sábado, 20 de febrero de 2010

¡QUÉ BELLO ES MORIR!

RUBÉN.- Marqués, la muerte muchas veces sería amable si no existiese el terror de lo incierto.
Luces de Bohemia
RAMÓN DEL VALLE-INCLÁN

A raiz de la polémica que ha surgido en Gran Bretaña, y por derivación en el resto del mundo, cuando el periodista Ray Gosling, de 70 años, confesó en la BBC haber matado a su amante, enfermo de sida terminal, asfixiándole con una almohada para evitar su sufrimiento; me ha parecido muy pertinente reflexionar sobre un tema tan mal resuelto en nuestra cultura como es el de la muerte. Ya sea inducida, eutanasia, suicidio o suicidio asistido.

Yo decidiré cuándo ha llegado la hora de morir.
Para mí no es hablar por hablar, el suicidio sería un fin completamente natural.
INGMAR BERGMAN


Así de contundente se expresaba el gran cineasta sueco unos años atrás, cuando contaba 82. Es del todo comprensible que alguien de su edad y con su reconocida sabiduría, haya engendrado aplomo suficiente para expresarse de esa forma. Claro que los hay también que son extremadamente asequibles al desaliento por naturaleza, y tienen ideas originales al respecto:

No comprenderé nunca por qué nadie se suicida en pleno orgasmo, por qué la supervivencia no parece anodina y vulgar. Ese estremecimiento tan intenso pero tan breve debería consumir nuestro ser en una fracción de segundo. Ahora bien, puesto que él no nos mata, ¿por qué no matarnos nosotros mismos? Existen tantas formas de morir... Nadie tiene, sin embargo, suficiente valor o suficiente originalidad para escoger semejante final, el cual, sin ser menos radical que los demás, posee la ventaja de que nos precipita en la nada en pleno gozo.
E.M. CIORAN
En las cimas de la desesperación

Cito a Ciorán con una cierta prevención, no porque no lo considere lúcido e interesante, sino porque creo que es conveniente introducirse en su enquistado pesimismo con el sentido del humor bien ajustado y dispuesto, siempre que lo consideremos necesario, a dar la vuelta a sus planteamientos. Pero volviendo a las palabras de Bergman, debo decir que a mí me suenan totalmente naturales. No sólo las comparto, sino que las considero lógicas y bien meditadas. La muerte voluntaria de uno mismo es un derecho que todo ser humano adquiere desde el momento en que se ve obligado a firmar un contrato con la vida, cuya cláusula más destacable, en cualquier cultura y religión, nos prohibe disponer de las vidas ajenas a nuestro antojo. Que sean tantos los que se salten esta cláusula, e impunemente más de los que debieran, no quita para que cada cual disponga de su vida a su manera. Si es para preservarla y salvarla hasta el final que imponga la naturaleza o las máquinas, sea. Si no, cada cual debe ser libre de acogerse a la opción que más le plazca. Si estamos en paz con nosotros mismos, ¿qué puede importarnos?

...me tranquiliza saber que moriré, ninguna otra cosa me tranquiliza tanto, me consuela de todos mis esfuerzos tener la seguridad de morir...
THOMAS BERNHARD
En las alturas

El problema es que no estamos en paz con nosotros mismos y vivimos temerosos la mayor parte de nuestra vida. Miedos infundados se confunden con otros más reales y punzantes y nos mantienen subyugados, en mayor o menor grado, a una especie de angustia existencial que, para algunos, puede resultar de lo más cioranesca:

Si los seres humanos dejan un día de poder soportar la monotonía y la vulgaridad de la existencia, toda experiencia extrema se convertirá entonces en un motivo de suicidio.
E.M.CIORAN
En las cimas de la desesperación

Bueno, bueno, ya sabemos cómo se las gasta Cioran, siempre al borde de lo inevitable. No es necesario desesperarse, ni tomárselo a la tremenda. Otros han reflexionado sobre este asunto con menos pasión y más racionalidad:

¿Qué es suicidio? ¿La muerte voluntaria? Pero nadie muere voluntariamente. La renuncia a la vida y la entrega a la muerte se produce por debilidad en todos los casos, y tal debilidad siempre es la consecuencia de una enfermedad del cuerpo o del alma, o de ambas cosas. Uno no muere si no está conforme con ello...
THOMAS MANN
La muerte
La voluntad de se feliz y otros relatos

No es mi deseo hacer apología del suicidio, tan sólo no quiero privarme de su reflexión. Y no sólo eso, sino que espero poder disponer de esa opción el día que mi ser me lo pida, si es que eso llega a suceder alguna vez...

...la vida no es cosa tan vil que deba ser prodigada, ni tan cara que deba ser conservada torpe y cobardemente cuando el honor exija renunciar a ella.
THOMAS MORE
Utopía

Supongo que, cuando Thomas More escribía estas palabras, ignoraba que llegaría el día en que un atajo de salvajes, encabezado por el entonces rey de Inglaterra Enrique VIII, le obligarían a aplicarlas a sí mismo, y acabaría protagonizando una de las muertes más dignas y elegantes de la historia de la humanidad. Leamos lo que nuestro gran Francisco de Quevedo dejó dicho al respecto:

Morir con elegancia es una de las cosas más difíciles que existen. Y cuando se muere por mantener la propia independencia espiritual crece la dificultad. La muerte de Thomas More es, sin duda alguna, la más elegante y serena que registra la historia de los mártires de la libertad de conciencia.
Prólogo al libro de More,
en la edición de la Editorial
Apolo de 1937

La Utopía de Thomas More es un libro fascinante, innovador, tremendamente moderno en sus planteamientos, rebosante de saber y de inteligencia. Leerlo es un gustazo. A pesar de haber sido publicado en 1516, pronto hará cinco siglos de ello, sus palabras siguen estando a la orden del día, mostrando en cada nueva lectura que su autor fue un visionario excelso e intachable, justo y bondadoso, con un sentido ético y moral muy por encima de sus circunstancias y de las que la cobarde y acomodaticia inercia de la naturaleza humana ha ido estableciendo en el transcurso de los siglos.

Uno de los temas que More trata en su libro es la muerte. Un asunto tan peliagudo y escabroso en nuestros días como el de la eutanasia, es manejado por este hombre ejemplar con una naturalidad y una honestidad tan flagrantes que no estaría de más que todos esos gobernantes y leguleyos que dictaminan lo que está bien y lo que no en el mundo actual, leyeran estas páginas y no nos marearan más con sus reticencias hipócritas y su más que dudoso sentido moral en lo referente a esta cuestión:

A los que padecen algún mal incurable, hácenles compañía, platicando con ellos, y esfuérzanse en aliviar en lo posible su mal. Si éste es absolutamente incurable, y el enfermo experimenta en consecuencia terribles sufrimientos, los sacerdotes y magistrados exhortan al paciente diciéndole que, puesto que ya no puede realizar ninguna cosa de provecho en la vida y es una molestia para los otros y un tormento para sí mismo, ya que no hace más que sobrevivir a su propia muerte, no debe alimentar por más tiempo la peste y la infección, ni soportar el tormento de una vida semejante, y que, por lo tanto, no debe dudar en morir, lleno de esperanza de librarse de una vida acerba cual una cárcel y de un suplicio, o en permitir que otros le libren de ella. Con la muerte sólo pondrá fin no a su felicidad, sino a su propio tormento. Y como es ese el consejo de los sacerdotes, intérpretes de la voluntad de Dios, proceder así será obra piadosa y santa.
Los que son persuadidos se dejan morir voluntariamente de inanición o se les libra de la vida durante el sueño sin que se den cuenta de ello. Este fin no se impone a nadie, y no dejan de prestarse los mayores cuidados a los que rehusan hacerlo. Mas honran a los que así abandonan la vida.

Así se hacen las cosas en Utopía. La primera vez que leí estas palabras, tuve que releerlas de nuevo, como a menudo me sucede con los autores clásicos, incrédula ante lo que me pareció planteado con tan atinadísima coherencia, ¡y tan actual! Y llegué a la conclusión de que a los mandatarios de nuestros días, que no dudan en sembrar la muerte, bombardeando países enteros cuando les parece, o en acoger y prodigar toda suerte de privilegios a los más sangrientos dictadores y quedarse tan panchos, les importa un comino la honra y la dignidad de sus conciudadanos. Pues si no, es imposible entender cómo pueden mostrarse tan remilgados a la hora de permitir que alguien que desea morir, por no poder vivir ya en condiciones, pueda hacerlo dignamente y en paz; y mostrarse tan tolerantes, en cambio, con la muerte de millones de seres humanos por motivos más que evitables si el mundo estuviera gobernado con honradez. La muerte tenía un precio. Y lo sigue teniendo.

En ese mundo de muerte, nos vemos obligados a pasar nuestra vida, despojados de principios, parapetados tras unos divertimentos vacuos cuya principal misión consiste en alejarnos de la vida de la muerte, e instalarnos en una muerte en vida.

Al fin y al cabo, si un hombre está vivo siempre existe el peligro de que pueda morir, aunque debe concederse que en proporción es menor si, para empezar, se trata ya de un muerto en vida.

HENRY DAVID THOREAU
Walden

Como ya dejé claro en mis primeros escritos, tengo la intención de ocupar mi vida en tratar de afrontarla con el mínimo de angustias posible. Y creo, justamente, que una de las técnicas que mejor puede contribuir a ello, consiste en tratar de encarar la muerte sin aspavientos ni melodramatismos innecesarios, sencillamente con naturalidad.

¿Cuántos andamos por ahí, no del todo vivos, porque una parte de nosotros no avanzó, sino que murió con su madre o padre, o con cualquier otra persona querida o hasta, en ocasiones, con un animal de compañía? El hecho aterrador e incomprensible de la muerte es lo suficientemente difícil de aceptar y asimilar, incluso con las enseñanzas más luminosas, con el apoyo más tangible, más cariñoso -cuánto más lo será si no existe ayuda para comprenderlo, para aceptarlo, para hablar de la muerte-. ¿Cómo puede uno ni siquiera comenzar a entender la muerte cuando éste es un tema de conversación apenas admisible en sociedad? La muerte sigue siendo barrida bajo la alfombra, sigue encerrada en las mazmorras, como lo estaban los locos no hace tanto tiempo.
LAURA HUXLEY
Este momento sin tiempo

Hablemos, pues, de la muerte con total normalidad, para que no nos coja desprevenidos cuando llame a nuestra puerta. Pues aunque queramos hacer oídos sordos a presencia tan ingrata y trágicamente inexorable, su deber inapelable es apartarnos de la vida para siempre, independientemente de nuestra condición. Jóvenes y viejos, enfermos y sanos, ricos y pobres, guapos y feos, instruidos e incultos, dichosos o desgraciados, a todos la muerte nos quiere por un igual y, cuando es su capricho solicitar nuestra compañía, no hay nada, absolutamente nada, que nosotros, simples mortales, podamos hacer. Ya los clásicos lo expresaron escueta pero certeramente, como Montaigne muy bien recoge en su ensayo De cómo filosofar es aprender a morir:

Todos estamos forzados a llegar al mismo término. Agítase en la urna la suerte de todos y, saliendo antes o después, llévanos en la barca fatal al eterno destierro.
HORACIO
Odas

Ningún hombre es más frágil que los otros; ninguno más cierto del mañana que los demás.
SÉNECA
Epístolas


No es menos cierto, empero, que es cosa muy distinta afrontar la propia muerte que la de los demás. Ésta última nos asfixia con una resaca de dolor terrible, porque en la vida nos deja, con nuestras penas y nuestro desconsuelo. Pero antes de ocuparnos de ese trance tan doloroso, hagamos acopio de valor y plantemos cara a nuestro fin ineludible con valentía, puesto que algún día llegará nuestra hora y obligados estaremos a sacar lo mejor de nosotros mismos.
En el poema titulado Muerte, escribe William Buttler Yeats:

Ningún miedo y ninguna esperanza acompañan
a ningún animal agonizante;
un hombre espera su fin
temiéndolo y esperándolo todo;

Absurdo me parece, al fin y al cabo, temer la muerte de uno mismo, pues...

...¿por qué temer la pérdida de una cosa la cual una vez perdida no podemos lamentar? Estando amenazados de tantas formas de muerte, hay más mal en temerlas todas que en sufrir una. Dijeron a Sócrates: “Los treinta tiranos te han condenado a muerte”, y él repuso: “Y a ellos la naturaleza”. Necio es apenarnos en el trance del paso a la extinción de toda pena. Así como el nacimiento hace nacer para nosotros todas las cosas, así las matará para nosotros nuestra muerte.
MONTAIGNE


¿No os parece? Que la muerte llegue cuando tenga que llegar, y cuando eso suceda, que nuestro ser esté dispuesto para la ocasión. Librémosnos a nosotros mismos y a nuestros seres queridos de un espectáculo bochornoso y cobarde. O esperpéntico, como la madre de aquel empleado de la funeraria “Claro de los Sururros” de la maravillosa novela de Evelyn Waugh, Los seres queridos: “... después de arruinarnos, mi madre se hizo del Nuevo Pensamiento y no admitía la existencia de la muerte”.

Hagamos las cosas con clase. La muerte existe, ¿qué le vamos a hacer? Meditemos, pues, en ella con serenidad:

Meditar en la muerte por adelantado es meditar por adelantado en la libertad, y quien aprende a morir ha desaprendido a servir. No hay mal alguno en la vida para quien entiende que la privación de la vida no es un mal. El saber morir nos libra de toda sujeción y restricción.
MONTAIGNE

Ay, Montaigne, Montaigne, ¡tú sí que eres un crack! ¡Qué bien expresas siempre tus ideas! ¡Y qué ideas! ¡Qué espíritu el suyo! Y no hay que olvidar que ese genio y esa maestría proceden del torreón de un castillo, en pleno siglo XVI. Sí, contemporáneo de Thomas More. Y de Erasmo. Y de Rabelais. ¡Caramba, debió de ser interesante ese siglo XVI..!

Y es que los que han filosofado y reflexionado sobre la naturaleza humana con sabiduría, por muy alejados que estén de nosotros en el tiempo, están irremisiblemente cerca de nuestro espíritu, de nuestra mente, de nuestro corazón. Están dentro del auténtico motor del ser humano. Por eso nunca debemos dejar de leerlos. Porque sus aportaciones son tremenda e inagotablemente ricas. Porque son ingeniosos, chispeantes, lúcidos, originales, geniales y modestos. Su generosa modestia les permite conquistar nuestro espíritu, nuestra mente y nuestro corazón, por consistir precisamente su maestría en saber llegar a ellos.
Los grandes de verdad poseen una habilidad comunicativa única que les permite hacerse rápidamente con nuestro entendimiento y sintonizar las antenas de nuestra alma en la onda adecuada. Por eso podemos acudir a ellos desde cualquier momento histórico, independientemente de cuál sea nuestro presente y nuestra realidad social o personal, o el tema que nos ocupe. Siempre resultan gratificantes y útiles para desatascar las cañerías del conocimiento.

Vale, pero yo debo proseguir con mi tarea de mantenimiento en las cañerías de la muerte, que están obstruídas por el montón de prejuicios y de tabús que han ido acumulando con el paso de los siglos. ¡Y apestan!

La psicóloga Sallie Nichols estudió y profundizó en la psicología arquetípica en el Instituto C.G.Jung de Zürich, mientras el gran maestro estaba al frente, y escribió, años más tarde, un libro fascinante sobre el simbolismo del Tarot, materia en la que es una gran experta y de cuya enseñanza se encarga en el Instituto C.G.Jung de Los Angeles: Jung y el Tarot. Un viaje arquetípico.
Uno de los veintidós arcanos mayores del Tarot es el correspondiente a La Muerte. Curiosamente, es el número 13, no sé si acaso por ello ese número es, para algunas personas, gafe. En cualquier caso, las reflexiones que hace Sallie Nichols sobre la muerte son muy interesantes:

El pensamiento de la muerte física nos paraliza de horror. Sin embargo, cada día nuestros cuerpos físicos avanzan con pasos gigantescos hacia las puertas de la muerte. El problema es, por supuesto, cómo ayudar a nuestras almas a que se muevan al mismo ritmo que nuestros cuerpos. Cada vez que nuestro espíritu queda rezagado, entorpece el fluido natural de la vida que va del nacimiento a la muerte, ahogando el aliento vital con costumbres “muertas” y conceptos anticuados.

Y eso es muy interesante, porque precisamente La Muerte tarotística simboliza casi siempre una transformación acusada en la vida del individuo. Algo muere, para que algo nazca. Será necesario, empero, comprobar el resto de cartas que acompañen la tirada, para saber si el cambio que se avecina es terriblemente chungo o terriblemente benéfico. Puede que resulte doloroso pasar por ese trago, pero a buen seguro que la naturaleza nos lo impone para ayudarnos a crecer. También, en ocasiones, nuestro comportamiento anterior habrá sentado las bases de lo que se nos avecina, seamos o no conscientes de ello, y nosotros mismos nos habremos buscado el fin que se nos depara. Sea como sea, debemos entender que, con frecuencia, la muerte es un trámite necesario que debemos afrontar para poder dar vida a otras partes de nuestro ser:

Si uno da vida, necesariamente debe dar muerte, porque la vida termina en la muerte y debe ser renovada mediante la muerte.
ALDOUS HUXLEY
La situación humana


¿Qué sería de nosotros sin la necesaria dosis de muerte y de putrefacción? Nuestros campos la agradecen, y para que unos animales vivan, otros deben de morir. "Morir es necesario para vivir", escribe Krishnamurti. Y vivir es necesario para morir. Si sabemos vivir, sabremos morir. Volvamos al libro de Sallie Nichols y veamos lo que Jung dice al respecto:

Jung también indicaba la idea de que vivir la vida plenamente es la manera natural de acercarse a la muerte. Como psicólogo, conoció los sueños de cientos de personas de edad avanzada. Descubrió que el inconsciente de aquellos que se acercan a la muerte no hablaba en los términos de rondar el gran final de la vida; por el contrario, los sueños de las personas de edad parecían continuar como si la vida misma siguiese. Se le preguntó también a Jung cómo debía prepararse uno para morir, a lo que respondió que uno debía continuar viviendo como si la vida durara eternamente.

Un gran consejo, sin duda. Lo comparto al cien por cien, y paréceme, pues, que una cosa está clara: para acceder a la muerte sin miedos ni pesares, es condición indispensable haber sabido llevar una vida plena. Saber vivir es lo único que nos garantiza, sin ningún asomo de duda, saber morir. Si hemos sido capaces de imprimir a nuestra vida un rumbo que nos satisfaga, no debe importarnos que el momento de darle fin llegue antes o después, de manera esperada o inesperada, con sufrimiento o sin él. Estar a gusto con uno mismo es la mejor garantía de afrontar una muerte feliz.

Si os habéis aprovechado de la vida, debéis encontraros hartos: idos ya, satisfechos.
Si no habéis sabido usarla y os ha sido inútil, ¿por qué os enoja perderla? ¿Para qué la queréis?
MONTAIGNE
Ensayos

La muerte de los demás, en cambio, la sobrellevamos de muy diversas maneras o nos resbala, directamente. Me refiero a la de los demás seres humanos, claro, pues supongo que nadie alberga ningún tipo de duda sobre lo irrespetuosos que somos los humanos con los otros seres vivos. Lo somos con nosotros mismos y los nuestros, ¡imagínate con los otros! Los que manejan los hilos de nuestro planeta acostumbrados nos tienen a todo tipo de muertes, desde tiempos inmemoriales. Si bien la ciencia médica se ha visto beneficiada de avances científicos y tecnológicos de todo tipo, que nos han permitido realizar grandes progresos en el campo de la vida humana; la muerte sigue estando muy presente en nuestra civilización, entre otras cosas, porque:

El progreso es únicamente válido para el pensamiento puro. Las matemáticas de Einstein son evidentemente superiores a las de Arquímedes. El resto, prácticamente lo más importante, ocurre de la corteza cerebral para abajo. Y su centro es el corazón. (...) El hombre no progresa, porque su alma es la misma.
ERNESTO SABATO
Antes del fin

¡Cuán cierto es! ¡Cuánto espanto y cuánto horror se ven obligados a sufrir millones de seres humanos por culpa de la deshonesta ambición de otros! Pero, por favor, maestro Sabato, prosiga:

Al parecer, la dignidad de la vida humana no estaba prevista en el plan de globalización. La angustia es lo único que ha alcanzado niveles nunca vistos. Es un mundo que vive en la perversidad, donde unos pocos contabilizan sus logros sobre la amputación de la vida de la inmensa mayoría. Se ha hecho creer a algún pobre diablo que pertenece al Primer Mundo por acceder a los innumerables productos de un supermercado. Y mientras aquel pobre infeliz duerme tranquilo, encerrado en su fortaleza de aparatos y cachivaches, miles de familias deben sobrevivir con un dólar diario. Son millones los excluidos del gran banquete de los economicistas.

Por no hablar de los que mueren devorados por la inhumanidad de tantos y tantos seres humanos. Unos son psicópatas, otros terroristas suicidas. Unos no tienen escrúpulos, otros tienen mala suerte. Unos nacen a miles de quilómetros de Wall Street, otros defienden a su país. Unos trabajan en condiciones lamentables, otros lamentan su propia condición. Unos se sientan al volante de la muerte, otros devoran substancias que les dejan sentados para siempre. Y así podríamos proseguir de manera tétrica e interminable.

Nuestro planeta es un escenario constante en el que la muerte escenifica toda clase de tragedias ininterrumpidamente, a todas horas. Nos quejamos de la muerte en la ficción, pero la realidad está impregnada de ella. ¿A quién queremos engañar?

Deberíamos estar agradecidos por no poder contemplar los horrores y el envilecimiento esparcidos alrededor de nuestra niñez en aparadores y estanterías, por todas partes.
GRAHAM GREENE
El poder y la gloria

Pero ya eso cambió. La técnica nos permite contemplar los horrores de la muerte desde nuestra niñez. Crecemos con la muerte y la desgracia amenizando nuestras comidas a través de los informativos de televisión. No sólo oímos hablar de ella, ¡la vemos recreándose, día tras día, y manifestándose de las más variadas y horribles maneras! La muerte es noticia. La vida, no. Tal vez por eso estamos inmunizados contra ella y es terriblemente escaso el número de personas que se conmueven ante la muerte ajena. Ante la muerte de seres humanos que desconocemos, con los que no tenemos trato alguno. No importa que sean cientos, miles o millones los que sucumban a la tragedia de la muerte. En lo que a la mayoría de seres humanos concierne, son cosas que pasan.

Todo cambia, sin embargo, cuando muere alguien cercano a nosotros. Cuanto más cerca de nuestra vida se encuentre la muerte ajena, más nos afecta. Aunque se trate de alguien que no conozcamos personalmente. Si la muerte no se halla a miles de quilómetros de distancia, sino en nuestro propio país, le prestamos más atención. Si visita nuestra ciudad, nos alarmamos. Si alguien de nuestra calle es la víctima, nos asustamos. Y si la cita mortuoria está reservada para alguien con quien nos unen lazos afectivos, entonces nuestro desconsuelo no conoce límites. Somos así.

Perder un ser querido es uno de los peores tragos por los que el ser humano está obligado a pasar. La impotencia nos machaca el ánimo y nos lo hace picadillo, llegamos a pensar que ya nunca más volveremos a levantar cabeza. Pero una de las lecciones de la vida consiste precisamente en aprender a superar la muerte. Y la mayoría lo logra, aunque, como decía Laura Huxley, "una parte de ellos muera con su ser querido".

En la entrevista que Ingmar Bergman concedió a la televisión sueca, junto con su actor favorito, Erland Josephson, que tengo grabada en vídeo, y de la que extraje las palabras iniciales de este escrito, hablaba también del tremendo dolor que sintió cuando se murió la que fue su esposa durante 24 años, Ingrid von Rosen:

A menudo bromeábamos con que yo me moriría primero, pero ocurrió lo contrario. Ha sido lo más doloroso que he experimentado y de alguna manera me ha dejado inválido. Saber que nunca volveré a estar con ella, que no puedo volver a conocerla, es un sentimiento devastador.

Cuando queremos bien a otros, no queremos, lógicamente, ningún mal para ellos y menos que un golpe fatal los destierre al mundo de la muerte, y no podamos volver a verles ya nunca más. Para nosotros, el golpe no es físicamente fatal, pero lo recibimos, terrible y despiadado, en mitad de las entrañas y nuestro corazón tiñe de dolor todo nuestro ser. Los que mueren se liberan de sus compromisos existenciales; nosotros, en cambio, debemos seguir apechugando con el peso de nuestra vida, y hacerlo absolutamente abrumados por el pesadísimo saco de lastre del sufrimiento con que ahora nos carga el destino. ¡Ese sí que es un lastre duro de llevar! Nos mantiene anclados en el calvario del tormento, pero no nos exonera de nuestras obligaciones. Debemos seguir, como si nada hubiera pasado. Y eso sí que es penoso. Tampoco tenemos intención de desprendernos de ese saco de lastre, por el momento, ya que, en lo que a nosotros respecta, todavía no lo consideramos como tal. Y es comprensible. Pero más vale que empecemos a hacernos a la idea de que lo es y de que es preferible que nos deshagamos de él en cuanto lo consideremos oportuno.

Hay que dejar abiertas las escotillas de nuestro ser para que el dolor salga y se sulfure en el exterior, no en el interior. Debemos dejar que se desahogue, sin agobiarle, no sea que le dé por cabrearse y decida quedarse de okupa en nuestro espíritu y nos haga la vida imposible. Entonces, nos obligaría a vivir prisioneros en su submarino, donde, por cierto, no habita ningún fascinante Capitán Nemo que nos engatuse con su original maestría en el manejo de las oscuridades. Tampoco debemos agobiar a los demás, tiranizándoles con la impotencia de nuestro dolor.
Cuando un hecho demoledor, como la muerte de un ser querido, irrumpe en nuestra vida, debemos llorarle lo justo y mirar de superarlo cuanto antes. Los tragos más difíciles de superar son los que, una vez superados, más nos fortalecen y nos dignifican. Mientras nos hallamos en plena superación, somos incapaces de atisbar con claridad la brillante recompensa de nuestro proceder; pero a buen seguro que los dioses nos tienen reservado un relajante baño de serenidad que hará las delicias de nuestra alma.

Puede que el razonamiento frío, distante e hiperracional que sobre la muerte hace el consejero Behrens nos ayude un poco:

-Conozco la muerte, soy uno de sus viejos empleados; créame, se la sobrestima. Puedo decírselo: no es casi nada. Pues todo lo que de cosas desagradables, en ciertas circunstancias, precede a ese instante en cuestión, no puede ser considerado como formando parte de la muerte, es lo que hay de más vivo y puede conducir a la vida y a la curación. Pero de la muerte, nadie que volviese de ella podría decir que vale la pena, pues no se la vive. Salimos de las tinieblas y entramos en las tinieblas. Entre esos dos instantes hay cosas vividas, pero nosotros no vivimos ni el principio ni el fin, ni el nacimiento ni la muerte; no tienen carácter subjetivo; como acontecimiento, no se hallan más que en el dominio de lo objetivo. Así pasa la cosa.
THOMAS MANN
La montaña mágica

Frivolizar con la muerte ha sido otra táctica que tampoco nos ha ido del todo mal. Nuestro lenguaje es un buen ejemplo de ello, pues está plagado de expresiones mortuorias que nada tienen que ver con la muerte real y que sirven para designar estados de ánimo de lo más diverso: podemos morimos de vergüenza, de miedo o de asco, pero también de risa, de pasión, de ganas por hacer algo o de ver a alguien. Si tenemos mucho apetito, “nos morimos de hambre”; si sedientos, de sed. Cuando estamos muy cansados, no dudamos en decir que “estamos muertos”. Si nos “morimos de aburrimiento”, no tenemos inconveniente en “matar el tiempo” de cualquier manera. Y si alguien nos incomoda reiteradamente, le soltamos: “¡Muérete!” o “¡Que te mueras!”. En el mundo del fútbol, "rematar" bien es indicio de gol y los "mates" de baloncesto pueden ser realmente espectaculares. Y cuando jugamos al ajedrez estamos deseando de pronunciar: “¡Jaque mate!”. Incluso recuerdo que, de pequeña, solíamos “jugar a matar”, era un juego de pelota, en el que se formaban dos bandos y teníamos que ir eliminando a los jugadores del otro equipo, “matándole” con el balón. En fin, ya sabéis lo que dice el refrán: “El muerto al hoyo, y el vivo al bollo”.

La muerte es un trance de la vida, y se presente como se presente, nada podemos hacer contra ella. Mejor tomárselo con filosofía, tratando de quitarle hierro y no permitiendo que nos ultraje con la amenaza de su presencia, ni nos acobarde. La vida es una aventura, y como tal debemos disfrutarla, sin perder la cabeza ni el ánimo:

La aventura podrá ser loca, pero el aventurero debe ser cuerdo.
GILBERT K. CHESTERTON
El hombre que fue Jueves


Os propongo despedirnos de la muerte, encaramándonos de nuevo a una de las cimas de La montaña mágica de THOMAS MANN:

Nuestra muerte es más un asunto de los que nos sobreviven que de nosotros mismos. Tanto si recordamos eso o no por el momento, esas palabras de un sabio malicioso son, en todo caso, valederas para el alma: “Mientras existimos, la muerte no existe, y, cuando la muerte existe, no existimos nosotros”; por consiguiente, entre la muerte y nosotros no hay ninguna relación real; es una cosa que no nos atañe absolutamente en nada, que atañe todo lo más al mundo y a la naturaleza, y por eso todos los seres la contemplan con una gran tranquilidad, con una indiferencia, con una irresponsabilidad y una inocencia egoístas.

MAX.- Latino, entona el gori-gori.
DON LATINO.- Si continúas con esa broma macabra, te abandono.
MAX.- Yo soy el que se va para siempre.
DON LATINO.- Incorpórate, Max. Vamos a caminar.
MAX.- Estoy muerto.
Luces de Bohemia
RAMÓN DEL VALLE-INCLÁN


jueves, 4 de febrero de 2010

¡POR AMOR AL ARTE!

EL MINISTRO .- ¡Ay, Dieguito, usted no alcanzará nunca lo que son ilusión y bohemia! Usted ha nacido institucionista, usted no es un renegado del mundo del ensueño. ¡Yo, sí!
Luces de Bohemia
RAMÓN DEL VALLE-INCLÁN

¡Ah, el arte! Imposible no amar ese rico potaje cocinado por las musas, en cuyo caldero uno quisiera sumergirse y no parar de bucear ya por entre sus caldos suculentos. El arte es algo poderoso, potente y sublime que nos pellizca la sensibilidad y nos masajea el espíritu con sabia destreza. Cuando nos sentamos a su mesa, son tantos y tan exquisitos sus manjares... Unos más sencillos, otros, más sofisticados, pero a cuál más apetitoso.

Al arte sólo llegan aquellos que trascienden lo cotidiano y que saben tener las antenas del alma encaradas hacia el satélite de sus influjos. El arte puede ser tierno y sincero, mas también oscuro y endiablado; pero su poderío sobrenatural hace que, de una manera o de otra, si está impregnado de calidad, siempre acabe derivando en algo divino. Tal es su poder transfigurador.

Acudid al arte con humildad e inteligencia y podréis beber de sus fuentes como si de un elixir se tratara. Sus exuberantes chorros emanan por doquier a lo largo y ancho del inabarcable pozo, por el que, al lanzarnos, nos sentimos tan maravillados y atónitos como Alicia cuando fue impulsada por Lewis Carroll al hoyo que acabó conduciéndola al País de las Maravillas.

Y si, por casualidad, moran en vuestras almas, espíritus talentosos, no os empachéis ni hagáis malas mezclas. Dejad que vuestra intuición se deje aconsejar por los sabios y por los inspirados, embuiros de ellos y penetrad en sus obras con receptiva sinceridad. No desistáis en vuestro aprendizaje, ni lo alejéis de vuestra existencia, utilizándolo tan sólo como instrumento onírico. Si pretendéis mantener una relación seria con el arte y derivar vosotros mismos en artistas, no contradigáis con vuestros actos las reflexiones y las vivencias que él os transmite sin censuras. Ni os dejéis amilanar por un exceso de autocrítica. La autocrítica es buena y necesaria para mantener saneados vuestra obra y vuestro espíritu, pero tened presentes las palabras de Jung, que muy atinadamente recogió Fernando Savater en un prólogo que realizó a propósito de Robert Louis Stevenson:

Fácil, muy fácilmente, envenena la autocrítica el manjar sabroso de la ingenuidad, que es don imprescindible para todo hombre creativo.

Todo ser creativo, hombre o mujer, no deja de ser, en definitiva, un ser poseído por la imperiosa necesidad de expresarse. Cuando una persona atesora en su interior la capacidad de comunicarse creativamente con su entorno, no podrá descansar tranquila hasta haber conseguido abrirse camino a través de su propia jungla y logre dar forma a su arte. Y lo haga sintiéndose satisfecha del resultado. Algo que, afortunadamente para los degustadores, y maléficamente para el creador, jamás llega a producirse del todo. Que el exterior se muestre receptivo o no ante esa creatividad es un calvario por el que podemos adentrarnos más adelante. Mas puesto que una cosa es engendrar una obra, y otra muy distinta es gozar de ella, propongo que empecemos regocijándonos en el gozo. Tiempo tendremos luego de adentrarnos en los particulares tormentos de las almas creativas. Además, puesto que éstas, a su vez, por muy inspiradas que sean, han sido, al fin y al cabo, alimentadas por creaciones ajenas, parece lo más indicado.

Disfrutemos, pues, cual entregados catadores, con el más intenso de los hedonismos, de los infinitos y matizadísimos placeres del arte y de sus múltiples manifestaciones. Cada uno de nuestros sentidos se ve fortalecido por el arte, un complejo vitamínico de primer orden para todo espíritu y toda mente sensibles. El arte puede ser visual o acústico, voluminoso o plano, en color o en blanco y negro, alegre o triste, simple o rebuscado, cachondo o ceñudo, incitador o excitante, espontáneo o elaborado, caro o barato, humorístico o dramático, cínico o trágico, aleccionador o epatante, estético o esperpéntico, sincero o pretencioso, abstracto o realista, comprensible o incomprensible, distorsionado o clarividente, estiloso o estirado, duro o blando... El arte abarca una gama ilimitada de posibilidades que, combinada con las características y las necesidades de cada cual, es capaz de proporcionarnos momentos, más o menos breves, de magia existencial, por los que nuestro ánimo transcurre y se enaltece gracias al proceso alquímico en que el arte le sumerge. Y eso, queridas y queridos míos, es un privilegio que no tiene precio.

Vaya por delante mi profundo respeto por cualquier creación hecha con destreza, sensibilidad y buen gusto; independientemente de su valor intelectual. Siempre he considerado el esnobismo una vía muerta en la que desembocan las almas vanidosas y mezquinas. Del esnobismo a la mediocridad sólo hay un paso.

El intelecto no debe considerarse como guía de la vida, sino sólo como medio de aportar agradables juegos dialécticos y modos de mortificar a antagonistas menos ágiles.
BERTRAND RUSSELL
La conquista de la felicidad

Cierto es que no todas las creaciones artísticas deben tasarse por la misma escala de valores. Y no lo es menos que las creaciones profundas elevan nuestros espíritus a cotas inalcanzables. Pero hay que dejar bien claro que las obras artesanales bien hechas, ya sean unas migas o unas botas, una canción o un peinado, un vino o un perfume, un traje o un jardín, un golpe tenístico ganador o un golazo, requieren de un talento especial ante el que debemos rendirnos con respeto y consideración.

El arte mayor, el que aúna pericia, imaginación, profundidad, originalidad e inteligencia, ése hay que tomarlo a pequeñas dosis, con honda delectación, dejando que se extienda por todas las células de nuestro ser, las visibles y las invisibles, las conscientes y las inconscientes. Y si, además, se da la circunstancia de que la bondad añade sus influjos a la creación, entonces debemos felicitarnos, ya que, como decía Goethe:

Cuando sucede que una persona de talento es a la vez buena, suele dar al mundo una gran lección moral.
Conversaciones con...

Francamente, no concibo mi existencia sin las reparadoras e inagotables lecciones que me proporciona el arte. No sólo no la concibo, sino que, indudablemente, no sería yo la misma persona. De entre todos los resortes que mantienen activado mi engranaje existencial, el del arte es el que más amplia y matizadamente alimenta mis células. Tanto es así que ya os podéis ir olvidando de mí si estoy enfrascada y entregada a la visión de una película, a la escucha de una música, a la lectura de un libro, a la contemplación de un cuadro, de una escultura, de un edificio o de una fotografía que hayan acaparado mi atención. Tal es el poder que el arte ajerce sobre mí. Me sumerjo en una especie de trance y disfruto deleitándome íntimamente de ese gozo, en lo más hondo de mi ser. Luego, estaré encantada y agradecida de hallar almas con las que compartir tales gozos. Pero no es menos cierto que nadie me impedirá extasiarme a solas con la obra que, en esos momentos, haya atraído la atención de mi mente y de mis sentidos, metiéndole un chute de adrenalina a mi imaginación:

¡Oh imaginación que tienes el poder de imponerte a nuestras facultades y a nuestra voluntad y de arrebatarnos a un mundo interior, arrancándonos del mundo exterior, tanto que aunque sonaran mil trompetas no nos daríamos cuenta!
(Libre adaptación de un pensamiento de Dante)
¿De dónde proceden los mensajes visuales que recibes, cuando no están formados por sensaciones depositadas en la memoria?
ITALO CALVINO
Seis propuestas para el próximo milenio

Las palabras de Calvino sirven tanto para el creador, como para el degustador. Ya que si el artista es un ser poseído, no lo es menos el que disfruta de sus obras. Sin embargo, es ésta una posesión más llevadera, puesto que en nuestras manos está ponerle fin. Aunque hay ocasiones en que, ¿quién quiere ponerle fin?

Claro que antes de poner fin a nada, habrá que iniciarse. Y conseguir, además, que por más profundas que puedan llegar a ser nuestras relaciones con determinados circuitos artísticos, no dejemos de iniciarnos en otros. No acotéis rápidamente vuestro territorio artístico. Tened presente que el mundo del arte y del conocimiento es del todo inabarcable, y, que por mucho que nos adentremos en él, jamás dejamos de iniciarnos de algún modo. Y eso resulta delicioso porque nos ayuda a no perder la inocencia, la curiosidad y la ilusión necesarias para que la iniciación sea fructífera, estimulante e inagotable. ¿Quién da más? Decidme qué otra relación podéis establecer a lo largo de vuestra vida que resulte tan sugerente e imperturbable, tan a salvo de profundas decepciones y tan enriquecedora. Sí, el amor en todas sus manifestaciones es realmente maravilloso, ¿pero se encuentra acaso a salvo de las decepciones?

En lo tocante a la iniciación, es necesario reconocer que la auténtica iniciación, la que se produce en nuestra infancia, cuando todo nos sorprende y todavía ninguna decepción nos ha salpicado con su amargura, cuando nuestra virginal curiosidad es pura e hiperreceptiva, esa iniciación es del todo irrepetible. ¡Y fascinante!

Puesto que estos escritos no son, al fin y al cabo, más que cruces de mis entretelas, me vais a permitir que me tome la licencia de adentrarme en la parte más bohemia de mi propia experiencia y que tire de ella para ilustrar mi particular iniciación artística. Esto hará que, sin duda, sea éste el escrito más subjetivo de cuantos se recogen aquí. Espero que no os importe. Tan sólo me he limitado a transcribir un terapéutico ejercicio de memoria con el que un buen día me complací.

Yo inicié mi andadura en los vastos pastos artísticos como todo el mundo, de manera totalmente inconsciente. Mi modesto entorno inmediato, una insaciable curiosidad, una empática sensibilidad y los primeros pinitos de una incipiente y poderosa capacidad de concentración y de abstracción fueron guiándome a través de distintas sendas, por las que, sencillamente, me dejé llevar. La más llamativa, sin duda, y la que más amplios horizontes me abrió, desde el primer momento, fue la visual. Día a día, me entretenía y me complacía con el batiburrillo de imágenes en blanco y negro que proyectaba para mí el televisor, ese invento comunicativo tan interesante, tan denostado y tan desaprovechado, con el que nos hemos criado la mayoría de seres de esta parte del planeta nacidos a partir de la década de los sesenta. ¡Claro que aquéllos eran otros tiempos! Tiempos con programas más apetitosamente elaborados, que en nada se asemejaban a la vulgar tortura televisiva actual. No deja de resultar curioso que aquella televisión pública española, auspiciada por el gobierno fascista de Franco, fuera, en general, mucho más creativa y sugerente que la mayoría de cadenas españolas que hoy pueblan nuestras pantallas. Aunque tampoco deja de resultar evidente que hay varios factores determinantes que contribuyeron a que eso fuera así. Destacaré tres:

1. Son ya los últimos coletazos del régimen. Han sucedido muchísimas cosas en el trepidante mundo del siglo XX, desde que Franco llegara al poder, y el gran número de jóvenes inquietos de la España de los sesenta empuja con fuerza, con valentía y con rock’n’roll hacia el cambio. El desprestigio de la dictadura en el exterior es cada vez más creciente y a los gobernantes les cuesta dios y ayuda mantener a raya la imperiosa efervescencia liberadora que se respira en el ambiente. Y que, quieras que no, se cuela también por la pantalla del televisor.

2. La televisión está naciendo en nuestro país. Y no hay momento de mayor explosión de fuerzas que el que se produce cuando algo nace. Los caminos por recorrer son diversos e inexplorados e invitan a todo tipo de experimentos y entusiasmos. Se da cancha a personas creativas, las mismas que, progresiva y lamentablemente, con el transcurso de los años, irán siendo apartadas de ese mundo que ayudaron a crear.

3. La pasta y la astucia del sentido comercial todavía no controlan el cotarro. Los estudios de audiencia brillan por su ausencia. La dictadura democrática de la mayoría todavía no nos ha aplastado con la mediocridad, a la que, años más tarde, convertirán en la “reina de la tele”.

Por todo ello, aquella televisión tenía otros aires y, algo que ahora está muy de moda, otro talante. Podías ponerte a practicar senderismo televisivo, sin riesgo de ser atropellado por la infamia o de caer en los precipicios del mal gusto. Así fue como, sin darme cuenta, los programas de aquella televisión me acabaron conduciendo a parajes alucinantes que ya nunca más dejé de visitar; entre otras cosas, porque cuanto más he ido profundizando en ellos, a lo largo de los años, más variados placeres y entretenimientos me han proporcionado: la lectura, el teatro, el cine, la música y el deporte.

Pero vayamos por partes. Lo primero que atrajo mi fascinación, lógicamente, fueron los dibujos animados. ¡Qué mundo aquél tan impregnado de fantasía y de entusiasmo! ¡Qué buenos ratos pasé con el Oso Yogui y Bubu, con los Picapiedra y la Hormiga Atómica, con Popeye y Oliva, con Buggs Bunny y el Pato Lucas, con Silvestre y Piolín, con Porky y el Demonio de Tasmania! ¡Y con la Pantera Rosa! Bueno, ése ya fue un mundo aparte, porque el humor tan ingeniosamente visual y surrealista de la Pantera Rosa me llegó a mí más crecidita y estuve más capacitada para descubrir, a través de las singulares aventuras de ese animal tan especial, el mundo del absurdo. ¡Todo un descubrimiento del que jamás me he apartado! Recuerdo un episodio en que estaba la pobre Pantera tan famélica que se veía obligada a comerse la viñeta televisiva que la acogía. Fue doblándola en cuadraditos cada vez más pequeños, hasta convertirla en algo que cabía por su boca. Sacó un salero de uno de sus múltiples bolsillos invisibles, sazonó la requetedoblada pantalla y se la zampó. Acto seguido, aquello empezó a desdoblarse en su interior, hasta que el cuerpo de la Pantera Rosa acabó ocupando toda la pantalla... Todavía hoy me lo paso bomba con la Pantera Rosa y con los demás cartoons.

Todos ellos me catapultaron, desde sus plácidas aventuras, al sofisticado planeta de la letra impresa; gracias, sobretodo, a que mis padres me compraban cuentos para colorear y otros con muchas ilustraciones y un poco de letra gruesa. Y a través de un cuento de Popeye, al que por verlo yo en la tele le presté más atención, empecé a iniciarme, sin saberlo, en el mundo de la lectura, cuya fascinación ha ido en aumento a lo largo de mi vida.

La escena es la siguiente:
Mi madre está en la cocina, con las puertas abiertas, al lado del comedor, en el que se halla mi padre, en una butaca, leyendo el periódico. Yo tengo 4 años, todavía no voy a la escuela, y estoy sentada en uno de los extremos de la mesa del comedor con mis cuentos. La tele está puesta. De repente, digo:
-Di-bu-jos-a-ni-ma-dos...
-Bejerano, ¿has oído eso? -dice mi madre, asomándose con entusiasmada extrañeza al comedor. -La chiquilla ha leído en la televisión.
-No, mujer, si no sabe leer. Eso es que ha oído la sintonía y la ha asociado con los dibujos animados -responde mi padre con su típico laconismo prudencial.
-Que te digo que no, lo ha dicho como si lo leyera.
-Bueno, vamos a comprobarlo.
Ambos vienen hacia mí:
-A ver, Marisol, ¿puedes leer lo que dice aquí?
Y yo empiezo a leer el cuento de Popeye.
-¡Ay, Dios mío, pero si sabe leer! -sueltan atónitos, abrazándome y llenándome de besos.
-¡Jesús, qué criatura más lista! -añade mi madre, cogiéndome la cara con ambas manos, sin dejar de llevar las riendas del festejo que hemos montado en el comedor.

Entonces, al ver su entusiasmo y sus eufóricas manifestaciones de cariño, deduzco que he hecho algo importante. Yo era todavía demasiado pequeña para poder tener un ránking de importancias bien regulado. Así que el hecho de aprender a leer no era para mí más que el resultado lógico de un proceso de aprendizaje, y por eso no le había concedido mayor importancia. Al igual que a la lectura. Había aprendido a leer, no a deleitarme con la lectura.

Durante los primeros veinte años de mi vida, leí, primero, muchos cuentos; luego, cómics de Disney, de Ibáñez, Escobar y Vázquez, de El Príncipe Valiente y libros de Enyd Blyton; más tarde, lo que me obligaron a leer mis profes a lo largo de toda mi formación académica; y, finalmente, algunos libros que yo pillaba por mi cuenta un poco a ciegas o a la luz del tema que protagonizara mi existencia en aquellos momentos, tipo naturaleza, teatro o mujeres escritoras. Pero no fue, sin duda, hasta los veintipocos años cuando empecé a desarrollar la profundidad necesaria para gozar de veras con la lectura. ¡Y qué gozada! No he parado de leer
desde entonces e, indudablemente, jamás dejaré de hacerlo. Mi gran iniciador en ese campo fue mi primer compañero, diecisiete años mayor que yo, en cuya casa me instalé un año después de haberme independizado de mis padres, y no la abandoné hasta casi ocho años después. Y fue realmente el mejor de los iniciadores porque, en ningún momento, me metió los libros por los ojos, sino que dejó que yo misma me interesara por ellos. ¿Y sabéis qué? ¡Pues que fue fabuloso irse a vivir a una casa llena de libros y de discos! ¡Y sin televisor!

Bueno, bueno, pero no hay que olvidar que la tele sigue siendo, en lo que a mí respecta, el punto de partida iniciático principal. Paralelamente a mis orgiásticas sesiones de dibujos animados, me divertía también con el maravilloso mundo de Los Chiripitifláuticos: Valentina, el Capitan Tan, Locomotoro, el Tío Aquiles y Los Hermanos Malasombra. ¡Qué magnífico programa infantil! Todos los días, escenificaban historias divertidas que a mí acabaron conduciéndome al mundo de los espacios dramáticos y, por ende, al mundo de la ficción teatral. Tuve, además, la suerte de que, por aquel entonces, TVE producía un montón de programas dramáticos en diversos formatos: por capítulos u obra completa. A mí, esto de los capítulos siempre me gustó. Lo llamaban Novela, y todas las tardes, a eso de las 3, un nutrido elenco de excelentes actores, recreaba grandes novelas literarias, sobretodo de Alexandre Dumas. Recuerdo especialmente Los tres mosqueteros, con Sancho Gracia, como D’Artagnan; Víctor Valverde, como Athos; Ernesto Aura, como Aramis y el malogrado Joaquim Cardona, como Portos; la chica buena era Mayte Blasco y la mala, Elisa Ramírez. También recuerdo a Pepe Martín como El Conde de Montecristo, y a pesar de que el argumento no era especialmente atractivo para una niña de mi edad, me enganché y me lo pasé fenomenal.

Las obras de teatro las emitían en el espacio Estudio Uno y, como mis padres eran muy aficionados a ellas, acabaron por aficionarme a mí también y por inocular el gusanillo escénico en la botella de tequila de mi talento. Años después, contagiada por la arraigada tradición teatral imperante en mi pueblo, tuve ocasión de subirme a un escenario de verdad, con público de verdad. Pero no fue hasta mi paso por el centro en que estudié BUP y COU, en que un totalmente atípico profesor de matemáticas enteramente humanista, dejó mella en muchos de nosotros, al sembrar en nuestros interiores el amor por todo lo que fuera creatividad, en los más diversos formatos. Bajo su batuta, formamos, él y unos cuantos alumnos, un grupo teatral, Taula d’Esmeragda. Nos escribimos nuestra propia obra, Comèdia màgica en tres actes, y la estrenamos en el teatro del pueblo, con gran éxito. Ya, luego, él dejó el asunto en nuestras manos, e impulsados por mi admiración hacia Tennessee Williams, no paramos hasta encontrar un texto suyo en un archivo teatral de Barcelona e interpretamos Figuretes de vidre, o lo que es lo mismo, El zoo de cristal. Nosotros mismos nos dirigimos, nos ocupamos de la escenografía y del vestuario, y con la ayuda de amigos, incorporamos luces y música en vivo a ese montaje, con el que actuamos en diversos pueblos de Catalunya, gracias a que un empleado de la Caixa nos vio y nos propuso incluirnos en el Plan de Acción Cultural de esa entidad bancaria. Algo que a nosotros, que tan sólo contábamos 15 y 16 años, nos llenó de orgullo y motivación. Lo cierto es que jamás me hubiera podido imaginar que el mundo de las candilejas, en que me inicié, primero, como espectadora y luego como actriz aficionada, acabaría conduciéndome, muchos años más tarde, al escenario del teatro Alfil de Madrid.

Reconozco, empero, que el teatro es algo que prefiero disfrutar como espectadora, más que como actriz. Nuevamente, y lo lamento por tener que insistir en lo mismo, la parte comercial me fastidia el goce. Respeto profundamente a todo aquel que sale a un escenario a realizar algo, pero lo de tener que estar repitiendo día tras día el mismo texto y los mismos fingimientos es algo que no me acaba de seducir. De hecho, el teatro, en sus incios, fue concebido como espectáculo para un día. Bueno, en sus inicios y bastante después, ya que el propio Shakespeare escribía las obras para que los actores las interpretaran una sola vez; a nadie se le pasaba por la cabeza que aquello tuviera que estar repitiéndose día tras día. Ese es un mecanismo que nada tiene que ver con el arte y que ha acabado imponiendo el dinero. Se invierte en un espectáculo y se quiere rentabilizarlo. De ahí que los actores se vean obligados a interpretar la obra una y otra vez. Me resulta, además, muy extraño que los mismos actores no traten de este tema y de la mecanización que lleva implícito el actuar así.

Un día, hablando de este asunto con la actriz y buena amiga Silvia Marsó, me dijo que eso me sucedía porque el actuar no era en mí algo vocacional. Puede que tenga razón, no lo sé. Sólo sé que me divierto actuando, pero no teniendo que hacer y decir lo mismo todos los días, actuando o sin actuar. El factor repetitivo despierta tedio en mí hasta tal punto que tan sólo tiene vía de acceso a mi vida a través de las tareas higiénicas, domésticas o de mantenimiento de mi ecosistema. Artística o creativamente, lo repetitivo me parece fuera de lugar, como si distorsionara y menguara de consideración la calidad de la obra en cuestión, excepción hecha de la música repetitiva, un estilo musical con el que, personalmente, siempre he conectado muy bien.

Lo que no deja de sorprenderme es que tan sólo recuerdo una vez en que haya oído a un actor plantear esta cuestión, uno de los mejores del panorama internacional, por cierto, el británico Daniel Day-Lewis. Fue en una entrevista que publicaron en el dominical de El País. Este excelente actor, que inició su andadura artística precisamente en los escenarios teatrales del Bristol Old Vic y del Bristol Arts Centre, siempre ha compaginado el trabajo cinematográfico con el teatral, y hablaba de su última experiencia sobre las tablas, unos años atrás. Explicaba que se encontraba interpretando Hamlet ni más ni menos que en el National Theatre londinense, ya llevaban varios meses allí, y, un buen día, en mitad de la representación, sintió que ya no podía más, no entendía por qué estaba ahí representando ese papel, después de tanto tiempo. Así que, sencillamente, bajó al patio de butacas, lo atravesó, salió a la calle, echó a correr y no paró hasta encontrarse bastante alejado del teatro, debajo de uno de los puentes del Támesis. Una vez allí, se quedó varias horas, sentado en el suelo, tratando de encontrar un sentido a su trabajo actoral. A pesar de considerar que su vida no hubiera tenido demasiado sentido de no haber conectado con el arte interpretativo, y que lo de actuar en vivo, ante un público, le resultaba muy estimulante; consideraba que transcurridos dos meses, como mucho, el actor ya no tenía nada que aportar al personaje, ni veía la manera de que el personaje pudiera enriquecer al actor. E incidía en que tan sólo el aspecto comercial es el que impone la necesidad de sacar el máximo partido de los montajes teatrales, tratando de realizar el mayor número posible de representaciones.

Yo, cuando me inicié en esto de la vida, rápidamente comprendí que debía pasármelo lo mejor posible. Así que traté de sacar el máximo partido de todo lo que me rodeaba. Era, al igual que todos los niños, una esponja que se impregnaba de las posibilidades que mi entorno y mi imaginación, siempre presente en mis juegos, me ofrecían. Y a pesar de que los años han ido pasando, mi espíritu sigue igual de esponjoso. Creo que lo bueno es iniciarse y dejar, luego, que las semillas fructifiquen de un modo u otro. Lo que ocurre es que hay personas que, muy rápidamente, deciden cerrar el cajón de sus propias posibilidades; y dan cabida en él tan sólo a lo que les resulta más útil y práctico. Cerrando, así, sin darse cuenta, el paso a sus sueños y a sus fantasías, por considerarlos más bien entorpecedores. Ése nunca fue mi caso. Como ya indiqué anteriormente, soy una firme convencida de que la vida es un proceso de aprendizaje, teórico y práctico, durante el cual tenemos la obligación de ampliar nuestros horizontes y de poner a prueba nuestras aptitudes. Sin pretensiones, ni prejuicios.

Antes comentaba mi preferencia por las obras en capítulos, supongo que porque, cuando era pequeña, todavía no existían los dichosos culebrones. Bueno, existían pero a nivel radiofónico o en forma de fotonovelas, pero, gracias a Dios, a mi madre no le iba mucho ese rollo. Esa honda sentimentaloide, que siempre ha despertado en mí una deprimente y asfixiante desolación de la que huyo rauda, la asocio más con mi abuela y con las interminables y, afortunadamente, escasas tardes que tuve que aguantar oyendo Simplemente María o Lucecita cuando mi madre, por lo que fuera, no podía hacerse cargo de mí hasta la noche. En una ocasión, tuvieron que intervenirla quirúrgicamente y se vio obligada a yacer postrada en el hospital durante ¡una semana!, que pasé en casa de mi abuela. Tenía unas ganas locas de que mi madre volviera, no tanto por mi abuela, que aunque no era una persona especialmente dulce, la pobre hacía lo que podía, sino por librarme de la atmósfera rancia y triste con que aquellos seriales impregnaban su salón.

En TV, lo más parecido a un culebrón era La casa de la pradera, una serie que, francamente, nunca pude tragar. A los niños de la generación siguiente a la mía, los japoneses ya les tenían preparados unos culebrones infantiles, tipo Heidi y Marco, que tampoco hicieron mella en mí. Nunca he sido muy aficionada a lo lacrimógeno. Ni lo fui, ni lo soy. Lo mío siempre ha ido por derroteros más dinámicos. A mí, de pequeña, lo que me ponía eran series como Los Vengadores o El superagente 86. ¡Ah, ésas sí que me gustaban! El prototipo femenino de Emma Peel, que tan espléndidamente encarnó Diana Rigg, era mi punto de referencia femenino favorito. Yo, de mayor, quería ser como ella. ¡Era tan distinta de cualquiera de las mujeres que me rodeaban! Tan moderna y estupenda, tan independiente, con sus monos ceñidos y el pelo cardado, con su apartamento monísimo y su descapotable. ¡Y cómo sabía hacer frente a los hombres! Decididamente, era mi preferida. Yo creo que fue ella la que plantó en mí la semilla del feminismo que con tanto mimo regué más tarde, durante mi adolescencia.

Pero feminismos aparte, ese formato de una hora escasa de duración, en que se suceden un sinfín de aventuras diferentes en cada episodio, sin solución de continuad, con unos personajes con los que te vas encariñando a medida que los vas viendo, me encantó y me sigue encantando. Sigo siendo muy aficionada a las series televisivas. Y fue la afición por esas series la que hizo desembocar mi interés en rodajes de más calibre: el cine. ¡Qué mundo tan asombroso! Lo nuestro fue amor a primera vista.

Nuevamente, la influencia de mis padres fue decisiva, puesto que ambos eran muy aficionados a las películas, incluso recuerdo que mi padre guardaba una colección, que a mí me encantaba ver, de estampas de actores de Hollywood, con una pequeña biografía detrás. Había, además, por aquel entonces, en televisión, un gran conocedor del séptimo arte, llamado Alfonso Sánchez, que hablaba de una forma entrecortada muy característica, y al que yo imitaba con divertido acierto al parecer, que me enseñó muchas cosas sobre el fascinante mundo del celuloide. Por otra parte, en mi pueblo, el mayor entretenimiento de los domingos pasaba por ir al cine. Lugar al que acudí, primero con mis padres, luego, con mis amigos, a zamparme una sesión doble y un montón de quicos y de chuches de todas clases que me obligaban, muy a menudo, a terminar la semana tomando Sal de Fruta y una infusión de manzanilla. Así transcurrieron los domingos de los primeros quince años de mi vida.

El cine me atrapó, me apasionó y me entusiasmó desde la primera visión. Incluso cuando todavía no entendía exactamente de qué iba aquello. Sólo sé que a medida que iba enfrascándome en la visión de esas imágenes en movimiento, mi fascinación iba en aumento. La compenetración armónica de talentos tan diversos como la escritura, la fotografía, la iluminación, la música, la interpretación o la dirección en una sola obra fue algo que acabó por hechizarme. Con el transcurso de los años, fui penetrando en ese mundo con mayor hondura, hasta quedar totalmente enganchada a él. Durante mi adolescencia, además, el vídeo pasó a incorporarse al equipo de televisión, y me recuerdo grabando películas como una loca en uno de esos primeros armatostes que comercializaron con el sistema 2000, poniéndomelas, libreta en mano, e ir apretando la pausa para anotar diálogos brillantes. Veía una y otra vez La fiera de mi niña, de Hawks; Johnny Guitar, de Nicholas Ray; Eva al desnudo, de Mankiewicz; La costilla de Adán, de Cukor...

Tan entregada estaba a la causa cinematográfica que decidí que lo que yo quería ser era directora de cine. El único problema es que aquello no era una carrera universitaria y, puesto que siempre había sido una buena estudiante, todo el mundo a mi alrededor dio por sentado que yo iba a ir a la universidad, a cumplir mi expediente como Dios manda y, de paso, a cumplir también el sueño que mi padre nunca había podido realizar. Algo que yo estaba dispuesta a consumar gustosa, ¿pero cómo? Mi eterno interés por varios temas, mi falta de vocación específica por algo y mis propósitos de indagar en diversas direcciones no facilitaban el hallar una solución viable. Yo había aprobado la selectividad en junio, pero dejé pasar el verano, tratando de encontrar una salida. Cuando llegó septiembre, tenía que tomar una decisión y seguía sin tenerlo nada claro. Acudí al que había sido mi tutor durante el curso de COU, mi profesor de filosofía, y el tío se enrolló de maravilla. Después de hablar largamente, quedó claro que lo que más me incentivaba y despertaba mi interés era el cine. Él mismo se encargó de informarse al respecto y parecía que todo pasaba por ir a la Escuela de Cine de Madrid, algo que para una muchacha de un pueblo de Barcelona, con la mayoría de edad recién adquirida, resultaba más complicado de lo esperado. Lo de alejarme de mis padres e irme a Madrid no me disgustaba en absoluto, más bien todo lo contrario, pero primero debía convencerles. Tomar aquella decisión tan de repente, con el inicio del curso encima, era lo más difícil. Finalmente, mis padres accedieron, pero, a la postre, resultó ser en vano, puesto que, por aquellas fechas, esa Escuela estaba cerrada. ¡Dios mío! ¿Qué podía hacer? Mi profesor siguió buscando alternativas, hasta que, por fin, dio con una, que parecía encajar perfectamente con los deseos de todos: la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Autónoma de Barcelona. Sí, una de sus especializaciones era Imagen y Sonido. Allá que fuimos. Pero, ¡oh, no! esa especialidad no se imparte en la Facultad de Barcelona, sólo en la de Madrid. ¡Maldito centralismo! Bueno, los tres primeros años son comunes, puedes empezar aquí y luego te vas a Madrid. Sí, claro, a priori, todo es muy fácil, pero, luego, te das cuenta de que, como cantaba mi tocaya, “la vida es una tómbola” y te lleva por rumbos que nunca antes hubieras podido imaginar recorrer, desviándote de otros de los que, supuestamente, nadie iba a apartarte. En fin, que, al terminar 3º, ya estaba yo trabajando en la recién creada radio nacional de Catalunya, Catalunya Ràdio, convirtiéndome en la envidia de mis compañeros y en el orgullo de mis profes. No parecía un buen momento para irse de allí. Terminé, pues, la carrera y me especialicé en Periodismo. ¿Quién me lo iba a mí a decir? Y si bien es cierto que todavía no he tenido ocasión de dirigir una película, aunque es algo que no descarto, no lo es menos que he podido trabajar en dos de ellas como actriz.

Lo bueno de ir adentrándose en la vida es comprobar que por más caminos que recorras, siempre quedan muchos más por recorrer. De repente, tratando de meterte por uno de ellos, te pierdes y te adentras en una senda que te acaba conduciendo a un rincón inesperado en el que resulta que tu experiencia se pone las botas y haces crecer el valor de las parcelas de tu personalidad. Puede que tus bolsillos sigan igual de vacíos, pero tal vez tu espíritu se ha pegado un atracón de sabiduría y te sientes fenomenal. No languidecer, ésa es mi norma. Motivación y estímulo. ¡Vamos que nos vamos! ¡Hay tantos resortes en nuestro interior dispuestos a activarse de tantas maneras!

¿Por qué no lo probamos con música? La música es totalmente mágica. De entre todas las artes, es la única invisible y, sin embargo, ¡capaz de activar a seres tan distintos y tan alejados en tiempo y espacio! Puede que la música esté escrita en una partitura, o puede que no. No seréis vosotros de la congregación de la Virgen de la Partitura... Lo importante es el sonido, lo que escuchas, y lo que eso mueve en tu interior. Hay sonidos que surgen de las notas que la inspiración elaboró en forma de partitura, y hay otros que surgen de... ¿de dónde? No se sabe de dónde, pero surgen y remueven y agitan nuestros sentidos creando con ellos un cóctel que nos embriaga. Cuando John MacLauglin se enteró de que Paco de Lucía no sólo no había pisado un conservatorio en toda su vida, sino que no sabía leer una partitura, se quedó atónito. No se lo podía creer. Pues claro. ¿Qué importancia tiene eso? No pretenderéis determinar el valor de una música en función de si está escrita o no en un pentagrama. ¡Pero si precisamente lo genial es que los solos de Charlie Parker, de Cecil Taylor o de Fela, los quiebros vocales de Camarón de la Isla o de Nusrat Fateh Ali Khan, los zapateos de Carmen Amaya o de Fred Astaire, los guitarreos de Paco de Lucía o de Jimmy Hendrix no salen de ninguna partitura! ¡Salen de sus almas! Y nuestra obligación es entrar en sintonía con sus genios, dejarnos llevar por sus talentos, ¡y dejarnos de puñetas!

Cada música tiene sus encantos, sus momentos de disfrute y sus circunstancias. Y nosotros, las nuestras. Pero antes de descalificar o de acotar nuestros gustos, tomemos unas cuantas rondas sonoras y fluyamos con ellas.

Yo tuve la suerte de criarme en un hogar, con unos padres ricos en aficiones. La música era una de ellas. En este terreno artístico, la televisión no tuvo una capacidad iniciática tan determinante, excepción hecha de los Festivales de Eurovisión, que eran seguidos y se vivían, en aquellos tiempos, con auténtica devoción. Además, a los españoles no nos iba del todo mal, gracias, sobretodo, a Massiel, Salomé o Karina, que nos brindaron dos primeros y un segundo puesto merecidísimos. Cuando Massiel arrasó con el polémico La, la, la de Joan Manuel Serrat, yo tenía seis años y un desparpajo de lo más saleroso, con el que registré, en el magnetófono de mi padre, mi particular versión de esa canción.

Ese aparato, que funcionaba con bobinas de cinta de varias horas de duración, hacía las delicias de mi familia, puesto que los tres éramos muy cantarines y mi padre gustaba de grabarnos cantando toda suerte de canciones: a mi padre le daba por las romanzas zarzueleras o los corridos mejicanos, mi madre tiraba hacia la copla y yo cantaba las canciones que oía en el cole, en la radio o en la tele. Sí, en mi casa, todos cantábamos, sobretodo, mi madre; ella acostumbraba acompañarse, en sus tareas domésticas, de canciones de Concha Piquer o de Marifé de Triana. Y yo debo confesar a los lectores que, muchos días, ajustaba las puertas del pasillo, blandía un cepillo para el pelo o un bote de laca de mi madre a modo de micrófono, y hacía mis propios recitales. Para mí, cantar era algo natural y espontáneo, que hacía siempre que me lo solicitaban, estuviera donde estuviera, o me arrancaba yo sola, sin nigún tipo de corte. Recuerdo que, una vez, fui al hospital a visitar a mi amiga Teresa, que se había roto el fémur, al ser atropellada por un coche, justo cuando venía a jugar a mi casa. Debíamos tener 10 años, y una ruptura tan aparatosa, en una niña de esa edad, provocaba una cierta tristeza en todos los que estábamos allí; así que me dije: “Esto hay que animarlo como sea, ¡Marisol, vamos allá!”, y me puse a cantar. Fue una escena preciosa y divertida, que recuerdo con gran cariño, porque, poco a poco, fueron congregándose en aquella habitación médicos, enfermeras, enfermos con los más variados vendajes, visitantes y señoras de la limpieza y armamos un jolgorio que no veas. Todos me acompañaban con las manos y, al terminar, me jalearon con una cariñosa ovación. Fue muy emocionante porque, en un pispás, todos los que nos encontrábamos allí expandimos un montón de buenas y alegres vibraciones por aquel lugar tan triste y apagado. ¡Y todo gracias a la música!

Años más tarde, pedí a mis padres que me compraran una guitarra. Aprendí a tocarla en plan autodidacta y acabé componiendo mis propias canciones, que tuve ocasión de interpretar en lugares como La Cova del Drac o en fiestas de mi Facultad. Y mucho más tarde, cuando Sergio Makaroff me propuso cantar en directo versiones en clave de blues o soul de temas en inglés que nos gustaran, me lancé de cabeza. ¡Imagínate, tocar con una banda! Recorrimos varios locales de Barcelona, incluído el Apolo, y ¡fue toda una experiencia!

Sí, adoro la música. Lo cierto es que el cine, la música y la literatura hace años que me acompañan constantemente, a todas horas. Están conmigo y yo con ellos, y nos compenetramos hasta tal punto que ¡me vuelven loca! A veces, estoy leyendo o escribiendo, y una palabra, una imagen o una frase evocan en mí una canción, por ejemplo. Me levanto como una moto, voy hacia el equipo de música, la pongo y empiezo a bailar. Ya que si cantar es, en mí, algo natural, no lo es menos bailar. Me pego unos bailoteos que no veas. Pero, ¡ah, no, ahí no acaba todo! Porque, o bien me estusiasmo y voy encadenando una canción tras otra y me arreo una sesión improvisada de baile; o bien, si me siento inspirada y tengo tiempo suficiente por delante, cojo una cinta y grabo una remix, bailoteo incluído. Esa es una costumbre que adquirí cuando trabajé como discjockey. Aunque yo siempre preferí llamarme dancejockey, pues mis sesiones musicales iban invariablemente acompañadas de su correspondiente baile. Dicen algunos que resultaba espectacular, no lo sé, nunca tuve oportunidad de observarme. Lo único que sé es que un día vinieron a verme al local en que pinchaba, el Nick Havana de Barcelona, unos tipos de TVE, porque alguien les había hablado de mí, y acabaron contratándome para copresentar un programa que estaban preparando y que se llamó Plastic. En fin, ¡qué vueltas da la vida!

Bueno, a lo que iba, que otros compañeros y yo teníamos la costumbre de grabar nuestras pinchadas, para luego intercambiárnoslas. Horas y horas de música, en el sentido más puramente ecléctico del término, hilvanadas con criterio, con salero y con clase; sesiones de música variadas, apasionantes, cojonudas y, lo que es mejor, imperecederas. No importa de cuándo date la fecha de grabación. Tú coges cualquiera de ellas y puedes escucharla cuando quieras, ahora o dentro de cincuenta años. Apuesto a que sigue gustándote. ¡Pero es que ésa es justo la magia no sólo de la música, sino del arte en general: que nunca muere! El talento es como Dios y el auténtico amor, no tienen fecha de caducidad. ¿Cómo no amarle?

Para terminar con los aspectos iniciáticos que hicieron desembocar mi espíritu en el manantial del arte, os propongo una nueva escucha en el famoso magnetofón de mi padre, que viene, además, muy al caso para ilustrar el modo en que yo empecé a familiarizarme con la reina de la música de las partituras, también conocida como música clásica. De entre todas las músicas, ésa era a la que mi padre más horas dedicaba, por grabarse sesiones y sesiones de la Radio 2 de RNE, que luego él etiquetaba y guardaba primorosamente. Eso sucedía en una especie de gabinete o saloncito de estar, donde había un mueble bar/estantería, con un hueco en el centro, supuestamente para un televisor, pero que mi padre ocupaba con el magnetófono, un bonito tresillo de terciopelo granate y una mesita a juego. Ese lugar era donde mi padre gustaba de pasarse largas horas, en soledad y en penumbra, la mayoría de las veces, disfrutando de sus cosas y especialmente de su música, cuando llegaba de trabajar. No le gustaba mucho que fueran a importunarle, sobretodo yo, cuya revoltosa curiosidad me acababa empujando a bombardearle con preguntas de la más variada índole. Alguna vez, empero, permitía que traspasara el umbral de su intimidad, y dejaba que me quedara sentada un buen rato, pero, eso sí, calladita. La música sonaba por los altavoces y, en alguna ocasión, menos de las que yo hubiera deseado, me contaba un cuento, que se iba inventando sobre la marcha, y lo adaptaba a la sonoridad del momento. Cuando la orquesta realizaba algún crescendo, aparecía el lobo o algún ser especial o sobrenatural; si lo que sonaba era un tranquilo adagio, el héroe o la heroína del cuento iban paseando alegremente por el campo, y así sucesivamente. De esta manera, y sin prestar mucha importancia a tal hecho, inicié mi relación con una música que a la mayoría de mis compañeros no les gustaba demasiado escuchar. Pero a mí, sí. No en vano, el primer programa de radio que tuve a mi cargo en Catalunya Ràdio fue Divertiment clàssic. Y debo añadir que las cosas entre nosotras, o sea entre esa música y yo, siguen marchando estupendamente.

Como véis, mis cruces bohemios se entrelazan de muy distintas maneras. Empiezo recreándome en las cosas del arte y luego me resulta del todo irresistible no involucrarme y tratar de crearlas por mí misma. El caso es que deslizan a mi ser por una complaciente y peligrosa dispersión, a la que es bueno entregarse como degustador, pero que acaba resultando mala compañera para el creador. Y como, en mi caso, esas dos vivencias han ido parejas, me he visto obligada a acotar el disfrute receptivo, tratando de favorecer, en lo posible, una mayor fluidez creativa. ¡Ay, cuán difícil es! Y todo por no querer ser una ingrata con el amor que el arte me inspira. Es que si sólo me sacio con lo que me ofrece, me siento fatal, como una amante egoísta, dispuesta únicamente a disfrutar con lo que el otro te da. ¡Yo también quiero corresponderle! Y procuro hacerlo desde mi más humilde posición, pero buscando, sin duda, complacerme complaciéndole y complacerle complaciéndome.

Creo, pues, que ya va siendo hora de que nos ocupemos del creador, de ese ser solitario, sensible, sufridor y atormentado, en constante lucha consigo mismo, con sus exigencias y sus capacidades. A pesar de que toda persona que crea, incluso la más genial, haya sido inducida a ello por un montón de influjos externos -e internos, lógicamente-, siempre acaba llegando a un punto en que debe apartar de sí lo ajeno para dar vida a lo propio. Y ahí es donde se inicia el proceso transfigurador que la devuelve de vuelta a sí misma, imprescindible y necesario para que pueda sacar jugo de su talento y de su inspiración.

Lo que el artista necesita, llegado el momento de dar a luz su creatividad, es hacer acopio de concentración si no quiere resultar malparado en su asalto al poder creativo, cuya naturaleza tiránica y posesiva tan sólo podrá ser neutralizada por la acción competente y eficaz de la fuerzas especiales de la disciplina. El artista lucha, casi siempre, denodadamente, consigo mismo, con su otro yo, el que permanece secuestrado por una fuerza creativa que le exige, sin tregua, ser desarrollada en las más exquisitas formas, si quiere verse liberado. Y no le queda más remedio que acceder a sus peticiones o vérselas con el abanico de molestas insatisfacciones y aflicciones que esta poderosa criatura es capaz de desplegar. El creador accede a pagar el rescate con su obra y se resigna a padecer el síndrome de Estocolmo hasta el fin de sus días. No tiene otra elección.

En arte, es algo en lo que nunca se ha insistido bastante, la parte que se deja a la voluntad del hombre es bastante menor de lo que se cree.

El artista no es artista más que a condición de ser dual y de no ignorar ningún fenómeno de su doble naturaleza.
CHARLES BAUDELAIRE
Lo cómico y la caricatura


Y todo aquel que viva en el tópico y crea que el artista es ese ser caótico y desordenado, que lleva una vida de similares características, maldescrita como bohemia, anda muy equivocado. Pues lo bohemio no radica en el comportamiento externo, sino en el interno, de cuyos influjos depende. Puede que haya algún artista que, aparentemente, lleve ese tipo de vida; pero estoy segura que a poco que profundizáramos, nos daríamos cuenta de que ese sinvivir que le consume y le mantiene abducido en su propia obra, y que hace que se olvide de lavarse o de comer, no es más que la consecuencia lógica de su pacto con la creatividad en el momento de darle forma. Puesto que, para él, como escribía Lord Byron:

Cada estado, cada instante es de un valor infinito, pues viene a ser como el representante de toda una eternidad.

Pero seguro que, cuando el artista no está en la cúspide de su curva creadora, es un ser ordenado y meticuloso, apto y hábil en la concepción de su obra. Es algo que Baudelaire, nuevamente, en el libro que cité anteriormente, describe a la perfección:

Querría que se creara un neologismo, que se fabricara una palabra destinada a reprobar ese género de tópico, el tópico en el estilo y la conducta que se introduce en la vida de los artistas tanto como en sus obras. Por lo demás, constato que lo contrario sucede con frecuencia en la historia, los más sorprendentes, los más excéntricos en sus concepciones, son a menudo hombres cuya vida es tranquila y minuciosamente ordenada. Muchos de ellos han tenido las virtudes del hogar muy desarrolladas. ¿No se han percatado que a menudo nada se parece más al perfecto burgués que el artista de genio concentrado?

Cuando el artista logra, al fin, salir airoso de su reto creativo, debe atravesar, en solitario, el calvario de dar a conocer su obra al exterior. Sí, ya que toda la caterva de intermediarios en forma de representantes, marchantes o agentes no acostumbran a aparecer más que cuando el artista ha logrado ya traspasar por sí mismo la barrera del anonimato y ha salido airoso del duelo mantenido con los sicarios del miedo al rechazo. Y si antiguamente el calvario era tal por ser escasas las personas que podían mantener el arte y disfrutarlo, pues obligaban, en muchas ocasiones, al artista a recorrer los caminos que ellos mismos marcaban; actualmente, el calvario surge precisamente por ser muchos más los que tienen acceso al arte y tratar, la mayoría de ellos de hacer negocio con él.

El negocio no ama el arte.
El negocio ama el dinero.
El negocio invierte una cantidad para, como mínimo, rentabilizarla y, si es posible, doblarla.
El arte invierte su talento para difundirlo y tratar, como mínimo, de lograr el apoyo suficiente que le permita, si es posible, seguir siendo generado desde unas condiciones que no resulten, al menos, ingratas.
El negocio necesita consumidores. Cuantos más, mejor.
El arte necesita degustadores. La cantidad no importa.
-¿Cómo que no importa? -pregunta el negocio, impertérrito.
-Pues como que no. Lo que importa es la calidad -responde el arte, impasible.
-Bueno, bueno, todo es muy relativo... No desdeñes la cantidad. ¿Pero sabes de cuánto estamos hablando?

La tentación está en marcha. El arte empieza a dividirse en facciones. Unas,
tibias. Otras, radicales. Unas, sumisas. Otras, dispuestas a negociar.
Es el caos.
¿Dónde acaba el arte y empieza el negocio?
¿Dónde acaba el negocio y empieza el arte?
¿Pero qué es el arte?

Ésa es una pregunta que cada cual debe tratar de responderse. Lo que está claro es que el negocio ha ido progresivamente devaluando el concepto artístico, llegando incluso, la mayoría de los negociantes, a especializarse en fabricar una especie de pseudo-arte, de bajo consumo y de fácil acceso, que enriquece sus alforjas, pero que empobrece los espíritus de quienes lo consumen.

...pienso en la desdicha de los hombres destinados a la belleza, pero forzados a sobrevivir en la banalidad de esta cultura donde lo que alguna vez fue sentido, ha degenerado en burda diversión, en estimulantes o patéticos objetos decorativos. Triste epílogo de un siglo destrozado entre los delirios de la razón y la crueldad del acero.
(...) corremos el riesgo de ser absorvidos por el vacío.
ERNESTO SABATO
Antes del fin


Los industriales que surten a las masas de placeres estandarizados y fabricados en serie se obstinan cuanto pueden por hacer de vosotros tan estúpidos mecánicos durante vuestros ocios como durante vuestro trabajo.
ALDOUS HUXLEY
Contraputo

Todas las disciplinas artísticas sufren, hoy en día, el acoso mediático-consumista que imponen los negociantes. Hasta tal punto que es prácticamente seguro que las obras más vendidas, más vistas o más escuchadas sean las que menos calidad poseen. Son poquísimas las excepciones que confirman esta vulgar regla de mercado, en la que el arte poco o nada tiene que ver. Que una obra sea comercial, no significa, ni mucho menos, que posea calidad. Y que una obra posea calidad no significa necesariamente que no sea comercial o que esté destinada a las minorías. Aunque como dice Gilbert en el brillante ensayo dialogado de Oscar Wilde, El crítico artista:

El público es prodigiosamente tolerante: lo perdona todo, menos el talento.

El negocio ha sido, por otra parte, históricamente, mezquino con el artista; torturándole, en vida, con su ignominia y no rindiéndole la debida pleitesía, en demasiadas ocasiones, hasta su muerte. ¿Para no tener que pagarle lo que le corresponde? ¿Qué hubiera sido de Van Gogh si le hubieran pagado sus obras, no con las desvergonzadas cuantías astronómicas que hoy piden por ellas, sino tan sólo con una cantidad digna? ¿Hubiera acabado igual? Francamente, creo que no. ¿Habría producido las mismas obras maestras, de no ser así? ¿Y John Kennedy Toole, se habría suicidado igualmente aunque hubiera encontrado un editor para La conjura de los necios? ¿Habrían creado tantos y tantos artistas las mismas obras maestras si el éxito les hubiera acompañado? ¡Quién lo sabe!

El auténtico artista, sin embargo, no permite que estas reflexiones hagan mella en él, y atraviesa con su obra el foso de las políticas de mercado, como si estuviera pisando huevos, resignado a su suerte, pero tratando, sobretodo, de que no se lo coman los cocodrilos. Ya que, como escribió Sabato en su lúcido, como siempre, e inconmensurable libro Antes del fin: Si el fracaso es triste, el fracaso en arte es siempre trágico.

Por eso cuando, en nuestras vidas, aparecen destellos de arte, bajo el formato que sea, debemos tratarlos con mucho mimo y consideración, pues seguro que son muchas las penalidades que han tenido que sufrir hasta conseguir llegar a nuestras manos, y no estarán, los pobres, como para ir aguantando más embites.

Aparte de los consabidos reclamos que utilizan los empresarios y los comerciantes para vender obras como churros y tratarlas como tales, está claro que unas disciplinas artísticas lo tienen más fácil, para abrirse camino en el mundo comercial, que otras. Es evidente que la parte visual, la imagen, ha adquirido un protagonismo inmenso con el avance de los tiempos. Y no quisiera yo finalizar este escrito sin rendir mi particular pleitesía, como antes anuncié, al arte que más complicado lo tiene para atraer el interés y la atención de la gente del siglo XXI: la literatura.

Un montón de páginas blancas, o de colores, eso poco importa, cubiertas de letras, por más ingeniosamente que éstas estén combinadas, por más sugerente que resulte el texto final, por más fascinante que sea el mundo que nos puedan evocar, por más llamativa que sea la portada que les dé cobijo; jamás de los jamases resultará tan atractivo como cualquiera de los vistosos, ensordecedores, espectaculares... vehículos artísticos a nuestro alcance. Y conste que digo artísticos, es decir, no incluyo el mogollón de vehículos consumistas.

Leer un libro es un acto de voluntad para la mayoría de personas. ¿Cómo es eso posible? ¡Si leer es algo enteramente único, íntimo y subjetivo, que podemos llevar a cabo donde y cuando queramos, y nos da licencia para imaginar y fabricar a nuestro antojo el mundo que sus páginas nos transmiten! La literatura es la única arte con licencia para imaginar, puesto que su existencia de nuestra imaginación depende. Leed el libro más universal, el más manido, el que más siglos lleve leyéndose, el que más millones de lectores haya acaparado, no importa... Cada cual tiene su propia madame Bovary, su Fausto y su Mefistófeles, su Don Quijote y su Sancho Panza, su Hamlet y su Ofelia, sus muchachas en flor y su Beatriz, su Justine y su Macondo, sus mosqueteros y sus hermanos Karamazov... La maravillosa grandeza de la literatura estriba precisamente en nuestra capacidad para imaginárnosla y construirla a nuestro gusto. Leer es totalmente interactivo, por eso es algo único, porque nos permite llevar las riendas de la inspiración de su creador.

Si tuviera que elegir entre leer o escribir, me quedaría con leer. Porque leer es un modo de escribir. En cierto modo, el lector reescribe el libro cuando lo lee.
JUAN JOSÉ MILLÁS
(En una entrevista realizada por una servidora para la revi sta Rolling Stone, nº 32, Junio 2002)

Es la literatura, además, la única manifestación artística que debe gozarse en solitario, como una masturbación. En la misma entrevista a Millás que cité anteriormente, le pregunté por este particular, a lo que él respondió, con ingeniosa inteligencia:

Yo hay tardes que me las paso enteras leyendo, pero no podría pasar toda la tarde masturbándome. (...) Veo la masturbación como algo cerrado y, sin embargo, la lectura es algo que te abre.

Cierto. La masturbación es tan sólo el dispositivo que dispara los aspersores de nuestro deseo, mas es algo puntual. En cambio, la lectura posee toda la duración que nosotros queramos darle. Pero lo que a mí más me interesa destacar es que leer es un acto total y exclusivamente íntimo. Varias personas pueden gozar al unísono de la contemplación de una pintura, de una escultura, de una fotografía, de una película, de una ópera, de la escucha de una música... pero no de la lectura de un libro. Y si bien es cierto que...

(...) un novelista vive en su obra. Se encuentra en ella, única realidad en medio de un universo inventado.
JOSEPH CONRAD
Crónica personal

... no lo es menos que la soledad y la concentración del lector hermanan su actitud con la del escritor que concibió aquellas páginas, de las que tan sólo gozó él en el momento de escribirlas, y de las que ahora gozamos nosotros, en esos precisos instantes.

Como artista, al escritor es al que más barato le sale expresar su talento. Ni tan siquiera hace falta que disponga de máquina de escribir o de ordenador, con una simple hoja de papel y un lápiz puede dar rienda suelta a su inspiración y desarrollar el mundo que más le plazca. No así el pintor, el escultor o el fotógrafo, que deberán realizar una inversión en materiales con los que poder posteriormente trabajar, si quieren sacar provecho de sus capacidades. Por no hablar del cineasta, que se ve obligado a efectuar un sinfín de gestiones y a depender de las subvenciones o del dinero de otros, para poder llevar a cabo su obra. El músico necesita de un instrumento o de toda una formación orquestal para convertir en sonido sus propuestas melódicas. El talento del actor y el del director dependen enteramente de las inspiraciones y de las directrices ajenas. Llevar a cabo sus diseños creativos es una utopía para la mayoría de arquitectos.
Y así sucesivamente.

El escritor, en cambio, puede ejercer como tal en mitad de un bar, a bordo de un avión, en la soledad de su despacho, tumbado en mitad de un prado o defecando. Todo dependerá del caudal de manantial de su talento y de su capacidad de concentración. Sin embargo, de todos los artistas, es el literato el que más crudo lo tiene, por no tener a su disposición ningún tipo de apoyatura acústica o visual con que ilustrar los desvaríos de su fantasía. Escribir es lo más simple, y a la vez lo más complicado. La sofisticación de la simplicidad. Únicamente el hábil manejo de la palabra puede permitir a un escritor enganchar a otros en su arte, dándoles las instrucciones técnicas necesarias para que sean capaces de imaginar su imaginación, de sentir sus sentimientos, y de evocar su mundo con deleite y pasión parejos.

Hay, desde luego, muchos tipos de escritores. No todos poseen una profundidad creativa igual de rica. Los hay más pendientes del negocio que del talento; pero los hay, qué duda cabe, que son realmente inolvidables, por haber sacrificado su propia existencia por el bien de su obra. Y jamás les agradeceremos lo suficiente que se hayan entregado a sus páginas con tan generosa devoción. Es el caso del brillante y siempre inspiradísimo Gustave Flaubert, de quien Joseph Conrad, en su Crónica personal, escribe:

¿No fue acaso su devoción por el arte, de esa forma tan suya y tan espiritual, punto menos que ascética, la devoción propia de un ermitaño de la literatura, casi la de un santo?

Yo no puedo por menos que rendir un sentido homenaje a todos aquellos hombres y mujeres que me han atrapado entre sus páginas y han elevado mi dimensión como ser humano varios enteros. Les debo mucho más de lo que nunca podré pagarles. Haberme introducido intensamente en la vida y obra de Lord Byron, en las reflexiones de Goethe, en el descontento de Thomas Bernard, en las cartas de Rilke, en los análisis de Huxley, en las picardías de Rabelais, en las aventuras de Walter Scott, en la coherencia de Montaigne, en la prosa de Balzac, en los hexagramas del I Ching, en la imaginación de Gogol, en el teatro de Calderón, en la sabiduría de Sabato, en la mordacidad de Voltaire, en la sensibilidad de Proust, en la filosofía de Unamuno y en tantos y tantos otros mundos me ha permitido acercarme a la realidad desde estratos vivenciales tan superiores al mío propio, desde tierras y tiempos tan alejados del mío, desde procesos internos tan distintos al mío; que me he visto enormemente influenciada por un sinfín de desengaños que jamás he sufrido y por un montón de sabios consejos que la vida no me ha enseñado.


En compañía del arte, mi alma se ha engrandecido, mi mente se ha refinado, mi corazón se ha emocionado y mi ser se ha enamorado. Yo les amo a todos y cada uno de ellos, a todos y cada uno de sus personajes. Es más, me siento a menudo mucho más próxima a ellos que a la mayoría de seres que me rodean. Por todo ello y por la apropación indebida que de sus fondos han hecho un puñado de sesudos prepotentes, alejando sus obras de las estanterías de las personas corrientes, haciéndoles creer que no estaban a la altura de su comprensión, me siento obligada a expresar públicamente mi amor hacia ellos, hacia sus obras y hacia el arte en general. E insto al lector a que, si todavía no lo ha hecho, se apunte al carro de las letras. ¡Lo pasará en grande!

No nos hacemos libres negándonos a reconocer a otro hombre superior a nosotros, sino al contrario, honrando a quien lo es; pues si sabemos honrar lo que está por encima de nosotros, logramos elevarnos hasta el objeto de nuestras honras y con ello patentizamos que llevamos el germen de la grandeza y que, por lo tanto, somos dignos de ella.

Un pobre hombre es siempre un pobre hombre, y un ser de poca talla no crecerá ni una pulgada por la relación diaria con la grandeza del mundo antiguo. Sin embargo, un hombre, lleno de nobleza, en cuya alma Dios haya puesto la capacidad de crear una futura grandeza de carácter y una futura elevación espiritual, puede, por el conocimiento y el trato repetido con los grandes espíritus, desarrollarse hasta alcanzar las mayores cimas y de día en día acercarse más a sus grandes modelos.
GOETHE
Conversaciones con Eckermann