancia a esa cuestión. O ponen todo su empeño en asociarla con el bienestar material. ¡Qué desastre! En vez de tratar de que nosotros no la caguemos como ellos, dan por sentado que ese es un tema que más vale no plantearse. Así que, sencillamente, aconsejados por la necedad imperante, creen que lo mejor que pueden hacer por nosotros es “facilitarnos la vida”, materialmente hablando. ¿Cuándo, por Dios, cuándo aprenderá el ser humano que la materia no es, ni significa, ni soluciona absolutamente nada si nuestros espíritus no están saneados? Se empeñan en contratar asistentas para asear sus hogares y se olvidan flagrantemente de asear su auténtico hogar, su hogar interno, el único que, en definitiva, puede hacerlos sentir realmente bien. Y se empeñan en que nosotros hagamos lo mismo. ¿Será posible?

    Y así andamos unas y otros, escondiendo nuestras emociones, para no resultar heridos, o malversándolas. ¡Menuda estupidez! ¿Cómo es que todavía no se han dado cuenta de que las heridas son peores y mucho más difíciles de curar cuanto más tiempo permanezcan almacenados las emociones y los sentimientos que las provocaron, en las alacenas de nuestro interior? En fin, las secuelas de toda esta chapuza educativa son evidentes: a ellos les adiestran para que escondan sus emociones, por considerarlas debilitadoras, y a nosotras nos inculcan el miedo a perder la consideración de nuestros semejantes si nos dejamos llevar por ellas.

    Como veis, todos tenemos que apechugar con sacos de lastre emocionales. Vosotros y nosotras. Pero es que el proceso educativo de un ser humano no termina nunca. ¡Toda nuestra vida es un proceso de aprendizaje! Ése es precisamente el aliciente de la aventura vital, ya que por mucho que aprendas, o precisamente cuanto más aprendes, más cuenta te das de lo mucho que te queda por aprender. Y en eso, la mayoría de nosotras, os hemos cobrado una clara ventaja al mostrar mayor disposición para afrontar nuestras lagunas en general, pero especialmente las emocionales, más abierta y sinceramente. En otras palabras, somos más honestas con nosotras mismas. A vosotros os atemoriza, os aterra hacerles frente; es más, cada vez que una de nosotras plantea alguna cuestión de este tipo, los hombres aprietan el botón del bloqueo y ya no hay quien los saque de ahí. Y todo por no querer parecer débiles a nuestros ojos. ¡Qué tontería! ¿Quién ha dicho que sea débil aquél que se plantea su propia debilidad?

Un hombre se fortalece cuando se confiesa sus debilidades.
HONORÉ DE BALZAC
La piel de zapa


    Pues claro, ¡si es todo lo contrario! Justamente es el no querer parecer débiles lo que más os debilita. Además...

El mal que se ignora a sí mismo es infinitamente más maligno, más asesino, que el que se conoce y acepta exhibirse.
BOSSUET


    Los hombres se pasan la vida acotando su ser y exhibiendo únicamente sus encantos más aparentes, sin darse cuenta de que, en muchas más ocasiones de las que creen, esconden otros encantos, por no considerarlos tales, y nos privan de lo mejor de sí mismos. Nos permiten llegar hasta donde ellos quieren, no más, no sea que pierdan el control de la situación (?). Cuando empiezas a trabar un conocimiento más profundo de su ser, se asustan y se ponen peleones con actitudes defensivas, impulsadas por la más flagrante demagogia, o se esconden. Y decidan lo que decidan, siempre acaban encasquetándose la coraza o la armadura protectora. ¿Para protegerse de qué, de quién? En fin, que es un -tendría que decir coñazo, pero parece más adecuado decir un cojonazo-.

    Aunque, claro está, si el caparazón emocional ese que emerge, de repente, en una situación, es el de un amigo, no el de un novio, un marido o un amante, pues, bueno, tratas de hacer algo y si el otro no está por la labor, pues, mira, ¡qué le vamos a hacer! Piensas: “Ya se apañará. A fin de cuentas, sólo estamos juntos un rato, allá él con sus empecinamientos.” Y le sigues queriendo, porque es tu amigo, aunque no puedes evitar pensar: “¡Jooooder, anda que la que le pille, menuda tiene por delante!” Pero cuando eso sucede con alguien con quien estás más implicada sentimentalmente... ¡entonces sí que eso no hay quien lo aguante! No, porque con un novio o con un marido compartes mucho más de ti misma que con un amigo, mucha más intimidad y confianza, para empezar. Y si además vives con él, ni te cuento.

    Esconder cosas de nosotros mismos, problemillas con los que no acabamos de apechugar, o negarnos a plantear determinadas cuestiones es un engorro mucho mayor que el que implica plantearlas, porque la mentira o la omisión, que viene a ser lo mismo, no permiten que ninguna relación fluya. Fluirá durante un tiempo, mientras la relación navegue por los cauces de la novedad y el deseo; pero llegará un momento en que los desniveles serán cada vez más significativos y la corriente nos acabará arrastrando por la cascada del desamor. Todos esos escondrijos, tarde o temprano, acaban diezmando y desgastando toda relación, por más buena que sea.
-¿Te pasa algo, cariño?
-No, qué va, a mí no me sucede nada.

    ¿Cómo que no? ¡Está claro que algo sucede! Nosotras lo sabemos intuitivamente. ¿Pero qué será? Y pones todo tu empeño en averiguarlo, a pesar de encontrarte, cada vez que lo intentas, con el cartel de: “Vuelva usted mañana”. Y vuelves, y, si el tipo te interesa verdaderamente, sigues volviendo hasta que... te hartas. Ya que, como una vez me dijo Loles León a propósito de todo esto:
-¡Oye, mira, que yo no soy psicóloga, tú!

    ¡Y tiene toda la razón! A ver si os lo curráis un poco, ¡joder!, que ya está bien de tanto secretismo y tanto misterio sin resolver. Como si el auténtico misterio, el que de veras tiene encanto, dependiera de eso... Creo que tenéis las cosas un poco confundidas en ese sentido, queridos. A ese misterio, al misterio guay y con encanto, sólo acceden los que se atreven a ser ellos mismos, los que no viven esclavizados por el papel que quieren interpretar para parecer no-sé-qué; sólo así consiguen ser imprevisibles sin proponérselo, la auténtica base del encanto. Claro que para ir así por la vida, hay que ser muy valiente.

    Vamos a ver, ¿qué sería de muchos de vosotros sin nuestro apoyo incondicional? ¿Sin nuestra paciencia y nuestras constantes muestras de buena voluntad? Además, ¿vosotros por qué os creéis que son nuestros cuerpos los únicos capaces de engendrar nuevos seres? Porque si ello dependiera de vosotros, no quiero ni imaginármelo. La naturaleza es sabia y ha dejado ese tema en nuestras manos, o mejor en nuestros úteros, con todo el sufrimiento y la responsabilidad que ello conlleva. Muy pocos de vosotros seríais capaces de aguantar no ya el parto, sino nueve meses con el vientre hinchado, apechugando con todas las molestias que eso implica, que son muchas. Así que menos pitorreo, cada vez que una mujer ponga reparos a la hora de hacérselo con alguno de vosotros. No siempre tenemos el coño para pollas. Debéis comprender que, para vosotros, es muy fácil ir por ahí excitadillos, con vuestro artefacto hinchable ansioso por meterse en nuestra jugosa cueva. Pero nuestro coño es un lugar muy delicado de nuestro cuerpo, que acoge únicamente huéspedes deseados, nos tiene que dar por ahí. Además, una cosa es ir de visitante, llegas, te metes, haces y te largas. Pero nosotras somos las que acogemos y no me negaréis que es mucho más fácil ir de visita, que ser el anfitrión. Una no mete en su casa, ni en su coño, a cualquiera. ¿Lo entendéis, verdad?

    En definitiva, de lo que se trata, tanto para vosotros como para nosotras, es de ir por la vida con la cabeza alta, mirando al frente, sin miedo, dispuestos en todo momento a afrontar las dudas, contradicciones y enigmas que aparezcan desde el exterior o desde el interior, en vosotros y en nosotras. Para eso es necesario ser comprensivos con el más bondadoso de los corazones. Y empáticos. Y pacientes. Y sinceros. Plantear las cosas siempre es bueno. Ignorarlas o esconderlas, no. Además, ¿de qué tenemos miedo? ¿De parecer inexpertos o pardillos? ¿De perder la pátina de seguridad con que nos habíamos protegido? ¡Pero si todos, en un tema o en otro, somos unos pardillos! Lo bueno es ir aprendiendo y superando lo que nos echen. Ni vosotros ni nosotras tenemos la clave. Se trata de que demos con ella juntos.

    Emociones aparte, hay otras cuestiones que complican nuestras relaciones con los hombres, por ejemplo, querer compartir con ellos los pensamientos y los principios, además de los sentimientos. Algo tan aparentemente elemental pasa a convertirse, tratándose de hombres, en una complicada acrobacia. Para empezar, destacar lo difícil que resulta encontrar hombres cultos y gentiles que no adolezcan de un cierto, cuando no repulsivamente elevado, amaneramiento prepotente o del consabido paternalismo, que acaba resultando de lo más plasta. Esto en el caso de los más maduros, de los más proclives a compartir también el pensamiento. Las secuelas de los amoríos con los más jóvenes son de otra índole.

    La juventud, por más firmemente que se encarrile, va siempre acompañada de una cierta inseguridad. Es lógico, puesto que carece del poso aleccionador de la experiencia. Pero con la inseguridad hay que andarse con mucho ojo y tratar de llevarla tú, como a una pareja de baile, con suavidad y soltura. Si dejas que sea ella la que tome la iniciativa, mal asunto. Sí, porque te obligará a entrar en el fastidioso mundo de las comparaciones y eso siempre acarrea discusiones y malentendidos. El mundo de las comparaciones, al menos en lo referente a los seres humanos, es embaucador y pendenciero. Cada cual es cada cual, y no es bueno andar a vueltas comparando.

El mejor de los afectos sólo es posible cuando el hombre se siente seguro o por lo menos indiferente a los peligros que le cercan; el otro es producido por la sensación de inseguridad. Cuando la sensación de inseguridad actúa, el afecto es mucho más subjetivo y egoísta, pues a la persona querida se la aprecia por los servicios que nos presta y no por sus cualidades intrínsecas.
BERTRAND RUSSELL
La conquista de la felicidad


    Lo único que debe importarnos es tratar de sentirnos lo más cómodos posible, hacer frente a los achaques de la vida con nuestras mejores intenciones, y fomentar y nutrir todas las posibilidades apetitosas que nos brinde el destino. Si no, tendremos problemas. Y los tíos, por norma general, especialmente si son más jóvenes que nosotras, acaban teniéndolos y causándolos. Es una forma de necedad como otra, esta en concreto patrocinada por el atávico ego masculino, que se dispara cada vez que un tío se las ve con una tía solvente y decidida. Por muy atrayente que le resulte al principio esta actitud, tarde o temprano, acaba dudando de sí mismo. En especial si es más joven. Un hombre joven, antes o después, acaba por sentirse incómodo ante una mujer así, porque se ve obligado a plantearse cosas de sí mismo. Lo cual debería resultarle estimulante y enriquecedor, pero no en el caso de los tíos. Ellos sólo se plantean lo que quieren, cuando quieren. Sólo basta que seas tú la que plantees algo para que ellos se cierren en banda. En cambio, si eso mismo lo plantea un amigo suyo, ya es distinto. Seguro que os ha pasado más de una vez. Pero, bueno, en fin, mientras acaben planteándoselo... ¡Ya, pero la de discusiones y pérdidas innecesarias de energía que nos ahorraríamos todos si no fueran tan tercos! Y todo por su fastidiosa actitud defensiva, portadora del virus de la necedad. Y la necedad, ya se sabe, es, por definición, incapaz de solventar cualquier tipo de percance. Y como es vírica, tiende a propagarse y contaminar el ambiente. Conclusión: las relaciones con hombres más jóvenes sólo resultan satisfactorias cuando se trate de tipos honestos y bien predispuestos.

    Los más maduros, en cambio, como ya apunté, tienden a cobijarse más bajo el toldo de la prepotencia. Otra forma de necedad, acarreadora igualmente de un montón de contratiempos. La prepotencia surge cuando alguien cree que lo sabe todo o, como mínimo, cuando cree que sabe más que los que le rodean. Claro síntoma de inmadurez emocional e intelectual. Alguien prepotente demuestra que no ha aprendido demasiado de la vida, puesto que si algo está realmente claro es que todos, absolutamente todos, SIEMPRE tenemos algo que aprender. Vete a saber tú quién o de dónde surgirá ese aprendizaje. Eso sólo podrás averiguarlo siendo receptivo. Y la receptividad es algo que, lamentablemente, los tipos más mayores no acostumbran a derrochar. Cuando uno de ellos se relaciona con una mujer más joven, tiende a querer demostrar que es él quien controla la situación, o se toma demasiado a pecho su papel de guía, y se acaba apoderando del puesto emisor, dejando a cargo de la chica en cuestión el puesto receptor. Mal, muy mal. La receptividad debe ser mutua: ellos tienen unas cosas que aportar, y ellas otras. No se trata de imponer criterios, sino de compartir.

    Ay, hombres, hombres... Nosotras, incomprensiblemente, hemos picado durante siglos. Como lo que se llevaba al principio era el culto a la fuerza bruta, caímos rendidas a sus músculos. El tiempo fue pasando y nosotras nos vimos forzadas no sólo a evolucionar a escondidas, incluso de las nuestras, sino a aparentar total sumisión. Lo más que conseguíamos era que las más sibilinas y poderosas de nuestra especie los manipularan a su antojo, con una habilidad tal que ellos, pobres, la mayoría, agarraditos a la teta de la vanidad, ni se enteraban. La vanidad, al igual que la duda, a la que hemos visto antes actuar en el show de la inseguridad, es una de las tretas luciferinas que casi nunca falla. Sí, pero la vanidad no tiene sexo, diréis vosotros. Cierto. Pero como han sido ellos los que en más ocasiones han flirteado con esa embaucadora dama, se erigen en paradigmas empíricos en lo que a este y otros temas se refiere. No por el sentido de la capacidad, entendedme, más bien por el de la oportunidad. Esa misma vanidad ha propiciado asimismo que otros, los más listos, con tal de figurar, fueran capaces hasta de dejarse guiar por consejos femeninos.

    Las mujeres somos, en definitiva, unas criaturas acostumbradas a buscarnos la vida y a tratar de buscársela a los nuestros, pese a quien pese. Si seremos gilipollas... ¡Ay! Somos, en fin, unas supervivientes natas. En su día, asumimos que la única parte de la que podíamos alardear públicamente era de la puramente física. Así que nos acicalamos, nos pusimos bellísimas y les volvimos locos. Fuimos una mezcla de animadoras, geishas, madres y rasputinas para ellos. Y nos lo agradecieron borrándonos prácticamente de la historia. Por ese motivo, la mayoría de nombres que oficialmente constan en los anales son los suyos. Y cierto es que algunos, menos de los que han ido promocionando a lo largo de los siglos, resultaron realmente impresionantes. Pero sólo algunos, queridos. Así que haced el favor de bajar ya de ese pedestal en el que un buen día os dejamos subir. ¿Es que no veis que está totalmente carcomido y os vais a pegar un batacazo? Detrás de vosotros, grandes hombres, ya no habrá grandes mujeres dispuestas a sujetaros, salvaros la papeleta y, encima, hacer ver que no han presenciado vuestro derrumbe. Si realmente deseáis compartir algo con nosotras, tomad lecciones de humildad y poneos las pilas. Se terminaron las rebajas. Ya no cuela todo. Estamos dispuestas a admirar todo aquello digno de admirarse en vosotros y en nosotras. Pero ya no tenéis bula. Esa prepotencia, caballeros, está totalmente fuera de lugar. No sólo no está justificada, sino que además es una vulgar muestra de absurda e insegura reafirmación, que os hace parecer ridículos a nuestros ojos.

    Tan ridículos como la insondable vacuidad que nos contempla. La vacuidad nos ha abducido en el mundo actual y nos ha transportado al universo de la gilipollez, en el que cualquier cosa es “genial”, en el que todo bicho viviente opina sobre todo, en el que la facilidad de acceso a todo tipo de información nos mantiene más desinformados que nunca y nos va alejando progresivamente de la esencia de nuestra especie. Pero si en algo esencial se distingue la especie humana de las demás es en la poderosa capacidad de formatear sus emociones en el disco duro del intelecto. De ahí nace nuestro sentido ético y moral, algo que la mayoría de animales no posee. Y aunque la experiencia empírica demuestra que nuestras capacidades informáticas son realmente deficientes en el parque temático de la ética, se hace del todo imprescindible que prestemos atención a este tema. Vosotros y nosotras. Todos somos víctimas de la vacuidad, ya hemos visto cómo ese mundo mediático-consumista se encarga de que así sea. Pero especialmente vosotros. Sí, lo siento, pero así es. Con tal de ahorraros complicaciones -las mismas que, con mayor grado de virulencia, luego os veréis obligados a afrontar-, sois capaces de pactar con quien sea, hasta con la vacuidad. ¡Necedad al poder! La una lleva a la otra y acabáis comportándoos como auténticos estúpidos, en general y con nosotras en particular, capaces de mil y una cabronadas, con una imperdonable desconsideración hacia las hembras que se cruzan en vuestro camino: mintiendo, engañando, o lo que es lo mismo, afirmando cosas que no sentís o negando otras que son más que evidentes. Por eso no es de extrañar que los pocos tíos que se atreven a dejar a su pareja, hayan sido los mismos que el día anterior afirmaban quererla sin ningún asomo de duda. O que, un buen día, desaparezcan cobardemente, sin atreverse a afrontar la ruptura. O que te suelten, en un momento dado, un montón de barbaridades y se vayan, huyendo, sin permitirnos siquiera responder. Y que vuelvan al día siguiente, como si no hubiera pasado nada, ajenos al absurdo sufrimiento que nos han hecho pasar. Ojalá que la actitud tolerante que empleáis con la vacuidad, la hicierais extensiva a otros aspectos de vuestras vidas. Porque lo cierto es que llega un punto en que una no sabe ya cuándo creer lo que decís o cuándo no creerlo.

    Con los años, he aprendido a valorar mucho más positiva y profundamente a las mujeres. Pedorras aparte, he ido confraternizando con un mayor número de hembras de muy variada edad y procedencia. Admiro su capacidad de lucha y su íntima fortaleza, a pesar de pasarse el día sorteando los sabotajes de un atajo de hombres vagos, desconsiderados, injustos, cobardes, apalancados, prepotentes e incapaces, la mayoría, de comportarse como lo que son, hombres. Admiro su inquebrantable valentía y su esfuerzo constante por mantener bien derecho el mástil de la dignidad. Admiro a todas las madres trabajadoras, que renuncian a satisfacer sus caprichos y no escatiman esfuerzos por hacer realidad los caprichos de los suyos. Admiro su esplendorosa madurez y lo guapas que saben estar la mayoría de ellas. Admiro, en definitiva, que a pesar de la cantidad de impresentables que se cruza en nuestro trabajo, en nuestro corazón y en nuestra cama no hayamos perdido la fe y la esperanza de llegar a establecer una relación íntima satisfactoria con alguno de vosotros.